La rebelión individual (I)

1)&nbsp Todos tenemos margen para elegir

Es evidente que desde que nacemos nuestra personalidad se va «forjando» de acuerdo con las circunstancias que nos rodean. Nuestras vivencias y la educación que recibimos nos van marcando más o menos a lo largo de toda nuestra vida (al principio más). Pero también es evidente que no todos nacemos con las mismas «características». Así como dos personas con caracteres potencialmente similares pueden llegar a ser muy distintas en base a sus distintas vivencias o a su distinta educación, dos personas en entornos muy parecidos (incluso con una educación similar) también pueden llegar a ser muy distintas. Ya desde niños aparecen ciertas «tendencias» que pueden ser avivadas o reprimidas por la educación o por las circunstancias. Uno «nace» pero también «se hace». Es muy difícil (si no imposible) saber hasta qué punto influye la «predeterminación» y hasta qué punto influye la «socialización» en el carácter de una persona. Probablemente incluso dichas influencias no sean fijas ni constantes, en ciertos casos influyen más las circunstancias y en otros las «tendencias», incluso para una misma persona dichas influencias pueden cambiar a lo largo de su vida (está claro que la infancia por ejemplo es una etapa crítica). En todo caso, siempre existen ambos factores en la determinación del carácter de las personas. Incluso es difícil saber hasta qué punto uno puede ser dueño de sí mismo, de su propia forma de ser. Influyen muchos factores externos e internos que se interrelacionan de forma compleja para determinar nuestra forma de ser. La libertad absoluta no existe nunca, siempre hay factores internos o externos a nosotros que nos condicionan (nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestros defectos físicos o psíquicos, la sociedad, la familia, la clase social, etc.). Pero tampoco la falta de libertad es absoluta, sino sería imposible el cambio, la evolución. Nos movemos en unos márgenes de libertad entre la absoluta falta de la misma (este sería el caso en el que no tendríamos nada que hacer, en el que no tendríamos ningún margen de maniobra, porque nuestra forma de ser vendría determinada al cien por cien por nuestros genes y/o por nuestras vivencias) y el ideal utópico de libertad absoluta (en el que podríamos siempre elegir cómo somos porque naceríamos totalmente libres, sin ningún condicionante, y porque nuestras vivencias no nos influirían, en el que nuestro margen de maniobra sería ilimitado). Todos tenemos siempre algo de margen de maniobra, somos más o menos libres, podemos más o menos elegir nuestra forma de ser, podemos más o menos elegir nuestra forma de comportarnos. Ese «más o menos» dependerá de nuestras «tendencias» y de nuestras vivencias, pero siempre habrá un «más o menos», siempre habrá cierto margen (que podrá ser, en casos extremos, muy pequeño, pero nunca cero, o muy grande, pero nunca cien por cien). La mayoría de las personas «normales» tiene un margen de maniobra «razonable».
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2) En busca de una sociedad más «civilizada»
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Una sociedad civilizada, lo que pretende es precisamente no «explotar» nuestras naturales diferencias sino que más bien «compensarlas», para convertir nuestra desigualdad natural en una igualdad social
(siendo iguales ante la ley, proporcionando igualdad de oportunidades para que la vida en sociedad sea lo más libre posible, etc.). Una sociedad que justifica desigualdades exageradas (no acordes con nuestras desigualdades «naturales», somos distintos pero no tanto como para serlo tanto social o económicamente) en base a la evidencia de que no todos somos iguales en nuestra forma de ser, en nuestra esencia, o que no las «combate», no se diferencia mucho de un sistema natural cuya ley básica es la del más fuerte o la de la pura supervivencia (e incluso en ocasiones lo empeora). Como dijo Voltaire, La civilización no suprime la barbarie; la perfecciona. Lo que diferencia principalmente a una sociedad «civilizada» frente al mundo natural o una sociedad «incivilizada» es precisamente el deseo de hacer un mundo más justo, el deseo de evitar o contrarrestar las injusticias propias de la vida. En este aspecto las llamadas sociedades «civilizadas» tienen aún muy poco de «civilizadas». En este aspecto muchas sociedades llamadas «primitivas» son (o eran) más «civilizadas» (son, o eran, más igualitarias y más solidarias). En esencia, aún no estamos demasiado lejos del mundo natural del que se supone «huimos» (y lo más preocupante es que la tendencia actual parece indicar que volvemos a «la ley de la jungla», pero con una «jungla» mucho más compleja que la «natural»). La sociedad debe avanzar aún mucho para conseguir el objetivo de ser más civilizada, los avances en los medios (en la ciencia, en la tecnología) no se han visto acompañados de avances tan «intensos» en los fines (en lo social, en lo político). Como ya expliqué en mi anterior artículo El desarrollo de la democracia, la humanidad tiene el gran reto de conseguir ser más «civilizada», de garantizar su supervivencia desarrollando el mejor sistema que hasta la fecha hemos «inventado» para convivir en sociedad de forma justa y pacífica: la democracia.
