Las Humanidades en el nuevoevo de Internet

Las Humanidades en el nuevoevo de Internet

Por: Enrique Soldevilla

El año 2010 tiene una significación especial: se conmemora el veinte aniversario de la Internet, ese espacio de conectividad comunicativa que desde su surgimiento está revolucionando muchas maneras de hacer las cosas y que marcó un hito en las relaciones internacionales al convertirse en el eje funcional de la globalización. Debido al vínculo entre lo tecnológico y lo sociopolítico la Web es, al mismo tiempo, medio y fin del proceso de “informatización” que transcurre en un ciberespacio virtual para aproximar a las personas y a los estados.

Intentos globalizadores, como veremos después, han estado presentes en el actuar de las grandes civilizaciones humanas, por supuesto con las limitaciones que su tiempo histórico les impuso. La globalización contemporánea pudiera definirse como un proceso político que busca la estandarización mundial de los procedimientos económicos, financieros y comerciales. Se apoya en el desarrollo de las tecnologías de la información y de las comunicaciones, provocando un rápido intercambio de experiencias y conocimientos, así como modificaciones en los estilos de vida de las sociedades, repercutiendo en las culturas nacionales, obligadas a abrirse a una visión cosmopolita.

En el contexto de la globalización hay un nuevo impulso a las ideas democráticas donde se promueven valores como la tolerancia ideológica, el respeto a los derechos humanos y a la multiculturalidad que caracteriza al planeta. Se produce una toma de conciencia sobre la importancia de la ecología para la supervivencia de las naciones.

Se trata sin dudas de un fenómeno positivo, pero en el terreno socioeconómico no ha logrado superar impostergables aspectos del desarrollo para las amplias capas de la población de los diferentes países. A pesar de esta particularidad, que depende de la voluntad política de los dirigentes de cada nación y no de procedimientos técnicos universales, debe tenerse en cuenta que la globalización de nuestros días todavía es un proceso en transcurso, que no ha terminado su función integradora en otros campos de beneficio para la humanidad.

En estas dos últimas décadas, bajo el influjo de novedosas tecnologías comunicacionales, se formó la llamada generación digital, en un contexto de reajustes geopolíticos caracterizado por la emergencia de actores nuevos en el escenario mundial tras finalizar la guerra fría. Ante tales acontecimientos, las instituciones educativas atraviesan también procesos de adaptación al cambio, más allá del hecho de aprender a operar una computadora y un proyector para enseñar en las aulas. A su vez, del terreno cibernético se han derivado nuevas especialidades de las que hay poca teoría acumulada y donde predomina el empirismo debido a la rapidez con que se superan a sí mismoslos artilugios electrónicos.

Por otro lado, el tiempo es una variable que hace envejecer muy rápido, a causa de mejoras e innovaciones, los aparatos que comunican al mundo, mientras las relaciones intergeneracionales sufren el shock cognitivo de la era digital, dando la impresión de que la cultura heredada de nuestros abuelos desencaja en la cosmovisión actual de los adolescentes y jóvenes, donde una crisis de valores tradicionales también es global. A modo de ejemplo podemos traer a la memoria el contenido didáctico de los primeros videojuegos: Mario Bross era un personaje positivo que sorteaba laberintos y obstáculos físicos. Los jugadores adquirían destreza en la manipulación de los comandos. No había metamensajes que influyeran en un cambio de valores sociales en quienes interactuaban con él. Sin embargo, otros “héroes” de videojuegos empezaron a representar arquetipos de conductas violentas, con argumentos y contenidos portadores de una actitud que ejerce profunda influencia negativa. Si añadimos la ausencia de hábitos de lectura, el bombardeo de mediocridad cultural transmitidos por la televisión y la radio –frecuentemente colonizados porpseudovalores de marginalidad antisocial- resulta evidente que la familia y las instituciones educativas enfrentan el desafío de rescatar la cultura de la civilidad para que los jóvenes puedan revincularse con el pasado de sus respectivos acervos nacionales y formarse mejor dentro de la exigente competitividad que demanda el nuevo escenario global.

Ante este fenómeno se impone responder las preguntas: ¿Cómo ensamblar lacultura universal con la formación de las jóvenes generaciones? ¿Cómo inspirarles la necesidad de saber? Una respuesta puede obtenerse si se sistematiza la enseñanza de ciertas materias de humanidades en los programas de las especialidades científicas o técnicas; si las universidades se convierten en centros generadores de cultura integral.

Aunque los acontecimientos históricos son únicos e irrepetibles, no es la primera vez que la sociedad humana atraviesa por procesos similares de cambios cualitativos. Si escogiéramos una referencia del pasado notaríamos que fue a partir del Renacimiento que la sociedad occidental sistematizó el interés por estudiar el acontecer histórico, político, científico y sociocultural de las civilizaciones griega y romana. Aquella eclosión intelectual desbrozó el camino para la consolidación y la diversificación de especialidades en las primeras universidades europeas. En ese contexto histórico –situémonos en 1460– Gutenberg puso en funcionamiento la imprenta rotativa, posibilitando mediante esa tecnología la posterior aparición de los primeros periódicos, pioneros de los medios de comunicación a gran escala.

