La suerte de estar en el mundo. (Respuesta al artículo de Octavio Alberola «El zarpazo que algunos quieren darle a la Revolución Cubana»)

Resulta sumamente fructífera la aparición de Octavio en mi camino. Me ayuda a repensar la suerte de estar en este mundo. Me alegra mucho que estemos de acuerdo en tantos puntos: “seguir luchando contra todas las lacras que arrastramos en Cuba; que no veamos, ni le demandemos a su gobierno y a su pueblo la sociedad perfecta y el ser humano igualmente perfecto por lo que todos luchamos; que falta demasiado por hacer, y no sólo por las distorsiones en que cae cualquier movimiento revolucionario; que no compartimos las ideas y propuestas de Antonio Rodiles y su Estado de Sats, como tampoco las de Yoani Sánchez o las que se proponen a través de Radio Martí; que quizás podamos  coincidir en lo esencial: estar cerca de los que aman  esa gran gesta que es aún la Revolución Cubana de 1959, de los que luchan por revitalizar sus auténticos postulados, de los que no se han rendido ante los fracasos y siguen sosteniendo que debemos ser mejores”. Partiendo de esos acuerdos primarios podemos analizarlo todo y hasta, quizás, extraer a algunos de ellos y volver a intentar el sagrado deber de escuchar a aquellos con los que normalmente no compartimos estos principios. Es que Cuba vive desde su nacimiento una injusta guerra impuesta desde afuera que, aunque no lo quisiéramos, en algo nos contamina a todos. Las guerras siempre son terribles para el ser humano.

Que la Revolución Cubana “no sea traicionada” depende igualmente de la responsabilidad de todos. La traición suele descubrirse hasta en la mayor ingenuidad: de ahí el zarpazo que nos acorrala por doquier. Si, como dijo Fidel, “nosotros mismos podemos destruir a la Revolución”, sus palabras van dirigidas a todos, incluyendo a los que la apoyamos de una y mil maneras. Sólo el futuro tendrá la última palabra. Cada cual habrá de pensar y repensar una y otra vez todo lo que hace y que, hasta sin darse cuenta ni recibirlo, puede ser el receptor de las 33 monedas de la traición. Todo es tan complejo. Distorsiones siempre las habrá, como las formas para solucionarlas. Cada cual, igualmente, jugará el rol que le dicten sus experiencias, sus conocimientos, sus ideas, su imperturbable deseo por actuar bien. Es claro que ni Octavio ni yo queremos colaborar con la vestimenta del traidor. No en balde tenemos tantos acuerdos. De alguna manera, con nuestros respectivos escritos, actuamos y llamamos la atención para que nunca caigamos en la impasibilidad .

Ninguno de nosotros quiere que Cuba llegue adonde llegó la Unión Soviética. Otro acuerdo junto a un desacuerdo: no creo que la traición esté en curso, -como estima Octavio-, al contrario, pienso que la lucha para que ello no suceda es lo que se está debatiendo con mayor fuerza: evitar el zarpazo, ya sea por las consecuencias derivadas de las agresiones procedentes de los Estados Unidos, con su, entre muchas otras, bloqueo económico, comercial y financiero más la “disidencia” que han fabricado en la isla y aquellas que nos vienen con la Posición Común de la Unión Europea. Y con el mismo ahínco también, intentando no imitar a Saturno, con las posibles hostilidades que se nos vengan encima por parte de alguno de nosotros, debido esencialmente a la ingenuidad o al inclasificable protagonismo al creernos poseedores de la varita mágica de las soluciones.

