Las grandes victorias político-militares y diplomáticas de la Revolución Cubana. Ira Parte

Desde San José de Costa Rica hasta Playa Girón: Las grandes victorias político-militares y diplomáticas de la Revolución Cubana. Ira Parte.

Limitaciones de una política de aislamiento: la OEA en su VI y VII Reunión de Cancilleres.

La dinámica cada vez más vertiginosa y radical de los acontecimientos revolucionarios cubanos, la evolución (involución) de las relaciones entre La Habana y Washington, la ductibilidad de las posiciones de los gobiernos latinoamericanos más tendientes al apoyo de los planes norteamericanos contra Cuba y el reinicio de las luchas populares y guerrilleras en sus países provocaron que 1960 se convirtiera en un año decisorio en el accionar anticubano del sistema interhemisférico.

Durante ese año, el presidente estadounidense D. W. Eisenhower [foto] aprobó el plan de entrenar una fuerza invasora e, igualmente, redujo la cuota azucarera cubana en el mercado norteamericano. La misma, como hecho sintomático, fue repartida entre algunos de los gobiernos latinoamericanos y caribeños. De alrededor de un millón y medio de toneladas de azúcar que esos países vendían a EE.UU. en 1960, ya en 1961 pasaron a tres millones y medio de toneladas. Las agresiones económicas, sabotajes, declaraciones contra Cuba en el seno del gobierno y la prensa norteamericana aumentaron de manera geométrica. Prácticamente eran del conocimiento público los intentos reales de agresión, solo se desconocía el momento y el lugar de la invasión. Se sabía, además, qué países de Centroamérica estaban involucrados directamente: Nicaragua, Guatemala, Honduras (Islas Cisnes), Panamá y República Dominicana. Desde el primer trimestre del año, las autoridades estadounidenses continuaron con los planes de acusar a Cuba en el organismo interamericano. En un memorando sobre una conferencia con el Presidente efectuada en la Casa Blanca, el 17 de marzo, se decía que a pesar de que otros países miembros de la OEA “[…] no pueden oponérsele (a Fidel) con mucha fuerza, debido a que se sienten inseguros con respecto a las capacidades de acción de las masas dentro de sus propios países, a las que le simpatiza el tipo de demagogia de Castro […] había que tratar por todos los medios […] en esencia de lograr que la OEA nos apoye”. (Memorandum de una Conferencia con el Presidente en la Casa Blanca, Washington, 17 de marzo de 1960, 2:30 p.m. En Biblioteca Eisenhower, Documento del Proyecto Clean Up (Limpieza).Cuestiones de Inteligencia. Estrictamente confidencial. Preparado por el Brigadier General A. J. Goodpaster, el 18 de marzo de 1960. Ver: Tomás Diez La Guerra Encubierta contra Cuba. Documentos desclasificados de la CIA, Editora Política, La Habana, 1997, p. 19). Incluso, el debate era más profuso, cínico y antagónico puesto que se discutió a propuesta de D. W. Eisenhower si esa actuación de la OEA debía ser fundamentada “[…] en la palabra “comunismo” o si lo podíamos basar en la palabra dictadura, confiscación, amenazas de muerte y otros. El seño Nixon dijo que pensaba que la Resolución de Caracas se basaba en el término “comunismo internacional”. (Idem) Lo paradójico de tal planteamiento, lo constituía el hecho de que los EE.UU., en estos primeros meses no estaban seguros de realizar una operación conjunta contra Cuba […] y si lo solicitaba y no lo obtenía la OEA volaría más alto que un papalote” (Memorandum de una Conferencia en el Departamento de Estado, Washington, 27 de junio de 1960. En Departamento de Estado. Archivos S-P: Lot. 67 D 548, Cuba 1959-1961. Secreto. Distribución limitada. Redactado por Stevenson y aprobado el 26 de julio de 1960. En Idem., p. 26)., aunque se valoró la variante de que los propios norteamericanos lo realizaran solos “[…] o apoyar a un grupo que trate de derrocar a Castro y a la vez pedirle apoyo a la OEA”. (Idem)

En el mes de abril de 1960, Cuba denunció en el seno de la OEA, que los informes de la Comisión Interamericana de Paz, que rendía valoraciones desde la V Reunión de Cancilleres, tenían un lenguaje abstracto y hermético por lo que era muy difícil comprender si se acusaba al régimen de Trujillo por sus acciones anticubanas y antivenezolanas o se pretendía un rodeo táctico para ocultar las responsabilidades de ese gobierno y culpar a otro país -Cuba- sin mencionar su nombre en los textos.

Paralelamente, las audiencias en el senado norteamericano y las declaraciones anticubanas de los diferentes dirigentes de ese país, conjuntamente al arreciamiento de las campañas de prensa contra Cuba, dieron una imagen diáfana de cuáles eran los objetivos del gobierno de EE.UU. que consistieron en conformar la idea de que las “inclinaciones comunistas”, las “filtraciones comunistas” y la “influencia del comunismo internacional” en el gobierno revolucionario habían convertido a éste en una amenaza y fuente de conflictos en el hemisferio occidental.

