Un mes antes de que el Kremlin empezara una <<operación militar especial> contra Ucrania con la excusa de proteger a la población de las autoproclamas republicas autónomas de Donestsk y Lugansk, en la región del Dombás, y ocho años después de la anexión de Crimea por <<los hombrecillos de verde>> pertrechados por Moscú, publiqué en este mismo medio un artículo (https://rojoynegro.info/articulo/lebensraum-de-hitler-a-putin/) que se reproduce a continuación:
[Lebensraum: de Hitler a Putin (23 de enero de 2022)
Técnicamente lo que plantea Vladimir Putin es un viejo conocido. Se llama Lebensraum, el término germanófilo con que se acuñó la teoría imperialista del <<espacio vital>>. O sea, la ampliación de las fronteras de un país por la fuerza acosta de la soberanía y la territorialidad de su vecino adosado. Eso, en resumidas cuentas, y sin adornos ideológicos, es la fórmula utilizada por el presidente ruso para exigir que su vecina Ucrania cambie de estatus a uno más grato a los intereses del Kremlin. Lo que significa revertir lo acordado en 1994 en el Memorándum de Bucarest, tratado por el que aquella URSS en retirada admitía la independencia de Ucrania a cambio de que Kiev retornara a Moscú su arsenal nuclear. Cesión que se vio facilitada por el rechazo antinuclear que produjo el accidente en la central Vladimir Illích Lenin de Chernóbil en abril de 1986.
Lo firmado en aquel momento suponía que la ex república soviética entregaba a Rusia un arsenal de 5.000 cabezas nucleares y 220 plataformas lanzadoras, junto a 176 misiles balísticos intercontinentales y 44 aviones bombarderos con capacidad nuclear. La contraparte del acuerdo, que fue refrendado por los gobiernos de Estados Unidos y Reino Unido y posteriormente secundado por China y Francia, garantizaba a futuros la soberanía y la integridad territorial de Ucrania. De ahí que las actuales exigencias de Putin tendentes a “satelizar” a Ucrania representen de facto una ruptura unilateral y flagrante de aquel pacto. Además, la amenaza de intervención se produce después de que en 2014 Moscú apoyara la rebelión secesionista de la región del Dombás, se anexionara ilegalmente Crimea y que un misil ruso Buck, disparado desde las posiciones de las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, abatiera un avión comercial MH17 que hacía la ruta Ámsterdam Kuala Lumpur con 298 personas a bordo.
La nueva doctrina de seguridad que exhibe la diplomacia rusa es una reedición de la que en los años treinta del siglo pasado utilizó la Alemania nazi para crear un cordón sanitario allende sus dominios reconocidos. Para cual necesitó burlar las condiciones impuestas en el Tratado de Versalles como reparación por la responsabilidad germana en la ruptura de hostilidades que llevó a la Primera Guerra Mundial. La capitulación, considerada humillante por Berlín, incluía la estricta limitación de su potencial militar, aparte de distintas y dolorosas cesiones territoriales. Todo eso fue concienzudamente violado cuando Hitler alcanzó el poder y procedió al rearme de Renania en 1936, seguido dos años más tarde de la anexión de Austria (Anschluss) y Los Sudetes. La escalada del III Reich (el envío de efectivos y material bélico para apoyar a Franco en la guerra civil sirvió como campo de operaciones para su ejército en el exterior) se consumó sin que las democracias occidentales armaran un frente común de oposición a la avalancha nazi. En la Conferencia de Múnich, celebrada el 30 de septiembre de 1938 bajo el liderazgo de Gran Bretaña, las potencias europeas se decantaron por aplicar la vía diplomática de <<esperar y ver>>. Aquella <<política de apaciguamiento>> terminó siendo un factor determinante para que el fortalecido régimen nazi planificara la Segunda Guerra Mundial. La unidad de destino del Lebensraum nazi-soviético se evidenció en el pacto secreto entre Hitler y Stalin que dio origen a la conflagración, con la invasión de Polonia por ambos ejércitos en septiembre de 1939 y la sucesiva ocupación mancomunada de los países bálticos hasta junio de 1941.
Ciertamente, la historia ni se detiene si tropieza. Ni la Rusia de Putin es la Alemania de Hitler, ni el contexto epocal es equivalente. Pero la experiencia pasada siempre deja huella si la desmemoria no confunde el entendimiento. Cuando Putin acaricia la idea de reunificar <<la Gran Rusia>> (el sueño euroasiático que predica su ideólogo favorito Alexandr Duguin) para superar la desintegración de la URSS (calificada por dirigente ruso como <<la mayor catástrofe geopolítica del siglo>>), nos situamos en la misma longitud de onda de la Lebensraum con que Hitler abanderó su proyecto para la Gran Alemania. Con algunos inquietantes hechos diferenciales. Si aún está por ver si de nuevo se impone la política de apaciguamiento sobre la base de la disparidad intereses de los países inmersos en el área de influencia del conflicto, ahora Putin tiene a su favor nuevas armas de disuasión masiva: la capacidad de desinformación de su impresionante arsenal mediático de última generación; la existencia de una quinta columna ideológica nostálgica del capitalismo de Estado soviético que da la espalda a la realidad de una Rusia volcada al neoliberalismo salvaje; y en muy importante medida la operatividad de los poderoso lobbies transversales prorrusos que manejan ingentes recursos estratégicos, donde el gas es la estrella. La petrolera Rosneft, controlada por el Estado ruso, fichó como presidente de su consejo de administración al ex canciller y antiguo secretario general del partido socialdemócrata alemán SPD Gerhard Schöder, en septiembre de 2017, cuatro después de la anexión de Crimea por Putin]. Hasta aquí la autocita.