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Las revoluciones han conseguido ciertos avances (a veces reales, a veces demasiado teóricos, a veces temporales, a veces «peligrosos» porque simplemente eran «aparentes» y producían posteriormente más conformismo). Pero también han provocado, con el tiempo y sin quererlo, ciertos retrocesos, han dado argumentos al sistema para reprimir o desvirtuar las ideas que permitieron dichas revoluciones. Muchas veces han supuesto un aparente avance momentáneo para posteriormente convertirse en obstáculo para un verdadero avance continuo. Muchas veces no han supuesto un avance en la emancipación de la humanidad, sino más bien la sustitución de unas alienaciones por otras, la sustitución de un poder por otro, de una clase dominante por otra. Muchas revoluciones han supuesto en realidad una oportunidad para un nuevo sujeto político, para una nueva clase, para tomar el poder en sustitución de otra (la burguesía en la revolución francesa, la clase burócrata de un partido único en ciertas revoluciones «comunistas», etc). Desgraciadamente, las revoluciones, aun habiendo supuesto ocasionalmente innegables avances, han supuesto también ciertos obstáculos para el avance continuo de la sociedad (por la asociación interesada que ha hecho el sistema entre los medios violentos y los fines, desvirtuando éstos por aquellos) y la mayoría de las veces (por no decir casi todas) no han respondido a las expectativas creadas por el pueblo, por las clases oprimidas. Por esto (además de por la labor de permanente control social que hace el sistema), las revoluciones violentas no parecen ser actualmente la «salida» a los problemas de la sociedad capitalista (aunque en casos extremos quizás se puedan dar las condiciones para que se produzcan, pero más por la desesperación que por la fe en que realmente puedan resolver los problemas de fondo). Algunos de los mayores avances sociales en el mundo los estamos viendo en países que consiguen hacer revoluciones «tranquilas» y pacíficas desde sistemas «democráticos» (aunque dichas democracias sean muy limitadas), desde dentro del propio sistema (cuando éste no puede impedir, a pesar de todo, el acceso al poder político de fuerzas «descontroladas»). Parece que el camino a seguir para poder avanzar socialmente es profundizando en democracia, no tanto rompiendo con los sistemas «democráticos» actuales sino más bien haciéndolos desarrollar hacia auténticas democracias (ver mis anteriores artículos El desarrollo de la democracia y Los desafíos de la izquierda en el siglo XXI). Pero no nos engañemos, el poder no va a permitir perder el control fácilmente, toma las medidas necesarias para que cuando lleguen al poder político dichas fuerzas «descontroladas», éstas duren poco en él, o su margen de acción sea muy limitado al tener que «concentrarse» más en «defenderse» que en intentar gobernar y cambiar las cosas, por el permanente acoso al que se ven sometidas, y si las medidas anteriores no dan los resultados deseados, entonces se aplican medidas más «contundentes» para expulsar del poder a dichas fuerzas. El problema es que el sistema tiene cada vez más difícil que esto pase desapercibido ante la opinión pública, cada vez le cuesta más «mantener su disfraz», pero siempre lo intenta (y la mayor parte de las veces lo consigue tarde o pronto).
