La tiranía de la costumbre

No hay tiranía como la de la costumbre. El crédito de nuestras instituciones, la estabilidad de nuestros mercados depende de ella, la incapacidad de conseguir alternativas, de deshacer parejas que van mal, también. Estando pendientes de las novedades “decisivas”, renovando esperanzas y temores, hacemos la faena. En el país de los toros, los políticos son más aficionados a los capotazos que en los demás, hacen como los teros, que en un sitio pegan los gritos y en el otro ponen los huevos.

   A la tiranía de la costumbre le han dado un nombre sus enemigos: sistema. Nuestros más bellos nombres suelen ser los que nos han dado nuestros enemigos. Cuando nos llaman antisistema también ellos nos honran, saben que no estamos dispuestos a soportar la peor de las tiranías, la de la costumbre. Mortal como ninguna, por la costumbre de vivir acabamos muriéndonos. La evolución lo sabe: no cerebros mejorados, nuevos cerebros.

  Hay dos tipos de ciudadanos en cuanto a la información se refiere: Los que la consumen de forma acrítica, pasando de todo y los que no. Entre los segundos los hay también de dos tipos: Los que pretenden información clave para aprovecharse y medrar, y los que se ven obligados a convivir con la impotencia de no poder despertar a la mayoría de la gente y se dan cuenta de cómo sus intentos no hacen otra cosa que añadir ruido al sistema. Cuando se les mete en la cabeza que sus palabras pudieran no ser más que otra noticia declarativa más, ya no les basta con hablar las cosas, se vuelven antisistema. No reducen su hacer a un hablar, es decir, ya no hacen precisamente lo que dicen. Dan un paso más.

  La aparición de la conciencia de uno mismo se ve como un argumento a favor de encarecer el significado del individuo como unidad de acción y, a la vez, es otra manifestación de la sorprendente propiedad que tienen los sistemas complejos de envolver la información, pasándola de símbolos a códigos, y de códigos a usuarios de los mismos. Esta propiedad refuerza el individualismo y el conservadurismo de la vida. El sistema.

  Para ir en contra suyo no basta con protestar o indignarse, uno puede volverse sistemático en estas cosas también. Como aquel que no creía en milagros. ¿No cree usted en milagros? A ver, si uno se cae de un quinto piso y no le pasa nada, ¿qué es eso? Ha tenido buena suerte. ¿Y si se vuelve a caer y no le pasa nada? Una coincidencia. ¿Y si vuelve pasar? ¡Ah!, entonces es una costumbre.

   La alternativa no suele ser ni el retorno a la economía doméstica, ni la socialización integral y planificada de todas las actividades, sino en reducir al mínimo en la vida de cada individuo lo que necesariamente tiene que ser hecho, nos guste o no, y ampliar al máximo las actividades autónomas, colectivas y/o individuales que tienen su finalidad en si mismas. El paso de ser “anti” a ser alternativa, hay que empezarlo por abajo.

  Insisten mis amigos que están por sistema a mi derecha, en que dé precisiones acerca de qué sistema hace producir mejor que el capitalista. De cómo se hace trabajar más de lo que se necesita o mejor de lo que uno tiene ganas sin miedo, sin engañar, sin hacer ambicionar, envidiar o pelearse, sin obligar a angustiarse por llegar a carecer. Insisten siempre en que el socialismo es un régimen de administración estatal de la producción capitalista, un sistema de distribución de la riqueza, no de su producción, 

  “If the sistem is the answer, it must have been a bloody stupid question”, rezaba una pintada de cuando era más joven; entonces no sabía y ahora no suelo tener en cuenta que la frontera entre el sujeto egocéntrico y el sujeto epistémico es tanto menos clara cuanto el yo del observador es parte integrante de los fenómenos que debería estudiar desde fuera. Y que cuanto más «comprometido» está el observador y más valora los hechos que le interesan, más inclinado está a creer que los conoce intuitivamente y menos necesidad siente de acudir a técnicas objetivas, a hablar de verdad las cosas. A los antisistema nos cuesta poco pasar de indignación a la convicción: Freud: “el que en ciertas situaciones no pierde la cabeza es que no tiene cabeza que perder”. Mi psiquiatra dice que si se me muere alguien al que quiero lo normal es que esté triste, que no estarlo sería para hacérmelo ver.

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