La salud pública cubana en peligro

Recientemente ha circulado con intensidad una carta presuntamente escrita por los cirujanos del Hospital Calixto García. Desde luego, no parece genuina en materia de origen: dudo que se haya producido una reunión formal para aprobar unánimemente la carta, tal y como parecería sugerirse en la propia misiva. Pero, como muchos han dicho, eso resulta lateral. Lo esencial es el grado de veracidad de sus contenidos. Y parecería que éste es alto.

Mi experiencia  reciente en relación con Salud Pública se deriva de mi propio contacto con el sistema como paciente y de lo que me cuentan algunos compañeros que laboran en dependencias del MINSAP. Mi experiencia personal -no relacionada con el Calixto- no es tan mala como uno podría suponer si lo que ocurre en este hospital histórico lo tomáramos como una representación de todo el sistema. He sido tratado con profesionalismo y eficacia en mis últimos contactos con el policlínico de mi comunidad y también en un Instituto de alto nivel.  Como cristiano y revolucionario (no me ruboriza reivindicar ambas condiciones), tengo en la más alta consideración el esfuerzo, la generosidad y la devoción que despliega el personal de salud cada día.

Sin embargo, desde que se produjo el horrendo acontecimiento del hospital psiquiátrico de La Habana a principios de 2010, por el cual no respondió ninguna autoridad de alto nivel, como si se hubiera tratado de una mera indolencia puntual de algunas personas aisladas, he tenido la clara sensación de que padecemos un problema estructural grave en materia de salud. No soy un experto, pero muchos otros elementos han consolidado esa impresión desde entonces.   

La aparición del cólera en nuestro país en pleno Siglo XXI, enfermedad bajo control en Europa desde finales del Siglo XIX, y en casi todo el mundo salvo en situaciones de extrema precariedad sanitaria, genera alarma. La presencia del dengue a nivel epidémico en varias zonas del país, el ocultamiento sistemático  de los problemas, así como el descontento de los trabajadores de la salud con sus salarios y sus condiciones de vida,  convergen en el panorama nacional para despertar profunda inquietud.  Por otra parte, se padece el advenimiento de prácticas ajenas a la ciencia corroborada,  tales como la terapia floral, los alacranes y los imanes (que, increíblemente, incluye “metas” fijadas por las autoridades de salud para que sean aplicadas por los médicos). Recientemente pudimos ver incluso una indecente manipulación de niños enfermos de cáncer testimoniando por TV lo bien que les había sentado la homeopatía, algo nunca visto, que solo puede estar determinado por la codicia y la indolencia de las autoridades, peor que la que se puso de manifiesto en Mazorra.

La realidad de los profesionales de la medicina -no solo médicos- es ciertamente bochornosa. Sufren, como todos, aberraciones tales como no poder tener libre acceso a Internet, o recibir un magro salario que equivale en total a la posibilidad de adquirir una cerveza al día. Pero tienen motivos adicionales para el descontento.

A todos los explota el estado como si estuviéramos en el feudalismo. Estos trabajadores de la salud pueden dividirse en tres grupos: los que trabajan en Cuba, los que han sido desplazados a otros sitios del mundo para integrarse en proyectos de colaboración, y un reducido grupo que labora en organismos internacionales (OPS u OMS). Es cierto que estos últimos, simplemente, se hacen literalmente ricos en pocos años (algo que ellos tratan de ocultar y no sin éxito), pero lo cierto es que el estado los hace pasar puntualmente por la caja registradora cada mes: es el precio por haberles permitido un privilegio extraordinario.  Los destinados a cumplir compromisos estatales en el extranjero son tratados de manera despiadada: no pueden llevar a sus familias, reciben un porcentaje variable pero muy reducido de lo que los países de acogida pagan por su actividad, trabajan en condiciones muchas veces indecorosas, son víctima de reglamentaciones humillantes, tales como severas limitaciones de movimiento y relaciones con los nativos, cuyo incumplimiento supone duras sanciones económicas y laborales.  Y con todo, son también privilegiados: por ejemplo, si se portan bien y permanecen por varios años de su vida en las condiciones mencionadas, podrán comprar al estado un automóvil de segunda mano (por cierto, a precios leoninos, propios de un empresario que no tiene competencia), que es una de las mayores aspiraciones de estas personas. Finalmente, están los profesionales universitarios (y técnicos altamente calificados) que laboran en el país. Estos son los que sufren con más intensidad una política claramente abusiva.  Reciben un tratamiento discriminatorio en materia migratoria, ya que no disfrutan de los escasos derechos que tiene el resto de la ciudadanía: son castigados si solicitan radicarse en otro país con la exigencia de una “espera” para concretar esa aspiración, que puede durar más de 5 años; son privados de por vida de la posibilidad de volver a pisar el territorio nacional en caso de haber abandonado una misión oficial y no se les permite salir temporalmente en un viaje personal bajo ningún concepto (ni siquiera pagando los onerosos impuestos que se imponen al resto de los cubanos en ese caso).

Recientemente, según reiterados testimonios que considero dignos de crédito, las autoridades ministeriales despliegan de manera casi obsesiva un duro programa para evitar que asistan a congresos u otras actividades técnicas en el extranjero, algo que prohíben incluso cuando son oficialmente invitados por organismos o instituciones extranjeras con los gastos pagos. La única excepción se produce, con buena suerte, cuando hay garantía de que podrán ser expoliados económicamente de algún modo; de lo contrario, se les hace saber que dicho congreso o actividad “no es de interés para el MINSAP”.  El desarrollo personal, los intercambios, la ciencia no está en la agenda de estos dirigentes.

Cuba sigue exhibiendo envidiables indicadores de salud, confirmados por la OMS, pero el deterioro técnico, asistencial y ético crece. Y no sería extraño que se empiece a observar una regresión incluso en esos indicadores.  Sé que la sanidad en el mundo capitalista es simplemente un horror y no creo que sea necesario detenerme a fundamentar esa opinión. Personalmente, soy un defensor a ultranza de lo que considero el logro más importante de la Revolución: atención universal y gratuita para todos los ciudadanos. Pero un modelo económico cada día más afectado por el secretismo y que parece moverse hacia los patrones prevalecientes en China -explotación capitalista implacable sin libertades de expresión o sindicales-,  cuyos dirigentes sanitarios -cuanto más arriba estén, peor- se comportan como empresarios y no responden por sus desmanes y arbitrariedades, apunta a resquebrajar seria, y quizás irreversiblemente, esa realidad. Cristo expulsó con el látigo del templo a los mercaderes (Juan 2: 1-17); si queremos mantener o recuperar nuestros éxitos en esta esfera, es necesario tomar medidas urgentes para sacudirnos a quienes parecen empeñados en borrarlos. 

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