La ruta del Manatí: Un fotoreportaje sobre el campamento ecológico en el Valle del Río Cimitarra de Colombia

Praderas resecas y agrietadas pasan durante horas antes y después de la llegada al puerto. En ellas, sólo unas cuantas vacas, muchas menos de las que uno se imaginaría para tan grandes extensiones; muchas menos que las personas que podrían subsistir de ellas. Allende, por fin Barranca nos recibe con todo su calor, y eso que es de noche. Sin poder verla aún de día, no levantamos prestos a abordar el transporte a un nuevo destino. Una lancha. Más grande o más pequeña de lo que me imaginaba, no sé. El río, inmenso, y sobre él nuestro equipaje, carga de imprescindibles e inútiles, se tambalea dudosamente.&nbsp

El gran río&nbsp &nbsp Arli&nbsp o de la Magdalena domina las ardientes tierras limítrofes y alguna vez agrarias. Sus deltas nos abrazan y arriba, el sol, envuelve el espejo fluvial en flamas invisibles y agobiantes. El calor y la humedad hacen que las prioridades cambien, mientras la obligada escasez de ropa y la cercanía del agua flexibilizan el protocolo. En poco tiempo fuimos compas, trabajando sin saber nuestros nombres, como en escenarios silenciados por el dolor y el miedo.&nbsp

Bocas de Barbacoas, nuestro primer puerto. Casas de guadua con marcas de inundaciones a lado y lado del río, que aquí tiene sólo unos cuantos metros de anchura. Sus habitantes, morenos de ojos grandes, miran con desconfianza a los visitantes y parecen ocultar una gran verdad. Los niños abundan y corren incesantemente por todo el lugar. Unos son mas osados que otros, y el más desafiante y astuto, Miguel Ángel, logra obtener de nosotros considerables aportes de nuestras raciones. El y los otros niños muestran una energía incansable, una alegría invencible que nos resulta vivificante y apabullante al mismo tiempo. Tienen en la mirada la libertad del horizonte y en el cuerpo el inquieto ardor e la tierra que los cría. En los talleres de dibujo, que se convierten en juegos y rondas por que en el campo los niños siempre quieren&nbsp pueden estar corriendo o saltando, ellos nos muestran la fauna característica de la región.&nbsp

A la hora de cocinar, alguna generosa lugareña se encarga de guiarnos en los usos y hábitos. Benévolamente nos induce a asumir la tarea de alimentación colectiva. La comisión correspondiente se muestra ahora operativa y la dieta se reduce a pescado, yuca y arroz, mientras el sólo hecho de encender el fogón se vuelve una labor nueva y dispendiosa.&nbsp

Sólo hay electricidad en las tabernas. En este escenario, hostil y hospitalario a la vez, la noche infinita puede ser animada por la misma canción popular unas 55 veces, si así lo pide el cliente que está pagando la noche; una que relata la historia de alguien que tuvo alguna vez mucho dinero, mujeres y amigos, y ahora no tiene nada.

Nuestros cuerpos urbanizados se resisten a funcionar al colorido y parsimonioso ritmo de la tierra, pero al cabo de un par de noches estrelladas de baño en el río, comienzan a ceder. Los amaneceres nos enseñan, poco a poco, a encarrilarnos con el tiempo campesino.&nbsp &nbsp

El baño diario en el río es una experiencia singular. El agua, como cuerpo de poder en el campo, no es alguien que podamos ver de lejos o encerrar en un recipiente; el río trae y se lleva lo que le apetece y a su merced se abandona. No respeta límites, y los desdibuja en las personas que en él se adentran. Repentinamente somos más ligeros, más cercanos, más entrañables.&nbsp &nbsp

La misma agua que nos baña y alberga peces, aves y protistos, nos sirve para lavar la loza, los trastes, y beber; la diferencia es el lugar. Ni en este remoto paraje, a 7 horas en lancha de algún casco urbano, nos logramos librar de la civilización. El río trae los residuos desdoblados de la civilización en forma de repollos de espuma coronados por plantas de buchón.&nbsp &nbsp