El 21 de junio, los Estados Unidos presentaron un Memorando a la Comisión Interamericana de Paz de la OEA, intitulado “Acciones provocadoras del Gobierno de Cuba contra los Estados Unidos que han contribuido a aumentar las tensiones en la zona del Caribe” (Documentos de la Organización de Estados Americanos, Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores, San José, Costa Rica, 22 al 29 de agosto de 1960, Unión Panamericana, Washington DC., 1961, Anexo F, p. 1, en Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba), como parte del plan de llevar a Cuba al seno del organismo interhemisférico en la condición de culpable. En tal coyuntura, dos nuevas situaciones se sumaron al complicado panorama político latinoamericano relacionadas con Venezuela y Cuba. El 24 de junio se produjo un atentado contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt, siendo acusado inmediatamente el régimen de Trujillo. Unos días más tarde, el 9 de julio, el Primer Ministro de la Unión Soviética, Nikita Jruschov, en gesto solidario con la Revolución Cubana, hizo unas improvisadas y espontáneas declaraciones, según versiones de la influyente publicación norteamericana The New York Times, de dura advertencia a los EE.UU. con respecto a su política hacia Cuba. En la misma, N. Jruschov afirmó que “[…] Debía recordarse que los EE.UU. no están ya a una distancia tan inalcanzable de la Unión Soviética como antes. Hablando en sentido figurado, si fuere necesario, los artilleros soviéticos podrían apoyar al pueblo de Cuba, con el fuego de sus cohetes, si las fuerzas agresivas del Pentágono osan iniciar una invasión de Cuba. Y el Pentágono debía estar bien aconsejado de no olvidar que, como demuestran las últimas pruebas, tenemos cohetes que pueden caer con precisión sobre un blanco situado a 13 000 kilómetros de distancia. Esto es, si así os gusta, una advertencia a aquellos que gustarían de resolver los problemas internacionales por la fuerza y no por la razón”. (En, Raúl Roa. Canciller de la Dignidad, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1986, p. 86).

Ante la disyuntiva internacional creada por la declaración soviética, el máximo líder de la Revolución Cubana Fidel Castro, el 10 de julio, expuso los puntos de vistas de la Isla acerca de la misma que “[…] Cuando nuestro país está realmente frente al poder del imperio económico más grande del mundo, de la oligarquía más poderosa que no es la primera vez que ha lanzado sus zarpazos sobre los pueblos de América […] la Unión Soviética se manifiesta de manera absolutamente espontánea -eso es lo que hay que destacar-; porque nosotros no hemos estado contando con los cohetes soviéticos para defendernos; nosotros hemos estado contando con nuestra razón; hemos estado contando con nuestra dignidad; hemos estado contando con el heroísmo de nuestro pueblo, con su voluntad de resistir […]”

El revuelo en la OEA ante el atentado a Rómulo Betancourt fue enorme. Se creó una comisión investigadora y a petición del gobierno de Caracas se solicitó una reunión de cancilleres. En esta situación, los EE.UU. lograron en unión con otros gobiernos de la región, vincular las violaciones de los derechos humanos en República Dominicana con las llamadas tensiones en el Caribe. Por otra parte, las consecuencias del pronunciamiento del dirigente de la URSS, hicieron exaltar la campaña acerca de la presencia del comunismo internacional en el gobierno cubano y el peligro que ello implicaba para el hemisferio americano. A tales efectos, el gobierno peruano solicitó la reunión de los cancilleres para analizar “las exigencias de la solidaridad continental, la defensa del sistema regional y de los principios democráticos americanos ante las amenazas que puedan afectarlos”. La insinuación no era tan “confusa” como en el año anterior, en este momento la dirección del futuro ataque era, indudablemente, Cuba.

Fueron tales las presiones y amenazas contra la Isla que el Gobierno Revolucionario Cubano decidió plantear sus quejas y acusaciones en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ante la inercia y la pasividad cómplice de la OEA. El Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Raúl Roa, se dirigió a ese órgano el 18 de julio de 1960. Desde un primer momento, Roa aclaró las facultades de la o­nU para escuchar a cualquier país integrante del mismo si éste lo solicitara porque “[…] No puede discutirse el derecho de ningún Estado Miembro de las Naciones Unidas a acudir al Consejo de Seguridad. Las organizaciones de tipo regional no priman sobre las obligaciones de la Carta. Nacen al amparo de la misma, pero nunca pueden representar para los Estados que las forman un medio menos, sino un medio más”. (¡Cuba no está sola! Intervención de Raúl Roa en el Consejo de Seguridad, 18 de julio de 1960, en Raúl Roa. Canciller de la Dignidad, Ob. Cit., p. 135). Sin retóricas de ningún tipo, el jefe de la diplomacia cubana expuso los derechos de Cuba de acudir a ese órgano aunque la Carta de la OEA estipulaba que todas las controversias internacionales que surgieran entre los Estados Americanos debían ser sometidas a los procedimientos pacíficos señalados en la organización interamericana antes de ser llevadas al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Su aseveración jurídica estaba avalada porque, en otro de los articulados de la Carta de la OEA, se exponía que ninguna de las normas del sistema interhemisférico se podrá interpretar en el sentido que se menoscabaran los derechos y obligaciones de los Estados Miembros de acuerdo con la Carta de la o­nU. Inmediatamente, el Canciller cubano expuso que “[…] La Cuba revolucionaria no es satélite ideológico o efectivo de ningún país. Miente, a sabiendas, quienes la acusan de tal. Cuba es hoy, también, por primera vez, un diminuto planeta que recorre su órbita histórica con absoluta autonomía de traslación y rotación. De ahí la divisa de nuestra política exterior: amigos de todos; siervos de nadie. Y, en consecuencia, aspiramos a convivir, libre y pacíficamente, con todos los pueblos y naciones del mundo, sobre la base de igualdad, respeto mutuo y recíproco beneficio, independientemente del carácter de sus respectivos sistemas sociales”.

