La tercera transición del Partido Comunista de España

La tercera transición del Partido Comunista de España

La Transición Política Española

Durante el franquismo los partidos políticos estaban prohibidos. Solamente el Movimiento Nacional, vertebrado ideológicamente por la Falange, tenía estatuto de legalidad como partido único. La muerte de Franco, hace 25 años, se produce en un contexto en el que se suma a la crisis política del régimen fundado por él, la crisis del modelo de acumulación capitalista español.

En esa época de actividad clandestina, solamente existía un partido realmente organizado con presencia en el conjunto de la actividad social del Estado, el P.C.E. Reconstruida su organización tras la guerra civil, el PCE creció en condiciones de extraordinaria dureza y represión, de la mano de los movimientos sociales, ilegales pero reales. En particular, del movimiento obrero, que canalizó y estimuló toda la lucha antifranquista.

Paradójicamente, su mayor fuerza política y social coincidió con la última etapa del franquismo y la transición política, a pesar de ser ilegal, perseguido y satanizado. En esa época, el PSOE, en reconstrucción, era poco mas que un grupúsculo de jóvenes oportunistas cuya actividad política real, mas allá de un programa de extrema izquierda ( autogestión, autodeterminación, república, etc.), se desarrollaba en torno a los poderes fácticos españoles y las embajadas de USA y de la RFA. Allí ofertaban su principal mercancía: frenar a los comunistas y al movimiento popular, para consolidar una democracia parlamentaria de mercado al estilo europeo.

En un alarde de tacticismo, el PCE acordó con las élites políticas franquistas, que con Suarez a la cabeza gobernaban el cambio, facilitar una transición pacífica y rápida. La justificación de ésta táctica fue doble. Por un lado no perder la iniciativa política respecto al PSOE, en rápido ascenso mediático y por otro, no provocar al estamento militar, enemigo acérrimo de su legalización.

El precio fue abandonar la identidad republicana apoyando al monarca heredero de Franco, enfrentarse al movimiento popular vasco que reclamaba el derecho de autodeterminación y apoyar políticas económicas antiinflacionistas para estabilizar la economía y propiciar el crecimiento y la modernización del capitalismo español.

Estas transacciones, que se visualizaron en los Pactos de la Moncloa ( Octubre de 1977) y en la Constitución Española ( Diciembre de 1978), supusieron la desmovilización de millones de personas con hambre de salarios y de libertad, como condición para acceder al aparato del Estado.

En las primeras elecciones generales del 15 de Junio de 1977, se pudo comprobar la diferencia entre la fuerza social y su representación institucional. El PSOE triplicó en votos y escaños al PCE. Lo mismo pasó en las primeras elecciones municipales de 1.979 y en las primeras elecciones sindicales de 1.978, en las que la UGT, siendo inexistente en el movimiento obrero cinco años antes, consiguió casi el mismo número de delegados y delegadas que CCOO.

Para aplicar los acuerdos de La Moncloa, a pesar de su pasado, el PCE actuó como un aparato del Estado que, desde dentro de la sociedad, disciplinó a los sectores más dinámicos de la población, incluyendo a la mayoría de sus propios militantes y se enfrentó duramente con decenas de millares de activistas sin partido o de otras organizaciones, que querían continuar la lucha. Quienes habían impulsado el poder constituyente ahora lo reprimían. Esas heridas aún no han cicatrizado.

Realmente no hubo golpe militar, por lo menos en aquel momento, pero, aunque la gente trabajadora cumplió su parte, todas las contrapartidas sociales y promesas constitucionales del pacto fueron violadas por el gobierno de UCD y por los gobiernos siguientes del PSOE y del PP. Tampoco se consiguió evitar que el PSOE se alzara con la representación institucional abrumadora de la izquierda y de la clase obrera.

