Ladridos en La Habana: “Otros perros ladrán a la Luna esperando a sus compinches de Miami”

Tras más de un cuarto de siglo viniendo a Cuba tres veces al año, y más de tres viviendo y trabajando en La Habana,  debo reconocer que algo ha cambiado dentro de mí. Disfruto de un más que saneado entusiasmo por la Revolución, amo y respeto con más admiración al pueblo cubano… pero tengo más ojeras, más sueño y cierta tendencia al insomnio. La razón no es otra que los insoportables ladridos de los miles de perros, los miles de chuchos que pueblan esta maravillosa capital, sin que nadie haga nada por regañarles cuando rugen sus gargantas como posesos a cualquier hora de la madrugada. Y esto ocurre en todas las capitales del país.

Eso sí, debo reconocer que hay canes dotados de un ladrido con timbre de soprano, otros remedan a Placido Domingo (aunque de ésos ninguno ha sido capaz, como el afamado tenor, de declararse admiradores de Pinochet), otros aúllan de alegría cuando ven y huelen a sus seres queridos, y los más se te tiran a la pierna para juguetear, libres de correas, en una danza urbana que para sí quisieran los chuchos capitalistas. Pero uno comienza ya a estar más que harto de esta libertad. Hace falta disciplina perruna y nadie quiere ponerle el cascabel al gato.

Bajo una más que exagerada defensa e interpretación de lo que debe ser el amor al can, los cubanos dejan que sus miles de animales vaguen por las calles, orinen donde quieran, defequen en cualquier parte y, en fin, hacen lo posible para que cada día que bajo al portal, pueda estar seguro de que voy a pisar un buen pedazo de hez, que, como todos sabemos, es una señal de buena fortuna para iniciar la jornada laboral. Supongo que, por lo que diariamente acontece al respecto en las calles de la isla, el autor de la leyenda debía ser originario de esta tierra.

Y ya, más en serio, convendría iniciar una campaña en prensa, radio y televisión, para que el cubano de a pie se conciencie de que el chucho no debe ser una proyección del dueño del animal, sino un dócil y juguetón compañero de juegos para los más pequeños, los ancianos, así como fiel guardián de la tranquilidad hogareña.

Digo esto porque hay más de uno que saca al bicho (mastines, dobbermans o lobos) en plan desafiante, mientras dirige la mirada al frente como diciendo al vecino: Ojo, que como te metas conmigo te azuzo a mi Tarzán y te deja sin brazo. En honor a la verdad son los menos, pero existe una vociferante minoría que vaga por las calles repartiendo generosamente aradores de la sarna, piojos, garrapatas, y lombrices, poniendo en peligro la salud de miles de niños y adultos.

No obstante, un amigo me asegura que una noche de luna llena divisó a un vehículo del que salieron dos personas uniformadas para recoger a dos canes que tenían las carnes repletas de heridas y cicatrices, por lo que trataron de llevarlos a un lugar discreto donde sacrificarlos en aras de una vida más sana. Mas, mira por dónde, salieron algunos ciudadanos de un portal recriminando a los del lazo el cumplimiento del deber, por lo que los funcionarios tuvieron que abandonar la idea de la captura canina ante las amenazas de esos confundidos amantes de los animales. O sea, que se quiere sanear el paisaje urbano pero hay falsos protectores de seres irracionales que lo son tanto como los que dicen defender.

¿Quiénes son esos ciudadanos? Pues sencillamente, los mismos que se niegan a que, en días de control y fumigación para erradicar la plaga de dengue (que se ha traído desde EEUU en dos ocasiones), se ausentan de la vivienda para impedir que las autoridades acaben con el peligro de una epidemia. Son los mismos que utilizan la creencia en religiones que obligan al fiel servidor de las deidades, a que tenga vasos llenos de agua, colocados en mesas, altares, sin cambiar el líquido durante semanas, con el riesgo que eso conlleva para la salud. Son los mismos que jamás llevan a sus animales al veterinario para que así contagie a otro ser vivo.

Son, en definitiva, mercenarios del estilo de Raúl Rivero, Vladimiro Roca, Osvaldo Payá, que a su vez miman y admiran la memoria de terroristas como Luis Posada Carriles, o reciben alborozados la visita de funcionarios de la oficina de intereses de los EEUU que les llevan dinero para que continúen su labor de sabotaje a la Revolución. Contagiados por la sarna de la ambición, por las lombrices de la traición, por las garrapatas de la mentira, por las pulgas de la hipocresía, ladran a la luna esperando a sus compinches de Miami.

En estos bichos se hace realidad la teoría de que la primera criatura con apariencia de perro era el cynodictis, un animal parecido a la mangosta y el tomarctus, tatarabuelos del canis etruscus, que evolucionó convirtiéndose en canis lupus o lobo, del canis cypio, ancestros del coyote y del chacal contemporáneo. Chacales, hienas, lobos, coyotes… en el peor sentido del término.

Es por ello que cada vez que me despierto en medio de la noche, alterado por el ladrido de uno de ellos, vuelva al sueño más tranquilo al saber que los vampiros habaneros se han convertido en perros enfermos. Sus parásitos acabarán un día con ellos. Que griten, que ladren, porque es señal de que la Revolución cabalga.

Y si no, que se lo pregunten a Bush y Zapatero, protagonistas de este refrán: Quien con perros se trata, aprende hasta alzar la pata.

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