#LaNueve: Militantes de CNT contra el nazismo, combatientes de la libertad

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El -como era de prever- descafeinado homenaje institucional made in Spain en fechas señaladas a los combatientes de La Nueve suscitó una serie de reacciones en el mar de las redes sociales que rescatamos en esta publicación.

@MauricioBasterr – Hace 75 años, un grupo de españoles llegaba a París, contribuyendo a la liberación de la capital francesa del yugo nazi. La Nueve, con Amado Granell y otros. Y con una participación importante de militantes de la CNT española, cosa que casi siempre se oculta. Que no se olvide.

 

 

@M_Beltza  Hace 75 años, París fue liberada de los nazis por la la División Acorazada del general Leclerc, conocida como ‘La Nueve’, compuesta de exiliados republicanos, en buena parte, anarquistas. Hoy París les homenajea ¿Para cuándo el necesario reconocimiento aquí? #Memoria

 

 

@FAGC_Anarquista  Hace unos días se celebraba la efeméride sobre «La Nueve» y la liberación de París. Hasta el @justiciagob tuvo el cuajo de hablar del acontecimiento y citar al capitán Dronne. Pues bien, según este militar de los 160 miembros de la compañía la mayoría de ellos eran anarquistas.

 

 

146 de ellos provenían del Estado español (el resto del francés o de las Brigadas Internacionales). La tercera sección estaba compuesta íntegramente por anarquistas. Allí estaban Miguel Campos «el Canario», Germán Arrue «Mejicano», Patricio Ramón «Bigote», José Padrón, etc.

 

 

Miguel Campos «el Canario», «jefe» de la tercera sección, era tinerfeño (de Guimar). Era de las JJ.LL. de la isla y, según parece, llegó a la península clandestinamente para alistarse en la Columna Durruti. El final de la guerra lo pilló en Alicante, donde cogió el último barco. Allí se encontraría con muchos de los futuros componentes de «La Nueve».

Llegarían a los campos de concentración franceses donde se les enrolará en la Legión Extranjera y se les usará como carne de cañón en África. Allí desertan y se unen a las fuerzas de la Francia Libre. El racismo hizo que se apartara a los soldados subsaharianos de la nueva división acorazada que se estaba creando. Se usó a los españoles por su experiencia militar en España y porque se creyó, erradamente, que al ser éste un «país católico» los soldados serían «creyentes».

Dronne definía así a «sus anarquistas»: «eran difíciles porqué era preciso que aceptaran por si mismos la autoridad de su oficial y fáciles porqué cuando ganabas su confianza era total y absoluta. A pesar de su aspecto rebelde eran muy disciplinados, de una disciplina original, libremente consentida. En su gran mayoría no tenían espíritu militar, eran incluso antimilitaristas, pero eran magníficos soldados, valientes y experimentados».

Bregados en el Norte de África y después de ganar varias escaramuzas a los nazis, reciben los acorazados de fabricación estadounidense. Les intentan poner nombres como «Durruti», «Acracia», «El Libertario», pero el alto mando francés se niega en redondo. Los anarquistas reaccionan airados. Aunque la mayoría de vehículos recibirían nombres de las más emblemáticas batallas o tragedias de la Guerra Civil («Guadalajara», «Ebro», «Guernica») otros eran autoreivindicativos u ofensivos para los oficiales. Así surge «Los Pingüinos» (porque así les llamaban los franceses peyorativamente), «Los Cosacos» (después de ser acusados injustamente de ello al llegar a Inglaterra) o el más claro «Muerte a los gilipollas» (en francés no suena tan duro).

A Leclerc le tenían aprecio, a pesar de su rango, por su personalidad y distintas intervenciones: protestó por la expulsión racista de los subsaharianos de su cuerpo de ejército, no iba en la retaguardia a pesar de su rango y no se imponía a través del castigo o similares. De hecho Dronne cuenta que cuando Leclerc vió el acorazado «Muerte a los gilipollas» le soltó entre risas: «¿Entoces sus anarquistas quieren matar a todo el mundo?». El chascarrillo se hizo famoso en la división.

De Inglaterra desembarcan en Normandía, en la bautizada por los aliados como playa de Utah, el 1 de agosto de 1944. Aunque no forman parte de la primera incursión aún quedan importantes focos de resistencia nazi. Los americanos podían obtener rangos y recompensas por entregar prisioneros, no así los anarquistas. Y «La Nueve» era especialista en acorralar bolsas de resistencia. Así que después de un tiempo entregándolos «gratis», empiezan a pedir material bélico por cada decena de nazis.

 

 

El avance de «La Nueve» iba más rápido a París de lo que americanos e ingleses esperaban. Incluso de lo que esperaba De Gaulle, que aunque prefería que entrara Leclerc antes que los sajones, querían entrar personalmente, con tropas francesas «puras», y no con «rojos españoles». «El Guadalajara» es de los primeros tanques en entrar en París el 24/8. La muchedumbre les aclama, les habla en francés e incluso en inglés, pero sólo cuando estos respondían, con el puño en alto y con canciones revolucionarios, se daban cuenta: ¡eran anarquistas españoles!

En la imagen tenemos al anarquista Domingo Baños recibiendo el júbilo pero también la curiosidad de los parisinos. Para los anarquistas, sin embargo, esto era sólo el comienzo de su verdadero propósito: aplastar el fascismo también en el Estado español.