Formalmente, el PCE no eligió la participación del poder constituido y la legitimidad del Estado frente a la participación ciudadana y la legitimidad popular. A diferencia del PSOE que, con el auxilio de la UGT hasta 1.985, se opuso ferozmente de palabra y obra a las asambleas, las huelgas y las movilizaciones, el PCE nunca renunció a ser una fuerza política con vocación de organizar a las multitudes para expresar el conflicto social.

Sin embargo, la cancelación del movimiento popular entre los años 76 – 79 a través de un férreo control del movimiento obrero y la defensa de la monarquía parlamentaria de mercado como un bien superior, colocaron su apuesta institucional en el plano de lo real y su compromiso popular en el plano de las buenas intenciones. A partir de aquí, por un lado, la lucha por la libertad exigía la mediación de las instituciones, y por otro, la lucha por las necesidades sociales, dependía de la buena marcha de la economía, vale decir, del beneficio empresarial. Ese es el contenido de la «modernización» del movimiento obrero y la causa última de la descomposición del poder constituyente y con él de su principal fuerza animadora, el propio PCE.

Desde entonces el alma luchadora, anticapitalista del PCE habita en un cuerpo impotente, institucional, cada vez mas exangüe. Solo puede ser un PSOE mas radical, en el papel. Pero eso es nada.

La Segunda Transición

El referéndum de Marzo de 1.986 sobre la pertenencia del Estado Español a la OTAN, a pesar de perderse por los partidarios de la salida, enfrentó a una gran parte del electorado socialista, contrario a la OTAN, con la corporación felipista ya en el gobierno y soltando todo el lastre ajeno a sus compromisos con el Capitalismo Global y su brazo armado.

Este movimiento fue iniciado en 1.981 por la izquierda radical que había superado la transición política se dinamizó desde una plataforma unitaria, donde también estaba el PCE, ya muy debilitado, que inmediatamente después del referéndum fundó Izquierda Unida.

Sin embargo, la posibilidad de unir en ese proyecto a las fuerzas impulsoras de la Comisión Anti Otan, y de la Coordinadora Estatal de Organizaciones Pacifistas en torno a un referente político ( I.U.), no fue posible. El resultado ha sido una fuerza electoral que, solo consiguió aglutinar al PCPE, algunos grupúsculos como el PASOC de Alonso Puerta, Izquierda Republicana, el Partido Carlista, y, durante un corto periodo, a un grupo sectario, el Partido Humanista, además de algunos intelectuales, militantes alternativos y personalidades escindidas del PSOE. El invento sirvió para interrumpir la dinámica electoral del PCE, en la frontera de ser extraparlamentario. Pero poco más.

A las alturas de 1.986, las patronales habían realizado una revolución silenciosa. Un paro masivo y permanente se combinaba con una precariedad también masiva. La ilegalidad generalizada de los empresarios, basada en el estado de necesidad de los trabajadores y trabajadoras, la complicidad de la Administración y la inanidad sindical, imponían situaciones de hecho que luego eran legalizadas por las reformas laborales. La segmentación y el aumento de la diferencia, crecían en un entorno sindical cada vez mas pasivo y cómplice.

En este contexto, se producen cuatro huelgas generales contra la frenética política neoliberal del PSOE: 20 de Junio de 1.985 contra la reforma de las pensiones, convocada solo por CCOO; 14 de Diciembre de 1.988 contra el PEJ, ( Plan de Empleo Juvenil ); 20 de Mayo de 1.992 contra el Decretazo, que disminuyó la cuantía y la duración de la prestación por desempleo y 27 de Enero de 1.994 contra la segunda gran reforma laboral. Estas convocatorias tienen como protagonistas a los sindicatos mayoritarios, que se ven obligados a reaccionar ante la violencia de las oleadas flexibilizadoras. Sus verdaderas motivaciones no son cambiar la dirección del proceso y acumular fuerzas para interrumpir el ciclo del capital y sujetar la economía a las necesidades sociales, sino demostrar que, sin negociación con ellos, no se puede hacer nada. Acreditar su representación, en régimen de monopolio, de la clase obrera. En particular, la UGT, necesitaba urgentemente tomar distancias con su servidumbre respecto a un PSOE de yuppis neoliberales furiosamente antiobreros. Estas muestras rituales de desacuerdo, han sido sagazmente interpretadas por el PP, que hace lo mismo que el PSOE, pero negociando.

