Las condiciones vitales de la clase obrera inglesa durante la Revolución Industrial

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Por André Vela Bosqued

Durante la Guerra Fría se abrió un debate sobre los efectos positivos o negativos de la ya lejana Revolución Industrial. Los defensores de una hipotética postura positiva[1] (como Harold Clapham o Peter Ashton o H. Lindert) frente a aquella época argumentaban que el enorme crecimiento industrial se vió reflejado en los salarios reales de los trabajadores (!), además de que esta época de cambios sentó las bases para unas «mejores condiciones laborales». En cambio los pesimistas (críticos como Engels, Marx, Proudhon o incluso patéticamente moderados como Arnold Toynbee) no dudaban en señalar la realidad: las condiciones vitales eran paupérrimas. Aquella liberación que se suponía que otorgaban las máquinas sólo conseguía alienar al ser humano, ya que el trabajo se deshumanizaba de forma imparable, transformando al obrero en un sólo engranaje del sistema de producción y haciéndole perder todo contacto con el producto final; en consecuencia, señalaban que las crisis y las malas condiciones laborales eran causa de las incoherencias y contradicciones de la economía capitalista.

Los datos, descripciones e informes elaborados tanto por contemporáneos que vivieron la Revolución Industrial como por intelectuales del siglo XX hacen dudar del mitológico positivismo idealista de los defensores del sistema económico dominante, sin ninguna firmeza en sus bases ideológicas y sociales. Estos datos determinan que:

  • La jornada laboral era superior a las doce horas[2] (al menos hasta la década de 1880, en la cual se consiguió una reducción de la jornada a 10 horas, -avance  conseguido gracias al miedo de la burguesía a la fuerza y organización del movimiento obrero-). Las demandas de los sindicatos no fueron siquiera conseguidas hasta principios del siglo XX (jornada de 9 horas y un día de descanso)
  • Pese a que mayoría de los trabajadores eran o mujeres o niños (en el año 1839 la mitad de la clase obrera inglesa estaba conformada por mujeres y un 30% de los niños entre 10 y 15 años trabajaba) las mujeres cobraban la mitad y los niños un 60% menos que los hombres.
  • Los salarios reales eran muy bajos, ínfimos, y eran otorgados supuestamente para ajustar las necesidades básicas de la clase obrera según unos parámetros determinados por la voluntad del empresario. El salario no era suficiente para vivir de forma que un 40% de la clase obrera inglesa vivía en condiciones de elevada pobreza. La riqueza del empresario o capitalista aumentaba sin parar, ya que en medio siglo se cuadriplicó la demanda (en el caso del algodón). Pese a este aumento astronómico, los salarios subieron un 0,90% desde 1819 hasta 1851[3]. En 1841 un 1% tenía el 35% de la renta nacional inglesa, no hay capacidad de duda, en consecuencia, de la veracidad de la tesis del pensador anarquista francés Proudhon “La propiedad es un robo”[4]
  • Hay que subrayar obviamente las malas condiciones vitales derivadas de los ínfimos salarios. La clase obrera estaba hacinada y recluída en calles cercanas a las fábricas (sin alumbrado, sin basuras ni alcantarillado), vivían en su mayoría en casas comunitarias y su casa se componía como mucho, de una habitación individual. De hecho se crearon a finales del siglo XIX las “colonias industriales”, por iniciativa del empresario[5], barrios en los que habitaba el burgués o capitalista (en una mansión) , los altos cargos de la empresa (en casas individuales, más o menos grandes) y los obreros (en apartamentos pequeños, que eran mejor que los anteriores pero también estaban dotados sólo de una habitación). Estos barrios o suburbios, tenían, curiosamente en la mayoría de los casos Iglesia. Esta iniciativa es reflejo de lo que representaba el trabajo en la vida obrera. Aparecen estos barrios en la magnífica y maestral novela de Émile Zola “Germinal” (1885). No hay que olvidar ni la alta mortalidad (sobre todo causa de enfermedades infecciosas como el tifus o la tuberculosis) debida a la falta de higiene (sólo un 10% de los hogares obreros tenían agua potable y corriente), la subalimentación (dieta que a pesar de estar constituída por patatas, pan y gachas, requería el 70% de los ingresos individuales del obrero)[6] y a la falta de asistencia médica. Este ambiente paupérrimo hacía a la clase obrera caer en el alcoholismo o la prostitución, aunque, también había una minoría obrera interesada en la cultura que, a través de casas de barrio difundía la cultura y ayudaba a la toma de conciencia de clase obrera.

