La ruina está sólo en Occidente

  Senci­lla­mente por­que todo el mundo vive arruinado. Es en los paí­ses ca­pita­listas donde se produce la quiebra indi­vi­dual­mente con­side­rada. «Todos» los miembros de ese tipo de sociedad son, somos, acauda­lados. Unos más y otros me­nos, pero todos vi­ven gracias a la acumula­ción de su ri­queza o “descansan” en la ansiedad por po­seerla o desazo­nados por la tensión de no po­seerla. Por eso en este sis­tema todo se mide por la cifra, por la es­tadística, por la mul­tiplicación y la suma, por la ma­croeco­nomía y por la contabi­lidad. Apenas se usa la parti­ción salvo para calcular los divi­dendos. Los que se enri­que­cen levan­tan su fortuna sobre la ruina ajena, aun­que no co­nozcan personalmente al arrui­nado por su causa, o sean in­gentes las víctimas abstracta y ma­sivamente localizables en otros pue­blos y otros paí­ses a miles de kilómetros de distan­cia, que han estado labo­rando para ellos -como para noso­tros- y permitirnos vivir con el desahogo que gran parte co­nocemos… ¿Con qué dere­cho?

  No es el caso de esos otros países –China, Cuba y Corea del Norte- donde todo se mide por la división, por la distribu­ción de lo que se dispone y se pro­duce para este fin: tantos somos, tanto producimos; producimos tanto, para que lo produ­cido llegue a todos. Ahí empieza y acaba, nada me­nos, su problema. Me refiero a esos países de los que los pre­bostes de la política, del periodismo, de la lite­ratura de folletín y del pseudopensamiento dicen dramáticamente que en ellos «se reparte la pobreza».

  Pero tampoco las catástrofes naturales y sociales produ­cen el mismo impacto en unos modelos y en otros. Quien tiene poco o nada tiene, poco o nada pierde. Por eso en ta­les países donde rige el intervencionismo de Estado la vida indi­vidual, los afectos y la solidaridad auténtica tienen tanto valor. Y por eso también es mucho mayor la resigna­ción ante el desastre natural, la muerte y la fatalidad. En este otro modelo se hacen insoportables. Lo saben bien los psi­quiatras y la OMS sobre el nivel de enfermedades nerviosas y mentales…

 

  Quien vive enclaustrado, solo o acompañado por otros de sus congéneres vive para la muerte y nada le conturba. Quien vive para la vida, cualquier contratiempo le desequili­bra y ve ruina en cualquier despo­sesión por exigua que sea. En el crack de 1929 se arrojaron muchos por las ventanas al vacío en Esta­dos Unidos, simplemente porque habían per­dido todo o ”casi” todo su di­nero en la Bolsa aunque conser­varan propie­dades y dinero bastante para mantener todavía una vida de lujo con un par de criados y un coche. Les acu­ciaba como insufrible desastres no poder seguir man­te­niendo a seis criados y dos coches…

 

  El caso es que la suma de todas esas actitudes, sensacio­nes, anhelos y ansias fabricadas por el capitalismo y por la acumulación de riqueza cuando existían todavía los filones vírgenes de muchas cosas naturales, es lo que está condu­ciendo al planeta y al ser humano en su conjunto -aunque buena parte de los seis mil millones no tengan ni un ápice de culpa en el resultado-, a su total ruina. Por eso en el fondo me alegro de que el cambio climático, que poco a poco va a ir llevando a los países capitalistas- después de sufrirla ya varios africanos-, empiece a ser también despia­dado con ellos y cobrarse a costa de ellos la Naturaleza su natural tributo…

 

  Un ejemplo, como tantos otros, insoportablemente exas­perante puede ser el si­guiente: la Comunidad de Madrid está tozuda y lógicamente preocupada por la escasez de agua en los embalses de la región pese a las salvadoras lluvias otoñales casi de última hora. Unos costosos paneles publicitarios dan pautas para ahorrar agua: ducharse en lu­gar de bañarse, etc. Bien. Pero ¿qué cree la Comunidad y los políticos neocons que están al frente de ella, que pueda pensar el grueso de ciudadanos? Pues sencillamente que la economía de agua que astutamente aconsejan por el “bien de todos”, la disfrutarán los campos de golf, las piscinas pri­vadas que se construyen profusamente con los chalets de lujo que disfru­tan unos cuantos en comparación con la in­mensa mayoría, los parques acuáticos, etc., y seguirá el despilfarro del agua para obras que a su vez son otro des­pilfarro, pues son cientos de miles de viviendas las vacías que hacen superflua tanta vivienda de nueva planta…

 

  Pero de igual forma que la felicidad de los opulentos, con independencia de la comodidad y el placer de la seguridad que da la ri­queza, gravita en torno a la epidérmica sensa­ción de poseer más que los demás, sepan que la ruina de los que vitorean el capitalismo feroz hace siempre la delicia de los desheredados por su sabor a venganza natural.