A medida que nos deja de sorprender lo que consideramos insalubre, nuestro cuerpo se adapta a las condiciones locales. Adquirimos más práctica en la preparación de comida para más de 35 personas. Repartimos el tiempo entre el aseo personal, el mantenimiento del campamento, la preparación de la comida, la realización y el registro de los talleres, junto con la exploración del lugar y la interacción investigativa con los pobladores, nuestros anfitriones. Conocemos pequeños detalles de la cotidianidad que conforma el escenario del que somos testigos. En la orilla se dejan muchas canoas pesqueras, y los pescadores guardan el producto de su trabajo en las cáscaras oxidadas de refrigeradores en desuso. Grandes bocachicos, bagres y vizcaínos, entre otras especies, nos observan a sólo unas pocas horas de su deceso en una atarraya o un trasmallo.&nbsp

Por decenas, los pescadores salen a la madrugada a trabajar en la ciénaga, sin saber que con ello truncan la futura productividad de su labor, pues es allí&nbsp donde los peces van a reproducirse. No hay alternativas; los caserios de errantes y despojados sólo pueden vivir de lo que pueda darles el río, pues en la tierra que no les pertenece, que es casi toda a su alrededor, nada pueden sembrar nunca. La comida, como el empleo, escasean, y consolidan el círculo de miseria y depredación.&nbsp

De Bocas de Barbacoas, y luego de conocer las ciénagas grande y chiquita de Barbacoas, salimos hacia la Ciénaga de Sardinata. También parte del Nordeste Antioqueño, en esta vereda del municipio de Yondó&nbsp no existe un caserío. Acampamos en una amable lomita, que a nuestro arribo pulula de campesinos entusiastas por recibirnos con un plato de deliciosa comida. La presencia de la comunidad nos sorprende gratamente, por que además vemos en ellos un gran sentido de organización comunitaria y una gran receptividad a nuestras palabras. Nosotros, estudiantes urbanos, venimos a compartir nuestros conocimientos académicos; sin embargo, es evidente que acá, en el campo, la sabiduría que nos mira y nos escucha es apabullantemente mayor que los datos y teorías que masticamos entre buses y smog.&nbsp &nbsp

Frente al agua, conocemos su problemática y la de sus gentes. Las ciénagas son aquí&nbsp una de las pocas fuentes de ingreso, y mientras los escasos agricultores trabajan, disfrutan y resisten en la labor del campo, los pescadores exploran distintas horas para cernir su atarraya en los escasos y decrecientes cuerpos de agua de la región. El latifundio ha arrinconado a poblaciones, compuestas muchas veces de desplazados y víctimas de la violencia, ha borrado del territorio y hasta de la memoria los hábitos agrarios, que sin embargo siguen latentes e interrogantes en la vista y el olor del campo.&nbsp &nbsp

Ya finalizado el trabajo con la comunidad, el viaje en lancha ocupa el día sin lugar que no parece terminar. El Magdalena, en una sequía sin precedentes, se niega a dejarnos avanzar, y el tiempo necesario para recorrer el trayecto se cuatruplica. Playas y palos obstaculizan nuestro camino, y es necesario empujar la lancha por espacios cortos y tortuosos en los que las mantarayas son el mito omnipresente. Irremediablemente, debemos obedecer al tiempo del campo y buscar refugio en una playa cercana, donde los mosquitos se muestran aún más hostiles y dormimos con el riesgo de que el río crezca repentinamente y nos lleve.&nbsp

Finalmente, lo logramos. Nuestro destino, Cagüí, en el Sur de Bolívar, es un hermoso caserío de casas color pastel, con escuela, acueducto y electricidad. Luego de dos días de empujar la lancha y ensayar rutas distintas, y ya con las provisiones a punto de terminar, la comunidad es mucho más generosa de lo que esperábamos: nos preparan comida y nos permite bañarnos y lavar la ropa. Don Rayito, el presidente de acción comunal, nos cuenta que nos estuvieron esperando para el día anterior y que la comida que nos tenían preparada tuvo que ser dada a los cerdos.&nbsp &nbsp &nbsp