 

 

En París los anarquistas empiezan a comprar ametralladoras y armas largas, y a sustraerlas incluso. Dronne, que le había cogido mucho cariño a los libertarios, les regala un semioruga que compra a los americanos. Este blindado ilegal y sin rotular iría a la cola de la columna. Pero «La Nueve» desconoce que sus órdenes no acaban en París. Se les dirige a Alemanía y cada vez cuesta más ocultar el blindado cargado de armas (en una ocasión casi son detenidos por los americanos). Al final se ven obligados a destruirlo para evitar un Consejo de Guerra.

16 miembros de «La Nueve» llegarían incluso al Nido del Águila de Hitler en los Alpes Bávaros. Muchos miebros de «La Nueve» murieron en combate, otros desaparecerían en el exilio, olvidados en las cunetas de la historia no oficial. De muchos se desconoce aún hoy su paradero. Miguel Campos «el Canario», que llegaría con «La Nueve» para participar en Batalla de las Ardenas (la última gran contraofensiva nazi, y una de las mayores batallas de blindados de la IIGM), desapareció en diciembre del 44 en el campo de batalla.

 

 

Otros como José Padrón, anarquista, también canario (de Las Palmas de Gran Canaria), y famoso incluso antes de la guerra por ser el primer futbolista canario en jugar en la Selección española y por su fichaje por el Espanyol, murió en París en el 66. En 1957 es invitando a la inaguración del Camp Nou, donde se planteaba hacerle un pequeño y discreto homenaje. Rechazó la oferta con un mensaje claro: «No volveré mientras esté Franco en el poder».

Por desgracia sólo podemos hacer un boceto que nunca podrá cubrir todos los nombres, todas las vidas, de todos los miembros de «La Nueve». Muertos, olvidados, exiliados o silenciados en su vejez por una historia que no siempre escriben los vencedores, sino los oportunistas. No murieron por una república, ni por la patria de los curas y los militares, ni por la democracia burguesa, ni mucho menos por la gloria o la aventura. Lucharon y vivieron para aplastar el fascismo, por la revolución y la anarquía, y lo hicieron con todo en contra.

Dejemos que Dronne, ese capitán que sin ser anarquista llegó a apreciarlos, diga las últimas palabras: «Habían abrazado nuestra causa espontánea y voluntariamente, porque era la causa de la libertad. Eran, verdaderamente, combatientes de la libertad».

 

 

Por su coincidencia con los textos aquí rescatados, enlazamos a Necrológica para un militar anarquista, texto de 2009 de nuestro pertinaz colaborador Acratosaurio Rex:

Ha muerto mi compañero y maestro J. M. J. Jaramillo, a la edad de 87 años, en un accidente al chocar contra la puerta de cristal de un supermercado. Nacido en 1922 en una familia campesina, ingresa temprano en las Juventudes Libertarias de Marchena. Desde los diez años hace de agente para la CNT, de la que era afiliado. Se le encarga con quince años, durante la Guerra Civil, tomar contacto con antifascistas en Tánger y suministrarles armas para provocar un levantamiento en el Protectorado, misión que se malogra por una delación. Vuelve a la Península y participa como sargento en la batalla de la Sierra de Pandols, y más tarde en la división de Mera en el Ejército de Centro donde alcanza el grado de teniente. Tras la derrota atraviesa la Península a pie hasta que llega a Francia. Su facilidad para los idiomas le hizo aprender el francés, el inglés y alemán a la perfección, habilidad que le valió para pasar inadvertido durante la ocupación alemana. Integrándose en la Resistance, participa en la voladura de vías férreas, líneas telefónicas y de suministros. Tras la derrota nazi pasó por la guerra civil en Grecia, aplicando sus conocimientos en la inteligencia comunista en Atenas y Salónica. Posteriormente por las guerras de Vietnam (contra los franceses), participó en el levantamiento Húngaro contra los soviéticos, nuevamente en Vietnam contra los americanos, en la Revolución Sandinista, con el Comandante Cero contra los sandinistas, en el apoyo a los muyahidines de Afganistán contra los soviéticos (se hizo musulmán para integrarse en la población), estuvo presente en la Caída del Muro, en las manifestaciones antiglobalización de Génova en el 2000, y en la insurrección griega de 2008… Su hoja de servicios militar empaña la de Alejandro Magno, porque prácticamente no conoció ningún momento de paz, estando perpetuamente en armas desde 1935 hasta su muerte. Nunca le deprimió la derrota. Fue un políglota asombroso, capaz de dominar cualquier idioma en cuestión de días. Hábil en infiltración y sabotaje. Infatigable caminante, capaz de atravesar campo a través cincuenta kilómetros por día. Siempre clandestino, desapercibido, discreto, anodino, jamás se expuso a la curiosidad del público, ni participó de la vida orgánica de ninguna organización (él fue su propia organización), de forma que es casi desconocido, salvo para quienes tuvimos la suerte de colaborar con él esporádicamente en sus empresas. Se vanagloriaba de no haber matado nunca a nadie (suponía eso al menos). Su lema fue: “los enemigos de mis enemigos, son mis enemigos”. En su urna de incineración reposa el carné de la Confederación Nacional del Trabajo de Marchena. Ella fue su única Patria, a la que nunca pudo volver por su condición de errante y solitario. Pacifista convencido. Nunca quiso que se conociera su nombre, porque lo que importan son los actos, y si menciono lo poco que sé de él, es para que no se pierda el ejemplo. Salud y anarquía.

 

A las barricadas

 

 

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