La pobreza como opresión y la potencial rebelión como derecho, sesenta años después

La pobreza como opresión y la potencial rebelión como derecho,

sesenta años después

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La pobreza no es cuento, y si lo es, es de terror. No es tampoco fatalidad ni naturaleza. Y si para unos llega a ser una o la otra, o ambas, o sea destino y sustancia, sin que pueda concebirse la humanidad y sus sistemas de otro modo, no pudiendo ser pensada sin este lastre, cabe también que otros seres no sólo impugnen esta idea, sino que la demuestren falsa: que el mundo sí es posible de ser vivido con la mayor suma de felicidad posible, con pan y rosas, y no con la más inicua multiplicación del dolor. En la teoría y en la práctica esa refutación ha operado. Ha sido así a lo largo y ancho de la historia. Hoy se dice que otro mundo es posible. Ese grito viene de lejos. Insoportables condiciones de injusticia han llevado y podrán llevar no a la refundación de lo que mata, sino a su razonado final. En el extremo la rebelión surge como potencia de cambio, y ello no necesita comprobarse más que con la refrendación de facto de que somos herederos/as, todos y todas, de derechos esgrimidos desde revoluciones pasadas, como las burguesas, que redactaron declaraciones para el ciudadano, de lo cual hoy gozamos. Siendo real la pobreza que esquilma y corrompe, hora tras hora, deja de ser necesariamente pobreza moral cuando irrumpe y media la indignación: el espíritu humano crece en la explosión de la vergüenza. Conmueve, despierta y mueve a transformaciones. En ese punto, un segundo, un día, se romperá la cuerda.

Cuando vamos decidiendo dejar de ser pobres ideológica, ética y hasta mentalmente, o, lo que es lo mismo, cuando no somos más siervos a los que se les ha reducido su vista y sus facultades cognitivas, el proceso material de empobrecimiento se subvierte. Ya no puede ser más enmascarado como escasez, estrechez o insuficiencia, o como modernamente se dulcifica bajo otros eufemismos, que salen a borbotones de la boca de los compromisarios del G-20, de Sarkozy, ZP, Obama, o de los ministros de hacienda y banqueros europeos, o de quienes desde agencias de todo tipo de asistencialismos recogen migajas de la mesa, dejadas por los señores que se han repartido el planeta, o con tecnicismos que luego se nos enrostran en las páginas salmón de los diarios, para relatarnos los esfuerzos económicos realizados a fin de sacarnos a todos de la depresión o la crisis. Ya no es más miseria: el empobrecimiento puede ser y estar en la base de una irrupción y de una subversión que acusa. Un segundo, la cuerda en ese punto se romperá un día.

Del mismo modo que la opresión se clava de otras formas, como humillación cultural, neocolonialismo, ocupación, genocidio y sojuzgamiento político, y hallan sus límites cuando hay resistencias, cuando se le confronta y limita, la pobreza tiene también sus límites cuando se le enfrenta como esclavitud moderna, o sea no como carencia o privación sino como superabundancia en las manos de pocos, que son los que más consumen y, por lo tanto, los que más arruinan la naturaleza en las actuales fronteras del modelo. Ese es el verdadero cambio que hoy podemos reivindicar como urgente a la luz de los derechos humanos, cumpliendo 60 años de la llamada Declaración Universal. Siendo la pobreza, el empobrecimiento, la suma y el fondo de violaciones sistemáticas y planificadas a casi todos los derechos posibles de alegar. Es decir, se requiere un elemental cambio para un giro epistemológico y para producir una imperiosa transformación ética y política. No podemos entender más que hay pobres o empobrecidos sin que deba dejar de señalarse a los que son más ricos y están siendo más enriquecidos. De ahí que un problema real sea cómo se nos vende el denominado desequilibrio global y quiénes lo están pagando otra vez. Si bien es eclosión medioambiental y desajuste financiero, por ejemplo, es ante todo crisis de la capacidad humana de explicarse y sentirse. Diríamos que lo que padecemos es una patología mental que ha ralentizado los corazones y ha opacado la mirada común. Por eso a más de un proceso de empobrecimiento vivido en las penurias de millones y millones de seres humanos que sufren hambre y apenas sobreviven, vivimos todos y todas, más en las islas del norte rapaz en el océano del sur expoliado, una crisis moral, que sólo puede ser superada seriamente tomando partido, por, con, como y desde la realidad de quienes, además de pobres en las estadísticas, están empobrecidos por los puntos de partida de éstas y su tergiversación o incompletud. Porque a las víctimas y a sus necesidades debemos oponer en el mismo renglón, y no en otro capítulo, a los victimarios y sus privilegios. La supervivencia debe ser contrastada con la opulencia. La cuerda se romperá, en ese punto, un segundo, un día.

