Las brutales medidas de Bush y la Comunidad Cubana en Estados Unidos

Las brutales medidas de Bush y la Comunidad Cubana en Estados Unidos

Jorge Gómez Barata&nbsp (Visiones Alternativas)

Lo original de los Diálogos de 1978 entre el gobierno cubano y personas representativas de la Comunidad Cubana en Estados Unidos fue que se realizaron al margen de Estados Unidos y sirvieron como escenario para abordar y resolver asuntos que constituían intereses legítimos, tanto de aquella colonia como de una parte del pueblo cubano. La lección fue obvia: los cubanos de ambas orillas del Estrecho de la Florida no necesitaban voceros ni intermediarios para comunicarse y entenderse.
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Aquel esfuerzo conducido personalmente por Fidel Castro dio lugar, entre otras acciones, al inicio de los viajes familiares de cubanos residentes en Estados Unidos a Cuba en gran escala y a significativos avances en la reunificación y concordia familiar y, aunque con traumas coyunturales, el país probó estar listo para la apertura y para acoger un gran número de visitantes.
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Por su parte, los emigrados partidarios del diálogo, pusieron de manifiesto su capacidad para representar de modo eficiente los intereses legítimos de los residentes en Estados Unidos, cosa que, a pesar de su enorme influencia, no era capaz de hacer la derecha contrarrevolucionaria que, obviamente, no puede ser interlocutora de las autoridades cubanas.
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Para que aquellos eventos se concretaran fue necesaria una intensa, compleja e incluso peligrosa labor en el interior de los Estados Unidos, especialmente en Miami, Puerto Rico y Nueva York, mediante la cual los elementos más avanzados de la emigración cubana, crearon el consenso indispensable para asumir tal responsabilidad.
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La contrarrevolución, respaldada por la CIA, cubierta por la tolerancia de la policía y el sistema judicial y protegida por las administraciones de turno, antes y después de los diálogos confrontó con violencia letal a los promotores y participantes.
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Las bombas en publicaciones, comercios, restaurantes, y agencias de viajes, aeropuertos, instalaciones deportivas, centros culturales, en instituciones, automóviles, incluso en hogares dejaron varios muertos y mutilados en incidentes todavía no esclarecidos. En Miami “dialoguero” era un estigma que cerraba puertas, creaba reservas y se constituía en un peligro para la seguridad individual y familiar, podía quebrar un negocio o ser causa de despido.
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De aquellos empeños de largo aliento que no procuraban ventajas políticas inmediatas, sino que sembraban semillas mediante el reencuentro de los emigrados con sus familias, sus raíces y su Patria, desplegado a lo largo de los años ochenta y noventa formaron parte varios importantes proyectos que aunque no tenían impacto directo en la Isla e incluso eran poco conocidos por la población, creaban una peculiar situación política en Miami y colocaban a la contrarrevolución ante sus inconsecuencias.
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Las revistas Réplica, Areíto y Contrapunto y la Radio Progreso Alternativa, la existencia de organizaciones de trabajadores, empresarios, profesionales y religiosos cubanos emigrados partidarios del diálogo, así como su participación en programas radiales, órganos de prensa, eventos políticos y actividades sociales en Miami y otras ciudades, contribuyeron poderosamente a la creación de una base social que auspiciaba el cese del bloqueo, condenaba las agresiones y promovía la normalización de las relaciones entre los emigrados y el país, al margen de que a Estados Unidos le simpatizara o no.
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Tan amplia fue esa base y tan eficaz aquella labor que, primero, ciertas autoridades en la ciudad&nbsp de Miami y más tarde incluso determinadas agencias y entidades del gobierno federal, comenzaron a tomar nota de su existencia. En la década del noventa los sectores partidarios del dialogo y la moderación fueron suficientemente fuertes como para postular una candidata a Representante.
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En los años noventa, en medio de las difíciles circunstancias creadas por el derrumbe de la Unión Soviética, por iniciativa de los emigrados -a la cual las autoridades cubanas fueron receptivas-, se desarrollaron más de treinta encuentros en forma de seminarios sobre Democracia Participativa entre residentes en los Estados Unidos y profesionales de la Isla.
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En 1994, décadas de esfuerzos fueron coronados por la Primera Conferencia de la Nación y la Emigración en la cual, con las máximas autoridades cubanas, en un clima de avenencia, respeto y comprensión se trataron problemas nodales para la emigración y el país.
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Las brutales medidas de Bush que limitó unos viajes y prohibió otros, impidió los contactos, canceló los intercambios familiares, académicos, políticos, religiosos, redujo al mínimo los gastos en que podían incurrir los cubanos en Cuba y otras circunstancias de orden diverso, ralentizaron aquellos procesos que obviamente reverdecerán en la medida en que las circunstancias sean más favorables.
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En cualquier caso, el precedente existe. Sería magnifico que un cambio real en la política norteamericana hacía Cuba facilitara la intendencia para el encuentro entre los cubanos de ambas orillas, pero no se trata de una condición. El hecho de que 30 años atrás se efectuaran los diálogos de 1978 que dieron magníficos frutos, evidencia que en esta importante zona de la realidad cubana se puede avanzar con o sin Estados Unidos, incluso a pesar de ellos.
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6/1/09

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