Publicado en: 31 mayo, 2015

La rebelión en términos caducos

Por royer

Artículo de opinión sobre los modelos de insatisfacción contemporáneos.

Por Royer

La representación política está en el centro del modo de funcionamiento que adolece la convivencia humana. También, por extensión, supone un elemento de extraordinaria relevancia en el devenir de los procesos macro y micro económicos, que contienen los auténticos hitos históricos, sus causas o sus consecuencias. Es por eso que una evaluación somera es razón suficiente para avivar en nosotros una cierta inquietud, un empujón a las tibias aguas del inconformismo, para activar los potentes motores de la lucha política que Zizek tanto echa de menos. Cuando Bob Black nos dice que el trabajo es la auténtica forma de explotación, y no los intercambios desiguales que se derivan del mismo, nace en nosotros un sentimiento similar. Fantaseamos con dejar nuestro empleo, marchar al campo y criar cerdos y vacas. Igual nos ocurre con la representación, cuando tenemos auténticos sueños húmedos en los que renegamos del maldito Sieyes y de su voluntad general o de los electores de Bristol y tomamos las riendas de nosotros mismos como ciudadanos a través de un presunto mandato imperativo informático. Queremos considerarnos todo (parte ya nos consideramos, queramos o no) de un conglomerado de más de cuarenta y seis millones de personas unidos por vínculos eminentemente étnicos y excluyentes, que desde Cánovas no ha sido capaz de comprender la necesidad de avanzar hacia algún sitio al respecto de las identidades que componen el Estado. Un disparate, ¿verdad?

Bien sabemos, no obstante, que no nos vamos a ir al campo a criar vacas, ni tampoco vamos a tomar cada decisión que nos afecte, pues diferentes clausulas de imposibilidad imponen su ley de forma diversa pero con igual autoridad. A no ser, claro, que el cambio de paradigma sea de proporciones nunca antes vistas. Si creamos un punto de ruptura histórico frente a los procesos de personalización narcisista que nos acogotan, destruimos el capitalismo y las instituciones políticas, coordinamos sin autoridad en pequeños núcleos a la población, educamos en el noble arte del zurcido de alpargatas… No, nada de esto tiene sentido alguno, no vamos a hacer nada de eso ni nada de eso presenta viso alguno de plausibilidad o mera correspondencia con la lógica histórica.

Seamos sinceros, los planteamientos de ruptura política están planteados en términos anacrónicos en tanto el armazón teórico remite aún al marxismo (en el mejor de los casos, no pocas veces nos encontramos polémicos partidos que se abrazan a la democracia de audiencia para presentarse como lo último en moda ideológica transgresora, siempre tan edulcorada y moralista) y no a las nuevas realidades humanas que describe Lipovetsky. Todavía planteamos la política en términos colectivos de clase cuando ya no existe la conciencia de clase, ni el colectivo, ni la lucha, ni la dialéctica, ni nada. El posmodernismo se ha llevado por delante toda la tradición de reacción política frente al statu quo y solo alcanzamos a asombrarnos de cuan flexible y durable es el capitalismo, o a lamentarnos de que algunas predicciones de Marx al respecto fueran tan erradas.

-->
COLABORA CON KAOS