La voz de Cuba, a través de Roa, enumeró el minucioso glosario de las agresiones norteamericanas contra la Isla, incluso, ofreció datos acerca de los pilotos norteamericanos muertos o hechos prisioneros en los vuelos piratas para realizar acciones de sabotajes contra objetivos civiles y económicos. Y luego de realizar un recuento histórico de las relaciones de EE.UU. con la Cuba prerrevolucionaria, expuso los principales motivos por los cuales la administración estadounidense estaba agrediendo a la Revolución Cubana que, para el Gobierno Revolucionario no eran otros que su liberación e independencia de los monopolios norteamericanos y los logros ya palpables del proceso revolucionario. Por lo que solicitaba una resolución de ese órgano para ayudar a contener la agresividad de los EE.UU. Al finalizar su larga exposición declaró el deseo diáfano de su país de que se solucionara por vías pacíficas el diferendo exponiendo que “[…] El Gobierno Revolucionario de Cuba reitera, pues, en este parlamento universal de naciones, su disposición a dirimir por los canales diplomáticos normales, en pie de igualdad y a la luz de las obligaciones internacionales contraídas por ambos países, sus diferencias con el Gobierno de los Estados Unidos”. Y dejó constancia del liderazgo cubano, de su determinación inquebrantable a resistir, en apretado haz con su pueblo, a quienes osaran desembarcar en las costas cubanas en son de conquistadores. No sería empresa fácil derrotar a Cuba porque su destino era el destino de todos los pueblos subdesarrollados de América Latina, Asia y África. Finalizando con la convicción de que “[…] El Gobierno Revolucionario de Cuba solicita, por mi conducto, del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, que adopte las medidas congruentes con la naturaleza de la cuestión planteada”.

Al día siguiente, al retomar la palabra para responder la resolución de la o­nU, en la cual no se condenaban los actos de acoso, represalias y agresión de los EE.UU. y se consideraba que la denuncia de Cuba estaba siendo considerada en la OEA, el Canciller de la Isla advirtió que su país reafirmaba su pleno derecho a elegir la vía del Consejo de Seguridad y ratificaba, en todas sus partes, la denuncia que había formulado y negaba categóricamente que la grave situación existente entre EE.UU. y Cuba estaba siendo analizada en la OEA. Más adelante exponía que el “famoso memorando” del gobierno norteamericano sobre las supuestas provocaciones que le atribuía al Gobierno Revolucionario Cubano, en detrimento de las buenas relaciones en el Caribe, había sido remitido a la Comisión Interamericana de Paz, que era un organismo colateral de la OEA y no una denuncia formal presentada, como correspondería, al Consejo de la Organización. Otra vez los EE.UU. se erigían como juez y parte, además de mentir ante las Naciones Unidas.

Mientras, en el edificio de la OEA, en Washington, los preparativos de la reunión de cancilleres continuaban a pasos agigantados. La sede ya estaba designada, sería San José, Costa Rica. El 1ro de agosto, el gobierno norteamericano dirigió otro memorando a la Comisión Interamericana de Paz donde se expresaba honda preocupación por las relaciones del Gobierno Revolucionario Cubano y el “bloque sino-soviético” y advertía sobre “una tendencia dictatorial de control político en Cuba”. El 17 de agosto de 1960 se inauguró la Sexta Reunión de Consulta de Ministros de la OEA que culminó el día 21. El evento fue definitorio en cuanto a las acusaciones y la condena al régimen de Trujillo que abandonó la conferencia el día 18. Los EE.UU. y sus aliados hemisféricos denostaron al dictador dominicano por dos razones fundamentales, en primer lugar, porque eran evidentes las acciones agresivas de éste contra Venezuela y las violaciones de los derechos humanos que cometía internamente en su país; y, en segundo lugar, porque tenían que sacrificarlo para llevar adelante su misión contra Cuba. Primó nuevamente el pragmatismo a lo norteamericano de que “los EE.UU. no tienen amigos sino intereses”. (1) Se encomendó, de acuerdo a las sanciones impuestas, el rompimiento de relaciones diplomáticas de los gobiernos latinoamericanos y caribeños con Santo Domingo, aunque el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Christian Herter, deslizó la idea de que debía crearse un Comité Especial de la OEA para supervisar unas elecciones que se convocarían en dominicana. El fantasma de la intervención encubierta o directa era la opción yanqui a los castigos (sanciones) que ya estaban definidos. La delegación cubana votó a favor de las medidas propuestas siempre que se tuviera en cuenta o estuvieran en conformidad con los preceptos contenidos en los pactos, convenios y tratados internacionales, pero también enjuició a los EE.UU. por ser el protector de Trujillo y llevar a cabo agresiones constantes contra Cuba. Por lo que solicitó sanciones también contra Washington. La réplica y contrarréplica no se hicieron esperar. El señor Herter lanzó la difamación de las implicaciones ideológicas del acercamiento de Cuba con la URSS y la dependencia de la primera con respecto a la segunda. Roa respondió que Cuba no era un satélite efectivo o ideológico de nadie gracias a la Revolución popular que le había conquistado el pleno ejercicio de la soberanía, y sentenció que “[…] De quien Cuba dejó de ser satélite para siempre, desde el primero de enero de 1959, es del Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica”. (Raúl Roa Contrarréplica en la VI Reunión de Cancilleres de la OEA, en: Carlos Lechuga Itinerario de una Farsa, Editorial Pueblo Y Educación, La Habana, 1991, pp. 85-86).

Un día más tarde, el 22 de agosto, se iniciaba la Séptima Reunión de Cancilleres de la OEA. Las intenciones de la misma, dada su rápida convocatoria, quedaron meridianamente claras en el acto de inauguración cuando el Canciller de Colombia Julio César Turbay Ayala, expresó que el encuentro tenía lugar para analizar el caso de Cuba y la solidaridad que le extendía la Unión Soviética; porque el Gobierno Cubano pretendía, además, debilitar la solidaridad continental hasta extinguirla y que la Mayor de las Antillas al minar la unidad hemisférica, lo que deseaba era sustituirla por una alianza de países subdesarrollados de todas las latitudes geográficas, cuyas doctrinas políticas no eran precisamente democráticas, y que intentaba darle una dimensión clasista a las relaciones entre los pueblos, sitiando a los Estados Unidos en su propio entorno. El cinismo, la hipocresía y la falta de ética no podían alcanzar un lugar más “alto”. Turbay Ayala defendía a los EE.UU. del “cerco que Cuba pretendía tenderle”. La batalla diplomática y política había recomenzado. La tónica del discurso del colombiano era solo la antesala de lo peor.

