La Rusia de Putin, Vladimir

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Será causalidad o confusión de los lóbulos cerebrales que rigen las funciones vitales. Pero lo cierto y verdad es que la sedicente izquierda reacciona esquizofrénicamente ante las barbaries del capitalismo según sea su denominación de origen. Las fechorías del hemisferio occidental que lidera Estados Unidos suelen ser recibidas con masivas movilizaciones ciudadanas de protesta y repulsa general, como en el caso de Irak. Por el contrario, cuando los atropellos conciernen al capitalismo que surgió del frio, esas mismas fuerzas acostumbran a dar la callada por respuesta cuando no su entusiasta aprobación, caso Crimea.

 

Lo que acaba de hacer la Federación Rusa en Crimea es equivalente (mutatis mutandi) a lo que ha hecho históricamente Estados Unidos en su “patrio trasero” latinoamericano. De forma invasiva o al pedido de los tiranos de turno, ambos bloques han vulnerado el derecho internacional cuando han creído comprometidos sus intereses geoestratégicos. Entre la ocupación de Granada o la incursión en Panamá por Washington y las guerras de Afganistán y Chechenia perpetradas por Moscú, por ejemplo, no hay más diferencias que las que sus propias clientelas políticas quieran abrazar.

 

Todas estas “hazañas bélicas” fueron presentadas ante la opinión pública mundial por sus ejecutores como “injerencias humanitarias”, aunque supusieran una flagrante vulneración de los estatutos de ONU y del derecho de gentes. Lo mismo sucedió con la bárbara guerra contra Irak desatada por el “trío de las Azores” (Bush, Blair y Aznar, con el actual presidente de la UE como anfitrión, Duráo Barroso) o la operación militar en Kosova por una OTAN liderada por el ex ministro y dirigente del PSOE Javier Solana. También con la intervención rusa en Osetia del Sur, Georgia. Los mismos perros con distintos collares.

 

Siendo como son todos estos casos semejantes en su brutalidad y desprecio de la soberanía de los pueblos, de puertas afuera las diferencias existen. La principal de todas radica en la reacción que la sociedad civil tiene ante esas vulneraciones unilaterales de las dos superpotencias. Así, mientras la invasión de Irak representó un aldabonazo para la conciencia ciudadana mundial y provocó manifestaciones de repulsa en medio planeta, hasta el punto de constituir uno de los detonantes del relanzamiento del movimiento antiglobalización, la recíproca en Chechenia del lado opuesto pasó inadvertida, para confort de las autoridades rusas que pudieron emplearse sin miramientos en ese territorio “pacificado” a sangre y fuego.

 

De esta forma, se configuró un modelo dual y contradictorio ante los abusos del tándem EEUU-Rusia, ambos estados nucleares y, no lo olvidemos, igualmente adscritos al orden capitalista mundial. Mientras el primero se veía obligado a asumir sus acciones militares con el marchamo de una legalidad de facto pero en el contexto de la sonora ilegitimidad de iure que denunciaban las contundentes movilizaciones ciudadanas, en el segundo caso el atronador silencio de esas mismas instancias servía para reforzar la impunidad de la “razón de Estado” con que se amparaban meras prácticas de “terrorismo de Estado”. Lo nuevo era que las masacres de Estado, que se visibilizaban en la calle con distinto rasero, no provocaban conflictos entre los bloques perpetrantes, más allá de una cierta escenificación diplomática para mantener la tradición de una rivalidad ideológica ya residual.

 

Quizás por aquello de que “entre bomberos no se pisan las mangueras”, ni Washington ni el Kremlin osaron pasar nunca a más en sus respectivas pendencias. En un hoy imprescindible texto publicado en 2006 por Carlos Taibo titulado “Rusia en la era de Putín”, se avanzaba una tesis sobre esta entente cordiale que dejaba manos libres al duopolio hegemónico global para sus correrías bélicas. ”A la hora de explicar por qué la organización que aquel momento dirigía, la OTAN, que había intervenido unos meses antes con el supuesto objetivo de restaurar los derechos conculcados a la mayoría albanesa de la población local, no hizo otro tanto en Chechenia, Solana adujo que Rusia era una gran potencia y que disponía de varios millares de cabezas nucleares”, señala el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid en dicha obra.