Para la supuesta restauración del Capitalismo en Cuba –otra estimación de Octavio- existe una historia muy compleja que no es viable explicar en tan corto espacio. Lo que pasó allí sólo podrá comprenderlo quien haya vivido en la isla en los años 90, en pleno periodo especial, donde la llamada opción cero nos pasó por la mente: ¡cómo sobrevivir sin contar con el mundo!  Habíamos perdido, con la caída del Campo Socialista Europeo, casi todas las fuentes de sostenimiento económico, comercial, tecnológico y en los más diversos campos de la colaboración y también en el de los acompañamientos incondicionales con sus normales malas influencias. Súbitamente teníamos varios bloqueos: el norteamericano, que se recrudeció, el de la Unión Europea, que se inauguró, el del ex campo socialista, que nos reventó demasiadas neuronas, y el de casi todo el mundo capitalista dispuesto a cerrar el dominó con nosotros. Sobrevivir fue un milagro de la dirigencia gubernamental en esos momentos. No creo que nadie pudiera tener una reacción mejor a la que tuvo, porque ese “socialismo autogestionado de los trabajadores” es realmente muy lindo, pero en una situación y coyuntura como en la que se encontraba Cuba no era nada fácil imaginarse la belleza. Y efectivamente, no la vimos, pero el Poder Revolucionario no se acabó como se esperaba. Tuvo que transformarse. Recuerdo a Fidel decirnos que, al menos, “debíamos intentar salvar las conquistas sociales adquiridas”. Y, en mayor o menor grado, se salvaron y el pueblo cubano no pereció. El Partido y el gobierno optaron por darle cierto auge a esa relación con el “capitalismo” que nos imponía la suerte de estar en el mundo y no en el limbo de los idealismos. Y dentro de ese nuevo camino, hay que decirlo, nuestro naciente “capitalismo” reviste unas características extremadamente limitadas y son las que, además de confundirnos, nos impiden acabar de entrar al mundo de hoy. Tal vez por todo ello junto, como es lógico, ni alcanzamos el despegue económico deseado y nos inundaron las mayores aberraciones que seguimos enfrentando. ¿Había otra posibilidad de salir de aquel túnel en que habíamos entrado con el periodo especial? Puede ser, no sé, pero me inclino a pensar que racionalmente no la había, y caso de haberla el mundo no nos la hubiera permitido con la soledad en que debíamos volver a construirnos. Y más bien o más mal –ya ello pertenece al campo de las interpretaciones-, volvimos a levantarnos, no por las ansias de mantener el Poder, pero sí con la inclaudicable energía de la esperanza. Hay que recordar siempre, como dice Galeano, que “la Revolución hizo lo que pudo y no lo que quiso”, porque, entre otras cosas, nunca hemos querido estar fuera del mundo.

Otro hombre, pleno de humildad y grandeza, Nelson Mandela, nos agradeció “la colaboración cubana al fin del Apartheid en Sudáfrica y a la liberación del continente africano”. Y más de 60 países y pueblos han sido testigos, en estos terribles tiempos de tantas individualidades, de la invalorable solidaridad internacional preconizada por nuestros gobernantes y llevada a la práctica por nuestro pueblo. Los beneficiados, por supuesto, no tildan a nuestro gobierno de dictatorial, autoritario y otros nombres con que nos manejan los Grandes Medios de la Información Internacional. Pueden creerlo, igual que nosotros, pero es tanta la confianza depositada en nuestra lucha que prefieren creer que, más tarde o más temprano, los cubanos sabremos resolver nuestro asuntos pendientes. Ojalá que el mundo nos lo permita, porque, como muy bien escribe el prestigioso investigador francés Salim Lamrani, lo que no dicen los Medios sobre Cuba es casi infinito, y todo ello está jugando a la carta del zarpazo contra la isla. Si los que tenemos tantos acuerdos primarios sobre Cuba, como sucede entre Octavio y yo, no compartimos nuestras dudas y no escogemos el camino de la crítica responsable y coherente, apenas sin percibirlo podremos ser parte del zarpazo. Se trata de una posibilidad real y no de un maniqueo estanco de opiniones cruzadas ante cualquier noticia que venga desde Cuba que, como sabemos, nos han hecho mirarla con el Telescopio Espacial Hubble.

Está muy bien que dudemos, que discutamos, que critiquemos todo lo que haya que criticar sobre Cuba, pero lo que no está nada bien es que lo hagamos a través de fuentes muy poco consistentes. Y para ello es elocuente la propia información que Octavio recibió desde Cuba: “el boicot que los agentes de la Seguridad del Estado cubano han realizado en el espacio del Centro Teórico-Cultural Criterios”. A mí me llegó un comentario muy diferente sobre el evento que se desarrolló allí, pero para no crear un diferendo de informantes voy a ceñirme a lo que le informaron a Octavio y que él da por hecho al reproducirlo en su primer artículo como prueba de esa “nopersona” en la “nohistoria”. Precisamente en ese mismo informe, ya distribuido en los principales blogs de la “disidencia”, resulta evidente la poca guardia de los supuestos “agentes que impedían el acceso al debate convocado por Criterios” y la decepción de su autor al no conseguir el escándalo que parecía querer. Lo cito literalmente: “Un muchacho del público, que se llamó a sí mismo opositor, también denunció desde el micrófono, con vehemencia pero cortésmente, la bochornosa situación de censura que estábamos viviendo en ese instante. El muchacho fue fuertemente aplaudido por la mayoría. No obstante, debo confesar que salí antes que llegara el final del evento. Ni siquiera compré la revista que tanto me interesaba. Sentía que me asfixiaba allí adentro”. O sea, si su propósito y el de los otros “opositores” presentes fue asfixiar el ambiente, algo bastante común entre estos personajes ante cualquier rendija donde puedan colar su veneno, el asfixiado final fue él y por su propia respiración.

