Las claves de los fracasos de la izquierda en las instituciones municipales

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Se ha necesitado menos de un año para que las posibilidades de los llamados “Ayuntamientos del cambio” quedaran al descubierto. Se trata, ciertamente, de un veloz proceso  de desgaste político que ha trotado a un ritmo muy superior al que en principio se podía imaginar.

      En poco menos de 12 meses, la gestión de los Ayuntamientos de Barcelona, Madrid y Cádiz se ha visto afectada por el binomio clásico que aqueja histórica e invariablemente a la acción del  reformismo político. Por una parte, han tenido serios enfrentamientos con algunos de los sectores sociales a los que pretendían representar. Y por otra, han cedido ante las fuertes presiones  de sus respectivas oligarquías urbanas.

     Si hubiera que definir a estas alturas las líneas maestras del perfil de los Ayuntamientos regidos en el Estado español por Podemos, que son a los que nos referiremos en esta breve nota, habría que decir que, con irrelevantes diferencias,  no son más que una mera continuidad de las Administraciones que los han precedido.

      Con el PSOE en el año 82, cuando ganó las elecciones, se tardó más de una década en que sus electores se  apercibieran  de que se trataba de un partido“igual que los demás”.

      Es cierto que sólo unos pocos años después sus iniciales electores volvieron a darle una nueva “oportunidad”. Pero en unas circunstancias bien diferentes. El histérico guerrerismo de Aznar, involucrando a España en la guerra de Irak, provocó una automática reacción en contra por parte de amplios sectores de la sociedad española. La verdad es que Rodríguez Zapatero se vio obligado a sacar  las tropas de Irak, pero para no irritar a sus aliados estadounidenses las metió de lleno en Afganistán.

   En cualquier caso, la gestión de las llamadas “alcaldías del cambio” enMadrid,  Barcelona y Cadiz ha puesto de manifiesto con mucha mayor celeridad su incapacidad para proporcionar un giro político a la herencia de las administraciones municipales anteriores. De acuerdo con los datos que nos llegan desde diferentes puntos del país, la totalidad de estas experiencias poseen un perfil muy similar.

    A la hora de escoger a sus aliados, los “alcaldes del cambio” han preferido, por una parte, evitar el enfrentamiento con los grandes consorcios inmobiliarios y urbanísticos. Tanto en Madrid, en Barcelona como en Cadiz, con Carmena, Colau   y «Kichi», se han doblegado ante las presiones de esos intereses. Esto hay que traducirlo como  un gesto de “mala voluntad” por parte de ninguno de los tres políticos. Tampoco es el resultado de una precoz “traición” hacia aquellos sectores que juraron que iban a defender, aunque objetivamente ambos elementos estén presentes en sus claudicaciones, de alguna manera.

LA FORTALEZA DE LA ESTRUCTURA DE LAS INSTITUCIONES Y EL FRACASO DE LOS «REFORMADORES»

     El asunto es más complejo. La cuestión es que tanto la estructura municipal como la estatal están sutilmente diseñadas para cumplir unas funciones muy definidas  y poder servir, igualmente, a  intereses de clase muy determinados. No ha sido esta una tarea de unos pocos años. Es el resultado de una laboriosa adaptacion de las instituciones  a las exigencias del sistema económico  a lo largo de siglos. Si no fuera así, la estructura política de un Estado estaría incapacitada para resistir los embates de las crisis, las convulsiones y los cambios sociales.

   Es justo en el momento en el que los potenciales «reformadores» asumen  esa realidad  cuando empieza a imponerse en ellos el criterio  que unos llaman “realismo” y  otros encubren con el término más sofisticado de“pragmatismo». A partir de entonces  la  intrincada dinámica burocrática municipal – o estatal, en su caso –  termina  arrastrando irremisiblemente a sus protagonistas a renunciar a una batalla que pretendieron librar sin  el acompañamiento de un «ejército» que los apoyara.

¿HAY QUE RENUNCIAR A LA BATALLA INSTITUCIONAL?

        ¿Significa, entonces, que las organizaciones populares no deben librar nunca sus luchas en las instituciones intermedias? En absoluto. Pero en una estructura capitalista como la que domina todo el aparato administrativo  del Estado español, a esas instituciones hay que acceder como resultado de la lucha, la organización y la movilización popular. Acompañados, además, de la clara conciencia por parte de aquellos que  apoyan esa iniciativa  de que se trata de librar una encarnizada batalla, cuyo terreno se encontrará principalmente en la calle y  no en la propia institución. Ocupar un Ayuntamiento o un escaño  a través de las vías que permite el sistema  no es una finalidad en sí misma.  Debe  ser siempre una herramienta para facilitar la organización popular y su movilización.

        Incontables experiencias históricas han demostrado una y otra vez que intentar lo contrario terminará saldándose siempre, en el mejor de los casos, en una suerte de asistencialismo, en la corrupción  o  el nepotismo. Y en el peor, en la simple traición flagrante a los intereses que se prometió  defender.

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