La revolución fue posible, pero…Antes de Podemos

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Después de las crisis sociales que siguió la revolución rusa (1918-1923), de la “medianoche en el siglo” de los años treinta, de la ”paz social” a través del “Estado del Bienestar” y de la “guerra fría”, los sesenta-setenta fueron la última vez que el “principio esperanza” tuvo una cita con la historia. Sobre ellos  ofrezco esta sintética recopilación que quizás ayude a situarnos en un presente en el que se abren nuevas expectativas.

  1. En la anterior tesitura histórica –la de los sesenta/setenta-, todo parecía mucho más claro. El viejo mundo había entrado en crisis; avanzaba la revolución anticolonial (Cuba, Vietnam), emergía un frente de rechazo en las grandes metrópolis (mayos del 68, movimiento antiguerra, Black Power en “el corazón del monstruo”) e incluso la burocracia que había traicionada las promesas de Octubre había entrado en una crisis irreversible (primavera de Praga, desprestigio de PCF)…Entre nosotros, el franquismo estaba perdiendo sus apoyos sociales de manera acelerada (menos en los cuerpos represivos que habían construido el régimen), incluso se daba un desbordamiento por la izquierda “del Partido” (PCE-PSUC) que mantenía todavía el halo de la resistencia que había derrotado al fascismo.

  1. Ante todo esto, el personal que trabajaba por un proyecto alternativo podía entender “grosso modo” un mapa propio en el que los objetivos aparecían perfectamente encadenados (ruptura con la dictadura, democracia avanzada que abría el camino cabía el socialismo que los portugueses tocaron con las manos)…Eran correspondidos por unas vías que pasaban por ampliar un movimiento de masas que debía crecer en sus métodos autónomos de masas o sea de espaldas a pactos y componendas, un círculo que se cerraba con unos medios conscientes o sea con una fracción revolucionaria dispuesta a desplazar los “aparatos reformistas” antes de que se pudieran sentar en la mesa gatopardiana. Sí mirábamos desde el ángulo de las luchas más avanzadas (Vitoria), todo parecía claro. Podíamos creer en una apuesta en la que crecíamos colectiva y personalmente, en la que podíamos reparar deficiencias e insatisfacciones.

  1. Luego todo se complicó: la crisis del régimen se detuvo ante las puertas de unas fuerzas represivas (atravesadas por la extrema derecha) que jugaron a fondo la carta de la advertencia; la presión hizo imposible el continuismo reformado, pero no el del reformismo integrador (reconocemos las libertades ya logradas en la calle pero mantenemos la continuidad del Estado); la propuesta carrillista (aceptamos negociar a cambio de nuestro reconocimiento) apareció reforzada por un PSOE (con el apoyo de Brandt, el hombre de Washington en la socialdemocracia) que desde 1975 había comenzado a ocupar en los medios un protagonismo del que carecía en la clandestinidad.

Este trastorno de los factores dio lugar a una situación bloqueada: a un bipartidismo en el que: a)  UCD (luego PP o sea de Suárez a Fraga el mismo que había diseñado la vía de Arias Navarro) ), integraba a toda la derecha en un pacto entre liberales reprimidos (que no ejerció bajo el franquismo) y fraguistas…b) el PSOE que entraba en los ayuntamientos y en los parlamentos, hacía lo propio con su izquierda, integrado a buena parte de los comunistas “renovadores” y a los “descolgados” de la izquierda radical, con especial incidencia entre los maoístas (los más numerosos después del PCE/PSUC) que tras la muerte de Mao descubrieron que la “revolución cultural” no había sido en absoluto lo que habían creído.

  1. Todo esto sucedía en una coyuntura histórica en el que. a) la revolución aparecía derrotada por una suma de golpes militares (en América Latina pero también en África, abortando la derrota del ultracolonialismo portugués), pero también por una maniobra de colaboración socialdemócrata tales como las puesta en práctica en Portugal (Mario Soares), Francia (Miterrand), a los que sumó el PSOE con un éxito que le convirtió en el partido del régimen por excelencia; b) la “retaguardia” de esta revolución, el llamado “socialismo real”, comenzaba a agrietarse y se constituía –en palabras de Marcuse- en un “contra modelo”. En la medida en que las consecuencias del estalinismo dejaban de resultar lejanas y achacables a la intrínseca mala fe del anticomunismo, para resultar cada vez más cercano. La crítica o al menos la desconfianza comenzaron a imponerse. De ahí que los trabajadores comenzaran a apreciar mucho más los modelos avanzados del “Estado del Bienestar” (se hablaba de “socialismo” o de “suizalismo”), mientras que 2la revolución” fue apareciendo como algo propio de países subdesarrollados, de Buba sometida a toda clase de dificultades.

  1. Después de la “advertencia” del 23-F (que planeó sobre la mayoría la posibilidad de una pinochetada), la única vía que pareció abierta para la izquierda fue la de la socialdemocracia que, por lo demás se había manifestado más abierta, renovada e incluso más de izquierda, con menos renuncias que las que había realizado Santiago Carrillo). Aparecía como una vía gradualista que evitaba pisar el callo al franquismo y a los militares que permanecieron haciendo ruidos de sables hasta mitad de los ochenta…Como la mejor manera de entrar en aquella Europa de la que hablaban los periódicos y los emigrantes de vuelta, esos familiares andaluces que gozaban de una jubilación endiable y que regresaban a Alemania porque allí todas las cosas del dentistas entraban en la Seguridad social. Resultó una máquina de colocación para mucha gente que podía interpretar la clandestinidad como una escuela de democracia, tal como teorizaba por ejemplo Ludolfo Paramio.

Una parte de la intelectualidad antifranquista de prestigio –los Goytisolo, Claudín, Semprún, etc.- hizo su guerra contra un resistencialismo irresponsable que persistía en viejas batallas cuando el país estaba saliendo del pozo oscuro de la historia, se europeizaba, se situaba en un curso de normalidad como nunca había tenido, ni tan siquiera durante la República asediada tanto por la derecha como por la extrema izquierda (Largo Caballero, CNT, POUM). El declive del comunismo se llevaba por delante incluso a la revolución cubana. Tanto fue así que en un Congreso de Intelectuales celebrado en 1987 y presidido por el que había sido Federico Sánchez, a la sazón ministro de Cultura,  en conmemoración con el que tuvo lugar en Valencia en 1987,  y en el que tomaron parte entre otros, Vargas Llosa, Octavio Paz, Cornelius Castoriadis, el discurso dominante invertía radicalmente la escala de valores: oponía la democracia realmente existente made in USA contra el totalitarismo. Es la época en la que el movimiento obrero deja “de estar de moda”, en que el “revisionismo” histórico se impone en las librerías. Stalin se erige como la medida del Paternón socialista incluyendo a Marx. La persecución de las “utopías”, concebidas como “tentaciones totalitarias”, pasa desde Pol Pot hasta Akhenatón.

Cineastas como Ken Loach son vistos como los “últimos mohicanos” del “cine político”.

Muy poca gente incide en que esta restauración neoliberal está produciendo estragos en todos los indicativos sociales y ecológicos. Gente que existe pero que resulta poco menos que invisible en los medios.

 

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