Al hablar en la primera sesión de la VII reunión, el ministro cubano hizo una disertación de citas de Bolívar, Juárez, Martí y otros próceres latinoamericanos que enjuiciaban negativamente a los EE.UU. Su objetivo era claro, tenía que desenmascarar a Herter quien había señalado en el evento anterior, que en el lenguaje del canciller cubano se advertía cierta “influencia soviética”. Y cuando le preguntó a Herter y a los demás representantes latinoamericanos y caribeños quiénes escribieron o expresaron tales ideas antiimperialistas, él mismo contestó irónicamente que no habían sido obras de Carlos Marx o Nikita Jruschov y entonces nombró las fuentes latinoamericanas. Ya en los inicios de su intervención había declarado que “[…] El Gobierno Revolucionario de Cuba no ha venido a San José de Costa Rica como reo, sino como fiscal. Está aquí para lanzar de viva voz, sin remilgos ni miedos, su yo acuso implacable contra la más rica, poderosa y agresiva potencia capitalista del mundo que, en vano, ha pretendido intimidarlo, rendirlo o comprarlo”. (Raúl Roa Intervenciones en la Séptima Reunión de Consulta de Cancilleres de las Repúblicas Americanas, en: Raúl Roa. Canciller de la Dignidad, Ob. Cit., p. 53).

Los argumentos del representante de la delegación cubana fueron muy sólidos desde el punto de vista histórico, político y ético. Las responsabilidades de los gobiernos de EE.UU. con respecto a la deformación estructural de la economía cubana, su atraso y subdesarrollo fueron narradas y expuestas con razonamiento lógico. No hubo una acusación o difamación que Cuba no respondiera y contraatacara. “[…] Y ahora, porque estamos dando fin a ese nuevo sistema de coloniaje, el coloniaje económico, -decía en otra parte de su intervención- se nos proclama herejes dentro de la “democracia americana”. Antidemocráticos se nos llama, porque nuestro Gobierno no responde a los intereses de la oligarquía monopólica sino a los intereses del pueblo de Cuba. Porque distribuimos los latifundios y creamos cientos de miles de nuevos propietarios, dicen que estamos contra el derecho de propiedad. Porque hacemos al cubano dueño de sus tierras y de sus fábricas, nos dicen que estamos al servicio del comunismo internacional. Porque no tuvieron resultados los planes para bloquearnos económicamente, cortándonos el suministro de petróleo y privándonos de nuestro tradicional mercado, y porque hemos tratado de sobrevivir comprándole petróleo a quien se ha dispuesto a vendérnoslo y vendiéndoles azúcar a todos los pueblos que han querido comprarnos la que ellos rechazaron, dicen que abandonamos el sistema interamericano. En resumen, porque no nos hemos resignado a morir, quieren matarnos. Pero no quieren matarnos por sí solos, sino que están reclutando cómplices, porque necesitan justificar su crimen ante la opinión de América para que nuestra sangre no los ahogue”. Al referirse a los intentos de convertir a Cuba en uno de los puntos polémicos de la Guerra Fría, y que desde el propio año 1959, EE.UU. propagó la idea de “la filtración comunista” en el gobierno cubano, el representante cubano tomó como ejemplo el último hecho promovido por la administración norteamericana que, justificándose en la apreciación de que la Isla había transgredido la disciplina de la OEA al aprobar la declaración del Premier Soviético Nikita Jruschov de solidaridad con Cuba, se preguntó y respondió acertadamente, “[…] ¿Quién provocó la declaración de Jruschov? ¿Constituye, propiamente, un intento de intervención en los asuntos privados del hemisferio? ¿O es la réplica oportuna a una larga cadena de agresiones y represalias? El único y verdadero responsable de esa declaración es el Gobierno de los Estados Unidos” .

Y continuó con una importante afirmación de principios en la arena internacional “[…] Si anudar relaciones diplomáticas, comerciales y culturales con la Unión Soviética y otros países socialistas significa transgredir esa disciplina, transgredida queda […] El Gobierno Revolucionario no puede supeditar su soberanía a decisiones ajenas. Si mantener esas relaciones, que benefician al pueblo cubano -de no haber tenido la previsión y el valor de establecerlas estaría hoy alimentándose con los sobrantes del azúcar- trae aparejado el marbete de comunista, venga el marbete.” Señaló asimismo que Cuba había declarado que seguiría comerciando con todos los pueblos que quisieran comprarle o venderle, gustásele o no al Gobierno de los Estados Unidos y, a la vez, acusó a dicho gobierno de extorsionar al pueblo de Cuba en el ejercicio de la libertad de comercio, como violación flagrante de los principios de la Carta de las Naciones Unidas.

En cuando al principio de no intervención e intromisión en los asuntos internos de cualquier Estado o grupo de estos, planteó que Cuba apoyaba resueltamente dicho precepto y se oponía a estos actos ingerencistas provinieran de este continente o de cualquier otro, en la jurisdicción interna o externa de los Estados americanos. Asimismo declaró que las relaciones diplomáticas, comerciales y culturales que estableciera la URSS con cualquier país de América, el tipo ayuda que le prestara o declaración que hiciera de defender a éstos contra una potencia intracontinental, como los Estados Unidos-incluyendo una invasión militar- no constituiría una forma de intromisión o intervención. Porque en todo caso, la declaración soviética debía tomarse como un apoyo al derecho de no intervención y no agresión militar. Encarando a los gobiernos del área les preguntó si estarían dispuestos a apoyar a Cuba en caso de una agresión norteamericana y qué harían si prosiguieran las agresiones económicas contra la Mayor de las Antillas, que representaban un manifiesto menosprecio de la Carta de la OEA. Ante esa interrogante el silencio inundó la sala.