Han bastado solo tres años para que ese siniestro paralelismo se haga realidad aumentada sin que, como entonces, la comunidad internacional haya hecho nada eficaz para impedirlo. No obstante, la comparativa incluye algunas diferencias, siempre a peor y de mayor cuantía. Ahora el <<nuevo Führer>> ha consumado su barbarie con la ayuda y la complicidad de otro autócrata de semejante calaña, Donald Trump, recién elegido <<democráticamente>> presidente de Estados Unidos. En estos momentos, la primera potencia económica y militar del mundo, y precisamente el país que hizo posible la derrota de la Alemania hitleriana en la Segunda Guerra Mundial. Otra novedad, igualmente funesta, es que las condiciones para la <<paz rusa>> con que se quiere someter a la invadida Ucrania será objeto de una transacción tándem entre los ambos tiranos, Trump y Putin. Una ruleta rusa basada en paz por territorios y desarme, excluyendo a la Unión Europea (EU), bajo amenaza de <<abrir la puerta a los infiernos>>. Siendo Ucrania la frontera Este de Europa y habiendo sido la anulación de los Acuerdos de Asociación con la UE por el gobierno prorruso del Kiev lo que motivó las sangrientas protestas del Euromaidan, hecho que Putin esgrime como justificación última del conflicto.
Pero lo realmente insólito en esta ocasión está en que, lejos de producirse un rechazo por parte de la opinión pública mundial, el sacrificio de Ucrania a los intereses de Putin y Trump ha contado con el apoyo de totalitarios de uno y otro signo sin disidencias dignas de mención. A la extrema derecha de Orbán, Salvini, Meloni, Le Pen, Vox o Alternativa por Alemania, acólitos de Putin en muchos casos financiados por sus oligarcas de cámara, se incluyen partidos, dirigentes y formaciones de la extrema izquierda (La Francia Insumisa, Podemos, Izquierda Unida, Sumar sector PCE, etc.) que siempre aplaudieron la invasión rusa para <<desnazificar y desmilitarizar> Ucrania. A este respecto, hay que recordar la encendida campaña promovida a favor del periodista-espía de la GRU, Pablo González, como víctima de una conspiración reaccionaria. Por lo demás, nada de otro mundo. Asistimos al despegue del paradigma nazbol (nacional bolchevique), la ideología equinoccial que abraza hoy Jorge equinoccial, ex colaborador de la asociación cultural neonazi CEDADE y antiguo asesor principal del dirigente de Podemos Pablo Iglesias. También aquí los extremos se tocan, iliberales y euroescépticos en comandita. Una pinza ambidiestra en la estela del manifiesto en favor de las <<políticas sociales>> del neofascista Matteo Salvini suscrito por Julio Anguita, Manuel Monereo y Héctor Illueca, baldón que no resultó óbice para que este último fuera elegido vicepresidente de la Generalitat valenciana en el gobierno de Ximo Puig por Unidas Podemos (https://www.cuartopoder.es/ideas/2018/09/05/fascismo-en-italia-decreto-dignidad/).Visto en perspectiva, esta entente entre carismáticos <<putos amos>> reproduce el pacto secreto Hitler-Stalin de 1939 para repartirse Polonia y los países bálticos que desataría la Segunda Guerra Mundial.
Y no es la única coincidencia funesta. A mayor escarnio, también en este 2025 la cita para escenificar la capitulación de Ucrania ante el zar ruso comienza en la ciudad alemana de Múnich para luego consagrar el Yalta 3.0 en Arabia Saudí en un mano a mano Trump-Putin. Ya solo queda que, clonando al Putin de la ocupación de Crimea en 2014 mientras las cancillerías occidentales miraban para otro lado, su compinche Trump movilice a otros <<hombrecillos de verde>> para su cruzada imperial sobre Groenlandia. Se equivocó de plano Francis Fukuyama con su predicción de El fin de la historia y el triunfo universal de la democracia. Lo convenido entre Rusia y Estados Unidos para trocear y diezmar a Ucrania (y la martirizada Gaza en el otro platillo de la siniestra timba) es precisamente el fin de la democracia y del derecho internacional y humanitario (Resoluciones de la ONU y del Tribunal Penal Internacional). Un abismo insondable que inaugura el tiempo de los asesinos en el poder por elección popular. Corleone -Putin, el agresor, se anexionará el territorio ucraniano ocupado a sangre y fuego. Su compañero de viaje, Capone- Trump, se cobrará en tierras raras la ayuda militar y financiera ofrecida para la defensa del país invadido. Además, los dos capos se han confabulado para cargarse a Zelenski y poner a un títere al frente del gobierno de Kiev que legitime el expolio. Es la tiranía guiando al pueblo.
(Este artículo se ha publicado en el número de Febrero de Rojo y Negro)