La verdad de Giuliana Sgrena

El mundo recibió con estupefacción y horror la noticia del ataque estadunidense contra el vehículo en que viajaba la periodista italiana Giuliana Sgrena, el viernes pasado, en Bagdad, cuando la informadora se disponía a volver a su país tras permanecer un mes secuestrada por un grupo armado iraquí y luego de haber sido liberada por una negociación secreta entre sus captores y agentes del gobierno de Italia. El automóvil recibió entre 300 y 400 impactos; en la acción murió el agente Nicola Calipari, quien había logrado la puesta en libertad de la reportera del diario romano Il Manifesto, y resultaron heridas tres personas, entre ellas la propia Sgrena. El Departamento de Defensa de Estados Unidos adujo que el grupo de italianos ­que se dirigía al aeropuerto­ viajaba a una velocidad excesiva y que no detuvo el vehículo al pasar por un puesto de control, pese a que los efectivos ocupantes habrían hecho señas con luces y disparos de advertencia.

En declaraciones a la prensa y en una nota titulada «Mi verdad», publicada en Il Manifesto un día después de su llegada a Italia, la propia Sgrena, quien se recupera de las heridas en un hospital romano, desmintió de manera tajante esa versión. Dijo que el automóvil viajaba a velocidad normal, que los disparos no surgieron desde ningún puesto de control y que no hubo ninguna clase de advertencia previa a la «lluvia de balas» que se abatió contra el vehículo. La periodista destacó que sus captores le habían advertido, antes de dejarla en libertad, que «los estadunidenses no querían que regresara» y que «podían intervenir» de alguna manera para impedirlo. Con esos elementos, y considerando el disgusto que provocan en el gobierno de Washington las gestiones de otros países para procurar la liberación de sus ciudadanos secuestrados en Irak, Sgrena no descartó que el ataque estadunidense fuera deliberado y que ella misma hubiese sido el objetivo.

El razonamiento de la reportera debe verse en el contexto de los ataques contra periodistas en Irak por parte de las fuerzas de ocupación y en el entorno de la ofensiva que desde septiembre de 2001 realiza el gobierno de George W. Bush contra la libertad de expresión, el derecho a la información y los derechos humanos en general.

A la luz de lo ocurrido con Sgrena es imposible no recordar el criminal ataque estadunidense contra los periodistas extranjeros que se encontraban en el hotel Palestina de Bagdad, en los primeros días de la agresión a Irak, en el que murieron los camarógrafos José Couso (Telecinco, España), Taras Protsyuk (Reuters, Gran Bretaña) y Tarek Ayub (Al Jazeera, Qatar), así como el bombardeo aéreo a la corresponsalía de Al Jazeera en la capital iraquí ­en el que resultaron heridos tres informadores­, unos días después de que esa emisora proporcionara al Pentágono las coordenadas precisas de la ubicación del inmueble para prevenir ataques y «errores».

En esos días amargos, la respuesta del Pentágono a las condenas internacionales fue simple: se había advertido a los informadores que, si querían cubrir la invasión de Irak, debían hacerlo «incrustados» entre las tropas agresoras y que el artillero del tanque que disparó contra el hotel Palestina ­desde donde los únicos disparos que se hacían eran los de los obturadores de las cámaras fotográficas­ lo había hecho en «uso de su derecho inherente a la autodefensa».

De entonces a la fecha más de dos decenas de periodistas han muerto en la nación invadida, y hay razones de peso para considerar que varios de ellos ­los caídos en el hotel Palestina, por ejemplo­ fueron asesinados por los bandos en pugna, los cuales no quieren testigos incómodos de la atrocidad en curso. Como señaló la misma Sgrena, sus captores le dijeron que «no quieren testigos, y todos los periodistas somos considerados espías potenciales». Hasta ahora, Washington no ha expresado su postura de manera tan clara y explícita como los combatientes iraquíes, pero sus acciones indican claramente que no tolera la presencia de los informadores en Irak, salvo si se trata de los corresponsales dóciles que, en el interior de los cuarteles de la fuerza ocupante en Bagdad, se limitan a copiar despachos de prensa del Pentágono.

Más aun, los gobiernos de la llamada «coalición» encabezada por Estados Unidos parecen empeñados en impedir que se ventile públicamente semejante «política de medios». Recientemente fue obligado a renunciar el jefe de noticias de CNN, Eason Jordan, por haber señalado la posibilidad de que las tropas estadunidenses hubiesen disparado deliberadamente contra periodistas. Ayer, el ministro de Comunicaciones de Italia, Maurizio Gasparri, se tomó la libertad de regañar a Sgrena por sus declaraciones del fin de semana y las calificó de «tonterías».

El exabrupto del funcionario, si bien injustificable e irrespetuoso, deja traslucir la incómoda posición en la que ha quedado, a raíz del ataque estadunidense contra Sgrena, el gobierno de Silvio Berlusconi, firme partidario y participante de la invasión, la destrucción y el avasallamiento de Irak. La opinión pública italiana, mayoritariamente opuesta a la participación del país en esa aventura criminal, redobla ahora su indignación ante los firmes indicios de que el ataque estadunidense contra Sgrena no fue una confusión, sino un intento de asesinato.

El episodio coloca a los medios informativos del mundo ante una nítida disyuntiva: creerle a la colega herida o aceptar la versión del Pentágono. De la decisión correspondiente depende la vida de otros informadores y la defensa de una profesión enfrentada a nuevas amenazas.
http://www.jornada.unam.mx/imprimir.php?fecha=20050307&nota=edito.php

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