La unión de la clase obrera

Cuando la cooperación del proletariado, de sus sectores más activos, se ha impuesto, la causa del pueblo ha avanzado. Cuando han prevalecido la división y el enfrentamiento entre las diferentes organizaciones de la clase trabajadora, únicamente se han cosechado derrotas política y militares. Es un hecho que el acercamiento entre los partidos y organizaciones proletarias en unos casos o, en otros, la unidad de acción de los trabajadores, incluso por encima de las divergencias entre partidos, ha abierto el camino tanto a la unión de las clases trabajadoras como a la alianza con una parte de la burguesía media. En 1917, mientras persistió la cooperación entre UGT y CNT, hubo posibilidades de articular un movimiento amplio contra la monarquía. En 1936, el Frente popular vino precedido de los comités por la liberación de los presos políticos y por la Alianza obrera. Y en los años 60, el movimiento de CC.OO. contribuyó decisivamente, junto con el movimiento estudiantil, a poner en pie los organismos populares unitarios. Es decir, sin el frente único del proletariado, por utilizar los mismos términos de los años 30, no es posible llevar acabo ninguna política de alianzas consistente.

El proceso por el cual los trabajadores van descubriendo su identidad de intereses se ve entorpecido por múltiples obstáculos en sociedades como las europeas. El primero de ellos consiste en la capacidad de la burguesía de ganarse a una pequeña parte de la clase obrera y de neutralizar y dividir a la mayoría mediante una hábil política, en la que se combinan las concesiones con la utilización de las diferencias según categoría laboral, origen nacional, sexo, etc. El minúsculo papel imperialista de España no da pie, en cambio, a que existan aquí intereses comunes entre la burguesía monopolista y una capa significativa de los trabajadores beneficiados por la expoliación de otros países. Se trata de un hecho positivo en la tarea de unir a la clase obrera, en contraste con lo que ocurre en otros lugares de Europa. No obstante, el capitalismo monopolista español, incluso sin tener un espacio imperial propio, crea importantes diferencias en cuanto a salario, empleo, condiciones de vida, etc. A partir de estas diferencias respecto a los intereses inmediatos de los trabajadores, controlando los principales medios culturales y propagandísticos, dosificando convenientemente la represión y las concesiones o utilizando las discrepancias entre las fuerzas obreras, se puede realizar una labor de disgregación de nuestra clase, lo cual, en situaciones de una cierta estabilidad política, es muy difícil contrarrestar, como se constata ahora mismo. Y no sólo es el gran capital español el que promueve la división: también hay gobiernos y partidos de otros países interesados en ella. En los años iniciales de “la transición”, por ejemplo, se dedicaron bastantes esfuerzos y dinero en fragmentar los movimientos antifranquista y sindical por parte de los EE.UU. y la socialdemocracia europea.

Otro factor de división, que no debe menospreciarse, proviene de la influencia ejercida por las restantes clases populares sobre el proletariado. La burguesía media vasca, apoyándose en los sentimientos nacionales, ha podido organizar sindicalmente a un contingente significativo de trabajadores. Y la pequeña burguesía, debido a su vinculación histórica con la clase obrera, a la que trasvasó varios elementos de su concepción del mundo, tuvo un enorme peso político sobre ella hasta la guerra civil. Sobre esta particular, resulta ilustrativa la conflictiva relación entre la CNT y los partidos republicanos, especialmente en Cataluña, en la que éstos últimos dependieron para gobernar, tanto en 1931 como en 1936, del voto “apolítico” de los anarcosindicalistas. Hoy en día, mientras el viejo anarquismo ha quedado reducido a una tendencia minoritaria, el nacionalismo radical y algunas tendencias semianarquistas, logran atrae a un pequeño porcentaje de trabajadores.

La política encaminada a realizar la unión de los trabajadores debe subrayar, por lo tanto, los intereses vitales concretos de toda la clase, considerando sus aspiraciones y su nivel de comprensión de cada momento. Es decir, debe enfocar la lucha por el objetivo principal en cada circunstancia, para encontrar un terreno común a las diferentes tendencias y movilizar a los trabajadores no organizados.

