Las falanges del orden, o las mutaciones «fachas» del neoliberalismo

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1) En tanto forma política de carácter específico, el fascismo clásico (mussoliniano) resultaba de una combinatoria nacionalista, militarista, corporativista, movilizante y totalitaria.

2) El fascismo clásico representó una respuesta contra-revolucionaria a la crisis del capitalismo liberal, y al desafió revolucionario socialista. Bajo este horizonte histórico-político, los fascismos clásicos, en general, configurarán diferentes versiones de «capitalismos de Estado».

3) A diferencia de los conservadurismos reaccionarios que le precedieron, las diferentes versiones del fascismo, en general, no procuraban la mera restauración de un viejo orden, sino más bien su actualización, renovación o reemplazo por un orden de nuevo tipo.

4) Bajo el régimen fascista, el Estado res-publicano se difumina en el marco de la comunidad política nacional, y/o esta se ve orgánicamente integrada en el partido-Estado.

5) El fascismo asociado a una alta dosis de clericalismo, nos dará una versión falangista del fascismo (el franquismo en tanto que fascismo-clerical).

6) El fascismo montado sobre una sistematización superlativa del eugenismo moderno, nos dará la versión nazista del fascismo (el hitlerismo en tanto que nazi-fascismo).

7) El nazismo llevó al paroxismo la racialización de las relaciones sociales, combinando eugenésicamente el supremacismo (ario) con el integrismo (nacional-socialista).

8) El nazismo representó el non plus ultra del fascismo clásico. Desplegó ampulosamente su carácter nacional-militarista, y llevó hasta el síncope la movilización-totalitaria de la sociedad. Junto al capitalismo de Estado nipón, representó una fase extrema del imperialismo.

9) El despotismo militar-imperial japonés (sintoísmo), nacionalista, militarista y totalitario, no alcanzaba, con todo, a configurar un régimen fascista en términos estrictos.

10) Allende a sus características filo-fascistas, la regimentación bonapartista configurada por el justicialismo argentino (nacionalista, «militarista», «corporativista», integrista y movilizante), tampoco configuró un fascismo strictu sensu. No solamente por los déficits en su carácter formal (el régimen justicialista, apenas si llegó a alcanzar un carácter semi-totalitario, en los momentos de mayor auge de su organicismo-integrista), sino -y sobre todo- por la composición de clase sobre la que se levanta (el fascismo emerge como un movimiento contrarrevolucionario apoyado en las capas medias, directamente enfrentado con el campo del movimiento obrero revolucionario. El justicialismo surge como un movimiento bonapartista, apoyado por las masas obreras, enfrentado al sector revolucionario de las mismas, pero confrontando también con el campo contrarrevolucionario de las capas medias).

El Justicialismo es -aún- el partido obrero (y popular) de la burguesía argentina (el partido democrático-integralista que el Radicalismo de algún modo quiso, pero no pudo ni supo ser), una guisa de populismo franquista y maoísta al mismo tiempo (anti-oligárquico, anti-liberal y anti-imperialista / pro-capitalista, filo-falangista y pseudo-revolucionario). Un bonapartismo más o menos progresivo, más o menos regresivo según el contexto y las circunstancias históricas concretas que lo sobredeterminan. Como antítesis «nacional y popular» de los regímenes oligárquicos-liberales (o liberal-conservadores), el Justicialismo representó una continuación del Radicalismo personalista (la trayectoria de los intelectuales de FORJA marca esa línea de continuidad). Radicales y Justicialistas opusieron -desde una perspectiva filo-krausista- los principios de la «democracia orgánica», a la matriz liberal de las instituciones oligárquico-conservadoras (el gobierno de Yrigoyen sería algo así como el primer gobierno «populista»; o el gobierno de «la chusma» como se decía por aquel entonces. Y es mi parecer que el gobierno kirchnerista de los últimos 12 años estuvo más en la línea de Yrigoyen – Frondizi – Alfonsín, que en la del propio Perón).

La perenne pregnancia del discurso Justicialista, en todo caso, radica -sin menoscabo de otras razones- en su entronque con la sensibilidad y mentalidad social-cristiana que sedimenta(ba)n, de una forma u otra, la cosmovisión «nacional y popular» en la Argentina (una cosmovisión sedimentada por un secular trabajo de inculturación adelantado por la Iglesia católica y las diferentes corrientes del cristianismo, y que permiten al justicialismo -o acaso le permitían- configurarse como una suerte de meta-ideología).