Miles de activistas, diez años más viejos, sucumbieron al desencanto, retirándose a la privacidad, o fueron cooptados a los aparatos del Estado Central, Autónomo, Municipal o del nuevo Nacional Sindicalismo, reproduciéndose, otra vez, la sociología de las mayorías silenciosas del franquismo.

A pesar del aumento del paro y la precariedad, la desmovilización convertía, como ya sucedió con las minorías desafectas de la transición, cualquier intento de oponerse a esta lógica en algo condenado de antemano al fracaso o al aislamiento. En un círculo vicioso perfecto, la debilidad y el aumento de la diferencia hacen imposibles las condiciones para poner en pié una verdadera oposición y, al tiempo, la falta de lucha política contra el enemigo común, impide reconstruir la unidad.

La aparente despolitización del discurso de la izquierda, al admitir todas las reglas del juego del enemigo (crecimiento económico, globalización – europeización, competitividad, beneficio empresarial como condición para las reivindicaciones obreras), convertían en irracional cualquier propuesta de verdadera confrontación.

El PCE ha demostrado su incapacidad para reflexionar sobre todo esto, embarcado como estaba ( y como está ), en una huida institucional hacia delante. En un contexto de intrigas internas y lucha mediática, hablar del pasado constituye un ejercicio esteril de buscarle tres pies al gato.

Pero sin revisar este próximo pasado, no se puede entender nada, ni reconstruir alianzas con los sectores más combativos, de fuera y de dentro del PCE. Menos aún, pensar en las causas profundas de su comportamiento en la transición política (confundir bienestar y consumo, democracia con su propia legalización, progreso con desarrollo económico, afán revolucionario con dogmas obreristas y marxismo codificado y dogmático, rezago en la lucha feminista, analfabetismo ecológico, falta de formación de los militantes, burocratización, jerarquización, hegemonismo, sectarismo).

Esta reflexión autocrítica, en su propio nombre como fuerza principal, pero también en cierto modo en nombre de casi toda la izquierda radical, era condición necesaria para abrir un diálogo y unas vías de cooperación con millares de activistas con los que se enfrentó diez años antes y con otros muchos incorporados a la lucha posteriormente.

La misma estructura política ( militar desarmada ) que permitió al PCE organizar la lucha de masas en la clandestinidad, con un enorme coste humano y un gran heroísmo, ha impedido la participación de los militantes en las decisiones estratégicas y la reflexión sobre sus propios principios políticos y teóricos. El tipo de militante seguro y valeroso, imprescindible para enfrentarse al enemigo, ha sido incapaz de sobreponerse a 25 años de intrigas, retórica vacía, simulaciones y oportunismo de muchos de sus dirigentes.

La política «genial» del PCE en el último franquismo y en la transición (¡Que inteligente es Carrillo !), pretendió jugar simultáneamente a dos tableros, el del Estado y el de la sociedad. Eso es una muestra de percepción de la complejidad de la lucha de clases, si se aspira a influir en la sociedad, no solo en pequeños círculos. Sin embargo, la forma como lo hizo, fue un suicidio. Al desprenderse de la fuerza popular en acción, que él mismo contribuyó a construir, vendió su alma al diablo. La represión del formidable impulso democrático de la transición no ha conseguido ninguno de los objetivos con los que se legitimó: superación del paro y la crisis, consolidación y profundización de la democracia, bloquear a la corporación felipista. Los tanques no salieron en 1977 pero salieron en 1.981. Ahora la militarización pública y privada crece con la precariedad masiva. Quienes desobedecen, lo hacen de forma individual. No hacen falta los tanques.