Conclusión

Dadas estas condiciones vitales, sólo hay que ser un poco humano para determinar que la Revolución Industrial no fue maravillosa más que para una minoría. Pese a que las máquinas y la tecnología puedieran tener su mínimo lado bueno –como un aumento de la producción o mayor comodidad en el trabajo– también hay que vigilar y controlar la cara oscura de la moneda gigante y angustiante en comparación con la parte positiva. Explotación laboral, pobreza evitable, deshumanización (laboral y no laboral), represión, imposición de un ser humano sobre otro, desigualdad, enfermedades, muertes, pérdida de libertad y de la capacidad de realización personal, son hechos que sucedieron durante la Revolución Industrial mientras la gente se admiraba de la comodidad y los supuestos avances laborales que producían las máquinas. Hay que intentar ser crítico con lo que divulgan las élites y se establece como creencia general, o al menos intentarlo. Si nos paramos a pensar descubriremos que los avances de la tecnología esclavizaron entonces de manera estrepitosa a la mayoría social.

¿Y hoy? ¿Nos hace la tecnología libres o nos esclaviza? Se preguntan unos pocos, poquísimos filósofos contemporáneos como Éric Sadin, a la vez que nos advierten de lo peligroso y distópico que puede ser el mundo si es regido antes por la tecnología que por los valores humanos. Un deber de las Humanidades (sobre todo el de la filosofía) es evitar que caigamos en una catastrófica idolatría ciega de las tecnologías y evitar que el progreso que de ella deriva nos esclavice silenciosamente y nos haga amar nuestra cadenas (como pasa hoy en día en la dictadura occidental de la información); es criticar el dominio técnico y avisar cuando éste lleve camino de conducirnos a una silenciosa y horrible deshumanización.

Otras preguntas son relativas a la jerarquización y a la existencia de la sociedad de clases ¿Cómo se permite que una élite viva en abundancia mientras una mayoría se muere de hambre?¿Por qué la mayoría lo acepta y calla?¿Por qué lo permite?

Nadie debe ser superior a nadie. Hay una minoría que se vale de la «confianza» de los de abajo para legitimar sus movimientos, sus acciones y su vasta propiedad privada. Y manipula, reprime y asesina. La ha habido siempre. La legitimación descansa sobre una base intelectual (“el burgués ha tenido narices a invertir, crea empleos” “El político ha sido elegido por el puebloy todas las falacias capitalistas). Una élite, ya sea política o económica dirige y vive en muy buenas condiciones, sin carencia de nada y con un poderío económico y político indignantes. Por ello hay que ser crítico con lo que las élites predican, ya que, son la base de su legitimación, de la desigualdad, de que alguien se imponga sobre otro. Si las ideas ponen en duda lo establecido o realizan una crítica fundamentada empiezan a ser peligrosas. Así que a pensar se ha dicho. Que no acallen las conciencias críticas, que reviva el humanismo.

A.V. Bosqued

[1] No es nada nuevo que conforme más avanzara la guerra fría, más positiva se volviera la argumentación de los intelectuales favorables a los regímenes capitalistas. Llegando a ser afirmado en una crítica de Ashton que “el número de personas que llegaron a participar del beneficio económico era mayor que el de los que se vieron marginadas” (!) Recogido en Arthur J. Taylor; “el nivel de vida en Gran Bretaña durante la Revolución Industrial” (1985)

2] Pese a esta cifra tan alarmante, clasificable de terrorismo laboral o patronal, en las fábricas algodoneras londinenses en la década de 1840, la jornada era de 15 horas diarias, como afirma F.Engels en “La condición de la clase obrera en Inglaterra en 1844” (1845) o Eduardo Montagut en su artículo “La situación de la clase obrera en Europa en el siglo XIX”

[3] Nicholas Crafts, “English’s workers real wages during the Industrial Revolution: some remaining problems” en Journal of Economic History (1985) pp.139-144

[4] P.J. Proudhon, “¿Qué es la propiedad?” (1840)

[5] La mayoría de veces para aplacar al movimiento obrero, para reprimirlo y tenerlo vigilado.

[6] Burnett, John; “Plenty and want: A social story of food from 1815 to the present day” (1898)

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