En tanto que efectivo «movimiento nacional y popular», el Justicialismo se ha ido conformando como una efectiva maquinaria de gobierno y desgobierno que sobrepasa, desborda, mas no (necesariamente) subvierte las instancias representativas de las instituciones republicanas. ¿Significa ello un déficit democrático? Nada de eso, muy por el contrario, ello señala su democrático exceso. En este sentido, el Justicialismo actualiza la «democracia bárbara» que Alberdi reconociera en las montoneras decimonónicas, y al que se le oponía -tanto ayer como hoy- el despotismo «liberal-republicano» de la oligarquía.

En términos socio-económicos, ya el Radicalismo pero más aun el Justicialismo se transformaron en fuerzas cívicas y sociales respectivamente, a partir de la crisis del modelo agro-exportador y del advenimiento del modelo de industrialización por sustitución de importaciones. Con el desplazamiento del aluvión ultramarino por las migraciones interiores, y la completa alteración de la economía mundial a raíz de las disputas, desplazamientos y conflagraciones inter-imperialistas que sacudieron el mundo entre 1914 y 1945. Los procesos de descolonización en el marco de la guerra fría les conferirían una nueva tónica (más desarrollista y liberacionista), al tiempo que el «nuevo orden mundial» los subsumiría dentro de «la globalización neoliberal». El alfonsinismo primero y el kirchnerismo luego, intentaron vías alternativas a tal derrotero (más social-demócrata, social-progresista o socio-liberal).

Actualmente, la (re)configuración de un «movimiento nacional y popular», de su índole específica y su agenda diferencial, aparece como un abigarrado proceso que atraviesa intrincadamente al Justicialismo, al Radicalismo y demás partidos del campo de la denominada izquierda nacional-popular, donde se embrollan diversas agendas socio-culturales.

11) Volviendo a nuestra temática axial de las «falanges del orden». Desde que finalizara la segunda guerra mundial, se ha intentado categorizar a todo movimiento reaccionario-conservador como fascista, semi-fascista o neo-fascista. Genéricamente, se ha llegado a caracterizar como fascista o nazi-fascista a cualquier corriente «ideológico-política» que propicia la movilización y expresión de los sectores subalternos, reemplazando su conciencia de clase por el culto del líder (o por una mitología movilizante cualesquiera), y desplazando la exigencia de sus derechos por una apoteosis de la violencia xenófoba y reaccionaria.

12) A partir del declive más o menos desordenado de los procesos de globalización neoliberal, el in crescendo de corrientes y tendencias político-culturales de este tenor -sobre todo en Europa-, intentó ser pensado en clave de la crítica general a los populismos. Pasado por los tamices del progresismo neoliberal y el republicanismo conservador, los llamados «populismos de derecha» resultarían tan peligrosos como los «populismos de izquierda», o acaso menos.

13) Pero, ¿qué se entiende, pues, por «populismo»? De una parte, el principio y práctica de acción política que apunta hacia el reconocimiento y constitución del pueblo como sujeto fundamental de las relaciones de soberanía. De la otra, una corriente estético-política que representa el conservadurismo de los grupos subalternos, sometiéndolos al señorío y autoridad protectora de un liderazgo carismático cualesquiera.

El populismo no sería ni de derechas, ni de izquierdas; se trata(ría) siempre de una subalternidad conservadora que, dadas las circunstancias o condiciones, suele transformarse en su contrario, es decir, trocarse en una forma de hegemonía progresista. O, para que nadie nos objete un supuesto determinismo dialéctico, puede devenir en una hegemonía progresista a partir de una articulación social-demócrata o socio-liberal de sus demandas.

14) Mas la llegada al gobierno de diferentes países -incluyendo a la principal potencia mundial- de partidos, coaliciones o personajes afines al campo semiúrgico de las extremas derechas (chauvinistas, xenófobas, reaccionarias), induce a pensar en posibles articulaciones integristas del conservadurismo popular, que, por lo mismo, podrían llegar a significar un más allá de las articulaciones populistas -del campo de las articulaciones en general-, dando un salto hacia regímenes políticos orgánicamente integrados y constituidos.

Tan opuestos a las agendas del neoliberalismo progresista (las políticas de la diversidad en general; del in crescendo de los derechos civiles y culturales), como a sus alternativas social-progresistas (la articulación de las políticas de la diversidad con las políticas de la inclusión; el in crescendo de los derechos civiles y culturales, en combinatoria con un in crescendo igualmente notable de las medidas de inclusión social). La agenda general que estaría dando a luz a estas formas de neo-fascismo, supondría ciertos desplazamientos en la clásica combinatoria del fascismo clásico. Así, el nacionalismo se degrada al nivel del chauvinismo, lo militarista se ve desplazado por lo securitario (o lo militar-imperial es desplazado por lo militar-policial), el corporativismo político es reemplazado por el comunitarismo social, lo movilizante pierde su carácter desmesurado y permanente, y, por último, lo totalitario se vería rebajado al nivel de lo integrista.

