La rebelión tiene colores

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Por Mikel Arizaleta

1.- El recuerdo y la memoria como rebelión

La noche del 13 al 14 de febrero de 1945, pocos meses antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial, Dresde fue bombardeada por los aliados. Este febrero hizo 70 años. Más de 1000 bombarderos pesados lanzaron sobre la capital de Sajonia 4.000 toneladas de bombas doce semanas antes de la capitulación. Su casco antiguo fue borrado del mapa. Pudieron ser 35.000 las personas que perdieron la vida en aquella noche de fuego, calificada por la historia como “represalia”, tildada de “desproporcionada” y catalogada como “crimen de guerra”.

Cuenta un gran escritor alemán de nuestros días, Martin Walser, que un día tocaron a su puerta dos señoras entradas en años. Portaban un manojo de postales y, a juicio de ellas, interesantes para él. Aquellas postales encerraban una historia. Una de las señoras provenía de Dresde y había conocido a la madre de Manfred Ranft. “Me habló mucho de Manfred Ranft pero, sobre todo, a ella le interesaba Dresde, estaba colgada de esa ciudad, igual que Ranft”.

Manfred Ranft nació en Dresde en 1929. En el bombardeo nocturno del 13 al 14 de febrero de 1945 tenía 16 años, y en aquella noche, junto con el casco antiguo de su querida Dresde, también fue destruido su hogar y con él los recuerdos de su juventud. Sus abuelos asimismo ardieron para siempre en esa noche fatídica y de funeral humano. Y esta pérdida jamás dejará en paz a Ranft, desesperado busca compensarla. De mayor comienza a coleccionar todo lo que le conduce y lleva a esa época. Intenta pescar viejas fotos de su familia y pedazos de recuerdos en hemerotecas, entre sus paisanos y en mercadillos, anota frases que recuerda se decían por entonces, el argot de su niñez. Y así trata de defender su niñez frente al futuro, sobre todo tras la muerte de su madre, que constituía para él el último lazo de unión con el pasado. Toda su vida la dedica a recuperar su niñez. Y este afán coleccionista persiste hasta su muerte en 1987. La gran pasión de Ranft fue su rebelión por arraigo ante aquella noche de oprobio de febrero de 1945.

El escritor Martin Walser cuenta la historia de Manfred Ranft en la novela biográfica “Die Verteidigung der Kindheit” (La defensa de la niñez), editada en 1991 y de la que el gran crítico literario alemán ya fenecido, Marcel Reich-Ranicki, dijo que es uno de los libros más importantes de la literatura alemana de la posguerra.

2.- El atentado como rebelión

Dos meses después de aquella fatídica noche en Dresde otro Manfred, y también de 16 años, Manfred Rommel, firmaba el 27 de abril de 1945 una declaración jurada respecto a las circunstancias que rodearon la muerte de su padre Erwin Rommel: “Mi padre, el generalfeldmarschall Erwin Rommel, murió el 14 de octubre de 1944 en Herrlingen y no de muerte natural sino por orden del Canciller Adolf Hitler y en las siguientes circunstancias: Mi padre resultó gravemente herido el 17 de julio de 1944 cerca de Livarot (Calvados), Francia, por la explosión de una granada, durante un ataque efectuado por aviones norteamericanos (cuádruple fractura del cráneo y numerosas heridas de metralla en la cara)…, se le hizo las primeras curas en un hospital y luego se le trasladó a su casa de Herrlingen, cerca de Ulm…, el 14 de octubre regresé a casa del frente, de mi batería, con unas horas de permiso.

Mi padre se encontraba bien y desayunamos juntos. Luego dimos un paseo. Vinieron dos generales del ejército, Burgdorf y Maisel, generales que en palabras de mi padre no presagiaban nada bueno, ocultaban una maniobra para eliminarle. Mi padre los recibió y me pidió que les dejara solos. Pasados unos tres cuartos de hora encontré a mi padre que salía de la habitación de mi madre. Me dijo que acababa de despedirse de ella y que Adolf Hitler le había puesto la alternativa de envenenarse o de comparecer ante el Tribunal del Pueblo. Adolf Hitler le hizo saber que si se suicidaba no le pasaría factura a su familia, sino que, al contrario, se le atendería… Después de despedirse de mí, mi padre, vestido con su uniforme de mariscal y con un abrigo de cuero, salió de casa… Quince minutos más tarde nos comunicaron por teléfono que mi padre parecía haber sufrido una embolia… Durante mi última conversación con mi padre me dijo que sospechaban que estaba complicado en el complot del 20 de julio”.