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3) El control social del sistema
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En la actualidad, no parecen darse las condiciones para que el desarrollo democrático se desbloquee (salvo honrosas excepciones). Más bien, al contrario, las «democracias» parecen estar «estancadas» y parecen «desnaturalizarse» cada vez más. Las «democracias» actuales están controladas por ciertos poderes fácticos económicos y políticos que desvirtúan sus principios, que alejan o minimizan la idea de que el poder pertenece al pueblo (ver mi anterior artículo Los defectos de nuestra «democracia»). De hecho, la historia de la humanidad (desde el abandono de la vida «primitiva» por la vida en la sociedad «civilizada») siempre ha sido una lucha continua entre el progreso social, entre mayor democratización y las fuerzas reaccionarias del poder para mantener el control de la sociedad en su propio beneficio. El sistema siempre ha tenido sus mecanismos de control para perpetuar dicho poder, para evitar perder sus privilegios, para evitar que el bienestar de la mayoría supere al bienestar de la minoría dominante. El control social siempre ha existido, mediante el control del modo de pensar general, mediante el «acaparamiento» del saber y del conocimiento, mediante la alienación del pueblo en todas sus formas, mediante la imposición de una hegemonía cultural que impida «despertar» al pueblo, etc. Dicho control se ha adaptado a los tiempos, han cambiado las formas de controlar, haciéndose más sofisticadas, más sutiles, más disimuladas y por tanto más peligrosas por ser más difíciles de detectar y combatir. Una de las características fundamentales para que el control social sea eficaz, es que no se note, que parezca que no existe. Como dijo Napoleón, con las bayonetas se puede lograr todo menos sentarse sobre ellas, la mejor política es hacer creer a los hombres que son libres. Los medios de comunicación con su sistemática práctica de las conocidas técnicas de desinformación, junto con un sistema educativo que lejos de enseñar a pensar bien (pensamiento libre y crítico) lo que hace es «rellenar» la cabeza de muchos datos (muchos de ellos intrascendentes), es reprimir la curiosidad (o no fomentarla suficientemente), es reprimir la duda metódica (como herramienta imprescindible para la búsqueda de la «verdad»), es no enseñar a razonar (ya ni siquiera a escribir o leer correctamente), son las principales herramientas de control social de la sociedad moderna. El objetivo es muy claro: por un lado evitar que el pueblo piense por sí mismo o por lo menos evitar que piense bien y por otro lado, evitar que esté bien informado. Así se evita replantear el sistema, se evita cambiarlo. Por supuesto este control social existe en todos los niveles de la sociedad en forma de una hegemonía cultural, en forma de una manera de pensar general que beneficia al sistema (es decir a la clase dominante). En este aspecto, el papel de la familia como transmisora de valores morales y culturales y como mecanismo de control de esta sociedad frente a los individuos que no se ajustan a las exigencias productivas del sistema, es fundamental. Y además este control social se acompaña de otras «medidas» como dividir a la clase trabajadora, aislar a los individuos para que no se organicen colectivamente (al mismo tiempo que «agrupándolos» en cuestiones intrascendentes), alienar a la población general «drogándola» con un consumismo ilimitado, no dándole tiempo a hacer otra cosa más que casi sobrevivir, entreteniéndola con actividades intrascendentes y muchas veces innecesarias, etc. Pero la base del control social es el control del pensamiento colectivo, sin éste las otras «medidas» no serían suficientes. El control del pensamiento se basa simplemente en saber cómo funciona nuestra mente para controlarla, así como la física, el conocimiento de la energía nuclear ha servido para construir armas de destrucción masiva, la psicología, la sociología han permitido desarrollar el marketing y la propaganda para conseguir vender productos o ideas, respectivamente. Desgraciadamente el ser humano encuentra rápidamente aplicaciones perversas a los descubrimientos científicos. Incluso los propios avances en el conocimiento, en la ciencia, han sido controlados (más o menos, bien o mal) por las clases privilegiadas para que no pongan en peligro su status quo, condicionando globalmente la evolución del conocimiento humano (por ejemplo obviando o reprimiendo ciertos métodos de conocimiento más eficaces pero que podían poner en evidencia la lucha de clases, como la dialéctica, por