Sin embargo, a pesar del tono confrontativo, en otra intervención el Canciller cubano daba muestras de iniciar, aun en ese contexto, un diálogo constructivo con los EE.UU. expresando que su gobierno estaba dispuesto “[…] a examinar, a analizar, a negociar, sus gravísimas diferencias con el Gobierno de los Estados Unidos, por vía bilateral, en un pie de igualdad absoluta, y con agenda abierta, es decir, con inclusión de todos los temas que puedan interesar […] que estas negociaciones deben desarrollarse en el marco estricto del derecho internacional. Cuba no ha agredido ni agredirá a nadie. Cuba aspira a vivir en armonía y en paz con todos los pueblos del mundo”. Para añadir a continuación que su país y pueblo “[…] ama tanto la paz que ha podido convertir los cuarteles en escuelas y los tanques en tractores. […] Y ha podido hacer algo más: ha podido, gracias a su carácter genuinamente democrático, aunque no proceda del voto, armar a su pueblo. ¿Qué gobierno que no lo sea, el mismo Gobierno de los Estados Unidos, puede armar al pueblo norteamericano, a determinada zona del pueblo norteamericano, como a los negros del Sur, como en estos momentos el Gobierno de Cuba ha armado a su pueblo, el cual está presto a defender, bajo la consigna de Patria o Muerte, la sobrevivencia de la nación cubana, agredida y amenazada?”

A pesar de los debates y de las contundentes declaraciones y respuestas de Cuba, las presiones norteamericanas y las genuflexiones de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos y caribeños habían logrado que se compusiera un texto, que sin nombrar a Cuba, la denunciaba de manera indirecta. Se redactó la denominada Declaración de San José en cuyos artículos más importantes se exponía: “1- Condena enérgicamente la intervención o amenaza de intervención, aun cuando sea condicionada, de una potencia extracontinental en los asuntos de las Repúblicas americanas, y declara que la aceptación de una amenaza de intervención extracontinental por parte de un Estado americano pone en peligro la solidaridad y seguridad americanas, lo que obliga a la Organización de Estados Americanos a desaprobarla y a rechazarla con igual energía […]; 2- Rechaza asimismo la pretensión de las potencias chino-soviéticas de utilizar la situación política, económica o social de cualquier Estado americano, por cuanto dicha pretensión es susceptible de quebrantar la unidad continental y de poner en peligro la paz y la seguridad del Hemisferio, […]; 4- Reafirma que el sistema interamericano es incompatible con toda forma de totalitarismo y que la democracia solo logrará la plenitud de sus objetivos en el Continente cuando todas las repúblicas americanas ajusten su conducta a los principios enunciados en la Declaración de Santiago de Chile, […]; 5- Proclama que todos los Estados miembros de la Organización Regional tienen la obligación de someterse a la disciplina del sistema interamericano voluntaria y libremente convenida, y que la más firme garantía de su soberanía y su independencia política proviene de la obediencia a las disposiciones de la Carta de la Organización de Estados Americanos.” (Acta Final de la Séptima Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores, San José, Costa Rica, 22 al 29 de agosto de 1960, en Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba, Documentos de la OEA, Unión Panamericana, Washington, DC, 1961, pp. 1-2)

La delegación cubana al comprobar que la resolución iba a ser aprobada por consenso, no obstante, pronunció otras intervenciones para dar a conocer algunas tesis fundamentales acerca de la supuesta “soledad” de Cuba y sobre la posible agresión militar contra el país. En este sentido se argumentó que “[…] El Gobierno y el pueblo de Cuba están plenamente convencidos de que se hallan bajo la inminencia de una agresión militar del Gobierno de los Estados Unidos. […] Y nuestro país está absolutamente desamparado en el hemisferio. […] Cuba no ha encontrado en los gobiernos democráticos del continente ni en la Organización de los Estados Americanos el apoyo que debía encontrar […] (Intervenciones de Raúl Roa en la VII Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de las Repúblicas Americanas, en Raúl Roa, Canciller de la Dignidad, Ob. Cit. p. 118), continuando Raúl Roa, “Pero si nos sentimos oficialmente solos, no estamos vitalmente solos. El pueblo de Cuba, en ésta, la más dramática coyuntura que ha afrontado a lo largo de su fecunda y agitada historia, se sabe amparado por millones de brazos y corazones que se vuelcan sobre las costas doradas de mi patria en oleadas sucesivas, levantando, por así decirlo, un farallón que puede resultar inexpugnable. Y si este farallón fuese horadado, sépase también que lo único que habrán de recoger los invasores, mezclado al polvo de la patria, será la sangre de sus hijos, que se trocaría al cabo en símbolo inmortal, para ser, ya que no norma sustantiva de la Organización de Estados Americanos, sí ejemplo y lección para nuestros pueblos […] Si ante esta situación de peligro inminente para la sobrevivencia de Cuba como nación, cualquier otro Estado continental o extracontinental, le ofreciera su cooperación y apoyo para subsistir, el Gobierno Revolucionario lo aceptaría jubiloso y agradecido. No podía ser otra su actitud, so pena de traicionar el mandato de su pueblo y algo que es aún más importante que eso: el compromiso irrenunciable que tiene adquirido con la nación, como tal, para preservar su sobrevivencia a toda costa. Esa es, pues, la posición de Cuba ante el punto primero del Proyecto de Declaración […] Saldríamos de aquí encendidos de fe, si en nombre de los principios en que teóricamente descansa la Organización de los Estados Americanos, se adoptase una resolución condenatoria de los actos de intervención y agresión perpetrados por el Gobierno de los Estados Unidos contra Cuba”.

Ante las maniobras de última hora que pretendían crear una comisión que investigara las acusaciones de Cuba a EE.UU., y a la inversa, el canciller cubano fue renuente a la misma sabiendo que los resultados no iban a arrojar un saldo positivo en beneficio del pueblo cubano. Sin embargo, para demostrar la no tozudez cubana con respecto a la solución por vías pacíficas y diplomáticas del conflicto con el Imperio del Norte, Roa indicó que el gobierno cubano estaba presto, incluso, a aceptar una gestión de buenos oficios de parte de aquellos Estados latinoamericanos respetados y respetables de la Organización para, en efecto, dirimir sus diferencias con el de los Estados Unidos, en negociación de tipo bilateral, en pie de igualdad y con agenda libre.

