Las horas y los días (II)

Continúa la lucha contra el temor invisible

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Pesa y duele la confinación. Pero lo que se dice dolor, en grado superlativo, se halla en lo más profundo de quienes perdieron al mejor de los suyos.

Un puñado de días no son nada, en comparación con lo perdido por ellos. Esas pérdidas, esos muertos, vienen a recordarnos que tengamos máximo cuidado por no contagiarnos. Las imágenes de los muertos crean la distancia sideral entre la Nada y la Vida. La luz se yergue siempre frente a las tinieblas. Mas sabemos que los temores y desasosiegos vuelven al territorio mental del que estamos hechos.

Apartemos las negruras de los temores, para ver en las confinaciones forzosas un verdadero regalo de vida, un alivio para nuestra existencia. Póngase cada uno bajo la pancarta avisadora: quedándote en casa salvas vidas humanas. Y nos sentiremos autores de ese aviso. No nos importa que sepa el mundo los miedos que nos abruman. El miedo es un instinto animal primario. La razón lo aparta, ipso facto, al menor conato. Es suficiente en cada momento.

Solo los malpensados toman el aburrimiento como una enfermedad del espíritu.

Sobre el tiempo. Si hoy creemos ver pasar las horas con exasperante lentitud, hace un millón de años esas mismas horas pasaban con inalterable naturalidad.

El paso del tiempo será la primera reflexión que nos haremos en estos días de confinamiento. En adelante servirá para entender y asumir un nuevo concepto del tiempo. Las horas no pasan ni lentas ni rápidas, porque ellas discurren con su ritmo natural. Así fue desde el nacimiento del Universo. Allá la estulticia de quienes pretendan saltarse los ritmos del Universo. El tiempo nos mira y nos ve vivir. Que así sea por muchos años.

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