Publicado en: 13 diciembre, 2018

La UltraEspaña

Por Jose Medina

El tema está en que con los de VOX -siempre apareciendo recién bañaditos, guapos y salidos de la peluquería-, es que están cubiertos de escepticismo, si se les rascara no saldría savia sino corteza de árbol viejo resentido

Si alguien le preguntara a los españoles, que han votado por la ultraderecha, acerca de si las promesas que estos les han hecho se pueden cumplir, seguramente la respuesta sería algo como: ¡Tas loco, lo de las autonomías no lo mueve nadie y lo del muro, nada de nada!

Eso sí, si la misma persona les preguntase sobre Pedro Sánchez, posiblemente la respuesta sería: ¡Ése, ese es un vendedor de croissant calentitos! Y no les faltaría razón, Sánchez ha cambiado tanto de dirección que ya no mira a la cara sino al tendido. Se ha rehecho tantas veces de todo que ni el portero de la Moncloa parece decir la verdad cuando dice buenos días.

El problema que estamos enfrentando los españoles, o los que vivimos en España, es que hemos asumido que las promesas políticas son como los atrezos; algo como una muletilla política necesaria cada vez que hay elecciones. Diríamos, a modo de disculpas, que se han convertido en el gran esfuerzo creativo de todos los candidatos y para colmo, las hemos aceptado.

El tema está en que con los de VOX – siempre apareciendo recién bañaditos, guapos y salidos de la peluquería -, es que están cubiertos de escepticismo, si se les rascara no saldría savia sino corteza de árbol viejo resentido, ahí está su desconocimiento sobre el que para cerrar un canal de tv, habría que reformar el estatuto comunitario.

Estos nuevos cultivadores del narcisismo parecen disfrutar del papel de envenenadores políticos, les importa un comino como les llaman; la verdadera preocupación que les invade es el de quedar reducidos a clase media o trabajadora; de lo que se trata es de mantener sus estatus.

Este tipo de organización política busca afanosamente construir un Estado nacional bajo el imperativo burgués, no le importa que a largo plazo ello no tenga salida y que aún apoyada por Bannon, Trump, Bolsonaro, Le Pen y Orbán, tenga poco recorrido en un mundo donde se han globalizado hasta los pensamientos.

Sin embargo aunque el daño que están causando es peligroso, no pasarán de ser un remiendo dentro de la historia, al final del túnel todos conocemos que esta apuesta antes trajo un viaje al sin sentido, a la reafirmación de las desigualdades internas e internacionales. Claro que alguien saldrá ganando, pero la mayoría perdería la oportunidad de un mundo mejor.

Este juego, que también incluye la desigualdad de la tecnología y el desarrollo, deja claro que países como Venezuela o Bolivia, donde quieren una revolución socialista y desde abajo, deben desaparecer para que la “reconquista”, que tanto ha alegrado al líder del Ku Klux Klan, David Duke, sea una realidad, es decir, se están preparando para una revolución desde arriba, no hacia arriba, porque lo que quieren es una supremacía a su estilo y para los suyos. Por ello criminalizan al inmigrante ilegal, queriéndole convertir en el bandido de la película incapacitándole, de por vida, el poder legalizar su situación y por tanto impidiéndoles el recibir cualquier tipo de ayuda de la administración.

Si les diéramos la posibilidad de hacer más recomendaciones, sellarían ante notario el saltarse a la torera la Declaración Universal de los Derechos Humanos firmada por 192 países, donde leemos en el artículo 14 que en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país del mundo.

Y todo lo anterior es poco, sin estar en el poder esta gente quiere cerrar canales de TV y eliminar autonomías, van en serio como cuando Trump era candidato.

A esos les encanta hacer lo que dicen, afortunadamente Estados Unidos es mucho más poderoso que ese misógino y xenófobo hombre zanahoria.

Esta gente quiere convertir España en un país de recomendaciones, de dedazos; ellos cuentan con la experiencia del bravucón en plenas condiciones, saben que todo lo que dilate lo que no quieren tener y, todo lo que adelante lo que consideran es oportuno realizar, marca la diferencia entre ser débil y atrasado, ser fuertes y admirados.

Para ellos aplicar sus valores significa entrar en la verdadera fase del desarrollo ultracapitalista, del ultranacionalismo; los contrario es continuar siendo un Estado débil y permeable.

Vox de lo que habla es de la historia de siempre: la lucha de clases, pero ahora revestida de catastrofismo que llega de las manos de los inmigrantes que matan sus carneros en casa; porque la ley de violencia de género discrimina los sexos y porque se da acceso gratuito a la sanidad a los inmigrantes ilegales.

Vox grita que no quiere ir a las entrevistas con Ana Pastor, pero les encanta dar ruedas de prensa y que todos hablemos de ellos, se sienten victoriosos por haberse convertido en un partido bisagra en plena crisis política del socialismo internacional.

Para ellos, los 12 diputados andaluces son una victoria histórica porque han impedido el asalto al Estado de PODEMOS, y porque la derecha ha derrotado al socialismo en su propia cuna; se autoconsideran una fuerza política que ayuda a la estabilización de las reglas democráticas y, por ende, el haber dejado claro que ellos no son unos perdedores.

Pero dentro de ese complicado populismo debemos conocer que la razón de su resurgir es su punto más flaco: el desgaste de ellos como clase burguesa, una verdadera contradicción dentro de un mundo capitalista que no saben aceptar.

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