La consolidación del PCE como fuerza hegemónica de la izquierda en el terreno social e institucional, no se ha producido. Los mejores resultados electorales, con IU, han distado poco de los que se vivieron como decepcionantes en las primeras elecciones democráticas, por parte del PCE. Más aún, la cota más alta de presencia institucional en los últimos años 1995 / 1996 ( 21 diputados al parlamento, 191 diputados autonómicos y alrededor de 3.500 cargos municipales ), no se debe tanto a una reactivación de la influencia política, social y cultural del PCE, como a la explotación mediática de los crímenes de estado, la corrupción y la política neoliberal del PSOE.

Una política debe acreditarse por sus resultados. Estos son los resultados. Sin embargo, no parece haber la capacidad para interrogarse a fondo sobre dicha política

Si el indicador son los votos, en un entorno de desmovilización solo se puede llegar a un electorado sometido a un potente lavado de cerebro, sumándose a la jauría del coro único. Las propuestas de resolver los problemas sociales y morales fuera de las exigencias de la globalización, son solo buenas intenciones sin fuerza que las sustente. Quienes se atreven a proponerlas, además, son despedazados por los matarifes del coro único, desde las instituciones y los medios de comunicación.

El electorado socialista que, perteneciendo a la izquierda simbólica, aguanta impávido lo que le echen, es la muestra de las nuevas técnicas de degradación de las conciencias. Un trabajo de castración de la imaginación y el raciocinio, realizado de manera masiva, ha conseguido que los de abajo asuman las razones de los de arriba y la opinión pública se trasforme en la repetición de las consignas publicadas. Esta deriva, base cultural del fascismo dulce que nos envuelve, coloca a cualquier fuerza que quiera progresar electoralmente, en la obligación de sumarse al coro único, si no quiere ser linchada. Pero en el coro único ya hay una fuerza representante de la izquierda. La utilidad de otra no está clara, por mucho diseño de campaña electoral que se haga y muchos adjetivos y valoraciones morales que se usen. La crítica a un hecho, para ser real, exige otro hecho.

La oposición a la Europa de Maastricht y el apoyo al derecho de autodeterminación de los vascos ( políticas fracasadas, no por demasiado valientes, sino por demasiado poco valientes), así como la implicación en una campaña unitaria de reparto del empleo a través de una I:L:P: (Iniciativa Legislativa Popular) por una ley de 35 horas en cómputo semanal y sin rebaja salarial, junto con la exigencia de una Renta Básica y una protección social plena, expresan, la tensión interior, aún operativa, de I.U.

A pesar de su respetabilidad, I.U. ha sido maltratada, sobre todo en la figura más representativa de esa tensión, Julio Anguita, a través de campañas sistemáticas de injerencia interna, basadas en la calumnia y la intoxicación. Ya no valen medias tintas. El PSOE y su brazo mediático, el Grupo Prisa, no pueden permitir ni el más tímido impulso popular desde la izquierda cuando ellos, la izquierda mayoritaria, se han entregado con la furia de los conversos al proceso constituyente del Capital Europeo. El Euro exige la mercantilización total del trabajo, las necesidades sociales y los derechos políticos. Roma no paga traidores y hoy se considera traición la más mínima discrepancia.

Un escenario de lucha es el que se dá en el terreno gramatical. Ajustar las palabras a la realidad y apostar, de una vez por todas, por jugar a lo grande, a lo respetable. Esto significa eliminar todos los obstáculos para habitar en la » casa común » de la izquierda, participando en la «causa común» de los que ya no luchan guiados por su razón sino por su ración, postrados ante la todopoderosa lógica de la Economía Global. En este contexto, la realidad cotidiana apoya a quienes consideran al alma revolucionaria del PCE como un cadáver del que hay que desembarazarse.

El PCE tiene que asumir la gramática del PSOE para poder vender respetabilidad y confianza a un electorado de clases medias conservadoras. Para ser convincente, debe adaptar sus palabras a los hechos, a la realidad social. Pero la realidad social está constituida por una lógica basada en la competitividad, el consumismo, la persecución del interés privado como fuente de sociabilidad y la economía como base de la convivencia.

El poder real genera las relaciones sociales y luego les pone nombres. Incorpora las nociones tradicionales de la izquierda dándoles nuevos contenidos ( progreso, revolución, seguridad, bienestar, internacionalismo, solidaridad, cultura de masas, democracia, etc.) La derecha funda el lenguaje. La izquierda deambula como un zombi entre los escombros de sus principios y su pasado mas o menos glorioso. Mantiene fuera de tiempo y lugar el culto a viejas palabras acuñadas en otras condiciones políticas y sociales, o bién con los contenidos actuales, pasándose objetivamente al coro único, ó bién al defender los contenidos tradicionales, enrocándose en esencias dogmáticas y derivando hacia el sectarismo y la marginalidad. Esta es la dimensión gramatical de la crisis de la izquierda.

La Tercera Transición

Tras el descalabro del 15 de Junio de 1.999, el PCE – IU, desconcertado, dividido, sin fuerza propia práctica ni teórica, debate ensimismado como evitar que los resultados de las elecciones generales del 12 de Marzo de 2.000 certifiquen su condición de extraparlamentario. En estas, llega la propuesta de unidad electoral del PSOE bajo todos sus presupuestos: ( Euro, OTAN, plena precariedad, solución policial para Euskadi, etc.) Además, ni una palabra sobre el Gal, la corrupción, las 35 horas, o la protección social plena.

El PCE ( IU), mas bien su alta dirección, acepta de inmediato lo que había sido objeto de dura lucha con el PDNI: La unidad de la izquierda.

Esta es la Tercera Transición. Sin norte, sin velas y casi sin barco. La victoria de este invento, con esos contenidos y en esa situación interna, hubiera supuesto el golpe final a la parte mas social y combativa del PCE.

El Partido Popular ha ganado las Elecciones Generales del 12 de Marzo de 2000. Con un crecimiento de quinientos mil votos y 27 escaños respecto a las anteriores Elecciones Generales de Marzo de 1.996, ha obtenido 10'23 millones de votos y superado la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, con 183 escaños.

Izquierda Unida y el P.S.O.E. han concurrido a las elecciones por separado, pero vinculados por un acuerdo programático y de apoyo, tanto en el Senado como a la investidura para formar gobierno, caso de tener mayoría. Este acuerdo, que se gestó dos meses antes de las votaciones, tras veinte años de desencuentro, no ha aportado ventajas a ninguno de los dos socios.

El P.S.O.E. ha obtenido 7'82 millones de votos y 125 escaños. Esto supone 1'6 millones de votos y 16 escaños menos que en 1.996. Izquierda Unida ha sufrido, respecto a las anteriores Elecciones Generales, un enorme retroceso, ya anunciado por el descalabro de las Municipales y Autonómicas del 15 de Junio de 1.999 en las que perdió la mitad de sus electores, y casi otro tanto de los cargos municipales y de los diputados autonómicos. En esta ocasión, I.U. ha pasado de 21 a 8 escaños y de 2'63 millones a 1'38 millones de votos.

El acuerdo P.S.O.E. – I.U. no ha conseguido superar su naturaleza de artificio electoral. Desde muchos años atrás, I.U., con mayor o menor convicción, ha combatido las políticas del P.S.O.E. en casi todos los frentes. Flexibilización del mercado laboral, privatizaciones, política económica monetarista, ataque a las pensiones y a la protección social, inclusión de España en la OTAN, corrupción y crímenes de Estado. La confrontación ha sido múltiple, incluyendo cuatro huelgas generales.