Esa etapa constituyó en sí misma una revolución educativa, por haber sentado las bases del pensamiento científico moderno al realizar un balance del legado de civilizaciones anteriores que en muchos campos, como el de la política y el derecho, aportaron principios esenciales para la democracia contemporánea. Y sobre todo porque contribuyó a masificar la cultura, a liberarla de los monasterios y diseminarla entre las clases sociales del capitalismo mercantil. A su vez, el descubrimiento de América en 1492 ocurre en pleno espíritu renacentista, desatando un afán por desentrañar los misterios de aquellas sociedades que desconocían la pólvora; por entender sus modos de vida y de producción material y espiritual. El Nuevo Mundo estimuló la necesidad de conocimiento en todos los campos de actividad humana. Ciencias aplicadas, ciencias naturales y filosofía, abrieron cauces a nuevos saberes. Las ilustraciones acompañaban a los textos descriptivos, a modo de fotografías didácticas. La imprenta los diseminaba en las sociedades europeas. Las instituciones educativas se multiplicaron. Se globalizaban los saberes de aquel momento histórico.

En consecuencia, el Renacimiento hizo posible una sociedad del conocimiento que, comparativamente, provocó el mismo impacto que para nosotros hoy tiene el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones, pero el Renacimiento lo hizo con una característica distintiva: el interés por ofrecer explicaciones racionales de las formas de organización social de la antigüedad clásica y del Nuevo Mundo americano, interés perteneciente al universo de estudio de las humanidades. De ese modo las “ciencias de la sociedad” constituyeron la chispa iniciadora de la aplicación tecnológica que facilitaría la difusión del quehacer intelectual. Las humanidades iban a la par del desarrollo científico técnico y desencadenaban sinergia intelectual mutua. Así, la imprenta de Gutenberg se convirtió, metafóricamente hablando, en la Internet de su época, aunque sin facilitar el intercambio comunicativo en tiempo real.

La Internet de nuestros días, por su parte, ofrece un sinnúmero de autopistas de acceso a cualquier área del conocimiento, haciendo posible la cooperación del trabajo en redes o los procesos de enseñanza-aprendizaje, a distancia yal instante. Este nuevoevo de tecnologías multimedios es otra “revolución del conocimiento”, provocador de cambios sociales como lo hiciera el humanismo renacentista, etapa donde se produjo la segunda sociedad del conocimiento, pues la primera se la debemos sobre todo a la Grecia clásica.

Al comparar el impacto de las dos últimas “sociedades del saber” se observa que mientras el Renacimiento le restituyó al hombre su condición de protagonista de la historia, dinamizando su interacción social, la globalización apuntalada por las TIC revela la paradoja de aproximar al mundo aislando al individuo. La interacción entre las personas tiende cada vez más a ser mediada por los celulares y las computadoras, en menoscabo del calor, del colorido y de la gestualidad presentes en una comunicación cara a cara. Por ejemplo Second Life, esa brillante recreación de la sociedad real, tiene el inconveniente de transformar a los individuos en avatares digitales que interactúan, sí, pero perdiendo el nombre propio, en sus respectivas soledades y desde lejos, en un escenario virtual.

Sin lugar a dudas tenemos el privilegio de beneficiarnos del progreso traído por las TIC. No obstante, la propensión a magnificar hasta el absoluto la importancia de estas “nuevas tecnologías” para el desarrollo económico pudiera perjudicar la educación integral de nuestros jóvenes si no se enaltece también el valor de la enseñanza de las humanidades.

Permítaseme llamar la atención sobre tres aspectos: primero, cuando se hable de “nuevas tecnologías” debemos incluir la diversidad de tecnologías propias de cada campo de actividad humana, como por ejemplo la invención de materiales biodegradables, provenientes de la química; las novedosas aleaciones metalúrgicas que mejoran los fuselajes de las naves espaciales o de las brocas perforadoras de túneles. Segundo: recordar que cualquier tecnología se incluye en – y refleja – el estado de cultura de una sociedad. Tercero: poner en primerísimo plano el hecho de que detrás de cualquier avance científico técnico y cultural está el ser humano, el gran hacedor de inventos.

De manera que, vista sin el entusiasmo sectario de los tecnófilos, una tecnología no es más que la herramienta apropiada para realizar determinados procesos con el objetivo de lograr resultados planificados. Es decir, cumple una función instrumental. Por tanto, debiéramos poner el énfasis educativo no únicamente en la tecnología como especialidad, sino también en el sujeto que la hace posible.