ejemplo supeditando la investigación científica a las aplicaciones militares, etc.). El control del pensamiento existe desde antiguo, la filosofía ha servido también para evitar la «creación» de ideas emancipadoras, para distraer la atención, para crear «distancia» entre las ideas y los asuntos «mundanos» (creando un mundo de ideas puramente teóricas y alejadas de la práctica, de la realidad, llegando incluso a veces a negarla, a construir un mundo «virtual» de ideas más «real» que la propia realidad). Ciertas corrientes «filosóficas» han ejercido una función «disuasoria» (cuando se han desvirtuado o bien cuando se han adoptado de forma excesivamente radical). El estoicismo ha fomentado la pasividad, la negación de la dialéctica ha dificultado conocer la «verdad», el relativismo «radical» ha negado la existencia de ciertas verdades «absolutas» y por tanto la posibilidad de descubrirlas (negando nuestra capacidad de obtener cierta objetividad sobre lo que nos rodea, negando la posibilidad de cambiar el mundo), el determinismo «radical» ha negado nuestro margen de libertad (libre albedrío) afirmando que la libertad nunca existe y por tanto es inútil intentar buscarla, por tanto no somos responsables de nuestros actos, etc. En la filosofía también ha tenido lugar (y sigue teniendo lugar) una guerra sin cuartel entre el sistema, entre ciertos «filósofos» que queriendo o sin querer «sirven» al poder establecido, y aquellos «filósofos» que sin negar las evidencias, sin renunciar a la búsqueda de ciertas «verdades», intentan aportar cierto optimismo, cierta «luz» para que las ideas sirvan también al hombre para mejorar su existencia (además de para comprenderla). La historia escrita «oficial» ha servido también para resaltar aquellos episodios que interesan y para silenciar o distorsionar aquellos que no interesan (especialmente aquellos hechos relacionados con los intentos de cambiar el sistema, como las revoluciones). La enseñanza «oficial» de la historia se centra más en la relación de fechas, de hechos, de reyes (en la mera enumeración de datos, la mayoría intrascendentes) que en el análisis de las causas de los acontecimientos, de sus consecuencias, de cómo eran las sociedades de las distintas épocas. Si podemos observar que los hechos que ocurren hoy (y que de alguna manera podemos más o menos verificar) ya se distorsionan, si ya hay diferencias (a veces radicales) en la interpretación o en el relato de los mismos (contrastes que se pueden observar sobre todo entre la prensa «oficial» y la alternativa), ¿Qué no se habrá distorsionado de hechos que ocurrieron hace años o siglos? En la cultura «oficial» se «reprimen» aquellos movimientos «peligrosos» y se fomentan aquellos más «inofensivos», con alguna excepción por supuesto para crear la falsa sensación de plena libertad, esto ocurre especialmente en aquellas artes más «populares». ¡Cuántas películas de los mismos acontecimientos históricos (y con el mismo «enfoque») y cuántos acontecimientos históricos sin películas (revoluciones, independencias, descolonizaciones, movimientos populares, guerras civiles, etc.)! Películas «históricas» casi siempre bajo una perspectiva «infantil», simplista, siempre batallas y conspiraciones «personales», como si los acontecimientos no tuvieran un trasfondo social, como si el pueblo nunca hubiera protagonizado ningún acontecimiento, como si nunca hubiera habido revueltas, como si nunca hubiera habido conflictos entre el pueblo llano y el poder. Muchos de los acontecimientos más interesantes de la historia han sido simplemente obviados por el cine (por el arte más popular de nuestros tiempos), salvo algunas honrosas excepciones. Por otro lado, es evidente que la religión ha sido (y sigue siendo aún, aunque ya menos) una de las herramientas más poderosas de control social de todos los tiempos. La verdadera guerra de la humanidad (guerra que lleva produciéndose casi desde su existencia) por su emancipación, por su paso de una sociedad «natural» de la «ley de la jungla» a una sociedad «civilizada», por una sociedad más justa, es una guerra ante todo (aunque no exclusivamente) ideológica. Es una guerra de ideas, de pensamientos, de información.
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a) Técnicas de desinformación
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Particularmente importantes en el control social actual son las técnicas de desinformación usadas en los medios de comunicación de masas, por lo que se recomienda ver una descripción exhaustiva de las mismas en la Wikipedia. Según se define en ésta, desinformación es el acto de silenciar o manipular la verdad.