Imagino que Octavio sabe perfectamente que Cuba no es Hollywood, por lo que el debate abierto y público reviste una seriedad más allá de su espectacularidad. Uno de los panelistas, el de Espacio Laical, de la Iglesia Católica Cubana, se refirió a ello señalando la existencia de “un cansancio provocado por el diálogo sin respuestas efectivas”. Como podrá inferirse, daba por sentado la enorme multiplicación de debates abiertos y públicos y enfatizaba en que no se les hacía caso. ¿Puede algún gobierno del mundo, o incluso el mejor de ese “socialismo verdadero” que buscamos, hacer lo que le digan todos los debates que se realicen? No, y creo que eso debe entenderlo Octavio y cualquiera que pueda imaginarse la tarea de un gobierno. Y debo añadir que si en Cuba hay cansancio se debe más bien a los justos reclamos de una población muy consciente del derecho que tiene a todas las dignidades de la vida. Por desgracia esa conciencia de los cubanos no abunda en el resto del planeta, primando casi siempre la lucha por la pírrica salvación individual ante la inobjetable creencia de que sus políticos nunca pensarán en todos. El pueblo cubano, por suerte, aunque parezca cansado, no pierde la menor oportunidad de ejercer su petición a ser escuchado y participa en cuanto debate se haga sin resignarse a que todo no puede mejorar para todos. Y cuando dicen todos dicen exactamente eso: todos. ¿En qué otra parte de la Tierra es concebible pensar por todos? Eso sólo sucede prácticamente en Cuba. Esa conciencia nos la dio, con miles de escuelas para todos, ese mismo gobierno que tanto criticamos y que constantemente nos llama a criticarlo más. Es lo que hacemos todos los cubanos, de una u otra forma y conscientes o no de las dificultades por las que atraviesa no sólo Cuba sino el mundo entero.

Por esa crítica perenne en que nos vemos inmersos todos los cubanos, respondo a mis inquietudes e indignaciones con el proceso revolucionario cubano con la palabra, porque siguiendo a nuestro inmenso José Martí, creo “que cada cual debe surgir y batallar con sus propias armas”. Toda mi acción y mi obra artística, desde que estudié en la Escuela Nacional de Arte, en que por poco me expulsan por “conflictivo”, hasta mi estancia en la compañía profesional Grupo Teatro-Estudio de La Habana, en que realicé el montaje de una pieza teatral que escribí en 1989, “El Italiano”, y la que casi todos mis compañeros de trabajo me recomendaron no hacerlo porque caería preso, todo mi esfuerzo con la Revolución Cubana ha sido crítico. Esa obra, que no me llevó a ninguna prisión y sí a un gran éxito de crítica y público durante sus cientos de presentaciones, más los premios obtenidos en la isla, y con la que representé a Cuba en innumerables Festivales de Teatro por todo el mundo, no fue publicada hasta 10 años después de su estreno. ¿Podía haber reclamado con urgencia que se publicase, dados los graves problemas que planteaba? Es posible, pero no me caracterizo por pensar que mis ideas deben ser las más importantes y salvadoras. ¡Todos los cubanos tienen tantas buenas ideas! Hace 2 años publiqué en Cataluña un libro con un ensayo y 33 relatos: “Cuba, una memoria imprescindible”. Es sumamente crítico, pero responsable y consecuente con no creerme el ombligo de la solución a los numerosos entuertos que atraviesa Cuba. En la isla no se ha publicado, pero circula ampliamente y no me han apresado. Para Octavio y para el que esté interesado acabo de colocar el ensayo completo en mi blog: http://fundaciovivint.blogspot.com/ Ahí pueden leerlo y conocer la respuesta a las inquietudes, indignaciones, honras y alegrías que me enamoran en mi admiración por la Revolución Cubana. En muchísimos otros blogs, mejor preparados y difundidos, pueden encontrar todo lo contrario.