Y cuando en la conferencia era inminente la aprobación de la Resolución de San José, el canciller cubano declaró que la delegación de Cuba se retiraba de la VII Reunión de Consulta porque, “[…] La razón fundamental que la mueve inexorablemente a ello es que, no obstante todas las declaraciones y protestas que aquí se han formulado en el sentido de que Cuba podía contar con la protección y el apoyo de la Organización de los Estados Americanos, a la cual pertenece, contra los actos de intervenciones y agresión de otro Estado americano, las pruebas que han aducido no han tenido eco, ni resonancia, ni acogida alguna. Los gobiernos latinoamericanos han dejado sola a Cuba […] Me voy con mi pueblo, y con mi pueblo se van también de aquí los pueblos de nuestra América”.

La aprobación de la Declaración de San José mostró la debilidad y el lacayismo de los gobiernos y otros actores políticos de la región quienes desde supuestas posturas liberales burguesas se quebraron y fueron copartícipes de la resolución. Ante las presiones norteamericanas y los intentos de mediatizar el proyecto político, democrático y participativo de la Revolución Cubana, ésta no tuvo otra alternativa que responder con un documento trascendental.

La contundente respuesta cubana: La Primera Declaración de La Habana.

Con la Declaración de San José, de Costa Rica, los gobernantes de los Estados Unidos persiguieron tres objetivos básicos inmediatos: primero, el intento de aislar a Cuba y con ello lograr la convalidación en el ámbito regional y luego internacional del mayor número de gobiernos para una futura acción militar contra la Isla; segundo, el sometimiento absoluto o por lo menos mayoritario de los Estados miembros de la OEA a la disciplina del sistema interamericano y su obediencia a los dictados de Washington en la Carta de esta organización; tercero, la pretensión de provocar el aplastamiento y la disminución de los sentimientos y convicciones de solidaridad hacia Cuba y, con ello, el aborto de una posible Revolución Latinoamericana. La Declaración de San José fue, por sobre todo, además de un documento anticubano, una proclama contrarrevolucionaria continental. Y si todos estos propósitos eran válidos para la política imperialista de EE.UU., el tercero de los enunciados tenía el carácter estratégico mayor. La Revolución Cubana estaba consolidada en cierto sentido y había pasado por algunas pruebas importantes en su desarrollo interno, pero continuaba siendo considerada un “ejemplo nocivo” para el resto del continente. Su aislamiento, desacreditación, las impedimentas para que no tuviera acceso a tecnologías y financiamientos necesarios para su desarrollo económico, los intentos de subversión endógenos y exógenos y el logro de la destrucción de régimen cubano ya eran objetivos no solo de carácter continental sino mundial. A esta altura de la inserción cubana oficial (diplomática) y no oficial del proceso revolucionario en el hemisferio, el proceso revolucionario en la lsla se había convertido en un serio escollo en la máxima prioridad concedida por los círculos de poder de los Estados Unidos y sus aliados al problema de contener las revoluciones. Y en este caso singular, esta “propagación comunista” se había llevado a cabo en su traspatio natural. Ello era algo inconcebible y debía ser detenido y aniquilado. Por ello la respuesta cubana tuvo también un contenido y vuelo continental e internacional. Y lo realizó, no solo por brindar una respuesta a una resolución de condena, sino porque intrínsecamente debía y podía legitimar la vocación y convicción latinoamericanista, antiimperialista e internacionalista de su proceso político popular y convalidarlo con los sueños y aspiraciones de las masas populares de la región.

La proclamación de La Primera Declaración de La Habana, el 2 de septiembre de 1960 y su aprobación en multitudinaria manifestación popular delimitó dos momentos de esa etapa inicial del proceso revolucionario en el plano interno y externo, el primero que abarcó desde el triunfo hasta esa fecha, en que solo se estaba a un mes del cumplimiento básico del Programa del Moncada, y la segunda fase, entre septiembre de 1960 y abril de 1961 cuando se proclama el carácter socialista el 16 de abril, antes de la victoria de Playa Girón (19 de abril). En su inicio la declaración cubana expresó que “[…] Junto a la imagen y el recuerdo de José Martí, en Cuba, Territorio Libre de América, el pueblo, en uso de las potestades inalienables que dimanan del efectivo ejercicio de la soberanía, expresada en el sufragio directo, universal y público, se ha constituido en Asamblea General Nacional”. (Primera Declaración de La Habana, en Declaraciones de La Habana y de Santiago, Editora Política, La Habana, 1965, p. 10).

E inmediatamente condenaba en todos sus términos la denominada “Declaración de San José de Costa Rica” porque era un “[…] documento dictado por el imperialismo norteamericano y atentatorio a la autodeterminación nacional, la soberanía y la dignidad de los pueblos hermanos del Continente condenando […] enérgicamente la intervención abierta y criminal que durante más de un siglo ha ejercido el imperialismo norteamericano sobre todos los pueblos de América Latina, pueblos que más de una vez han visto invadido su suelo, […] anteponiendo a los intentos de propugnar la Doctrina Monroe y un hipócrita panamericanismo, el latinoamericanismo liberador que late en José Martí y Benito Juárez y extiende “[…] la amistad hacia el pueblo norteamericano -el pueblo de los negros linchados, de los intelectuales perseguidos, de los obreros forzados a aceptar la dirección de gangster- reafirma la voluntad de marchar “con todo el mundo y no con una parte de él”.