Con un día menos para trabajar con la comunidad, debemos apurarnos para satisfacer las expectativas. Como ya es usual, el taller sobre la Zona de Reserva Campesina es esencial y de muy buena acogida entre la población. Otros talleres: ecopedagogía, dibujo con los niños; una obra de teatro y finalmente el festejo. Sin dormir, a la mañana siguiente nos embarcamos hacia la ciénaga del Totumo. allí se puede llegar a 35 o 40 grados a medio dia. Es difícil moverse y respirar mientras los zancudos, mosquitos, jejenes y ladillas se dan un festín con nuestra piel casi nueva. Ya para este punto, todos los ajenos a estas tierras estamos agobiados por el escozor, que se convierte en una prueba de paciencia y recursividad. Para ellos, nuestros anfitriones, las picaduras son sólo uno de más&nbsp de las dificultades propias de la tierra y un hábito de templanza cotidiana. Sin médicos, escuelas, acueducto o alcantarillado, el panorama es en su totalidad penoso y la vida es sobrellevable sólo por una terquedad inadvertida, inexplicable y fundamental.&nbsp

Familias y comunidades, en un lugar o en otro, comparten hábitos análogos pero disímiles, pues entre uno y otro caserío hay grandes diferencias en el nivel de unidad, información y organización comunal. El Magdalena Medio nos cuenta que sí es posible, actuando de a pocos, con objetivos claros y un convencimiento sin precipitaciones, lograr cambios profundos. Nuestra labor, que se resiste a ser confinada a una sola frase, se muestra util en la concientización de los derechos y necesidades de acción según el entorno particular de cada comunidad, que también nos comparte sus inmensos conocimientos. Sentir que remotamente estamos recordando cuántos derechos tenemos y cuántas cosas mejores son posibles con la fuerza de muchos que lo reclamen sobre los dictámenes de unos pocos nos infunde la alegría necesaria para continuar.&nbsp &nbsp

En estas circunstancias, es evidente la dimensión del trabajo de organización y mediación logrado por la Asociación Campesina del Valle del Cimitarra. El logro de un discurso sencillo, conciso y contundente brilla como la perla de este movimiento campesino, que se realiza en cada paso, en cada palabra, cada noche y plato de comida que se recibe en la región, y que se expande por siempre por esta experiencia, que para más de uno es trascendental y definitiva.&nbsp &nbsp

Así, la vida de campamento transcurre y se convierte en el estilo de vida acostumbrado. Justo cuando todo se ha vuelto más habitual y menos difícil, es el momento de regresar. Una dulce nostalgia nos embarga desde el momento en que dejamos la última canoa, que nos sacó de la reseca y casi extinta ciénaga del Totumo.&nbsp

En Yondó&nbsp nos espera la clausura. El reencuentro con los amigos y las ansias por ver los resultados de las siete rutas añaden más emotividad a la multitudinaria concentración de organizaciones campesinas, de desplazados, madres cabeza de familia y demás organizaciones y líderes que defienden el derecho a la tierra y a la vida digna del campesinado. Es extraño sentirse en un casco urbano nuevamente; grifos, sanitarios, mesas y asfaltos ya habían salido de la vida de algunos, mientras que en la de muchos más nunca han sido algo normal. Ventiladores, ensaladas de frutas, baños, gaseosas y automóviles enrarecen la percepción, ya acostumbrada a los atardeceres color naranja, rojo y verde, y la tensión reinante nos recuerda la intensidad y cercanía del conflicto armado.&nbsp &nbsp