 

  Este otoño no nieva en Centro Europa, y el invierno que viene no parece apuntar perspecti­vas halagüeñas. El pa­sado año Groenlandia vivió un fenómeno atmosfé­rico iné­dito: en Navidad llovió en lugar de caer nieve… No nieva en España, ni en Austria, ni en Suiza… Se arrui­nará la industria turística de muchos y de muchos países que viven gracias al turismo de invierno. Lo siento por ellos, como siento la pobreza de los po­bres. Pero mil veces más lo siento por la ruina del pla­neta que todos aquéllos han causado en conni­vencia con los que jalean la iniciativa privada llevada a ex­tremos de locura, con los que defienden con uñas y dientes la economía de mercado, y que miden a los hombres por lo que tienen y no por su ca­pacidad para encajar la desgra­cia…

 

  Esto, eso, es precisamente lo que nos traído hasta aquí. Lo que nos ha conducido hasta el punto de no retorno en el cambio climá­tico, pese a que para dentro de no sé cuántos lustros planean soluciones los ampulosos organismos inter­nacionales. Será para cuando la Tierra que sangra, sea ya cadáver para el que cualquier remedio o sinapismo será in­útil. Ese punto de no retorno al que los ciegos por la es­tupi­dez y la codicia, con el cortejo de los que hacen sorna de los países que «re­parten la pobreza», nos han conducido sólo por amasar lob­bies, redes de empresas, y por el pasa­jero placer de sen­tirse pasajeramente poderosos sacrifi­cando de paso a las generaciones venideras que malvivirán en un planeta agotado y próximo a la extinción total.

 

  ¿Acaso creen todo ellos que si nuestra filosofía sobre la vida y el ansia de acumulación de la riqueza fuese la misma que la suya, no estarían cambiadas las tornas en muchos casos y los pobres serían ellos y los ricos nosotros? ¿Acaso creen que la vida social, el sistema de mercado, el capita­lismo salvaje serían posibles? Simplemente, si hubiera pro­ducido el mundo que vive en el umbral de la pobreza la ba­sura que genera esa parte que no sabe ya qué hacer con ella, hace muchos años que el planeta estaría enterrado en la basura.

 

  Hasta ayer, y aún hoy en muchos sitios, fueron las policías y las leyes represivas pe­nales que defendían la propiedad privada por encima de la vida de las personas. Y por otro lado, también las religiones que, condenando con las penas del infierno toda rebelión contra el dinero y los ricos, robus­tecían el control social en los países opulentos. Pero hoy todo ha cambiado. Aunque sigue habiendo dos clases de personas después de haberse pasado la historia dividida la sociedad entre opre­sores y oprimidos. Hoy están los ador­mecidos -que son una gran mayoría por los espejuelos que el vicio del con­sumo aporta-, y los despiertos, que somos minoría todavía pero que con recursos como Internet iremos haciéndonos cada vez más fuertes. Tiemblen los poderes. Pues el des­encanto y la fatiga que sobrevienen indefecti­blemente des­pués del mucho poseer debilitarán al mismo tiempo el sis­tema todo; de modo que se vislumbra un cam­bio radical de las sociedades malditas hacia la verdadera justicia aunque sólo sea para impedir que se extinga la es­pecie humana por esa infame injusticia.


  A pesar de tan negros nubarrones, olvido la otra posibilidad en esta ocasión. Pues ya he mostrado demasia­das veces la faz del pesimismo augu­rando un trágico final para la humanidad. Lo que significa hasta qué punto los se­res humanos no somos de una pieza. Ni siquiera podemos hacer siempre el mismo pronóstico sobre el futuro, pese a que eso sí, cualquier tiempo fu­turo por definición siempre es peor. Porque ahí está el sabio dicho popular: “que todo de­pende del cristal con qué se mire”… Y hoy, dentro del más que probable desastre, me ha dado por po­ner el cristal del color de arco iris para poner en mi vida, pero sobre todo en la futura de mis descendientes, una migaja de espe­ranza…

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS