Las maneras del pirata

Ya vuelve el maldito tío Pero con las rebajas. Qué horrible el crimen, pero… hay que comprender, más matan los otros y no se hace tanta propaganda. Es como la ilación del “mientras”: muchos pasan hambre, mientras algunos derrochan. Vaya que unos pasan hambre porque los otros derrochan, que unos matan, pero otros habían empezado primero… Manners before morals, que diría Oscar Wilde. No hay “pero” que pueda disculpar a los asesinos, derroche que hacer comprensible la miseria y el “mientras” no demuestra nada, más allá de que existe una gran y obligada contemporaneidad.

  La importancia de las buenas maneras es difícil exagerarla. Cuando alguna persona da muestras de las pierde, se pasa de listo, una buena amiga vuelve a recordarme que no se puede ser “inteligente” en todo. Mi padre gustaba de contar la anécdota de un diplomático que admiraba: Cuando Evita se echó a reír ante la caída de una aristócrata de cierta edad, le dijo mientras la ayudaba a incorporarse: “No se inquiete usted, que esa es una señora de mucha cama, pero de poca cuna”. El mismo San Francisco, en la desnuda y despojada sencillez de su vida, no quiso desprenderse de un único jirón de lujo: las maneras de una corte. Una vieja definición de estilo es “a quién crees dirigirte”. San Francisco estaba rodeado de reyes, su vida era lo contrario que una corte, en la que hay un rey y cien cortesanos, estaba destinado a ser el mejor cortesano en un entorno de reyes. 

  Decía Zweig que con Nietzsche aparece por primera vez en los mares de la filosofía la bandera negra del corsario, las maneras del pirata. Detrás de su paso, como después de cualquier excursión filibustera, se encuentran iglesias holladas, santuarios profanados, altares masacrados, convicciones asesinadas, preceptos morales desechados, un horizonte de incendios, una antorcha encendida de atrevimiento y fuerza. Alguien que no se va a dar la vuelta, ni para disfrutar de lo destruido ni para hacerlo suyo. Lo desconocido, lo que no ha sido explorado ni conquistado es su mar abierto, su único objetivo incordiar a los  adormilados… todo lo que toca se enciende, todo lo que deja atrás está quemado.

   Vienen tiempos de lucha, en ellos la importancia de las buenas maneras es clave. El filósofo pirata diría que una buena guerra justifica todas las causas, que nunca es lícito despojarse de la cortesía para luchar. Pretendió vivir en compañía de este vicio irónico y alegre: la cortesía. Y permanecer dueño de sus cuatro virtudes: el valor, la lucidez, la empatía y la soledad. Para Schopenhauer dejar aparecer la ira o el odio en la palabra o el rostro es inútil, peligroso, imprudente, ridículo, ordinario. No debe se debe manifestar la cólera o el odio mas que por actos. Los animales con sangre fría son los únicos venenosos. Insistía en que la urbanidad es prudencia, la descortesía es una estupidez. Crearse enemigos tan inútilmente y con tanta ligereza es un delirio, como prender fuego a su propia casa. La cortesía es, como las fichas del juego, una moneda notoriamente falsa. Ser económico en esa moneda es carecer de talento; por el contrario prodigarla es dar muestras de sentido común.

  Los maestros de esgrima dicen a menudo: “Demasiada fuerza”, porque la esgrima es una suerte de cortesía, una suerte de cortesía que nos conduce con facilidad a toda la cortesía. Cualquier cosa mínimamente brutal y arrebatada es descortés: los signos son suficientes; la amenaza es suficiente… una taza de té sostenida civiliza a un hombre. El maestro de esgrima juzgaba a un tirador por la manera de remover la cucharilla en la taza de café, sin hacer un movimiento de más. Preferimos la amabilidad y la cortesía cuando nos oímos decir: «Respeto su opinión aunque no la comparto» en lugar de decir:»Le respeto a usted, aunque su opinión me parece detestable. Hay quien habla con poca cortesía o con poca justicia, lo uno o lo otro; y encima añade que él es así y que dice lo que piensa. El filósofo tiene que tener el valor de la simplicidad. Es claro por cortesía. No porque tenga claras las cosas. Por cortesía hay que expresarse con claridad. La claridad es la cortesía del filósofo, decía Ortega. Einstein matizaba diciendo que había que explicar las cosas tan sencillamente como pudiera, pero no más. Es decir, sin “peros” ni “mientras”: Menos mal.

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS