Las contradicciones del régimen mafioso

La implosión de las pirámides desnuda…

LAS CONTRADICCIONES DEL REGIMEN MAFIOSO

Popayán, 18 de noviembre de 2008

Lo que ha pasado con las llamadas “pirámides” en Colombia ha puesto en evidencia las graves contradicciones que están explotando al interior de un régimen mafioso que está al servicio del gran capital. Podríamos decir que un hijo “no reconocido” del régimen narco-paramilitar se le creció al establecimiento. Cuando ese “bastardo” quiso reclamar sus derechos y participar en los ambientes familiares oficiales, su padre declaró la “emergencia social” para poder echarlo por la puerta de atrás.

Es absolutamente paradójico lo que le ha ocurrido a Uribe. Amplios sectores de la población más pobre y más atrasada de este país, ilusionados con los brillos del enriquecimiento “rápido, fácil y efectivo” que ofrece la economía ilegal, uribistas en su gran mayoría, han empezado a desnudar – masivamente – la verdadera catadura de “su” presidente.

Sabían de su origen narcotraficante, y así lo aceptaban. Lo seguían por haber organizado y liderado el paramilitarismo en contra de la “amenaza terrorista”. Les gustaba su pose de defensor de los “pobres de mi patria”. Lo que no sabían lo han descubierto con dolor y rabia: que en verdad, es un oligarca terrateniente al servicio del gran capital imperialista, y que poco le importan sus ilusiones frustradas por la estafa millonaria de las empresas “parafinancieras”.[1]

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Cambios imperceptibles se acumulan hasta generar verdaderos terremotos. La ciencia nos sirve para identificar, medir, interpretar y comprender esos movimientos. Cuando de un momento a otro esos cambios aparecen ante nuestro horizonte perceptivo, los juzgamos como “verdaderos fenómenos”. Allí es cuando recurrimos a frases como “la vida en Colombia es macondiana” o “nuestra realidad supera la ficción”.

Lo cierto, es que, o hemos estado ciegos ante la realidad, o las herramientas de conocimiento que utilizamos no son las apropiadas. Esta reflexión la hacemos frente a la explosión social relacionada con las ya famosas “pirámides”. Ellas no aparecieron de un momento a otro. Son el resultado de situaciones cambiantes que alimentaron su aparición y surgimiento.

Trataremos entonces de reaccionar, y con los elementos que tenemos, explicarnos cómo es que aparece ese mercado negro o paralelo de tipo especulativo (sistema “para-financiero”). Confluyen, según nuestro criterio, entre otras, las siguientes situaciones, que le dan vida a las “parafinancieras” (llamadas “pirámides”) y contribuyen con su rápido desarrollo que las llevó a adquirir unas dimensiones casi increíbles: a) Mayor democratización de los recursos monetarios que genera la economía del narcotráfico; b) Crisis profunda de la economía campesina; c) Complicidad y connivencia del gobierno, y d) Incapacidad del sistema financiero oficial de absorber esos recursos.

Es evidente que en los últimos años las estructuras económicas y operativas de los grandes carteles que sobrevivieron entrelazados con los grupos de paramilitares (cartel del norte del Valle, Antioquia y la Costa Atlántica) han sufrido un fuerte resquebrajamiento. Las divisiones y enfrentamientos por el control del territorio y del mercado le han facilitado al gobierno dar de baja o apresar algunos de sus principales capos. Las entregas concertadas de algunos jefes de la mafia haciéndose pasar como comandantes de “autodefensas” también afectaron el control sobre esas estructuras, principalmente, en las regiones más alejadas de los centros de control mafioso.

Paralelamente, la ofensiva contra la guerrilla de las FARC, las fumigaciones y campañas de erradicación de cultivos en algunas zonas del sur y oriente colombiano, obligaron a los narcotraficantes a incentivar la producción y el procesamiento de hoja de coca en regiones de economía campesina como Nariño, algunas zonas del Putumayo y Caquetá, sur del Huila y Cauca.

Para poder ser operativos en ese nuevo panorama aparecieron pequeños carteles de narcotraficantes con un funcionamiento más flexible. Estos “cartelitos” no pueden sostener los grandes aparatos armados. Los mandos medios de los carteles crean nuevas estructuras regionales apoyándose en pobladores locales, irrigando con mayores recursos monetarios las economías de esta región para poder garantizar la provisión de insumos, el transporte y movimiento de la mercancía (base de cocaína y cocaína procesada), el pago de sobornos a las autoridades locales y mandos militares, y demás incentivos necesarios para que esa economía ilegal funcione.

Es claro que sobreviven en la región grupos emergentes de paramilitares (ONG-Nueva Generación, Águilas Negras, los Rastrojos, etc.) pero es indiscutible que su comportamiento ha ido cambiando. Paulatinamente su papel contrainsurgente se ha ido transformando frente al debilitamiento de los frentes de las FARC. Ello explica ciertas alianzas territoriales con sectores de la guerrilla que se lucran de la economía del narcotráfico y que coyunturalmente no están interesados en el enfrentamiento. Además, la actitud del ejército – sobre todo en el corredor del pacífico caucano y nariñense – ha sido complaciente ante el avance de los cultivos de coca y del narcotráfico, muy posiblemente como parte de una estrategia territorial de los grandes inversionistas interesados en descomponer a las comunidades afros e indígenas de la región y copar – más adelante – esa región con cultivos de palma aceitera y otros planes de expansión minera.

Esa táctica de los narcotraficantes ha terminado por “democratizar” algunos de los recursos que genera la economía del narcotráfico, de tal forma que a sectores de la población que antes recibían mínimos ingresos por labores de cosecha de la hoja de coca (“raspachines”) y/o procesamiento básico, les empezaron a entrar dineros por participación en otras labores: comercio y transporte de insumos, intermediación de procesos, y en general, mayor participación en el negocio del procesamiento. Dicha situación se hace visible en los mercados, fiestas y actividades sociales de la población de la región, a pesar del impacto de la crisis de la economía campesina, principalmente de la cafetera, ocasionada por los altos costos de los insumos, baja producción por efecto del prolongado invierno, escasez de mano de obra y volatilidad de los precios internacionales.

En regiones como el Putumayo, en donde amplios sectores de la población fueron cooptados para implementar la estrategia de expulsión territorial de las FARC, el gobierno y las fuerzas militares ha mantenido un comportamiento connivente con diversos fenómenos de economía ilegal. En los centros económicos más importantes de esa región (Mocoa, Puerto Leguízamo, Puerto Asís, Villa Garzón, etc.) es precisamente donde nacen las primeras empresas “parafinancieras”, en cuya fundación participan desde paramilitares y narcotraficantes hasta autoridades y políticos locales, policías y miembros del ejército, medianos comerciantes, y diversas clases de gentes que habían logrado amasar importantes fortunas surgidas en la economía ilegal, de la producción y comercialización de cocaína. Esa es la causa de que el gobierno no haya actuado, eran hijos de su propio proyecto.

Más adelante, como ya todos lo conocemos, dichas “empresas” logran captar recursos y voluntades de amplios sectores de la población hasta el punto que se constituyen en verdaderos emporios financieros y comerciales. Toman como centro de operación regiones como el Putumayo y Nariño, se amplían hacia otros departamentos, e incluso, como el caso de la “comercializadora” DMG, se traslada a la capital de la república (Bogotá), montando un negocio que incluye venta de tarjetas prepago, comercio de bienes y servicios, operación de canales de televisión y venta de publicidad, compitiendo con los bancos legales con base en una estrategia bien montada a partir del asesoramiento de primer nivel por parte de reconocidos juristas y asesores comerciales. Explotan la cultura mafiosa que ha hecho carrera en importantes sectores de la sociedad y las apremiantes necesidades económicas de la gran mayoría del pueblo colombiano.

El surgimiento de ese mercado financiero especulativo paralelo al sistema financiero oficial o legal, tiene su explicación económica. Los negocios lícitos relacionados con una economía campesina en crisis de la región del suroccidente colombiano no son rentables. Los bancos e instituciones financieras oficiales tampoco podían drenar esos recursos de origen ilegal. Desde la década de los años 90 del siglo pasado, ante el poderío y avance de las mafias narcotraficantes, los gobiernos se vieron obligados a establecer una serie de requisitos y controles para impedir que los capitales de la mafia penetraran masivamente la banca legal. Pero además, por efecto de la liberalización del mercado de capitales, ese sector económico quedó en manos de unos pocos grupos monopólicos nacionales que en alianza con empresas transnacionales se vienen lucrando groseramente de uno de los regímenes de intermediación financiera más o­neroso y gravoso del mundo.

Por ello muchos analistas interpretan que la aparición de las pirámides fue una reacción lógica, y un rechazo explícito y directo, a ese sistema financiero ineficiente, caro y ladrón. Y por esa misma razón, la percepción que tienen los “inversionistas” de las pirámides, es que el gobierno de Uribe finalmente intervino contra las “parafinancieras” en defensa de sus verdaderos patrones: los dueños del sistema financiero. Se sienten traicionados.

El costo político que ha empezado a pagar Uribe y su combo criminal es muy caro. Él lo sabe. Por ello, al anunciar los decretos de emergencia social puso a los ministros y funcionarios de segundo nivel a dar la cara. El “padre salvador” quiere mantener su imagen de benefactor. Esta vez le va a quedar muy difícil sostener esa “caña”. Su propio invento empieza a pasarle cuenta de cobro. Es su suerte, dado que él también ha jugado a la pirámide.



[1] Ver: “Parafinancieras…, asesinando los sueños de mi pueblo”, J. Manuel Arango C., Indymedia (16-11-08).

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