La sana soberbia y el «agonismo»

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Estoy convencido de que el conjunto de los lectores habrán concurrido en numerosas ocasiones a eventos donde se practica la denostada práctica de la batalla de ideas. El debate, y en concreto su variante política, aún mantiene cierto peso en la vida pública de los y las habitantes de nuestro país frente al todopoderoso consenso. Sea el marco el vecindario, el descanso en el trabajo, las reuniones familiares o el ascensor, los términos formales son similares: se dispone de la propia palabra para seducir al oponente (y/o al público) que tratará de hacer lo propio con nosotros.

La premisa, no constitutiva del Debate como institución, que aquí se pretende defender es la siguiente: la convicción de que las ideas propias son las mejores posibles. Por supuesto, tal premisa debe estar acompañada de, al menos, dos premisas más: (i) la sinceridad y franqueza durante el despliegue de la contienda y (ii) la disposición a alterar la propia posición en caso de demostrarse esta peor que la rival, en cuyo caso asumiremos la contraria o, al menos, reusaremos a formar una opinión seria al respecto. Ni tan siquiera el conocimiento de información verídica debiera ser parte de la construcción esencial del intercambio de ideas: este surgirá de la práctica continuada de la dinámica mientras se respete lo anteriormente mencionado.

La concepción de la que partimos es simple: de la misma manera que no existen dos respuestas contradictorias a una pregunta concreta (p. e.: ¿Cuántas plazas tiene tu coche?, no puede haber dos respuestas correctas a la par), no puede haber más de una verdad respecto al objeto de referencia del debate. Puede ser una verdad compleja o integradora, pero no contradictoria en el sentido formal. El hecho de «estar de acuerdo en que no se está de acuerdo» no es más que un (a veces necesario) cierre en falso de cualquier confrontación retórica.

Existen, no obstante, numerosas posturas que no aceptan nuestra premisa central. «Trolls» o «abogados del diablo» son dos de las más notables criaturas de entre la diversa fauna que forman aquellos que no reconocen como cierto su propio argumento. Pero estas distan de ser la únicas o las más avanzadas de estas posiciones…El relativismo —que admite como válidas y verdaderas varias perspectivas— o el escepticismo —que negará la existencia de dicha verdad— son sin lugar a dudas especímenes más sinceros y refinados. Aun dejando de lado la confrontación filosófica que sería preciso para rebatir tales ideas, sí parece evidente el sesgo conservador del que adolecen ambas posiciones: si hay múltiples y variadas verdades o si, por el contrario, la verdad no existe, no es coherente enfrentar aquellas posturas contrarias a la propia quedando perfectamente a salvo el estado coetáneo de las cosas.

En el campo político debemos mantener, en realidad, una actitud coherente con la recién esbozada. Lo que a continuación mantendré no se trata tanto de un paralelismo sino de una afirmación consecuente de las ideas que acabamos de esbozar.

La postura que queremos confrontar es la última de las propuestas que vienen a reparar la destartalada socialdemocracia; una nueva dosis del extraño elixir de la eterna juventud del que se alimenta el reformismo. Esta «nueva» corriente reposa sobre el concepto normativo de «agonismo».

Si antes abogaba por evitar a priori el hacer concesión alguna al rival, ahora sostenemos la misma idea: nuestra postura debe ser atendida —de nuevo a priori— como la mejor de las posturas, siendo todo el resto de posturas erradas de algún modo. Dicho de otro modo, no se debe realizar cesión alguna a los contrincantes, ni siquiera (y en eso peca el agonismo) la existencia misma. Esto no puede ser interpretado, por supuesto, como que deban asumirse formas presuntuosas o arrogantes, como tampoco, por supuesto, que se aspire a la destrucción física de aquellas personas que no concuerden con nuestra postura o estrategia política.

La concepción agonista asume como punto de partida el reconocimiento de legítima existencia del rival, y eso no puede llevar más que a reconocer en alguna medida la inconsistencia del propio planteamiento. Convirtiendo al enemigo en adversario y la reyerta en mera competición se cede en el planteamiento revolucionario más básico: aspiramos a la más estricta negación del estado actual de las cosas y, con él, a los rivales. Vamos a hablar claro.

Si se acepta la legitimidad de base de, por ejemplo, el Partido Popular, estamos con ello aceptando que sus ideas, que su proyecto debe, en algún punto, ser positivo. Decir que este punto es, por reducirlo a la más estricta aplicación del agonismo, el de contraponer la propuesta propia es como decir que siempre es bueno que haya alguien equivocado para discutir con él y por tanto otorgas una aceptación extrínseca a la falsedad en pos de la no totalización de la verdad. Hay que expresarlo con nitidez: nuestro proyecto debe ser que el Partido Popular no tenga lugar en tanto que maquinaria y proyecto al servicio del capital. Pero, más aún, se debe aspirar a superar el sistema parlamentario dejando en algún rincón de la memoria esa y todo el resto de entidades generadoras de miseria, desigualdad y violencia.

Esta postura —que se reivindica heredera de los Gramsci y Schmitt más descafeinados— respalda, en última instancia, la existencia de las diversas formas de opresión a través de sus expresiones políticas y acepta tácitamente el marco históricamente impuesto. Cualquier aspiración revolucionaria cae fuera del sistema, y, por tanto, queda directa y tajantemente deslegitimada, si se quiere, como «antagonismo».

Chantal Mouffe, artífice de la idea de agonismo e intelectual de referencia en buena parte de la izquierda española, no duda a la hora de calificar como «peligrosas» las protestas que no deriven en cauces institucionales o que cuestionen al sistema; como tampoco parece que le resulte en modo alguno problemático hacer alusión a la caída de la Unión Soviética para legitimar los sistemas democrático-capitalistas —todo un oxímoron en cualquier caso— (véase esta entrevista). Su propuesta de autodenominada «democracia radical» apenas entra en contradicción o, como ella diría, antagonismo, con los pilares esenciales que sostienen los marcos de explotación y opresión en los que vivimos.

En definitiva, como nuestro interlocutor altivo, debemos, en política, partir de la premisa de nuestro acierto para planificar a todas las escalas nuestra estrategia si a lo que aspiramos es a revolucionar la realidad existente. La humilde premisa del «solo sé que no sé nada» en política se convierte en conservadora cuando nuestro rival está convencido (como lo está) de que lo sabe todo y está dispuesto a erradicar cualquier proyecto alternativo.

 

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