Tres días después de que Rommel fuera tan gravemente herido, el 20 de julio, el coronel Claus von Stauffenberg colocó su bomba a los pies del dictador en la sala de conferencias del Cuartel General del Führer. Pensaba hacer desaparecer a Hitler y a todos sus inmediatos colaboradores para así dar paso a un nuevo gobierno y alumbrar un nuevo futuro para su pueblo alemán. Y porque el Führer se libró una vez más falló aquel mensaje dirigido a los alemanes y mandos, más o menos de este tenor: “Porque hay que poner fin a la guerra; porque el pueblo alemán ha soportado ya sufrimientos tan indecibles llegó el momento de terminar con esta calamidad en donde sobraban el Führer y su camarilla de asesores y consejeros”. El führer y su gente se habían convertido en rémora y muerte del pueblo.

El 7 de noviembre del 2013 murió Manfred Rommel a los 84 años. Fue alcalde de Stuttgart de 1974 a 1996 y querido como tal en la ciudad, gobernando una ciudad con el mayor porcentaje de extranjeros de toda Alemania y amigo de dos hijos de dos famosos generales contra los que luchó su padre: el general Patton y el mariscal Montgomery. Hijo, como sabemos del denominado Wüstenfuchs, Zorro del desierto, y obligado a suicidarse por orden de Hitler tras su supuesta participación –al menos no se opuso- del atentado del  20 de julio de 1944 contra Hitler llevado a cabo por un grupo de oficiales alemanes, siendo en última instancia el coronel Claus von Stauffenberg. Stauffenberg y otros fueron ejecutados por tamaña osadía tras fracasar el complot. Lutz Koch describe la vida de Erwin Rommel en su libro titulado “El mariscal Rommel

De Manfred Rommel guardo yo el grato recuerdo de su postura de hombre honesto cuando tras la muerte-asesinato en la cárcel de alta seguridad de su ciudad, en la cárcel de Stammheim –que según datos oficiales del Estado alemán los miembros de la Rote Armee Fraktion Andreas Baader, Gudrum Ensslin y Jan Raspe se suicidaron, y que según todos los indicios racionales fueron ejecutados por el Estado alemán el 18 de octubre de 1977- y ante la protesta oficial y trabas tratando de impedir el normal entierro conjunto de las tres personas en el cementerio, en el  Waldfriehof, terminó imponiéndose la cordura de este alcalde autorizando y dando cobertura a sus entierros.  Recuerdo  aquella frase suya, muy propia de noviembre: “Nach dem Tod ende jede Feindschaft”,  ante el cadáver no hay lugar para la enemistad. Y por este gesto de calado humano, que en aquellos días espesos se expresó con coraje en esa frase, hoy tengo un recuerdo agradecido para Manfred Rommel desde este rincón del invierno.

3.- Grândola, vila morena…

Grândola, vila morena
terra da fraternidade
povo e quem mais ordena
dentro de ti o cidade.

La bella canción de José «Zeca» Alfonso, banderazo de salida de la Revolución de los Claveles de Portugal el 25 de abril de 1974: Grándola, villa morena/ tierra de fraternidad,/ el pueblo es quien más ordena/ dentro de ti, oh ciudad… En cada esquina un amigo/ en cada rostro igualdad… A la sombra de una encina/ de la que no sabía su edad/ juré tener por compañera Grándola, tu voluntad…

Inicio de vida nueva en una Portugal de prisión, policía y dictadura. Artemio Zarco nos recordaba otrora en Zazpika la novela «Bienveillantes» de Jonathan Littell, el norteamericano de USA, que escribe en francés, su otra lengua madre: «un país al que fue a caer con tres años y del que ha acabado escapando también para refugiarse desde hace un año en Barcelona». Las benévolas (RBA en castellano. Quaderns Crema en catalán), «una vasta y magistral novela que se adentra en el corazón de todas las tinieblas de la mano de Maximilian Aue, un verdugo nazi encargado de exterminar sin miramientos todo lo que se le ponga por delante». Zarco nos comenta el miedo «del que nos ha dotado el instinto de conservación como señal de peligro para que adoptemos las medidas de salvación adecuadas», miedo que en determinados momentos se convierte en elemento paralizante, convirtiéndonos en colaboradores sumisos de nuestra propia aniquilación. El judío, que llevaba de la mano a su hijito de tres años y su mujer a un recién nacido en brazos, rogó al verdugo de las SS, que le conducía: «¡Señor, por favor, fusile bien a los niños!».