 

El problema, sin embargo, se agrava cuando en vez de la “socialización positiva” que provoca en la opinión pública actitudes punibles como la invasión de Irak, la réplica en otro frente es la “socialización negativa” de un sector de la ciudadanía, generalmente ubicado en la izquierda social para más inri, que lejos de manifestar su rechazo bendice la barbarie estatal. Como está ocurriendo en la ocupación militar de Crimea por la Rusia de Putin. Aquí, el resultado es completamente reprobable, porque el mensaje que se lanza a la población es de una división de la izquierda no institucional, la que supuestamente adquirió atributos de posible alternativa por ofertar valores democráticos y antimilitaristas. De esta forma, el mafioso capitalismo de los oligarcas, que capitanea el nuevo Vladimir en la extinta Unión Soviética, logra un aliado para sus fechorías imperialistas en la conciencia de guerra fría que aún pervive en almoneda para una izquierda alienada en sus viejas consignas.

 

La crisis de Crimea no solo es grave para el futuro de la izquierda social no iliniada que lucha contra las políticas austericidas del sistema capitalista del siglo XXI, el que predican por igual Rusia y EEUU. Lo es sobre todo porque demuestra que, al concurso de un antiamericanismo primario, se pueden arbitrar lealtades fúnebres capaces de tolerar los mayores desastres al amparo de estúpido tropismo “el enemigo de mi amigo es mi enemigo”. Como se trata de “uno de los nuestros”, estaría permitido vejar, invadir, censurar, ocupar y dominar allí donde, en sensu contrario, el imperativo ético exige primar la solidaridad con las víctimas y la denuncia de los verdugos. Sobremanera cuando, para que esta dismetría adquiera carta de naturaleza, se riega con una dosis de “antifascismo” bien monitorizado. A su conjuro, como ya sucedió en el siniestro affaire de los Hermanos Musulmanes en Egipto, se puede validar sin mácula una represión contra una heroica rebelión popular vista como subversiva por los poderes capitalistas dominantes.

 

Llama la atención que esa misma izquierda que utiliza la excusa de la presencia de grupos ultras en la revuelta de Kiev-tan ciertos como minoritarios y aislados- para celebrar la toma de Crimea por las tropas rusas, no haga ascos a la hora de compartir espacio político con unos partidos fachas, afines a eso colectivos justamente denostados, en las próximas elecciones europeas. La hipertextualidad es un zafio hábito de telepredicadores de lo ajeno que suele acarrear efectos búmeran. Reescribir la sublevación del Maidán en clave de revival fascista, anclando la actualidad a través del espejo retrovisor de la historia, es tan improcedente como argumentar que la agresión de la Rusia de Putin, celebrada en Moscú con profusión de banderas con la efigie de Stalin, se nutre en la lógica totalitaria de la primitiva URSS. Aquella que llevó a Stalin a pactar con Hitler para repartirse Polonia durante el periodo 1939-1941, en una alianza celebrada con un brindis en el Kremlin en presencia del emisario nazi, Ribbemtrop, en el que un eufórico Stalin magnificaba las virtudes del culto a la personal al proclamar: “sé cuánto ama el pueblo alemán a su Führer, bebamos, pues, a su salud”.

 

Podemos hacer cacofonías históricas, ojo por ojo, concluyendo paralelismos entre los Juegos Olímpicos de Berlín y la ocupación de los Sudetes por el III Reich con las Olimpiadas de Invierno de Sochi y la anexión de Crimea por Putin, pero al final todos ciegos. Ya recordaba oportunamente Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte que “la tradición de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.