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Las técnicas de propaganda y desinformación son muchas y bien conocidas (se basan en la psicología y la sociología) por los profesionales de la prensa, de la política, del marketing, por todas aquellas personas que trabajan para «vender» ideas o productos a grandes conjuntos de personas. Incluso a veces, consciente o inconscientemente, cualquiera de nosotros recurre a dichas técnicas cuando necesita convencer a alguien de algo (sobre todo cuando no dispone de argumentos claros y convincentes). En la prensa «oficial» se nos vende una idea de la realidad que parece creíble gracias a un hábil manejo del lenguaje, de las palabras, de las imágenes, de los sonidos. La prensa «oficial» deforma la realidad, ocultándola, presentándola de cierta manera, mezclando sutilmente la información con la opinión, desviando la atención hacia cuestiones secundarias, evitando el análisis a fondo y sobre todo mostrando una única visión del mundo (la del poder que controla la prensa) impidiendo que dicha visión pueda ser contrastada con otras visiones críticas (que perjudican al poder). Sin embargo, nada es infalible, y es posible «combatir» la desinformación, primero conociéndola y «desenmascarándola» y segundo contrastando la «información» recibida con la razón, con el sentido común, con la realidad de nuestro entorno, con nuestra experiencia, con la información de otros medios (especialmente de la prensa alternativa accesible en Internet). Es fundamental contrastar versiones o visiones opuestas, sin considerar si son mayoritarias o minoritarias. La verdad no está necesariamente del lado de las versiones mayoritarias (por ejemplo durante milenios la idea mayoritaria era que la Tierra era el centro del Universo y esa idea era totalmente errónea). Las contradicciones permiten poner en evidencia las mentiras y las ideas falsas o equivocadas. Es imperativo buscar activamente versiones o visiones distintas de las oficiales. La mejor forma de contrarrestar la desinformación es manteniéndose alerta, desconfiando, pensando, razonando y observando, nunca recibiendo ninguna información de forma pasiva . En definitiva aplicar el método científico en nuestra vida cotidiana (el contraste de la teoría con la práctica, con la realidad) es una de las armas más poderosas para no sucumbir a la manipulación de la verdad. El pensamiento crítico es el «pasaporte» al pensamiento libre. Es importante estar lo mejor formado e informado posible (es decir son importantes las aptitudes), pero sobre todo es imprescindible mantener una ACTITUD activa de rebeldía para limitar los efectos de la desinformación (aunque nunca se pueden impedir completamente).
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b) Límites del control social
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A pesar de los grandes esfuerzos que ha hecho siempre el poder por derrotar a las ideas «peligrosas», éstas han permanecido, pueden haberse producido periodos «oscuros» en los que parecían definitivamente «exterminadas», y sin embargo, al cabo del tiempo volvían a surgir. Han cambiado las «formas» de dichas ideas, pero en esencia se mantiene una idea clara de emancipación, de libertad, de progreso social, de justicia, de bienestar de la mayoría, de democracia. El poder lo único que ha podido hacer es posponer los anhelos de libertad e igualdad del pueblo, ha tenido que ceder un poco, ha tenido que readaptarse para sobrevivir, en ocasiones ha tomado la iniciativa para intentar «afianzarse definitivamente» (como ocurre en la actualidad). Pero el poder no ha podido, a pesar de todos los esfuerzos, de todos los medios empleados, de todo el dinero invertido, anular el espíritu humano, que a pesar de sus defectos, también tiene sus virtudes. El poder no ha podido anular ni controlar al cien por cien el pensamiento humano. Y esto es así, entre otras cosas, por la naturaleza dialéctica de éste. Es una cualidad del pensamiento humano cuestionarse tarde o pronto lo tenido por verdadero. Como se suele decir, las mentiras tarde o pronto (muchas veces tarde) son descubiertas. Afortunadamente, nuestra forma de ser no viene determinada al cien por cien por nuestras vivencias ni por nuestras características intrínsecas, siempre hay cierto margen de maniobra. Por esto, el sistema no ha podido, ni probablemente podrá nunca, controlar totalmente el pensamiento humano, el carácter de las personas. Lo ha podido controlar en un grado bastante importante (demasiado importante), pero no total. Siempre hay un pequeño núcleo de «resistencia» que puede representar un «peligro». El problema surge cuando el «resurgimiento» de las ideas ocurre demasiado tarde. En la actualidad, estamos en un momento crítico de nuestra historia en el que se hace urgente dicho «despertar» (momento en el que somos como «monos con ametralladoras», tenemos una tecnología demasiado desarrollada para lo poco avanzados que estamos social y políticamente, podemos destruir nuestro planeta varias veces y aún no hemos aprendido a convivir en paz). Afortunadamente, en este mismo periodo histórico tenemos un nivel de consciencia más «global» (a pesar de los esfuerzos del sistema porque dicha globalización sea estrictamente económica) provocado por un desarrollo tecnológico que incluso ha «desbordado» las previsiones del poder en cuanto a sus consecuencias sociales. Internet está proporcionando por primera vez en la historia de la humanidad la posibilidad de «democratizar» el acceso a la información, al conocimiento, al saber. Y esto es muy peligroso para el sistema, es justo lo que ha estado intentando evitar durante toda la historia. Con los medios actuales de comunicación (Internet fundamentalmente), se pueden propagar ideas, se pueden contrastar informaciones, se pueden convocar manifestaciones masivas populares (sin que intermedien los poderes o las organizaciones clásicas de participación ciudadana, es decir casi sin «intermediarios»), se pueden facilitar las labores de organización de los movimientos populares, etc. El sistema lo sabe y ya está empezando a tomar «medidas» para controlar Internet (ya empieza a hablarse de la «guerra cibernética», se empiezan a censurar ciertos sitios web, se empieza a demonizar y desprestigiar la red de redes, se intenta banalizar su uso, desde luego nunca se habla de las posibilidades de aumentar la democracia con ella por ejemplo, se intenta controlar los principales puntos de acceso a la web como Google o la Wikipedia, se intenta atacar a la prensa alternativa o libre, etc.).
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Existen varias causas por las que el sistema no ha conseguido «doblegar» definitivamente el pensamiento humano, por las que no ha sido posible anular por completo el espíritu de lucha, las ansias por la libertad, por la justicia. Entre ellas podemos citar:

· Las características propias del ser humano (pensamiento dialéctico, naturaleza social, rebeldía innata de ciertas personas, sentimientos como la solidaridad, los recuerdos de familiares que sufrieron opresión, etc).
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· Las evidencias de los hechos, de la realidad (por mucho que nos quieran «comer el coco» los hechos son evidentes: seguimos viviendo en una sociedad injusta donde mucha gente no puede ni siquiera sobrevivir en condiciones dignas mientras unas pocas personas tienen tanto dinero que no saben qué hacer con él).
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· La imposibilidad de tenerlo todo controlado (si ya es compleja la mente humana, no digamos ya la sociedad compuesta por muchas mentes humanas que se interrelacionan de forma compleja).
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· La aceleración de los avances tecnológicos y científicos (que imposibilitan tener previstas las consecuencias sociales de dichos avances y pillan «desprevenido» al poder).
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· La memoria histórica de la sociedad (aunque ésta se puede distorsionar, aunque se puede «reescribir» la historia, siempre queda alguna información «descontrolada» que puede «contagiar» a la «oficial», aunque sea con el tradicional «boca a boca»).
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· Los conflictos entre poderes (el poder nunca está totalmente «unido», las diferencias entre distintos poderes o entre distintas facciones y su enfrentamiento siempre han permitido su mutuo «desenmascaramiento», el conflicto entre ellos permite que salgan a la luz sus respectivos «trapos sucios», el contrapeso de un poder por otro poder limita sus respectivas influencias, en este aspecto cualquier época donde no existe ningún contrapoder, donde no existe más que una superpotencia mundial, donde no existe más que una ideología dominante, es especialmente peligrosa).
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· La resistencia (más o menos organizada) que siempre ha existido (y sigue existiendo) a someterse al poder dominante, al opresor. Éste es quizás uno de los factores más importantes por los que el sistema no ha podido nunca imponerse al cien por cien. La resistencia de unas pocas personas con nombres y apellidos (que incluso a veces han pagado su resistencia con la muerte). Personas que han resistido por su inquebrantable rebeldía, por su extraordinario coraje, por su honestidad para con los demás y para consigo mismos, para con sus conciencias. Personas que han supuesto ejemplos a seguir tanto en su época como en épocas posteriores (no hay nada más peligroso para el sistema que un héroe asesinado, que un mártir, que un mito).