La unidad de la izquierda, en estas condiciones, es solo la suma de impotencias . Una impotencia al cuadrado. Para sostenerla, IU debía desprenderse de su parte más libertaria, más popular, más antagonista, mas verdadera. Convertirse en una coalición de arrepentidos. Ser un P.S.O.E. – bis: «Del pasado hay que hacer añicos».

El exponente contrario de la tensión interior de I.U., fue el sindicato de ilusionistas «no nos resignamos», defensores de la unidad de la izquierda. Unidos por el altruista y democrático propósito de hacernos «recuperar la ilusión del voto», tensionaron la vida organizativa de I.U. hasta la desesperación. Queridos por el grupo Prisa-PSOE, dieron alas a la falacia de la pinza IU-PP, culpable de que la izquierda no gobernara. Luego, demostraron su espíritu unitario provocando una ruptura para llegar a su verdadero objetivo, entrar en el PSOE. En su día se les contestó: «no nos confiemos». Hoy, por los avatares de la vida, lo que ellos propugnaban se ha llevado a la práctica. Los resultados están a la vista.

La victoria improbable de la unidad de la izquierda, con los mas fervorosos ilusionistas en la cabecera de las listas de I.U., habría profundizado el proceso descrito.

Veamos la derrota electoral como la demostración de un camino bloqueado.

La impotencia de la izquierda tiene su mejor exponente en la llamada Tercera Vía. Una nueva internacional donde coexisten especies variadas como Clinton, Blair, Aznar. Pugnando por los derechos de autor, la Internacional Socialista con Felipe Gonzalez, pionero de la fórmula, a la cabeza.

La sustancia de la Tercera Vía es la nada subjetivizada. Juegos semánticos Keynesianos para aplicar las violentas dinámicas flexibilizadoras y privatizadoras desde el gobierno, o criticarlas de palabra desde la oposición. Piadosas y cínicas reclamaciones de controlar, sin decir como, a esas inmensas acumulaciones de poder económico transnacional que subyugan todo lo que no es funcional para su reproducción ampliada.

La Tercera Vía es un nudo gordiano virtual. Teoriza el despliegue real del Capitalismo Globalizado con unas gotas de mala conciencia. Sin el alzamiento de los desheredados no se puede cortar. No solo el P.C.E. es tragado por el P.S.O.E., sino que el P.S.O.E. es tragado por el P.P., convirtiéndose, todos, en matices del Coro Unico. En esos matices consiste la democracia realmente existente. Un eterno presente de soledad y miedo. El tiempo vacio de una sociedad de consumo en la que no caben recuerdos ni resistencias. Una servidumbre voluntaria. Un infierno a la medida de nuestros deseos.

Es necesario trazar una línea divisoria entre la convicción de que el éxito de «la unidad de la izquierda» hubiera cerrado cualquier posibilidad de refundación del PCE como fuerza para la lucha social y la tentación malsana de alegrarse de su fracaso. En primer lugar, este fracaso supone la angustia y la desesperanza de muchos militantes y simpatizantes horrorizados por la vida basura que nos asegura la globalización.

La crisis ¿terminal? del PCE – IU, es resultado necesario de sus errores y su incapacidad para hablar de ellos. Otro día hablaremos de la crisis ¿terminal? de los que no estamos en el PCE, como consecuencia necesaria de nuestros errores y de nuestra incapacidad para hablar de ellos.

La incógnita es si el PCE conserva la capacidad de retomar lo mejor de si mismo y junto con otras fuerzas, enfrentarse con sus errores, atacar las mentiras del coro único y ensayar, a través de la Acción Directa, formas para expresar el malestar y la inseguridad de masas contribuyendo a organizar, otra vez, pero ahora mejor, un bloque antagonista imprescindible para frenar la barbarie capitalista que avanza como una metástasis.

Mirando hacia delante

Cualquier propuesta transformadora o reformista requiere, por un lado, de un diagnóstico veraz sobre la lógica violenta que preside hoy la economía y las relaciones sociales. Justo lo contrario del consejo que nos ha dado Antonio Gutierrez en su despedida de la Jefatura Nacional de CCOO: «Acabar con el lenguaje catastrofista de la izquierda». Por otro lado, si no se apoya en una fuerza popular que comparta esa crítica, será impotente. La mejor, la única política reformista posible, es la que se deriva, por su adaptación a la realidad, de una buena política revolucionaria que llame a las cosas por su nombre (que invente nombres nuevos para fenómenos nuevos) y que se proponga impedir, no desarrollar, el despliegue de la economía global.

En este vacío se encuentra la explicación del triunfo del P.P. En las aguas muertas de la sumisión, del conflicto social individualizado e invisible, de la esquizofrenia de criticar de palabra al Capitalismo como trabajadores, pero apoyarle como consumidores y como ciudadanos, el reformismo es sólo una cantinela desprestigiada. Mejor votar al original que a las copias.

Hay que pasar de la lucha de frases a la lucha de clases. Es momento de poner el carro detrás y no delante de los bueyes. Echar carne en el asador de la lucha teórica y práctica contra la brutalidad que nos invade. Poner el acento en la actividad social, la elaboración, organización y expresión política del conflicto social, que tiende cada vez más a expresarse como lucha entre los pobres, a mayor gloria de economía global. Iniciar una travesía del desierto. Poner el centro de gravedad en la base y no en los cargos. Buscar la legitimidad en la capacidad para ayudar a defenderse a los de abajo. Medir el éxito o el fracaso, no por los votos manipulados de clases medias biempensantes y bienconsumientes, que no quieren ni oir hablar de los mecanismos de su complicidad con la Economía Global . Medir la propia fuerza política por la utilidad para levantar movimientos de autodeterminación, conscientes y poderosos, que paren la fiesta de la globalización. Movilizar las conciencias y los cuerpos. Esto no son solo palabras. Hay millares de personas haciéndolo, muchos del P.C.E. e I.U.sin conseguir la masa crítica necesaria para llegar a las multitudes que sufren en solitario.

El camino de la izquierda tradicional está bloqueado. Sin embargo hay que contar con una paradoja. Los lugares de lucha social donde se despliegan dinámicas antagonistas son numerosos, pero están aislados. En ellos participan, a menudo, militantes de la izquierda tradicional, pero al margen, e incluso en contra, de sus organizaciones. La fragmentación de estas dinámicas les condena a la marginalidad, a veces autocomplaciente. Por el contrario, la capacidad organizativa, basada sobre todo en su dimensión institucional, está en las organizaciones de la izquierda tradicional. Es decir, los que quieren, no pueden y los que pueden, no quieren. Además, hay una ruptura generacional entre los militantes veteranos, que aún quedan y los jóvenes militantes radicales. Eso explica que los vicios de sectarismo y dogmatismo de la izquierda tradicional se repitan hoy en los movimientos radicales juveniles.

La elaboración de un discurso solvente sobre la Globalización, la Moneda Unica y sus efectos económicos, políticos y culturales, es condición necesaria. La Acción Directa que permita visualizar las múltiples exclusiones sobre las que se alza la Economía triunfante, debe constituir el campo principal de la intervención política y la acumulación de fuerza.

Está todo por hacer. Cada día que pasa es mas difícil Hay que utilizar la fuerza organizada que aún quiere luchar, antes de que se debilite más. Crear espacios de cooperación para la acción directa y el debate entre la nueva y la vieja izquierda. Salir de una militancia de reunión en reunión hasta la derrota final. Unirse a la gente que quiere pelear para acumular fuerzas frente al enemigo común, que está también dentro de nosotros.

http://www.nodo50.org/caes
A. M. CAES, Septiembre'00

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