La Segunda Transición: el mito de la “concurrencia de debilidades”

¿Por qué casi siempre tropezamos políticamente en la misma piedra? ¿Cómo es posible que tras comprobar en nuestras propias carnes el fracaso y la impostura de la Transición estemos apunto de repetirla 39 años después? Dos preguntas que identifican el contexto en el que ahora mismo estamos y que, contra lo que pudiera parecer, tienen una respuesta concreta: la causa está en la ataxia del cambio generacional. Dicho sin palabros: en que no necesariamente una generación aprende en cabeza ajena, o sea, de la experiencia de las anteriores. Por eso es tan importante la transferencia cognitiva y afectiva que implica la memoria histórica, un término que une lo individual de la memoria y lo colectivo de la historia. El zoon politikon, el hombre y la mujer como seres sociales, instancia partera de la democracia sin adjetivos.

De ahí precisamente que todos los poderes (fácticos y simbólicos) conspiren para impedir o frustrar esa trabazón vital del ecosistema social, borrando las huellas de sus fechorías para dejar la conciencia de las gentes que no experimentaron los hechos directamente como una hoja en blanco donde re-escribir sus códigos opresores. El objetivo radica en lograr que no exista la conexión pasado-presente-futuro que identifica al hecho civilizatorio, quebrar el eslabón ético-histórico-cultural, poniendo en su lugar un tobogán de eventos aislados, sin vínculos, carentes de empatía social, que facilite la dominación y la explotación desde el ente Estado como elemento de continuidad al servicio de la cleptocracia.

En los cursos “Sobre el Estado” impartidos por Pierre Bordieu entre 1989 y 1992 en el Collége de Francia, el famoso sociólogo daba algunas definiciones del Estado que ayudan a explicar este fenómeno de la continuidad discontinua a favor del statu quo. Decía el conferenciante: “el Estado, tal como se entiende por lo común, es el fundamento de la integración lógica y de la integración moral del mundo social”, “el Estado es el principio de organización del consentimiento como adhesión al orden social”; “el Estado es una ilusión bien fundada, ese lugar que existe esencialmente porque creemos que existe” y “el Estado es una entidad teológica, esto es, una entidad que existe a causa de la creencia”. En una palabra, la “inquebrantable adhesión” al Estado, como ocurre también con el hecho religioso, se basa en “una alucinación”, algo que no existe en la realidad y que, precisamente por eso mismo, es tan difícil de combatir. Los fantasmas no viajan en metro.

Necesitamos tejer vínculos entre generaciones (intergeneracionales e intrageneracionales) que eviten la desconexión, tender un hilo conductor capaz formular caminos de emancipación. Y eso requiere aquel “sapere aude” (atreverse a pensar) que Kant demandaba para superar la minoría de edad mental que nos hace dependientes. En la presente coyuntura histórica, donde por primera vez en décadas se ha producido en España una cierta simetría entre generaciones (fueron los nietos quienes desenterraron a los abuelos en la soledad de las cunetas), atreverse a pensar más allá del coto cerrado enmarcado por el Estado es casi la condición sine qua nom para un verdadero sorpasso democrático. El peligro en ciernes es que ese esclarecimiento preñado de esperanzas se cierre en falso. Porque, no nos engañemos, la voluntad de cambio no se sustenta en valores propios, sino y sobre todo en el profundo descrédito de los relatos esgrimidos por los detentadores del sistema para legitimar el consentimiento. Nuestra obligación, pues, estriba en evitar que se cumpla el maleficio de Guy Debord: que lo que se presenta como verdadero sea otra vez un momento de lo falso.

Las amenazas que nos acechan cuando nacemos socialmente encadenados al presentismo y al cortoplacismo van mucho más del terreno estrictamente político. La cadena trófica que engloba nuestro ecosistema existencial tiene un sustrato transgeneracional de doble hélice. Si el cortocircuito se produce entre la generación viviente y las inmediatamente precedentes, representadas en el núcleo familiar amplio (padres y abuelos), cabe el peligro de olvidar la historia inmediata y estar condenados a repetirla. Pero también existe una dimensión que arruina el futuro al actuar dentro del sistema depredador, productivista y consumista, olvidando ese legado generacional respecto al porvenir y la galopante limitación de recursos. El lema de Los verdes “no heredamos el mundo de nuestros padres, lo tomamos prestado de nuestros hijos”, es revelador de las consecuencias de una actuación solipsista.

Todo esto viene a cuenta del momento político presente, ilusionante por la irrupción de la rebeldía popular, y las dudas sobre si en realidad la coyuntura no es más que una reproducción de otros momentos históricos ya vividos que culminaron en frustración. Juan Carlos Monedero, uno de los fundadores del nuevo partido Podemos, que tanta fe concita, suele hacer suya la opinión derrotista del escritor Manuel Vázquez Montalban sobre la transición como “una concurrencia de debilidades”. Cosa incierta, aunque muy literaria. Igual que ahora, en el 75 había una gran movilización social apostando por el cambio radical, y ese enorme capital transformador quedó inédito porque los dirigentes políticos de izquierda lograron sacar la disidencia de las calles y canalizarla placebamente a través de los partidos y la competición electoral.

La pregunta que procede hacer a Monedero, que por su juventud solo conoce aquella transición de leídas, es si como líder de una fuerza política emergente cree que ahora también se da “una concurrencia de debilidades”. Porque de ser así, la ruptura deseada sería imposible. La tesis de la “correlación de debilidades” carece de lógica salvo que se establezca una comparativa entre el franquismo y la oposición basada solo en el potencial guerrero. “Cuántas divisiones tiene el Papa?”, preguntó al parecer Stalin cuando le advirtieron sobre el ascendente social del Vaticano. Pero la Transición no se formulaba como un pugilato militar. El franquismo estaba agonizando en la figura de su caudillo; carecida de legalidad y más aún de legitimidad, y en el marco de una Península Ibérica que acababa de producir la “revolución de los claveles” en Portugal, el continuismo era harto casi impensable. El derrumbe sin acoso opositor de la URSS en 1991 es una muestra de la inconsistencia de la resignación por razón de la fuerza. Y es por eso mismo que la cita con la que se intenta justificar lo que en realidad fue una claudicación de la izquierda, recuperada ahora por uno de los hombres clave de Podemos, puede inducir a la sospecha de que se está preparando un escenario semejante por mor de la manoseada “eficacia”.

No es este el único signo de tentativa de una Segunda Transición para que todo siga igual que contempla a Podemos como un oscuro objeto de deseo. Si hacemos un cronograma de ambos procesos, veremos que las similitudes son mayores que las diferencias. Empezando por la intrusión simbólica. Resulta curioso comprobar como en estos momentos precisos en que nuevas fuerzas político-sociales se aprestan a “asaltar los cielos”, desde diferentes instancias institucionales, académicas y mediáticas se relanzan los supuestos valores de aquella Primera Transición. Personalidades como el ex comunista Javier Pradera, más tarde factótum del diario El País, auténtico intelectual orgánico del proceso, y uno de los mentores de la “concurrencia de debilidades”, vuelven a ser objeto de homenajes y glosas, en lo que sin duda supone una campaña para rehabilitar la tradición del consenso. El amparo facilitado a Rodolfo Martín Villa, ex director general de Sogecable, la división audiovisual del Grupo Prisa, frente a la petición de extradición judicial para responder de la matanza de Vitoria, va en la misma dirección de inmunidad. A su manera lo ha suscrito el historiador Santos Julia al afirmar en un debate sobre aquella Transición que “el pasado necesita ser explicado en sí mismo, no por lo ocurrido después”. Un argumentario que niega la relación causa-efecto en las ciencias sociales y recuerda de lejos a aquel “no es nada personal, solo negocios”, dicho por el personaje de Vito Corleone en la película El Padrino para acicalar sus crímenes mafiosos.

No sostenemos que Podemos sea el arma secreta de la Segunda Transición, pero sí que esa posibilidad existe si la tesis de la “concurrencia de debilidades” gana adeptos y se deja todo en manos de dirigentes, élites y hombres providenciales. A la muerte de Franco, fueron ciertamente las cúpulas del PCE, CCOO y demás movimientos afines, las que aceptaron volver grupas a lo institucional desarmando la protesta del frente ciudadano y laboral. Pero correspondió a un PSOE imberbe la misión de posicionar el totum revolutum del antifranquismo como centro del tablero electoral a fin de convertir al “felipismo” en una verdadera opción de poder. La acumulación de fuerzas para esa remontada se logró captando primero a muchos cargos del PCE tras la experiencia de las municipales, y despojándose de algunos presupuestos radicales que, como el derecho de autodeterminación o el no a la OTAN, impedían alcanzar esa mayoría social imprescindible para gobernar.

La realidad es tozuda, una vez más. Podemos es, según todas las encuestas, una espléndida hipótesis política. Pero el drama sería que el radiante porvenir que proclama el “pablismo” se lograra a costa de amordazar a la disidencia ciudadana que ha hecho realidad logros como Gamonal y Can Vies; parar la privatización de la sanidad madrileña; reabrir el sumario judicial del accidente del metro de Valencia; frenar la contrarreforma educativa en Baleares; impedir el proyecto Eurovegas en Madrid; socializar la lucha contra los desahucios y el fraude las preferentes; mantener la actual ley del aborto, y tantas otras conquistas populares. Porque esas mismas encuestas también pronostican que para poder llevar al BOE “sus promesas”, Podemos necesitaría pactar con el PSOE, uno de los pilares de la casta, cuyo líder Pedro Sánchez acaba de manifestar que su objetivo es “renovar el pacto del 78”. Y entonces, una vez desactivada la protesta de los indignados, “la concurrencia de debilidades” podría servir de excusa a una Segunda Transición sin alma generacional. Con lo que de nuevo, “la mano invisible” de la política realmente existente habría hecho de aquel orgulloso y movilizador “si se puede”, un deprimente y obsceno “no podemos”.

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