    4) El sistema nos afecta a todos y lo hacemos entre todos
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    No nos sirve de nada (aunque en ciertos momentos pueda parecernos lo contrario) «mirar para otro lado», esperando que «no nos toque a nosotros» (porque tarde o pronto «nos toca» de una u otra manera), no nos sirve de nada «mirarnos el ombligo» para no ver a nuestro alrededor, porque tarde o pronto nos «salpica». No podemos impedir vivir en el sistema y por tanto no podemos impedir que nos afecte su (mal) funcionamiento (justicia, vivienda, trabajo, seguridad, etc.). Es fundamental no perder de vista que los primeros perjudicados de un sistema injusto y alienante somos nosotros mismos, somos sobre todo el pueblo, la «mayoría silenciosa». Nos afecta a todos (o a casi todos), nos concierne a todos.
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    En la magnífica película Vencedores o Vencidos que trata sobre los juicios de Nüremberg, el juez nazi interpretado por Burt Lancaster le dice al juez norteamericano (interpretado por Spencer Tracy) que le acaba de condenar por crímenes contra la humanidad, que él no pensaba que el nazismo iba a llegar a los extremos que llegó, a lo que le responde Tracy que el juez alemán ya posibilitó que el nazismo llegara a esos extremos en el momento en que condenó a sabiendas de que las personas condenadas eran inocentes. Esta frase resume perfectamente la idea de la «complicidad popular» en el funcionamiento del sistema. En el momento en que «no queremos ver», en el momento en que empezamos a «colaborar», en el momento en que empezamos a renunciar a nuestros principios más básicos, en el momento en que nos «vendemos», empezamos a ser «cómplices» de lo que pueda pasar. No es de extrañar que el nazismo haya ocurrido, es más, no sería de extrañar (si nada lo remedia, si no hay un cambio radical en la actitud general de la gente) que pueda volver a ocurrir.
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    Las palabras del pastor protestante alemán Martin Niemöller ilustran muy bien la «complicidad» de cada individuo con el sistema al que pertenece:

    Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
    guardé silencio,
    porque yo no era comunista,

    Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
    guardé silencio,
    porque yo no era socialdemócrata,

    Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
    no protesté,
    porque yo no era sindicalista,

    Cuando vinieron a buscar a los judíos,
    no protesté,
    porque yo no era judío,

    Cuando vinieron a buscarme,
    no había nadie más que pudiera protestar.

    Está claro que el sistema fomenta, entre otras cosas, la pasividad, el conformismo, etc. También está claro que hay cierta gente que tiene mucho poder y por tanto tiene mayor responsabilidad en la situación actual. Pero es simplista decir, como dicen algunos, que la manera de ser general del pueblo es SÓLO consecuencia de eso, indudablemente el pueblo contribuye con su ACTITUD a que el sistema le someta fácilmente. No creo en una visión del sistema donde la gente no tiene NINGÚN margen de elección ante la recepción de ideas o «mensajes» de un «Gran Hermano» que lo controla TODO y es el ÚNICO responsable de todo. Siempre hay cierto margen de maniobra. De hecho, muchas veces a pesar de los grandes esfuerzos que hace el sistema por concienciar a la gente (en algunos casos con buenas intenciones), no lo consigue. Por ejemplo, las insistentes campañas para evitar los accidentes de tráfico, no han conseguido erradicar las malas costumbres de muchos (de demasiados) conductores (aunque se ha conseguido disminuir la siniestralidad). El conductor que a pesar de todas las campañas, a pesar de todas las noticias de accidentes que ve en la tele, a pesar de las multas que pueda recibir, a pesar de que es evidente que no le conviene, a pesar de toda la «presión» que recibe del sistema, decide por su cuenta seguir haciendo el «cafre», está usando su margen de maniobra (aunque, desgraciadamente, en lo que no debe). ¡Cuánta «rebeldía» se ve en la carretera y qué poca se ve en el trabajo! Cuántas veces se justifica a la gente, se la «defiende» diciendo que no puede ver televisión de calidad porque no la hay, no porque no la demande (y al mismo tiempo se obvia que los canales que emiten programación de mayor calidad cultural son los menos vistos). ¿Es que no tenemos margen de maniobra para cambiar de canal? ¿Es que no podemos dejar de ver la tele-basura? Cuando uno ve cómo funciona su comunidad de vecinos, en la que la mayoría de éstos «pasa de todo», en la que los pocos