Redescubrimos lo antes inadvertido, pero con una perspectiva esencialmente diferente; sabemos lo mucho que tenemos, lo poco que realmente necesitamos y lo infinito de nuestras posibilidades. Tememos volver a la ciudad, pero volvemos con la gratificante sensación de haber conocido el terreno, de haber vivido lo que tanto se deforma o se omite en los medios de comunicación y de haber podido sentir en las entrañas la fuerza de nuestra tierra, nuestra agua y nuestro trabajo.&nbsp

Conocemos la música de la región, que con acordes autodidactas relata el dolor de la injusticia y la avidez de justicia que subsiste en esta ardiente, bravía y rica tierra. Cada detalle de la vida diaria tendrá un nuevo sentido por que nos sabremos pertenecientes a una lucha más que centenaria. Agradeceremos haber tenido esta gran oportunidad y haber conocido a los grandes sabios que han memorizado a fuerza de arado, sangre y lágrimas esta tierra. Cada uno, en su vida diaria, en su entorno inmediato, actuará como parte de la persistencia de la alegría, y querrá retornar al campo, bajo el sol y la lluvia, que se ciernen por igual para todos.&nbsp &nbsp
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Imágenes&nbsp

  1. Encuentro Final 2do Campamento Ecológico de la ACVC. Yondó, Antioquia, Enero 22 de 2010.
  2. Carretera en inmediaciones de San Pablo, Sur de Bolívar.
  3. Barrancabermeja sobre el río Magdalena.
  4. Pastizales y ganado. Magdalena Medio Antioqueño.
  5. Bocas de Barbacoas. Magdalena Medio Antioqueño.
  6. Niños de Cagüi. Sur de Bolívar.
  7. Escuela rural de Sardinata. Antioquia.
  8. Cocina en Cagüi, sur de Bolívar.
  9. Río Magdalena. Bocas de Barbacoas. Magdalena Medio Antioqueño.
  10. Río Magdalena. Bocas de Barbacoas. Magdalena Medio Antioqueño.
  11. Río Magdalena. Bocas de Barbacoas. Magdalena Medio Antioqueño.
  12. Pescadores en la Ciénaga Grande de Barbacoas. Magdalena Medio Antioqueño
  13. Don Delfo, Lanchero del Magdalena Medio
  14. Tendera de taberna. Bocas de Barbacoas. Magdalena Medio Antioqueño.
  15. Amanecer en la Ciénaga de Sardinata, Magdalena Medio Antoquieño.
  16. Amanecer en la Ciénaga de Sardinata, Magdalena Medio Antoquieño.
  17. Ciénaga Grande de Barbacoas. Magdalena Medio Antoquieño.
  18. Travesía por el reseco río Magdalena. Inmediaciones de San Pablo, Sur de Bolívar.
  19. Travesía por el reseco río Magdalena. Inmediaciones de San Pablo, Sur de Bolívar.
  20. Atardecer sobre el río Magdalena. Inmediaciones de San Pablo, Sur de Bolívar.
  21. Atardecer en Sardinata, Magdalena Medio Antioqueño.
  22. Ciénaga del Totumo, Sur de Bolívar.
  23. Cagüí, Sur de Bolívar.
  24. Niña de Cagüí, Sur de Bolívar.
  25. Libélula
  26. Familia en la Ciénaga del Totumo.
  27. Grillo.
  28. Garcero en la Ciénaga de Sardinata, Magdalena Medio Antioqueño.
  29. Amanecer en la Ciénaga de Sardinata, Magdalena Medio Antioqueño.
  30. Atardecer en el Magdalena Medio Antioqueño.
  31. Municipio de Yondó, Magdalena Medio Antioqueño.
  32. Carretera del Municipio de Yondó, Magdalena Medio Antioqueño.
  33. Plaza central. Municipio de Yondó, Magdalena Medio Antioqueño.
  34. Manos de resistencia musical.
  35. Don Álvaro Manzano. La fuerza de la experiencia y la sabiduría.

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Fotografías y texto: Victoria Argoty

victoriaargoty@gmail.com

www.flickr.com/photos/plaxy/

www.flickr.com/photos/plaxyvictoria/&nbsp
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