La rueca de la vida

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Por Jose Luis Merino

Quería haber entrevistado al escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Fue tres años después de ser galardonado con el Premio Nobel en 1967 y cuatro antes de su muerte, acaecida en Madrid en 1974. Le llamé por teléfono cuando era embajador de su país en Francia. Le dije que estaba en París y le solicité un encuentro para una entrevista literaria. Se encontraba dispuesto y encantado de hablar con alguien de la madre patria (fueron sus primeras palabras). Accedió y me dio una fecha para llevarla a cabo dentro de diez días, porque tenía otros compromisos ineludibles. Agradecí su buena disposición, al tiempo de indicarle que mi estancia en la capital francesa terminaba en dos días. Mas no fue posible encontrarnos. Lo lamentó él y mucho más lo lamenté yo. Nos deseamos buena suerte, y la mejor de las Literaturas.

Mi interés por el escritor hispanoamericano venía principalmente a través de la lectura de su libro de relatos, Week-end en Guatemala (1956). Sus narraciones giran en torno al imperialismo económico y político de la United Fruit Company en Centroamérica, además de la invasión sufrida por Guatemala durante la presidencia de Árbenz, sustituido violentamente por Castillo Armas. La prosa del libro, vibrante, poética y combativa, responde al enunciado de la dedicatoria: “A Guatemala, mi Patria, viva en la sangre de sus estudiantes-héroes, sus campesinos-mártires, sus trabajadores sacrificados y su pueblo en lucha”. Aquellas historias contadas por Miguel Ángel Asturias me dejaron un recuerdo imborrable.

Ya antes había escrito su novela más universal, El señor presidente. Terminada en París, en 1932, tuvo que esperar 14 años para verla publicada. De ella dijo la poeta Gabriela Mistral: “Yo no sé de dónde sale esta novela única, escrita con la facilidad del aliento y del andar de la sangre por el cuerpo”. El argumento de la obra ha servido de modelo directo o indirecto a escritores, como Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez y Augusto Roa Bastos entre otros, empeñados en satirizar los rasgos absurdos-impositivos-ridículos de las dictaduras en Latinoamérica.

En otra de sus obras más conocidas, Hombres de maíz (1949), Miguel Ángel Asturias, muecín de la palabra, crea una suerte de laberinto mágico a imitación de la Biblia maya, el Popol-Vuh, donde las reiteraciones de frases surgen como rezos indios.

Además de tan acreditados méritos como narrador debe significarse su especificidad poética. Ya lo advirtió anticipadamente Paul Valéry, en la presentación de los primeros libros del escritor guatemalteco traducidos al francés, al hablar de “historias-sueños-poemas”.

Son muchos años los suyos escribiendo ininterrumpidamente poesía, de 1918 a 1954, y desde el primer momento con un don especial para dotar de musicalidad a sus versos, al punto de convertirse en uno de sus mayores logros. Téngase en cuenta que en el poema, la musicalidad y el tono de las palabras pueden ser tan influyentes y determinantes, como pueda serlo el sentido (vale más amar primero la vida, antes de amar su sentido).

Si su poesía no ha sido estudiada como merece, es porque existe un prejuicio establecido al pensar que un creador no puede ser un buen poeta y un buen narrador al mismo tiempo. Es como si dijeran: “éste ya tiene bastante con ser una de la dos cosas”. La verdad es mucho más compleja que el cliché. Y la verdad de su poesía viene por la comentada musicalidad de sus versos, además de su condición de pastor de metáforas y orfebre del soneto. Todo ello al servicio de la ternura que impregna cada uno de sus escritos. [En sus propias palabras: “la ternura es la rueca de la vida”].

[Dice mucho de su modestia y bonhomía, lo que le confidenciaba al mexicano Juan Rulfo, el autor de Pedro Páramo: “es esa novela suya la que yo hubiera querido escribir”. Y Rulfo, no menos humilde y modesto, le respondía: “pues a mí me hubiera gustado haber escrito todos sus libros”]

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