La (triple) anomalía asturiana. Asturies es Nación, no Principado.

No es normal la situación en Asturies. Esta puede ser todo lo que se quiera, menos normal. Desde los más diversos puntos de vista el país asturiano pasa por una ya larga etapa de anomalía democrática. Algo extraño sucede, y comprenderlo será clave para emprender una movilización adecuada.

1. Anomalía lingüística. Llevamos tres décadas de parálisis, de marasmo. Justamente cuando en otros países del estado se iniciaban los movimientos de recuperación lingüística, en orden a alcanzar la cooficialidad de sus lenguas nacionales junto con el castellano, y alcanzar una normalización social y escolar de la misma (así con el euskera, gallego y catalán, especialmente), en Asturies se inicia también el movimiento político de recuperación lingüística, aunque sin alcanzar los resultados de otros lugares. Ahora que se podía haber superado el complejo de inferioridad que aqueja a los políticos asturianos dependientes de partidos españolistas/madrileños, seguimos estancados en este terreno. También habría sido tiempo para enterrar del todo los prejuicios de las elites de funcionarios, empresarios, intelectuales y sindicalistas. Estancamiento debido a un notable retraso en la conciencia nacional de éstas personas clave, que se demuestra en el hecho de que sigue sin haber un acuerdo entre las principales fuerzas político-sociales en este aspecto. Curiosamente, la lengua propia de un país como Asturies, que contó con su propio estado en época medieval, e instituciones soberanas de autogobierno hasta 1835, había llegado bien conservada y mayoritariamente hablada por las clases populares a la altura de principios del siglo XX. Incluso hoy en día es casi universalmente comprendida por los asturianos de origen, y funcionalmente puede ser utilizada –mejor o peor, en ausencia de una adecuada escolarización en ella- al menos por la mitad de los habitantes del país. Antes de los progresos lingüísticos que trajo la democracia formal al Estado Español, la situación sociolingüística del asturiano sería envidiable en comparación con la del euskera, y no muy diferente de la del gallego o el catalán. Sin embargo, la consideración social que las elites asturianas hacían de la lengua patria y transmitían a los propios asturianos era, las más de las veces, de desprecio o infravaloración. Situación ésta que otros pueblos ibéricos con lengua propia habían superado mucho antes.

Hoy, tres décadas de Constitución que garantiza formalmente la oficialidad de las lenguas en sus respectivas Comunidades Autónomas, no han servido para nada en Asturies. Se puede plantear perfectamente la hipótesis de que las cúpulas de los grandes partidos españoles/madrileños han instruido la orden tajante, al menos desde 1978, de no oficializar ni una sola lengua ibérica más, dándose por agotado el cupo de Comunidades Autónomas que pueden alcanzar conciencia nacional, pues es evidente que en nuestro entorno geográfico-cultural, en Europa, la lengua es el instrumento y la expresión para el desarrollo de la conciencia nacional. Esta hipótesis, que en otros artículos he denominado “Estrategia de Neutralización Nacional”, no sólo viene refrendada por la conducta ultra-nacionalista española del PSOE, PP y PCE a lo largo de su historia, y más exacerbada aún en sus respectivas sucursales asturianas, sino por su talibanismo lingüístico castellanista y anti-científico, negándole al asturiano su carácter de lengua o incluyéndola en el basurero de las “lenguas inferiores” (racismo lingüístico). Esta situación de abandono de la lengua nacional, y por ende, de abandono de los resortes de un resurgimiento nacional sólo puede ser entendida en términos de estrategia perfectamente planificada desde Madrid en connivencia con los agentes colonizadores locales y toda una corte de cipayos perfectamente instalada en Oviedo y en otros sitios clave de su “provincia”.

2. Represión laboral y cívica. El grado que ésta ha alcanzado en nuestro país alcanzó unos niveles alarmantes en los últimos años. La impunidad con que actúa la extrema derecha en territorio asturiano, unida a la impunidad con que actúan y realizan declaraciones infamantes ciertos agitadores intelectuales cercanos al fascismo, son fenómenos que toman en Asturies unos visos insoportables. Este hecho se debe cotejar con la durísima represión policial y judicial de sindicalistas, activistas de la izquierda o pro-derechos nacionales y lingüísticos en los últimos tiempos. Si se tiene en cuenta que las últimas lluvias de palos policiales y las últimas fiebres gubernamentales y judiciales por encarcelar activistas se insertan en una larga historia de represión de la clase obrera y campesina podremos entender mejor la anomalía asturiana. Tras la muerte de Franco, y todavía más claro, tras la llegada de los felipistas al poder, Asturias solamente pudo ser neutralizada en los órdenes económico y social dentro del concierto de comunidades del Estado, por las vías de la represión llana y lisa. Sólo los antidisturbios pudieron cerrar las minas, las industrias, las caserías. La emigración forzosa y los subsidios hicieron el resto de la tarea sucia. El país ástur pasó de ser una potencia industrial y ganadera en una España atrasada y famélica, a la condición de geriátrico y paraíso para los turistas. Todavía hoy las cicatrices de esa “reconversión” -que más bien había de llamarse “neutralización”- son bien visibles. Una población envejecida, un campo feraz y consustancial a nuestra forma propia de vida, abandonado. Un potencial intelectual (el llamado “capital humano”) inmejorable pero desaprovechado en el contexto de un estado como España donde abunda el fracaso escolar, las poca formación y la economía-basura. Esta neutralización y subdesarrollo artificialmente provocados desde Madrid, desde Bruselas, es algo que no se corresponde con el ser de los asturianos. Algo que no se debería tolerar. Nuestro potencial se desaprovechó por medio de la represión laboral y la instrumentalización de las clases trabajadoras. Al ser dependientes de las inversiones gubernamentales y europeas, a la fuerza debemos ser igualmente dependientes de las estrategias (en el sentido militar de la palabra) de geodesarrollo que ellos prevén. Y esto no puede seguir siendo así. Se debe luchar por una planificación económica del país tomando como unidad y centro de decisiones el propio país ástur.

3. Anomalía institucional. Asturies es hoy, incluso dentro del orden constitucional vigente para todo el estado, una anomalía que llega incluso a expresarse de forma inexplicable –democráticamente inexplicable- en la misma denominación de la Comunidad Autónoma, así como en toda una serie de actos, fastos y rituales. El “Principado” supone para el país un lastre, un compromiso especial con la Casa Real actualmente instalada en el Poder, un vínculo expreso que resulta muy difícil de entender. No hay ningún motivo para vincular a todo un país con el título de Sucesor de la Corona. Resulta contradictorio revalidar después de 1978 un título creado en 1388. Creación que en aquella época se hizo con el ánimo de hacer de Asturies un país dependiente de los reyes castellanos. No se entiende que se revalide esa antigualla y esa denominación después de 1978 cuando se defiende al mismo tiempo y a escala oficial que la legitimación de los actuales Borbones instalados en el trono procede en realidad de la aprobación popular de la Constitución. Ninguna otra comunidad del Estado ha reservado en su Estatuto ni en su Denominación Oficial un vínculo tal con una Casa Real. En lugar del nombrar al heredero del trono “Príncipe de España”, como se hacía en tiempos de Franco, nombrarlo “de Asturies” supone una especie de menoscabo para nuestro país y su voluntad de decidir. Voluntad de decidir como entidad colectiva per se (como país, nacionalidad, nación, comunidad histórica, lo que sea) independiente de los vaivenes políticos que acontezcan en el Estado Español. Independiente de la propia trayectoria de la Casa Real y de la Ocupación del Trono, independiente de la decisión hipotética de un cambio de régimen en el Estado y sustitución de la Monarquía por una República, e incluso, independiente de que el Estado en sí mismo, ya sea un reino o ya sea una república, adopte algún día una fórmula territorial y de convivencia claramente federal o confederal. Pase lo que pase el día de mañana con el Estado Español, la dependencia excesiva y formal de Asturies con la sucesión de esta Corona no puede ser más comprometedora y alienante. Aunque sea en el terreno simbólico y ceremonial sigue, año tras año, esa parafernalia del “Principado” sirve para seguir minusvalorándonos como colectividad diferenciada, libre, independiente de los intereses y las maniobras completamente espurias y extrañas a los asturianos. La existencia misma de la Fundación de los Premios Príncipe de Asturies, la caterva de aduladores y cortesanos que puebla el país (especialmente en los veranos) a nuestras expensas, y en fin, toda la agitación propia de la prensa rosa en torno a la figura de Leticia, constituyen un escándalo, una vergüenza y una humillación cotidianas. Impiden una vida democrática normal y una digna existencia nacional del país ástur. ¿Cuándo recuperará Asturies la normalidad institucional al margen de los cortesanos y de los boatos inventados por españolistas recalcitrantes?

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