En segundo lugar, es preciso establecer, siempre que sea posible, acuerdos por arriba, o sea, acuerdos formales entre los organismos dirigentes del conjunto de fuerzas obreras, ya sean políticas, sindicales u otras. Durante bastantes años, los comunistas españoles, como de hecho, los demás comunistas europeos, defendieron una concepción del frente único del proletariado que consistía en proponer unas condiciones inaceptables para los dirigentes de las otras organizaciones obreras, acusarlos, entonces, te traición ante sus bases e intentar atraer a éstas. Con ello, lo único que lograron fue una merecida fama de sectarios y el ir a remolque de los acontecimientos. Así, cuando en 1933 se constituyó la Alianza obrera, impulsada por los socialistas ante el avance electoral de la derecha, el PCE, que sigue discurseando sobre el frente único queda al margen y no se incorporará al movimiento unitario real de masas hasta unos meses más tarde. La Alianza respondió a una aspiración de masas resumida en la famosa sigla ¡UHP! (¡Unión, Hermanos Proletarios!) y fue el precedente de los acuerdos entre partidos obreros y sindicatos formalizados en los años del Frente popular. Sin embargo, tanto en un caso como en el otro, la unión no se consolidó lo suficiente para poder resistir con garantías de éxito a la acometida unificada de la reacción. Ni antes de la guerra ni en el curso de ésta se consiguió la unificación entre UGT y CNT, y la unidad de acción entre socialistas y comunistas tuvo bastantes fallos.

En tercer lugar, es necesario impulsar la unidad por la base, si otras fuerzas obreras adoptan una actitud cerrada, antiunitaria, y no se debe esperar simplemente a que cambien de parecer. Ahora bien, en esta caso el frente único por la base tiene que plantearse también como meta alcanzar la unidad por arriba. En los años 60, en la lucha por el salario y los derechos democráticos elementales, surgió el movimiento unitario de Comisiones obreras que se convirtió muy pronto en la única fuerza sindical y política con carácter de masas. En CC.OO participaron militantes de casi todas las tendencias, pero el PSOE no renunció a mantener la sigla UGT como brazo sindical propio a pesar de su total ineficacia, y procuró, además, aislar a los comunistas. Así, en unas condiciones en que ni UGT ni CNT fueron capaces de reconstruirse en la ilegalidad y en que se persistía en marginar a los comunistas, CC.OO llegó a funcionar casi como un sindicato único, y, gracias a su representatividad, contribuyó al fracaso de los proyectos antiunitarios del PSOE hasta poco antes de la muerte de Franco.

Y en cuarto lugar, cuando una fuerza obrera actúa en lo esencial favoreciendo al mayor enemigo del pueblo, hay que combatir a la dirección de esta fuerza con las formas de lucha apropiadas a la situación, procurando separar la dirección de la base y ganar a ésta. En este caso, la unidad del proletariado sólo se puede lograr a condición de derrotar a los que sirven consciente o inconscientemente al enemigo. En tres momentos históricos fuerzas de base obrera prestaron un servicio útil al enemigo: el PSOE cooperando con la Dictadura de Primo de Rivera; el POUM y una parte de los anarquistas realizando un levantamiento armado con objetivos ultraizquierdistas en el campo republicano en mayo de 1937; y un sector de socialistas y militares, con Besteiros y el coronel Casado a la cabeza, sublevándose contra el gobierno de Negrín al final de la guerra civil, para entablar negociaciones con Franco. Al examinar la actuación de los comunistas, se ve que hubo algunos fallos que impidieron total o parcialmente salir airosos de esas tres situaciones. En el primer caso, es evidente que la debilidad del PCE a consecuencia de la represión y de su inestabilidad interna limitó el alcance de su lucha contra el colaboracionismo del PSOE, a pesar del viraje reaccionario de éste. Respecto al POUM, si bien se consiguió lo esencial, o sea, neutralizar el levantamiento armado, esa victoria no se acompañó de una labor eficaz para ganar a su base y a los trabajadores que lo apoyaban, al etiquetar a este partido de “fascista” y al dejar a Andreu Nin, su secretario general, en manos de los servicios soviéticos de seguridad en vez de llevarlo ante los tribunales republicanos, como se hizo con otros dirigentes. En cuanto la sublevación dirigida por Casado y Besteiro, se hizo seguramente todo lo que se pudo por sofocarla, pero un cierto retroceso en la influencia de masas del PCE, a causa de insuficiencias y errores en su trabajo anterior, no permitió superar una situación en la que los entreguistas se apoyaban en una pasividad y desmoralización creciente tanto en las clases trabajadoras como en el ejército.

Igual que en el caso de las alianzas populares, la unión del proletariado precisa, para consolidarse, el despliegue de varias formas de democracia, tanto representativa como asamblearia, según cuales sean la situación política y el ámbito en que se concreta la unión; debe tener en cuenta la relación entre el espacio español y el de cada nacionalidad; y debe proponerse también la intervención en las instituciones del Estado en la medida de las posibilidades existentes.

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