que intervienen muchas veces lo hacen de forma cobarde contra los «débiles» (contra los que están ausentes), en asuntos intrascendentes (al mismo tiempo que obvian los importantes) y de forma negativa creando mal ambiente de vecindad, en la que los pocos que intentan hacer algo positivo son siempre los mismos y muchas veces son encima los «malos de la película», puede identificar los males generales de este mundo. La actitud de la gente es tan generalizada que puede observarse en cualquier grupo humano, independientemente de su tamaño. Los problemas de una comunidad de vecinos son un reflejo de los problemas del mundo pero a mucho menor escala. El problema del mundo es que hay unos pocos que intentan hacer algo bueno y positivo (aunque son cada vez menos porque acaban «tirando la toalla», acaban «rindiéndose», no pueden «nadar contracorriente» mucho tiempo porque cansa mucho), unos pocos que hacen cosas malas (siempre es más fácil generar «caos» que «orden») y sobre todo una mayoría que no hace absolutamente nada, que consiente que «la minoría mala campe a sus anchas». Es una simplificación desde luego, pero que no anda muy lejos de la razón de fondo de porqué el mundo va como va. Como decía Einstein, La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa. La prueba más palpable de que tenemos cierto margen de maniobra es que gente como yo, un simple ciudadano de a pie con un nivel de estudios mayor que la media pero ni mucho menos «especial» ni «extraordinario» esté aquí preocupándose de cuestiones que a la mayor parte de la gente (de su entorno o no) ni le preocupa. El mundo está lleno de gente que tiene elevadísimos niveles de estudio pero que no hace nada para mejorarlo, más bien al contrario. Una de las claves de porqué yo estoy aquí ahora mismo es mi ACTITUD, no tanto mi inteligencia ni mi nivel cultural, ni la cantidad ni la calidad de información de la que dispongo acerca del sistema (por otro lado todos ellos bastante «normales»), es decir no tanto mis aptitudes (con «p»). Los problemas que me da el sistema no vienen sólo de mi interacción con los organismos públicos, sino que también me los encuentro día a día en mi vida cotidiana, en mi interacción con gente corriente (cuando hago una obra en mi casa, cuando acudo a una reunión de mi comunidad, cuando estoy en mi trabajo y «choco» con mis compañeros, que a veces dan incluso más problemas que mis jefes,..). Yo veo una actitud GENERAL en todos sitios, los políticos, los poderosos no son más que un reflejo de la sociedad (o viceversa). Hacen lo mismo que la gente corriente pero a mayor escala. Podríamos estar elucubrando eternamente sobre si «es antes la gallina o el huevo», sobre si la gente es como es porque el sistema es como es o al revés. Pero lo importante es darse cuenta de que el sistema no es un ente «abstracto» sino que lo hacemos entre todos, que hay un conjunto de interrelaciones en ambos sentidos entre el sistema y cada individuo. El sistema lo hacemos entre todos y todos somos RESPONSABLES (en mayor o menor medida indudablemente) de su funcionamiento, no podemos «escaquearnos» de nuestra parte de responsabilidad redirigiéndola hacia «el Gran Hermano». Hasta que no admitamos esto no podremos realmente cambiar las cosas porque siempre esperaremos a que alguien lo haga por nosotros, a que el sistema cambie por sí solo o a que surja «por arte magia» un nuevo sistema mucho mejor de las «cenizas» del anterior. Si el sistema no cambia, nosotros no cambiamos, pero el sistema no puede cambiar si nosotros no cambiamos. Y no nos sirve de nada derrocar el sistema actual para implantar un nuevo sistema que inevitablemente volverá a reproducir los defectos del sistema anterior si no lo evitamos, si no cambiamos. Un «nuevo» sistema que se limita a cambiar el «aspecto de sus vicios», que se limita, muchas veces, a sustituir unos poderes deleznables por otros no menos deleznables (y a la historia podemos remitirnos). Debemos esforzarnos por derrocar el sistema actual pero también debemos esforzarnos por construir uno nuevo que evite los problemas del anterior. Es peligrosa la idea de eludir nuestra parte de responsabilidad porque precisamente le hacemos el juego al sistema, en el fondo asumimos su «discurso» de que el pueblo no tiene el poder ni nunca podrá tenerlo porque cada persona es un «ente», un «zombi» sin ninguna opción de elección, sin ninguna posibilidad de tener una conciencia propia.
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    Continuará…
    En la segunda parte veremos cómo el sistema podemos y debemos cambiarlo entre todos.
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