Lejos de pretender conformar alguna nueva forma de capitalismo de Estado, se apuesta a la configuración de gobiernos o gobernanzas fuertes, represivas, autoritarias. No se trata de meros gobiernos de mano dura, sino de gobernanzas que tienden a prescindir de las libertades/garantías democráticas, instaurando una suerte de permanente estado de sitio o excepcionalidad. A estas formas de gobierno o gobernanza (chouvisnistas, securitarios, comunitaristas, proselitistas e integristas, montados sobre alguna forma de Estado de excepción permanente) es que habría que reservar la categoría de neo-fascismos.

Tales gobernanzas, en la medida que se dispongan a articular sistemáticamente dispositivos eugenésicos, supremacistas y segregacionistas, devienen neonazis.

15) Pero el uso y abuso de la categoría de fascismo como mantra heurístico para la comprensión de cualquier movimiento o gobierno de extrema, ultra-derecha, o derecha radical, acaba por obturar la comprensión de formaciones conservadoras y reaccionaras que no necesariamente se encuadran bajo una configuración tal. Así, por ejemplo, la reciente deriva neoliberal de los movimientos evangélicos, en Latinoamérica, ha sido rápidamente conceptuado como una forma más de neo-fascismo. Sin embargo, tales movimientos presentan peculiaridades que es preciso advertir, para comprender su diferencial.

Grosso modo, se trata de formaciones hierocráticas que si bien pueden resultar anti-progresistas, no necesariamente son contrarias al sostenimiento de la democracia-liberal. Mas que nacionales o internacionales, son congregaciones transnacionales que pueden resultar xenófobas en términos genéricos (de la xenofobia entendida como fobia a lo otro, a lo extraño, a lo anormal), mas no necesariamente en términos nacionalistas o racialistas. Y, por lo pronto, se presentan más como una nueva espiritualidad política que no necesariamente apunta a convertirse en nueva religión de Estado. De cualquier manera, no sería prudente descartar el advenimiento de nuevas formas de repúblicas hierocráticas, configuradas en base a un neo-clericalismo henchido, que da lugar a la formación de regímenes pastorales, integristas y fundamentalistas. Y tal vez nos convenga asumir que tales formaciones no encajarían ya dentro del concepto de fascismo o neo-fascismo, que quizás deban a comenzar a ser pensadas a partir de la noción de post-fascismo, o en todo caso, como fascismo post-moderno.

A fin de evitar equívocos, intentaré precisar un poco más esto que digo. Resulta plausible sostener a priori, que tales formas de hierocracia se presentan más como regimentaciones político-cultural, más que como regímenes político-institucionales. Se trata(rá) de configurar civilidades hierocráticamente orientadas más que la formación de Estados confesionales. No tanto una suspensión de las garantías demo-liberales ligadas a los Estados de [email protected], sino la configuración de una sociedad civil articulada al régimen de la clerecía (saturada y suturada por dispositivos hierocrático-pastorales).

Y es que no deberíamos dejarnos obnubilar por la emergencia de esta suerte de hiero-civismos (civilidades hierocrátricamenete orientadas), para no perder de vista que bajo esta formas de clericalismos henchidos, aquello que solapadamente se vuelve integrista es el propio neoliberalismo, con todo su fundamentalismo (anti)ideológico y su totalitarismo de mercado. Que eso es precisamente lo que se expresa en estos emergentes hierocráticos, y que en ello radica su semejanza y su diferencia fundamental con los fascismos de cualquier índole.

El neoliberalismo es la clave para comprender la emergencia de neo-fascismos, los neo-fascismos no se comprenden sino sobre esta base. Sin embargo, al convertir al fascismo en la clave heurística para la comprensión de cualquier régimen de derechas más o menos radicalizado, a obturado no solamente nuestra imaginación teórica, sino también nuestra capacidad para (re)asumir que los gobiernos liberales pueden resultar xenófobos, racistas y reaccionarios de por sí, o por sí mismos, y sin mayor necesidad de metamorfosearse en alguna configuración político-policial de tipo fascista o neo-fascista. Y si, dado el caso, un gobierno como el de Bolsonaro se perfila como algo más que un mero gobierno de mano dura, tendríamos que asumir que asistiríamos, de ser así, a una mutación del propio neoliberalismo conservador, que deviene en un neoliberalismo integrista, fundamentalista y hierocrático.

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