Abordando el tema de las agresiones y presiones de EE.UU. contra Nuestra América el texto cubano expresó que “[…] Esa intervención, afianzada en la superioridad militar, en tratados desiguales y en la sumisión miserable de gobernantes traidores, ha convertido a lo largo de más de cien años, a nuestra América, la América que Bolívar, Hidalgo, Juárez, San Martín, O Higgins, Sucre y Martí quisieron libre, en zona de explotación, en traspatio del imperialismo financiero y político yanqui, en reserva de votos para los organismos internacionales en los cuales los países latinoamericanos hemos figurado como arrias del”Norte revuelto y brutal que nos desprecia […] Y por lo tanto, esos gobiernos que aceptan ese status “[…] traicionan los ideales independentistas de sus pueblos, borra su soberanía e impide la verdadera solidaridad entre nuestros países[…]”.

Estando a tono con los cambios que se operaban en el subcontinente la Primera Declaración de La Habana criticó la validez de la democracia representativa al expresar la convicción de que la democracia no puede consistir solo en el ejercicio de un voto electoral y que no es compatible con la oligarquía financiera, sino en el derecho de los ciudadanos a decidir su propio destino. ”[…] La democracia […] solo existirá en América Latina cuando los pueblos sean realmente libres para escoger, cuando los humildes no estén reducidos -por el hambre, la desigualdad social, el analfabetismo y los sistemas jurídicos -, a la más ominosa impotencia”. Ello daba un nuevo orden prioritario a la agenda de los derechos humanos en la arena internacional. Para la Revolución Cubana no podían existir derechos civiles y políticos plenos y, mucho menos, una democracia y una libertad real en un régimen donde los más elementales derechos a la vida, la dignidad y el honor de los seres humanos no fueran respetados y tomados en consideración. La jerarquización propuesta era polémica y hasta contradictoria de acuerdo al marco epocal -nunca antagónica como hicieron ver los defensores de los derechos humanos burgueses- pero muy novedosa ya que podía alcanzarse en una América Latina unida, no dependiente a los dictados de Washington y con un sistema más justo y equitativo. A los derechos antes apuntados se sumaban los económicos, los sociales, los educacionales y los de la salud pública, todos en pie de igualdad para las mayorías. Cuba se insertaba en el discurso democrático sin limitaciones de razón de ningún tipo para defender su proyecto social y humano, extendiéndolo más allá de sus fronteras.

Al unísono, la Declaración de la Habana, vindicó el deber de los pueblos latinoamericanos a luchar por sus demandas más genuinas; el deber de las naciones oprimidas y explotadas a luchar por su liberación y el deber de ”[…] cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados o agredidos, sea cual fuere el lugar del mundo en que estos se encuentren y la distancia geográfica que los separe”. En acto de independencia total la declaración aceptó y agradeció el apoyo de la Unión Soviética si su territorio fuera invadido por fuerzas militares de los Estados Unidos y ratificó su política de amistad con todos los pueblos del mundo, reafirmando su propósito de establecer relaciones diplomáticas también con todos los países socialistas y desde ese instante, en uso de su soberanía y libre voluntad expresó “[…] al gobierno de la República Popular China, que acuerda establecer relaciones diplomáticas entre ambos países y que, por tanto, quedan rescindidas las relaciones que […] Cuba había mantenido con el régimen títere que sostiene en Formosa los barcos de la Séptima Flota yanqui“. Y finalmente, concluyó que la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba “[…] reafirma su fe en que la América Latina marchará pronto, unida y vencedora, libre de ataduras que convierten sus economías en riqueza enajenada al imperialismo norteamericano y que le impiden oír su verdadera voz en las reuniones donde cancilleres domesticados hacen de coro infamante al amo despótico. Ratifica, por ello, su decisión de trabajar por ese común destino latinoamericano que permitirá a nuestros países edificar una solidaridad verdadera, asentada en la libre voluntad de cada uno de ellos y en las aspiraciones conjuntas de todos. En la lucha por esa América Latina liberada, […] surge ahora, con potencia invencible, la voz genuina de los pueblos, voz que se abre paso desde las entrañas de sus minas de carbón y de estaño, desde sus fábricas y centrales azucareros, desde sus tierras enfeudadas, donde rotos, cholos, gauchos, jíbaros, herederos de Zapata y de Sandino, empuñan las armas de su libertad, voz que resuena en sus poetas y en sus novelistas, en sus estudiantes, en sus mujeres y en sus niños, en sus ancianos desvelados […] A esa voz hermana, la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba le responde: ¡Presente! Cuba no fallará. Aquí está para ratificar, ante América Latina y ante el mundo, como un compromiso histórico, su dilema irrenunciable: Patria o Muerte”.

El momento era definitorio. Y con ese carácter, la Primera Declaración de La Habana se convirtió en un documento de política exterior conclusorio de esa etapa inicial. Se recogieron de esta forma los principales principios de la proyección internacional de Cuba revolucionaria hacia América Latina y el Caribe, incluyéndose elementos básicos de esa política hacia otros pueblos del mundo. Era la ruptura-continuidad y la síntesis de una política de prioridades en la esfera internacional en que Cuba, aunque mantuvo sus relaciones con todos los gobiernos democráticos del continente, comenzó a privilegiar sus ya iniciados y próximos vínculos con todos los representantes políticos o corporativos de diferentes sectores sociales que, independientemente de matices ideológicos, expresaron su solidaridad con Cuba y su voluntad de propugnar cambios favorables a los intereses populares en sus países y rechazaron la política imperialista de los EE.UU.

La aprobación de la Primera Declaración de La Habana fue también el inicio de la consulta con las masas populares de los principales documentos de política exterior. Nunca antes en parte alguna del hemisferio se convocaba al pueblo en manifestación multitudinaria para discutir y ratificar, en plena plaza pública, un programa de proyección internacional. Era la corroboración de la diplomacia popular directa y no secreta de la Revolución Cubana. Unos seis meses después, en una intervención televisada, el Comandante en Jefe Fidel Castro expresaría rotundamente: “La Declaración de La Habana es el programa y esencia de nuestra Revolución Socialista.” (2)

La primera presencia del Comandante en Jefe Fidel Castro en la Organización de las Naciones Unidas.