La tecnofilia, enaltecida por la globalización, considera a especialidades como las ingenierías másafines a su desempeño práctico. Tal vez un limitado concepto de modernidad sea el causante de orientar la oferta académica hacia carreras en las que predomine la automatización, desplazando otras, como agronomía, a un plano lateral. Más aun: en nuestra “sociedad del conocimiento” la carrera docente ha pasado a tercera categoría, no solo porque el salario de un educador de un país en desarrollo es desestimulante para ejercer esa profesión, sino también porque se ha impuesto el antivalor de trabajar en donde se gane dinero “rápido”. ¿Y qué ocurre con las humanidades y las ciencias sociales? Con excepción de la licenciatura en derecho, están en franco declive debido a la baja demanda laboral. De mantenerse esa tendencia, dentro de treinta años pudiéramos poseer una notable población de informáticos aislados de la conversación social cara a cara por culpa del último Blackberry, pero no habría sociólogos que propongan cómo reintegrarles su capacidad de interacción social; a esos informáticos tal vez se les pongan planas las yemas de los dedos de tanto apretar teclas, pero careceríamos de psicólogos que les curen el complejo de manos de lagartija.

Imaginemos un equipo de tecnólogos enfrascados en crear un software, que es una tarea interdisciplinaria porque participan, al menos, programadores, expertos en multimedia y asesores del contenido temático de dicho programa. La calidad del producto final dependerá no sólo de la pericia técnica de sus integrantes, sino de una formación cultural integral que les permita establecer asociaciones de saberes diversos y ponerlos en función de los resultados esperados.

Al mencionar el concepto de “formación cultural integral” destacamos la importancia de las humanidades en el desarrollo de las TIC, más allá de las filosofías de soporte de éstas, pues el programador debe provocar que cierta combinación del lenguaje binariorefleje, por ejemplo, un resultado semántico preciso, para lo cual debe dominar un amplio universo léxico y saber contextualizarlo en la oración donde ese término sea usado. A su vez, el tecnólogo en multimedia no sólo debe poseer habilidades de diseño gráfico, sino entender la semiótica para crear un ícono que simbolice con efectividad el mensaje que en su interior encierra. Para entender la semiótica debe estudiar las obras de Pierce y de Umberto Eco, y para comprender a esos autores debe contextualizarlos en su momento histórico, relacionar sus opiniones con las fuentes antropológicas que les han servido de base a sus teorías, y así sucesivamente sumergirse en diversas galaxias culturales que ampliarán su horizonte intelectual.

En este punto deseo confesar que experimento una inmensa satisfacción cuando veo que el Instituto Tecnológico de las Américas, donde soy docente, tiene incorporado a sus programas materias como Ética, Historia dominicana y Redacción española, lo cual refleja la voluntad de formar integralmente a los jóvenes tecnólogos. Asimismo quiero mencionar la excelente iniciativa del Presidente Leonel Fernández de haber constituido el Instituto Global, de Ciencias Sociales, adscrito a la fundación homónima que revitaliza los estudios humanísticos en el país. No obstante, la tendencia mundial es potenciar la superespecialización en oficios de aplicación práctica.

Si continuamos con la referencia del Renacimiento, notaremos que aquel movimiento cultural tuvo otra característica: fue capaz de sembrar en los individuos la semilla del interés cognoscitivo en múltiples campos del saber. En cambio, en nuestra “sociedad del conocimiento” las TIC demandan formar tecnólogos para reproducirse a sí mismas únicamente en las parcelas de su exclusivo terreno epistemológico. Una respuesta conocida es que eso se debe a la superespecialización del trabajo, fenómeno originado por el desarrollo científico-técnico. Pero esa verdad no debe servir de pretexto para que, sin proponérnoslo, la cultura quede reservada para unos pocos elegidos, como en la Edad Media ocurrió con la memoria histórica de Grecia y Roma. ¿Es muy difícil formar en y desde la cultura a especialistas en tecnologías? ¿Y qué significa formar en y desde la cultura? Para mí, no es únicamente la enseñanza que muestra lo que la humanidad ha hecho, sino la que enseña a querer saber siempre algo nuevo.

Por las razones antes mencionadas, deseo invitar a la reflexión de que no debemos conformarnos con que los operadores de las nuevas tecnologías informáticas se limiten a “colocar” de manera pasiva contenidos de humanidades en los diversos portales de la Internet. Eso es ofrecer un servicio de referencias bibliográficas en una plataforma cibernética. Hay que enseñar a usar esa masa de información, y para lograrlo debemos reforzar en los programas de estudio de las carreras técnicas aquellas materias que modelan la formación cultural integral de cada nueva generación. Historia y geografía universales, redacción en las lenguas maternas, arte y literatura, convivencia ciudadana y principios de economía política no debieran faltar en el pensum de ninguna universidad del siglo XXI. Globalicemos con cultura a los que globalizan a sus sociedades. Asumamos esta propuesta como un compromiso de las generaciones actuales con los protagonistas del porvenir, las nuevas juventudes que, al montar una red de wi fi en la Luna, sean también capaces de fundar allí una nueva biblioteca, como la que heredamos del Renacimiento.

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