Lafargue y Laura Marx: una página de de la historia del socialismo

Quizás sea este un buen momento para evocar el acto supremo escenificado con plena convicción por Paul Lafargue (Santiago de Cuba, 15 de enero de 1842-Draveil, 26 de noviembre de 1911) y por Laura Marx (Bruselas, 26 de septiembre de 1845 – idem), ha quedado para la historia del socialismo como algo tan trágico como excepcional. Tenían 69 y 66 años respectivamente, y eran especialmente apreciados tanto por su historial como por actitud combativa y calurosa. Por ejemplo, ambos habían jugado un papel capital en la formación del primer PSOE. Paul mantiene su celebridad como el autor de El derecho a la pereza, lo contrario del stajanovismo. Se creía que lo de las ocho horas ya se había superado cuando esta antigua exigencia (ocho horas para trabajar por un salario digno, ocho para descansar y ocho para el ocio creativo, todo un programa para hoy), y el internacionalista belga Daniel Tanuro lo ha recordado como uno de los antecesores del ecosocialismo.

Paul había sido hijo único de una familia de antiguos plantadores, con sangre francesa, dominicana y cubana. Tenía seis años cuando de La Habana para trasladarse a Francia con sus padres; estudiando en Burdeos y años más tarde en Toulouse, y finalmente a París para estudiar medicina, carrera que una vez concluida no quiso ejercer. Siendo estudiante, Paul se declara republicano y socialista, materialista y ateo, colabora con el que será su cuñado, Charles Longuet en la revista «Rive Gauche». Luego fue uno de los animadores del Congreso Internacional de Estudiantes. Positivista y proudhoniano, y en 1865, Paul visitó a Marx en Londres y se adhirió a la Primera Internacional, y continuó sus estudios en Londres. Al año siguiente será nombrado miembro del Consejo Federal y más tarde enviado a España como secretario del mismo. Por esta época conocerá, cortejará y se casará –a pesar de la oposición paterna– con la segunda hija menor de Marx, Laura, que se convertirá en su compañera y colabora hasta su muerte. Los tres primeros hijos del matrimonio mueren apenas recién nacidos.

Tras la caída del Imperio, Paul Lafargue se encuentra en Burdeos donde dirige la sección local de la AIT y su periódico, «La Tribune», rechazando una prefectura que le es ofrecida, y con ella cualquier compromiso con la burguesía. Cuando se proclama la Comuna de París, Lafargue se encarga de buscarle apoyos en las provincias. Finalmente, logra introducirse en París y participa durante cuatro semanas en las actividades comuneras. Perseguido por la policía de Auguste Thiers, se refugia en España. Thiers reclama su extradición acusándolo de toda clase de crímenes. Detenido en Huesca, es liberado poco después. Paul permaneció un año en España colaborando con la se sección española de la AIT. Junto con Pablo Iglesias, Mora y Mesa encabeza la fracción marxista como representante de las secciones de Madrid y Lisboa, en el que será el último Congreso de la AIT en La Haya. La mayoría bakuninista lo expulsan de la Federación madrileña. La conexión entre Paul Lafargue y los socialistas españoles se prolongará hasta el final de su vida, siendo uno de los autores marxistas más traducido al castellano su tiempo.

Con el tiempo, Lafargue será junto con Guesde el principal dirigente del partido y su mejor exponente teórico. Escribe en toda la prensa socialista y viaja de un lado para otro dando conferencias; su mujer lo llamará «el judío errante». Su pluma es terrible, no respeta ningún símbolo del sistema democrático burgués. En 1883 es detenido y condenado a seis meses de prisión, siendo acusado de «favorecer y propugnar la muerte y el pillaje». En 1886 será nuevamente detenido y procesado por su campaña antimilitarista y su apoyo decidido a las luchas obreras que tienen lugar en Decazeville. El historiador Claude Willard lo distingue por «su vocabulario revolucionario e internacionalista, (pero que) se instala en un reformismo electoral, parlamentario, se abandona en un patriotismo que llega en ocasiones al chovinismo». La situación de Lafargue es de la de un luchador situado como guardaflanco del partido que actúa sobre todo como agitador, propagandista y polemista, sin desarrollar nunca una obra concienzuda. Aparte de El derecho a la pereza, destaca sus escritos de crítica a la ideología burguesa –a la religión en particular–, y en menor medida sus trabajos sobre economía, distinguiese un libro notable sobre los trust en el que analiza certeramente la evolución del capitalismo norteamericano. Sus posiciones favorables a la huelga general, su definición del partido como partido revolucionario que «defenderá en todo momento una línea de clase», sus continuos posicionamientos lo sitúan claramente en la izquierda socialista internacional.

Paul y Laura se suicidaron de mutuo acuerdo dejando sobre la mesa un papelito la siguiente explicación: «Estando sano de cuerpo y espíritu, me quito la vida antes de que la impecable vejez me arrebate uno después de otro los placeres y las alegrías de la existencia, y de que me despoje también de mis fuerzas físicas e intelectuales; antes de que parali0e mi energía, de que resquebraje mi voluntad y de que me convierta en una carga para mí y para los demás. Hace ya años que me prometí a mí mismo no rebasar los setenta, siendo por ello porque elijo este momento para despedirme de la vida, preparando para la ejecución de mi resolución una inyección hipodérmica con ácido cianhídrico. Muero con la alegría suprema de tener la certidumbre de que, en un futuro próximo, triunfará la causa por la que he luchado durante 45 años. ! Viva el comunismo!!Viva el socialismo internacional!». Lenin comentó en la ocasión: «Un socialista no se pertenece a sí mismo sino al partido. Si puede en lo que sea, ser útil todavía a la clase obrera, por ejemplo, escribir aunque no sea más que un artículo o llamamiento, no tiene derecho a suicidares».

Entre los numerosos casos que se han dado en la historia sobre el derecho a decir su propia muerte, pocos resultan tan impresionantes con la opción suicida que llevaron a cabo Paul Lafargue y Laura Marx, un final que causó verdadera conmoción en el socialismo internacional dentro de cual representaban directamente la continuidad familiar, sobre todo desde la muerte de Engels. Aunque las lamentaciones atravesaron toda la internacional socialista, nadie discutió su derecho opcional. Se trataba de una reivindicación que la barbarie establecido entre nosotros prohíbe a toda clase personas sobradas de motivos para escoger una muerte digna. Lo que muchas veces se ven llamados a realizar “de mala manera.

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