Porque parece novela pero no lo es. Un lunes de abril de 2008 partieron de madrugada, una vez más, hacia Madrid un puñado de vascos, 27 imputados en «el caso Gestoras-Askatasuna». Un tribunal especial de la España colonial, el mismo TOP de la España dictatorial, destinado, como otrora, a condenar la solidaridad con los presos políticos de nuestro pueblo, el puño rebelde vasco que desde 1977 se viene organizando en comités de solidaridad y apoyo, porque nosotros sí somos conscientes de que «llevamos cadenas,… de que somos esclavos aunque nos llamemos hombres libres». Porque «la prisión más segura es aquella en la que los presos se creen libres porque así queda conjurado el riesgo de una fuga o una rebelión». Y los 27 imputados, que en la madrugada del 21 de abril de 2008 partieron para Madrid, nos dejaron escrito con letra roja solidaria en la niebla y lluvia de la noche negra: «Vamos a ir orgullosos y a juzgar al estado español, que es el verdadero responsable de nuestra cárcel y la dictadura de nuestro pueblo». El gran problema puede surgir cuando la jaula se instale en el interior del pájaro. Vivo en un país, Euskal Herria, en el que toda la vida he conocido presos políticos, primero con Franco y el príncipe Juan Carlos, y luego con el rey Juan Carlos y Suárez, Felipe González, Aznar, Zapatero, Rajoy y de nuevo otro rey, ahora Felipe, a los que ellos siempre, antes y ahora, tildaron con palabras coloniales como sabandijas, indeseables, bandoleros, fascistas… En realidad son rebeldes, son Grândola, vila morena, pelean, luchan, escriben, piensan y trabajan… por una Euskalherria libre, enamorados de su pueblo y su cultura, igual que en Palestina, África del Sur, Irlanda… Queremos ser ciudadanos libres en una Euskalherria libre. Nada más, pero tampoco nada menos. Y, sobre todo, no queremos monsergas de gente sumisa y plegada y menos de gente verduga y colonial, que se acerca con pistolas y enmascarados a las tres de la mañana a romper nuestras puertas y robar nuestros potros, con Franco igual que con Rajoy, con Zapatero y sus «socialistas descoloridos», la misma cantinela, los mismos carceleros de siempre, los servidores de la España colonial, los mismos torturadores de antaño.

¿Recuerdan? Me impresionó, fue en octubre del 2007. Ocurrió en uno de estos tribunales de la España colonial y torturadora. Fue el 24, en medio del juicio masivo 18/98 contra el independentismo vasco. Entre los peritos por parte del gobierno socialista de Zapatero un guardia civil torturador. Y el torturado, Mikel Egibar, uno de los acusados, estaba presente. Se levantó airado y denunció públicamente al guardiacivil torturador, y la presidenta-juez, Ángela Murillo, le espetó -no al verdugo sino al torturado: «¡Siéntese! ¡Cállese!». Les recuerdo que no es ficción, ni novela. Ocurrió el 24 de octubre de 2007 en una sala ampliada de la Audiencia nacional -Casa de Campo- ante tres magistrados. También denegó un careo entre Nekane Txapartegi, violada con el caño de una pistola, y los agentes. «Era imposible que la Audiencia Nacional aceptara esas peticiones; hacerlo supondría reconocer que hay una persona torturada y que la tortura existe». Porque el gobierno, el de Franco, el de Zapatero y el de Rajoy, niegan que haya tortura, al igual que niegan que haya presos políticos vascos.

Ni entonces, ni tampoco ahora, se alzaron ni se alzarán los sumisos y plegados, ni denunciaron ni denunciarán con garra la tortura o las cadenas, ni entonces ni tampoco ahora elaborarán estos mociones en ayuntamientos y parlamentos en pro de estos solidarios/as de presos y presas de nuestro pueblo. A esos 27, que en aquella noche del 2008 partieron para Madrid, y a los muchos que a lo largo de décadas y todavía en nuestros días parten hacia Madrid, a la Audiencia Nacional, a un juicio político con sentencia previa escrita, y que fueron y que son juzgados en una sala de esa Audiencia Nacional donde se sigue haciendo callar al torturado e impiden acusar al torturador, queremos enviarles en esta primavera del 2015 nuestra canción solidaria y rebelde Grândola, vila morena…, que sonó en la madrugada del 25 de abril de 1974 a las 0.20 en radio Renascença, porque compartimos el pensamiento, la lucha y la rebeldía solidaria de las gentes por los presos políticos vascos.

 Porque la rebelión y el puño en alto no es cosa pasada salvo para sumisos y esclavos. Grândola, vila morena…

 

Mikel Arizaleta

 

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