El debate abierto y público no se impide en Cuba, mucho menos ese debate democrático en el seno del movimiento revolucionario. Ni siquiera se impide en el espacio Estado de Sats, con set de televisión incluido para internet y donde ya se han encontrado compañeros de ese movimiento revolucionario híper crítico con Yoani Sánchez y compañía. Sólo me asiste ante este hecho la observación, que no es igual a la participación, pero cada cual es libre para seleccionar sus espacios. No está demás recomendar a todos el minucioso estudio que realiza Salim Lamrani sobre quién está detrás de la cuenta Twitter de Yoani, aparecido en el periódico mexicano La Jornada. En verdad, a este estudioso francés debemos agradecerle mucho más que a la Seguridad de Estado Cubana en el desenmascaramiento de la “disidencia” en Cuba, aunque todos sabemos que Alan Gross no está encarcelado en la isla para ser canjeado por los 5 anti-terroristas cubanos detenidos en Estados Unidos, sino por la pericia de nuestros órganos de Seguridad del Estado para impedir que esta falsa “disidencia” nos arrebate el natural derecho al disenso y a ejercer la crítica que cada cual entienda que debe hacerle a la Revolución en cualquiera de sus aspectos con el ánimo de enriquecerla y no de destruirla.  

Nunca será mi intención imponer a nadie mis ideas. Sólo las expreso como puedo. Lo que puede hacer cualquiera en Cuba y en la Cochinchina. El hecho de que tales ideas, como las de muchos otros revolucionarios y no revolucionarios, no se difundan en Cuba por Granma, la Radio y la Televisión Nacional y los demás órganos de difusión masiva, no quiere decir, en lo más mínimo, que sean malas ni buenas, sino sólo que no son las escogidas por los responsables de esos medios. Creo que no hay cubano que no critique la actividad de nuestra prensa, y en eso estamos, y no dejaremos de criticarla. Pero, en ningún caso, nos atañe, al menos a los revolucionarios, señalarle el “verdadero” camino o deslegitimarla. Es eso lo que tenemos, como en tantos otros asuntos, “lo que se ha podido”, repitiendo a Galeano. Lo “que queremos” ya se verá si podemos conseguirlo. Insisto: no somos un asteroide vagando en el espacio sideral. Estamos conectados a numerosísimos otros objetos voladores y sólo entre todos podrá darse el hermoso “cooperativismo” o el estúpido choque aniquilador. Estoy seguro que más rápido de lo que podamos imaginar sabremos qué sociedad mundial tendremos.

Las ideas sobre “un socialismo de todos y para todos con libertad” constituye el mejor patrimonio que nos empuja a la lucha. Pero no tengo por qué pensar que el cómo entiendo las mías son las que de verdad, como dice Octavio para sus compañeros, son las que revitalicen “los auténticos postulados libertarios”. Tampoco tengo por qué pensar, como lo hace Octavio, que los híper críticos “son los que se esfuerzan en ser revolucionarios consecuentes con aquellos principios y aquella gesta, denunciando la falsedad del proceso de “perfeccionamiento del socialismo”. Creo que la construcción de las ideas y sus respectivas aplicaciones son muy complejas, y mucho más cuando se trata de una transformación radical del mundo existente como lo que ha pretendido Cuba. Si partimos de la aseveración de que nuestros actuales gobernantes “le están dando el zarpazo definitivo a lo que queda de la Revolución de 1959 para restaurar el capitalismo en Cuba”, ya casi es decir que todo de aquella gesta se ha perdido y que muy pronto los Estados Unidos y la Unión Europea nos librarán de sus respectivas agresiones y que, al fin, se nos dejará el espacio donde, con absoluta normalidad, podremos desarrollar el proyecto social cubano que emerja de esa hipotética realidad. No lo creo, pero si así fuera será lo que se pudo hacer –sin que ello signifique ninguna resignación-, porque no resulta tan fácil de mirar en el mundo de hoy lo que dice el nuevo informante de Octavio cuando cree observar “otros caminos de avance hacia el objetivo de una sociedad fundamentada en el bienestar y el trabajo colectivo, y no en el egoísmo y la explotación de seres humanos por sus congéneres”. Todo puede ser precioso, igual que todo puede ser muy feo, pero nadie, ni siquiera el pueblo cubano tan luchador, podrá estar al margen del orden mundial en que ya nos debatimos todos. ¿Quiénes lo apoyarán? ¿Quiénes lo combatirán? Creo que Octavio y yo sabemos cuál es nuestro lugar. Si acaso nos vemos y seguimos la eterna conversación sobre el por qué de las Revoluciones y sus diversos entuertos se deberá exactamente –y aquí sí no caben otras interpretaciones-, a que estamos vivos, que seguimos pensando, que la lucha nunca termina y que el maravilloso afán por descifrar los secretos de la vida es el absoluto de la suerte de estar en el mundo.

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