Las alas de nadie

La mañana en que llegamos a casa de Anita llevábamos ya tres días en La Habana. Rosa no podía seguir alojándonos en su apartamento ya que tenía reservadas las habitaciones, así que pensó que a Anita le vendrían muy bien un par de huéspedes. Ella y su marido, Miguel Ángel -mayores de 70 años-, nos recibieron ilusionados y se deshicieron en atenciones -como lo harían el resto de nuestra estancia- a pesar de la noticia que acababan de recibir: el italiano de 32 años que se había alojado en su casa dos meses atrás había muerto. De nada sirvió el veneno de alacrán que fue a buscar a Cuba -y que Anita le consiguió- para vencer al cáncer.
 
Anita, de cuerpo menudo y seco, se levantaba a las 7 de la mañana y nos preparaba, con sus poderosos desayunos, para caminar durante horas en un viaje al pasado, esquivar a la gente en las calles, contemplar sus joyas arquitectónicas y casonas desvencijadas, ser testigos de las escaseces y dificultades diarias de los cubanos e intentar descifrar las contradicciones de un régimen cuya decadencia lánguida dura ya una eternidad. Cuando por la tarde regresábamos a la casa, de techos altos y amplios ventanales a ambos lados, Anita nos ofrecía -como siempre- un jugo de mango, piña o guayaba en su afán por complacernos en todo momento. Era la hora de las confidencias.
 
Anita tiene un hijo y una nieta que viven en La Habana. Su otra hija, oncóloga, y su marido, ingeniero, emigraron a Miami hace 14 años. El gobierno cubano ha decidido siempre quién puede o no salir de la isla, para lo que exigía una autorización (el permiso de salida, llamado “carta blanca”) y una carta de invitación de un familiar o amigo del país de destino. (Si pasaban más de once meses sin regresar al país perdías tus derechos como ciudadano y se te consideraba un desertor, un traidor a la patria.) Estos requerimientos se eliminaron el 14 de enero de 2013 y a los cubanos se les exige desde entonces la presentación del pasaporte corriente para viajar al exterior. No obstante, el artículo 23 de la actualizada Ley de Migración sigue dejando en manos del gobierno la decisión de no expedir el pasaporte amparándose en ciertos supuestos. Para Anita y su familia todo esto llegó demasiado tarde.
 
El largo y penoso proceso que tuvo que llevar a cabo para obtener el permiso de salida y poder visitar a su hija se convirtió en un calvario. Para el gobierno cubano la hija y el yerno de Anita eran “desertores” -y se les impedía regresar-, por lo que estaba dispuesto a retener en la isla -como hace en estos casos- a sus familiares cercanos y, de esta manera, castigar a toda la familia. Los convierte en rehenes. En el caso de Anita se mostró el grado de crueldad que puede alcanzar el régimen cubano con su propio pueblo.
 
Anita acudía a la oficina de inmigración y extranjería, después del fastidioso proceso, como último trámite para conseguir la autorización y poder viajar a Miami. Durante la espera le rezaba a todos sus santos. El interrogatorio al que le sometía el funcionario terminaba con esta pregunta: “¿Cuántos hijos deja aquí?”. Uno, contestaba Anita. Permiso de salida denegado.
 
Al año siguiente volvía a iniciar el proceso burocrático para obtener la “carta blanca”. Los engorrosos y caros trámites desembocaban de nuevo en la oficina de inmigración. El encuentro con el áspero funcionario acababa otra vez con la pregunta: “¿Cuántos hijos deja aquí?”. Sacudida por la carga emocional del momento Anita acertaba a responder: “Solo uno”. Permiso de salida denegado.
 
Un año más tarde lo intentó de nuevo. Y al otro. Y otro más. Hasta siete años seguidos. Y siempre la misma pregunta.
 
Cuando volvió a la oficina de inmigración por octava vez Anita creía tener la clave para acabar con ese martirio. El burócrata del régimen volvió a preguntar: “¿Cuántos hijos deja aquí?”. Esta vez Anita no cayó en la trampa psicológica que llevaba tendiéndole desde hacía siete años. Con determinación contestó: “No dejo a nadie. Porque regreso”. A la mente fanática y maliciosa del funcionario la respuesta le convenció, por fin, de que su intención no era huir de Cuba. En silencio, después de mirarla fijamente a los ojos durante más de un minuto, estampó el sello en la tarjeta.
 
Anita nos contaba su terrible historia y, a pesar del tiempo transcurrido, era estremecedor ver cómo movía sus brazos, largos y delgados, mientras hablaba, llevándose las manos a la cara y la cabeza, angustiada aún al recordar el método de castigo despiadado que el régimen paranoico y brutal había utilizado contra ella y su familia.
 
El novelista Andrés Barba escribió que cualquiera que haya estado en la desdicha durante un tiempo muy prolongado crea una complicidad con ella. Anita, como muchos cubanos, había creado una vinculación a su desdicha. Y es admirable “la extraordinaria y nostálgica manera en que la han integrado en su vida normal”.
 
Unos días antes de marcharnos de Cuba, Miguel Ángel, el marido de Anita, nos contó que quería obtener la nacionalidad española a través de su abuela, que se supone había nacido en Almería. La madre de Miguel, adoptada, aunque natural de España era ciudadana mexicana, según el registro de La Habana. El problema para Miguel era encontrar la partida de nacimiento de su abuela. Me entregó unos papeles por si podía ayudarle.
 
Después de una semana en España recibí un correo de Rosa, la mujer que puso a Anita en nuestras vidas, en el que decía que tenían alojadas en sus casas a “unas personas de Siria”, un poco extrañas, todas árabes que no hablaban ni inglés ni español. En el siguiente correo escribía: “Estoy bien y Anita muy bien, con once sirios en casa, ¡qué locura!”.
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