La Unión Europea y el Subdesarrollo Social

El título de esta carta no pretende ser ofensivo. Responde simplemente a un análisis frío y reposado de una realidad dramática, coloreada por el estúpido espectáculo de unas elecciones europeas que ya no engañan a más de media población y agudizada por esta «crisis» en la que pocos vencedores ganan mucho y muchos perdedores pierden muchísimo. «Nos mean y dicen que llueve», se leía hace tiempo en una sabia pared de Buenos Aires.

Insistimos: quienes nos pronunciamos en estas líneas no estamos fuera de dicha realidad. Sólo somos parte del drama, pero queremos participar de su solución. Queremos justicia social y sabemos que sólo desde abajo, desde muy abajo, arrancará el proceso que nos lleve a ella. Nada que ver con los experimentos electorales (grandes o pequeños), con sus burdas operaciones de cosmética o con la basura política que llena acuerdos, tratados, declaraciones y otros intentos para legitimar una concentración insoportable de poder y riqueza en tan pocas manos.
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Nos dirigimos a nuestras semejantes. «Nuestras», porque hablamos de personas. «Semejantes», porque con ellas nos identificamos. «Personas», en oposición a los Monstruos que pretenden anular nuestras capacidades y vaciar nuestros cuerpos de voluntad hasta convertirnos en una masa súbdita, contemplativa, impasible y obediente. Hasta hacer de nosotras una multitud de seres solitarios cuyos actos sólo respondan a los corruptos impulsos de ese chiste malo llamado Democracia Capitalista. «Democracia» que roba al pobre para cebar al rico. «Capitalista», porque los votos que persigue son las luces de colores de un circo parlamentario al servicio de un atajo de ricos, más ricos de lo que nadie nunca mereció ser. Tan ricos que necesitan hipnotizar, secuestrar, robar, explotar, torturar, encarcelar, expulsar, corromper, enfrentar y sobornar al resto de la población: a todas nosotras, las «simples» personas que habitan «su» territorio.

Nos hipnotizan con la vertiginosa ilusión de la propiedad, el triunfo, el consumo, la seguridad, la superioridad, la victoria.
Nos secuestran y secuestran nuestra voz, nuestra capacidad de comunicarnos y entendernos, nuestra propia versión de los hechos, los sentimientos que nuestra vida cotidiana nos cultiva.
Nos roban las palabras, lo que éstas significan, la habilidad para usarlas, la fuerza para reclamarlas.

Explotan a las personas porque en nosotras, en nuestros cuerpos, se encuentra la única materia prima exprimible hasta la última gota. Porque nos necesitan, arrodilladas y dispuestas a dejarnos exprimir con tal de evitar el «fantasma del paro». No nos damos cuenta de que, bajo las reglas de su juego, el trabajo de hoy es el desempleo de mañana.

Como nos han hipnotizado, pensamos que es el empresario el que «crea empleo» y no las personas las que enriquecemos al empresario. Como nos han secuestrado, olvidamos que antes, mientras no había crisis, el número de miserables en el planeta se contaba ya por miles de millones. Olvidamos que la única diferencia es que ahora «también me puede pasar a mí».

Nos han robado pero, en lugar de dirigir nuestro odio contra ellos, desahogamos nuestra desesperación contra nosotras mismas. Su impunidad es casi absoluta y, bajo sus pies, un hormiguero de víctimas que pelean entre ellas. Abusan de nosotras y nos parece normal. Vivir en un conflicto permanente cuyas causas somos incapaces de descifrar representa, inevitablemente, una tortura para la gran mayoría de seres humanos que habitamos en esta tierra de «igualdad», «democracia» y otras mentiras aberrantes.

Hemos de aguantar, como ciudadanos ejemplares, lejos de las 77.000 personas que rebosan las prisiones del Estado español. Ellas sufren el ejemplo extremo de cómo puede llegar a funcionar esta sociedad.

Tampoco debemos protestar por la construcción de campos de concentración o por ese crimen que consiste en la expulsión masiva de personas a las que una ley ilegítima señala como «ilegales».

Dejarnos corromper parece la mejor opción, mucho mejor aún si es por medio del soborno: todo sea por evitar el dichoso «fantasma del paro». Qué gran puesto de trabajo, ése que consiste en trabajar por «la ley», por «el orden», por la «integración», por la «reeducación», por la «reinserción», siempre sometiendo a alguien más débil que tú, siempre al servicio de la «paz social».

La cuestión es que nadie comprenda cuáles son las causas de una situación tan injusta. La cuestión es que la clase media superviviente, formada, integrada y consumidora se enfrente a una mayoría potencialmente peligrosa y frustrada, para beneficio de esa minoría que controla desde sus despachos lo que «nuestros representantes electos» han de hacer y deshacer.

Es la Europa de los Mercaderes, con M de Monstruo.
Ha de ser la Europa de los pueblos, pero de todos los del Mundo.
Pero es la Europa de las estrellitas en círculo.
Debe ser la Europa de los colores mezclados y los corazones organizados.

Pero es la Europa del Monopolio, con M de Mentira, porque así ha funcionado siempre la falacia del libre mercado: como en las peores películas, «sólo puede quedar uno» (acaso dos si son socios). No importa si para eso ha de morir uno, dos o dos mil millones. «Es la ley del mercado», «es el menos malo de los sistemas»,… es la misma burla, la misma hipnosis, el mismo secuestro, la misma anestesia.

Basta ya: si en este estado, en este continente, en este planeta sólo hay sitio para ellos, pues vamos a crear otro nuevo y QUE SE VAYAN TODOS.&nbsp

Quienes firmamos esta carta somos hombres y mujeres, personas. Nuestra piel resulta ser de ese color que se conoce por «blanco». Firmamos con la sincera esperanza de incluir en ella a todas y cada una de las personas que identifican su sufrimiento cotidiano con la realidad que estamos tratando de describir.

Queremos incluir en ella a toda la gente que busca dar un sentido digno y justo a sus vidas y a las de todos los colores y procedencias. Los colores y la procedencia son sólo una casualidad. Hay quien lo ha olvidado porque si nos robaron las palabras también fue para corromper la solidaridad. Eso, o algo parecido, recibía el nombre de PUEBLO. No hace mucho tiempo de eso… pero han anestesiado nuestra memoria para secuestrar nuestros sentimientos.
ASSI
(Acción Social Sindical Internacionalista)

Zaragoza, 10 de junio de 2009.

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