La sombra de la Primera internacional Obrera fue alargada

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La Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), más conocida como “la primera Internacional”, fue, entre otras muchas cosas, la primera tentativa proletaria de internacionalismo organizado, y lo fue desde unas posiciones pluralistas que nadie discutió. Su tiempo fue breve, pero su influencia se prolongó a través del tiempo, marcando unas líneas básicas que todavía siguen vigente, bajo otro manto, el ideal según el cual la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, sigue vigente. Por otro lado, una multitud obrera podría gritar perfectamente frente a la familia condesa de Alba o en las narices del Sr. Rosell, actual jerarca de la CEOE,  aquello de  más deberes sin derechos, no más derechos sin deber, y sonaría de lo más pertinente. También marcó el inició de la primera gran escisión socialista, la que separó a “marxistas” (luego resultó que Marx no lo era), y a “bakuninistas” o anarquistas, aunque a la hora de la verdad, unos y otros se habían batido coco con codo en las barricadas de la “Commune”, y lo harían en muchas otras barricadas ulteriores…

En el esquema de su “cerebro”, y en la opinión de la mayoría, la AIT pretendía ser «un partido mundial» y no una federación de partidos nacionales, estos últimos aún no existían; y estaba cons­tituida por seccionales locales, regionales y a veces nacionales; igualmente se permitía la adhesión de algunas sociedades obreras preexistentes; así como adhesiones individuales, algunas tan selectas como la que encarnaron en Portugal Eça de Queiroz y Antaro de Quental, o colectivas como la que se forjó en un lugar de Extremadura.  Su  Consejo “rector” encuadra  las relaciones entre las seccionales, orga­niza las colectas de solidaridad y toma partido en los problemas que los trabajadores juzgan importantes, por ejemplo la cuestión nacional polaca contra la opresión “gran rusa”, la cuestión irlandesa contra el colonialismo británico, la guerra franco-alemana, y por supuesto, la Comuna de París que demostró a los opresores que la revolución que venía era tan democrática como igualitaria, es por eso que un prefascista hispano la llamó “la piedra filosofal del crimen”.

Pero antes que nada, la AIT fue una federación internacional de organizaciones de trabajadores de la Europa Central y Occidental en el momento en que el mo­vimiento obrero empezaba a resurgir tras las derrotas de 1848 y 1849. Surgió de los esfuerzos espontáneos de los trabajadores de Londres y París, expresando su solidaridad con la insurrección patriótica polaca de 1863…Fue intelectualmente animada por Marx (de 1864 a 1872) y Engels (de 1870 a 1872), dos “libertarios” en el sentido más pleno de la palabra, que jugaron un papel clave en su dirección.

Totalmente consciente del potencial de la asociación, Marx reconoció desde el primer momento que «había implicados «poderes» reales», pero que «llevaría tiempo antes que el renaci­do movimiento consiguiese la antigua audacia de expresión» (Carta a Engels, 4 de noviembre de 1864) que había caracterizado a la organización interna­cional de cuadros más reducida, la Liga de los Comunistas, un importante “partido” que había sido dirigido por Marx y Engels de 1847 a 1852. Por todo ello, Marx redactó y se aseguró la aceptación de un Manifiesto inaugural y unas reglas establecidas a fin de posibilitar las bases para la cooperación con los líderes liberales de las «Trade Unions» británicas y con los seguidores de Proudhom, Mazzini y Lasalle en el continente. Dichas reglas admitían diversas maneras de afiliación, y su Consejo General, elegido normalmente en los congre­sos anuales, tendría su sede en Londres –el único lugar donde existía un margen de libertad suficiente para actuar sin demasiadas cortapisas-  hasta 1872.

En los primeros tiempos de la AIT, Marx, que redactó casi todos los documentos elaborados por el Consejo General, se dedicó a «los puntos que hacen posible un acuerdo inmediato para la acción conjunta de los obre­ros» (Carta a Kugelmann, 9 de octubre de 1866). Esto incluía las acciones contra el trasvase de esquiroles, la protesta contra los malos tratos dados a los prisioneros fenianos irlandeses y la lucha contra la guerra. Según se de­sarrollaba la Internacional, Marx consiguió asegurarse la adopción de de­mandas con un carácter crecientemente socialista. Así, en 1868, a pesar de una reducida oposición proudhoniana, la AIT, que en sus principios no se había comprometido con el sistema de propiedad pública, se declaró a favor de la propiedad colectiva de las minas, los ferrocarriles, las tierras cultivables, los bosques y las comunicaciones. Todas los criterios establecidos entonces podrían adaptarse sin dificultada en esta época en la que la privatización se ha convertido en el mayor robo que jamás hayan conocido los siglos.

Tal como decíamos más atrás, la Comuna de París de 1871 resultó ser el momento decisivo en la historia de la AIT.  Engels iba a describir la revolución de la primavera pari­sina como «hija espiritual de la Internacional, indudablemente, aunque ésta no había movido un dedo por darle vida» (Carta a Sorge, 12-17 de sep­tiembre de 1874). Los seguidores franceses de la Internacional, principalmen­te proudhonianos, desempeñaron un papel importante en ella, y por ello el Consejo General organizó una campaña de solidaridad internacional. Marx se aseguró la aprobación de su apasionada justificación histórica de la Comu­na, La guerra civil en Francia, por mayoría del Consejo General, en cuyo nombre se publicó en forma de discurso; todavía sigue siendo un texto imprescindible. La experiencia de la Comuna y la ampliación del sufragio para la clase obrera llevaron a Marx y Engels a subra­yar la necesidad de formas efectivas de la acción política y sindical organizada en un tiempo en el que los trabajadores carecían de la necesaria conciencia colectiva. Así,  en septiembre de 1871, por iniciativa suya, la AIT, en su conferencia de Londres, se declaró oficialmente a favor, por primera vez, de la «constitución de la clase obrera en un partido político». Tal objetivo fue incorporado en la nueva regla 7.a —redactada por Marx y adoptada en el Congreso de la Inter­nacional en La Haya (1872)—, la misma que especificaba igualmente que «la conquista del poder político se convierte en el gran deber del proletariado».

Como es sabido, estas propuestas encontraron la oposición de Bakunin de y sus se­guidores, quienes, sobre la base de premisas anarquistas, de­fendieron la abstención respecto a la política, un criterio sobre el que esta corriente no siempre ha mantenido una posición coherente, recordemos sin más que el delegado bakuninista en España, Fanelli, pudo realizar su célebre viaje gracias a sus prebendas como diputado, y lo era en el sentido más radical de la palabra, o sea no se callaba.

Recordemos que la Alianza Internacional de Democracia Socialista, de Bakunin, había solicitado ingresar en la AIT en 1868. A pesar de su aversión hacia aquel programa, Marx defendió al año si­guiente su admisión en las secciones de la Internacional bajo el principio de que la AIT habría de «dejar que cada sección redactase libremente su pro­pio programa teórico» (Documentos de la Primera Internacional, vol. 3). El conflicto entre los seguidores de Marx y los de Bakunin, que escalaron posi­ciones dentro de la Internacional de 1869 a 1872, estaba centrado por encima de todo en saber cómo debía organizarse la AIT Atacaba Bakunin el «autoritarismo» del Consejo General, pero al mismo tiempo intentaba colo­car a la Internacional bajo la tutela de una sociedad secreta jerárquicamente organizada y controlada por él mismo. Enfrentados con la represión estatal desde fuera y con la desorganización bakuninista desde dentro, Marx y En­gels lucharon por que se aumentasen los poderes del Consejo General. Baku­nin ganó el apoyo para sus posiciones en Suiza, Italia, España (donde después de unos comienzos muy modestos, los “internacionalistas” conocieron una rápida implantación), Bélgica, y se aseguró el de una parte sustancial de los británicos.

En medio del debate, tuvo la mayor importancia el Congreso de La Haya de 1872 que congregó a sesenta y cinco delegados de trece países europeos, Australia y los Estados Unidos, un número mayor que el de cualquier congreso precedente. En el mismo se otorgaron poderes cre­cientes al Consejo General y se expulsó a Bakunin y su compañero James Guillaume, de la AIT, acusados de haber querido organizar una asociación secreta dentro de la propia Internacional, y, además, con un contencioso de fraude contra Bakunin. El congreso aprobó también por estrecha mayoría —y en nombre de Marx, Engels y sus seguidores— que el Consejo General se instalase en New York. Motivo fundamental para este cambio debió de ser el miedo a que en Londres pudiera caer bajo el control de los exiliados del grupo liderado por August Blanqui, exiliados a raíz de la caída de la Comuna. Curiosamente,  con los mismos con los que Marx se había aliado para asegurarse la mayoría frente a Bakunin y sus seguidores, que no tardaron en organizar su propia internacional, la llamada “Internacional negra”, que pretendía re­coger el manto de la AIT gozó de algunos éxitos iniciales, pero se vio irre­mediablemente dividida hacia 1877, celebrando su último y agonizante congreso, puramente anarquista, en 1881.

Esta alteración marcó efectivamente el final de la AIT, que al final quedó disuelta en una conferencia celebrada en Filadelfia, en 1876. Después de un primer tiempo de desconcierto, el movimiento obrero conoció  un aumento progresivo de los partidos obreros nacionales —principalmente con un carácter más o menos marxista, sobre este punto habría mucho que hablar, de hecho Marx no será editado seriamente hasta décadas más tarde y sus ideas fueron conocidas primordialmente por manuales— que la AIT, especialmente en 1871-1872, se había esforzado en promover. Se suele ignorar que Marx, hasta su muerte en 1883, y Engels, incluso en la época del Congreso fundacional de la Segunda Internacional, se habían opuesto a «participar en organizaciones internacionales, que en el presente son tan imposibles como carentes de utilidad» (Carta a Laura Lafargue, 28 de junio de 1889). Sin embargo, posteriormente dio un importante apoyo y sus propios consejos a la Internacional Socialista que marcará otro momento en la historia social, el momento de la forja de grandes partidos y grandes sindicatos. De un legado que trataremos en una próxima entrega.

Durante mucho tiempo se hablaba de Marx y Engels como un todo, sin diferenciar entre ellos, sus diversos momentos, su evolución y sus rectificaciones. En la tradición kaustkyana se evocaba el «marxismo» como un cuerpo doctrinario acabado, algo que sería imposible seguir haciendo cuando se comenzó a conocer más rigurosamente el conjunto de su obra, entonces se empezó ubicar sus aportaciones como algo vivo, susceptible de diferentes interpretaciones. En realidad esto es lo propio con todo gran clásico, y Lenin no fue una excepción, antes al contrario. Durante décadas se habló de un Lenin como un todo, cuya interpretación tenía unas características muy similares a las que había establecido la Iglesia católica con la Biblia.  En los años sesenta, esto ya fue haciendo cada vez más difícil, y entre otras cosas se empezó a editar su obra al completo, ofreciendo igualmente la visión de un pensamiento en el que no era difícil distinguir etapas, metamorfosis, rupturas…Y por encima de todo ello, se imponía una nueva concepción: no eran los clásicos los que determinaban la realidad, antes al contrario…Se podía hablar de «clásicos» socialistas por su capacidad de ofrecer hipótesis y propuestas de análisis de acción ante una inabarcable e inconmensurable realidad

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