No hay análisis social justo, sobre el empobrecimiento, si no hay una directa acusación teórica y una interposición práctica que nos posibilite recobrar comprensión de quiénes y cómo se enriquecen, mientras otros mueren o ven destruidas las bases de su subsistencia. Hay que hablar por ejemplo del botín del Botín y de otros magnates agiotistas: de las siniestras ganancias de la banca española o de las multinacionales de matriz en el Estado español, que están sumiendo en la miseria a millones de latinoamericanos. Sólo así la utopía de los derechos humanos es honrada y vale la pena. Cuando se escoge estar de un lado para denunciar unas lógicas homicidas como son por definición las de un capitalismo global cínico que hoy promete reformas para regularse. Su mantenimiento seguirá siendo la condición y la estructura bajo la cual se efectúa una masiva selección de vidas humanas. De ello son prueba los miles y miles de niños y niñas que cada 24 horas mueren por nuestra inacción, por nuestra no rebelión, por la renuncia que hacemos al derecho de interponernos a la conquista que de mentes y corazones hace la racionalidad capitalista. Cuando el 15 de noviembre de 2008 hubo apenas unos pocos miles que en algunas ciudades del mundo protestaron contra la restauración o la estabilidad capitalista pregonada desde arriba, se patentó sin más no sólo un alto grado de indiferencia o ignorancia, digamos que de sumisión o servilismo, sino quizá una mayoritaria adhesión que existe porque un retrógrado concepto sobre la pobreza reina entre nosotros, como aquella cómoda categoría oscurantista con la que nos permitimos asombrarnos de la pobreza y hasta condenarla, sin llamar asesinos a los que detentan la riqueza acumulada o a quienes la defienden para esos pocos. Nuestro entendimiento y nuestra ética avanzarán sólo con otra ilustración, que tense y desate. La cuerda un segundo en ese punto se romperá un día.

Es necesario desde quienes decimos “rebelarnos contra la pobreza” elegir no sólo con quién estamos sino contra quiénes y contra qué. Lo ideológico y lo político debe ser recuperado, en el mejor sentido, o de otra manera expuesto: debemos emplearnos en los estudios y en las acciones que no sólo nos indiquen cuántos millones mueren por hambre, sino cuántos miles ni siquiera ven en la distancia amenazada su “seguridad humana”, entre los blindajes de sus lujos con este miserable estado de cosas. Supone desde luego afirmación teórica de unos términos que describan lo que se nos esconde y que debe enseguida resultarnos repulsivo éticamente. No podemos ser más inocentes. El potencial material de la rebelión que es un derecho, debe estar precedido de un alumbramiento, o acompañado de una permanente construcción moral, con validez cuando el análisis social de la injusticia acude sin ambigüedades a los conceptos que deben ser no sólo contestatarios sino alternativos, mostrando al lado de las condiciones de los millones de seres negados abajo, las fanfarrias y la desfachatez de los de arriba, que deciden y retienen el poder con el que moldean y suprimen conciencias. Al menos esto. Y mínimamente debería ser una tarea de la presunta cooperación al desarrollo. Sin esa labor, carece de dignidad. Acá apenas comienza la rebeldía. Un día la cuerda un segundo en ese punto se romperá.

Las contradicciones que enfrentamos son más, y son más complejas, así como las redefiniciones de los objetivos. Si esto no pasa, “rebelarnos contra la pobreza”, como aparece en una consigna de ONGs en nuestros días, es una infame mentira, sobre lo que no nos vincula y frente a lo cual ni siquiera intentamos un paso disidente. Con o sin nosotros, “los condenados de la tierra”, como diría Frantz Fanon, romperán la cuerda de la ignominia, en muchos segundos, en muchos días, en muchos puntos, y revelarán lo que sabemos: cuando no nuestra doblez de idiotas, al menos nuestra esquizofrenia reflexiva. Ya él lo dijo al asumir la lucha por la descolonización: “No perdamos el tiempo en estériles letanías ni en mimetismos nauseabundos. Abandonemos a esa Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina por dondequiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo”. La letanía de los derechos humanos no vale 60 años después de la Declaración de la ONU, si lo que reza su preámbulo sigue aplazado y tildado ahora como “terrorismo”: el derecho a la rebelión contra la tiranía y la opresión. Si la pobreza por la que muere África y tantos pueblos del mundo en todos los continentes, no es opresión ni tiranía, sino providencia o mero efecto accidental no deseado del mercado neoliberal, estamos entre el medioevo y el pútrido totalitarismo del capital. Vivimos en el siglo de las sombras. La Declaración de 1948, producto de una convivencia o arreglo entre dos hemisferios ideológicos y geopolíticos tras la Segunda Guerra Mundial, nos quedó grande o nos habrá servido de muy poco. Bien puede ser llevada a los anaqueles de bibliotecas o a galerías, o ser usada para llamar ya al cumplimiento inmediato de lo allí pactado por los Estados, pues es cuestión de vida o muerte. Para fundamentar junto a otras declaraciones de utopías en la historia, ante la farsa de los poderes y su nauseabunda legitimación, la emergencia de un grito rebelde que será; que, como señaló Albert Camus, rechazará la nostalgia del reposo y la paz, y no aceptará la iniquidad: “Los que lloran por las sociedades felices que encuentran en la historia confiesan lo que desean: no la disminución de la miseria, sino su silencio ¡Alabado sea, por el contrario, este tiempo en que la miseria grita y retrasa el sueño de los ahítos!”.

Carlos Alberto Ruiz

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