La impugnación de la Declaración de San José y la reafirmación de la Primera Declaración de la Habana tuvo, en el propio mes de septiembre, un nuevo impacto internacional cuando el Primer Ministro Fidel Castro viajó a Nueva York, EE.UU. para asistir al XV Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Era el momento de continuar, profundizar y divulgar a nuevos planos la proyección exterior de la Revolución Cubana.

A pesar de los innumerables gestos de descortesía a que fue sometido el primer ministro cubano, por el gobierno norteamericano que le restringió sus movimientos a la Isla de Manhattan y le negó acceso a los hoteles de la ciudad, el máximo líder de la Revolución pudo encontrar en el Hotel Theresa, del barrio negro de Harlem, un lugar seguro de alojamiento. El hecho de por sí insólito en la historia de la diplomacia internacional cobró nueva fuerza al ser los propios ciudadanos negros de esa localidad quienes le brindaron a Fidel el apoyo y la seguridad ante la hostilidad reinante. Incluso recibió en sus habitaciones la visita de muchos mandatarios de otros países. Cuando a las tres de la tarde del lunes 26 de septiembre le fue concedida la palabra a Fidel Castro, ya la expectación era enorme. El discurso de más de 3 horas de duración, récord para la o­nU, fue más allá de lo que muchos podían esperar en su contenido. Haciendo uso de su oratoria y carisma personal, el político cubano fue exponiendo la realidad de Cuba antes de 1959 y la obra de la Revolución en menos de dos años. Sin ninguna cortapisa y con sinceridad extrema denunció los planes de agresión de los EE.UU. contra la Isla como resultado de que su pueblo se había ganado el derecho de decidir su propio destino y, acorde a las normas jurídicas internacionales vigentes, el de construir el sistema político y socioeconómico que deseara. De esta forma quedaba demostrado a escala universal las verdaderas causas de la hostilidad del gobierno norteamericano y las falacias de la presencia importada de un comunismo soviético y chino en La Habana.

Refiriéndose a la OEA y la ya citada declaración de la VII Reunión de Consulta de sus cancilleres, Fidel concluyó que los pactos de defensa hemisférica mejor podían denominarse pactos para la defensa de los monopolios norteamericanos. Y profundizando en la historia de la América nuestra y la organización interamericana expresó, “[…] ¿Quién es el que honestamente aquí sería capaz de negar la intervención de la United Fruit Company y la del Departamento de Estado norteamericano en el derrocamiento del Gobierno legítimo de Guatemala? […] Cuba no era el primer país agredido; Cuba no era el primer país en peligro de ser agredido. En este hemisferio todo el mundo sabe que el Gobierno de los Estados Unidos siempre impuso su ley: la ley del más fuerte; ¡esa ley del más fuerte en virtud de la cual ha estado destruyendo la nacionalidad puertorriqueña y ha mantenido allí su dominio sobre esa isla hermana, esa ley en virtud de la cual se apoderó del Canal de Panamá” (Acta de la 872 Sesión del XV período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, 26 de septiembre de 1960, Fondo de las Naciones Unidas, o­nU, 1961, pp. 180-101; y en Tres intervenciones en la o­nU, Editora Pedagógica, La Habana, 1965, pp. 10-56), añadiendo que “[…] aquí lo que hay es que ir al fondo de la cuestión y no a las formas. Si nos atenemos a la letra muerta, estamos garantizados; si nos atenemos a la realidad, no estamos garantizados en absoluto porque la realidad se impone por encima del derecho establecido en los códigos internacionales, y esa realidad es que un país pequeño, agredido por un gobierno poderoso, no tuvo defensa, no pudo ser defendido […] En Costa Rica no se condena a los Estados Unidos o al Gobierno de los Estados Unidos […] Permítaseme evitar que confunda nuestro sentimiento en relación con el pueblo de los Estados Unidos. No fue condenado el Gobierno de los Estados Unidos por las sesenta incursiones de aviones piratas, no fue condenado por la agresión económica y por otras muchas agresiones. No. Condenaron a la Unión Soviética. ¡Que cosa tan extraordinaria! Nosotros no habíamos recibido ninguna agresión de la Unión Soviética; ningún avión soviético había volado sobre nuestro territorio y, sin embargo, en Costa Rica condenan a la Unión Soviética por intromisión. La Unión Soviética se había limitado a decir que, en caso de agresión militar a nuestro país, los artilleros soviéticos, hablando en sentido figurado, podían apoyar al país agredido […] pero en definitiva, añadió dando un ejemplo de fuerza moral y política, el pueblo cubano sabe que “[…] a última hora, cuando su derecho ha sido negado, cuando sobre él se enciman la fuerzas agresivas, le queda el recurso supremo y el recurso heroico de resistir, cuando su derecho no sea garantizado ni en la OEA ni en la o­nU”.

Más adelante, Fidel expone un caso específico de utilización por EE.UU. de una parte de territorio centroamericano para sus planes contra Cuba,“ […] En primer lugar, el Gobierno de los Estados Unidos se considera con el derecho de promover la subversión en nuestro país; el Gobierno de Estados Unidos está promoviendo la organización de movimientos subversivos contra el Gobierno Revolucionario de Cuba y nosotros lo denunciamos aquí en esta Asamblea General y queremos denunciar concretamente que, por ejemplo, en una isla del Caribe, territorio que pertenece a Honduras y que se conoce con el nombre de Islas Cisnes, el Gobierno de Estados Unidos se ha apoderado “manu militari” de esas islas; hay allí infantería de marina norteamericana, a pesar de ser un territorio que pertenece a Honduras y allí violando las leyes internacionales, despojando a un pueblo hermano de un pedazo de su territorio, violando los convenios internacionales de radio, ha establecido una potente emisora de radio, que ha puesto en manos de los criminales de guerra y de los grupos subversivos que mantiene en este país y que allí se están haciendo, adem

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