La Orquesta de Extremadura y los peligros para el derecho a la cultura

Aparte de ciertos comentarios sobre la nacionalidad de algunos de los componentes de la OEX que no viene al caso recordar siquiera, el Consejero llegó a argumentar que prefería que se “resintiese el oído” del público extremeño a que “150 familias de parados no pudieran seguir adelante” (pasó por alto el detalle de que los 65 trabajadores de la OEX y sus familias también tenemos ese vicio de comer a diario). Lo cierto es que, aunque estas palabras precipitaron los acontecimientos, los trabajadores de la OEX, a través de nuestros representantes, llevábamos ya tiempo reuniéndonos con todos los actores implicados en nuestro futuro para tratar de agilizar el proceso encaminado a cerrar la temporada de conciertos 2011-2012, que a esas alturas aún no había sido aprobada (las temporadas de las orquestas sinfónicas se desarrollan en el periodo que va de septiembre a julio y los abonos suelen salir a la venta antes del verano). Pocos días antes de las citadas declaraciones, la Consejería de la que dependemos aprobó que se pusieran en marcha los conciertos de abono (que no son la única actividad de la OEX) pero sólo hasta el 31 de diciembre del presente año. Después de esa fecha, nada más que un abismo de incertidumbre para trabajadores y público. En tal situación los trabajadores emprendimos una labor reivindicativa a base de conciertos (organizados por nosotros mismos), recogida de firmas… Recibimos miles de apoyos, entre ellos el del público extremeño que acudió masivamente a nuestras actuaciones, y los de renombradas personalidades del mundo de la cultura de dentro y fuera de España. Tras el revuelo mediático, el Gobierno moderó considerablemente su discurso y pasó de hablar de la OEX como algo “prescindible” a invocar la creación de “un nuevo modelo de orquesta”. Sin embargo, mientras escribo estas líneas (11-11-2011) apenas nada se sabe aún de este enigmático “nuevo modelo”, el gerente aún no ha sido sustituido (a pesar de no aparecer desde hace meses) y todavía no hay vía libre siquiera para empezar a organizar la temporada de conciertos más allá del 31 de diciembre.

El Gobierno de Extremadura siempre ha apuntado dos aspectos para justificar tal demora: una gestión deficiente en el periodo anterior y el desconocimiento de las cuentas. En cuanto a lo primero, no nos dicen nada nuevo: los trabajadores llevamos años denunciándolo a través de nuestros representantes, a pesar de múltiples presiones. Es más, siempre hemos sido partidarios de que, si se llegase a detectar algún tipo de irregularidad, se depuren las responsabilidades de quien corresponda. Hágase lo que sea pero, por favor, ¡hágase ya! Y, ojo, afínese la puntería, no vaya a ser que, como en un modelo a escala de la situación de la economía mundial, los desmanes de los de arriba los paguen los trabajadores, que por lo demás nunca dejaron de cumplir su función. En cuanto al segundo aspecto, el desconocimiento de las cuentas, admitamos que, después de tantos meses tras el cambio de gobierno, ésta es una excusa que hace tiempo que dejó de ser creíble. La Administración conoce la situación y sabe de sobra que, a pesar de las dificultades y de las deudas que aquejan a la Orquesta, éstas no son tan graves como para, por sí solas, poner en jaque su continuidad. Y saben también que ésta es perfectamente posible respetando su actual plantilla (por lo demás bastante exigua si la comparamos con otras formaciones de este tipo) y manteniendo su actividad normal, aunque haya que introducir nuevos criterios referentes a programación, artistas invitados, promoción, generación de ingresos, difusión…. Criterios que, por cierto, los trabajadores llevamos mucho tiempo reivindicando ante todos los responsables con los que nos hemos reunido.

Así las cosas, muchos se preguntan el porqué de esta parálisis que está generando no pocos problemas. Por una parte, sin un responsable con facultades legales para programar y organizar, la Orquesta funciona a día de hoy a medio gas, ciñéndose a las actuaciones de abono en las principales ciudades (durante estos meses no se están ofreciendo conciertos didácticos para los colegios de la región, “conciertos de localidades”, actuaciones extraordinarias…). El tiempo corre en nuestra contra ya que, como es fácil de entender, la organización de la programación que la Orquesta habría de desarrollar desde el 1 de Enero no es algo que se pueda pergeñar de la noche a la mañana, por lo que podría estar poniéndose en peligro nuestra actividad para un futuro próximo. Por otro lado, esta larga incertidumbre genera gran desconfianza entre los trabajadores que no pueden dejar de preguntarse si el Gobierno, a sabiendas del apoyo público que ha demostrado tener la OEX, no estará guardando en la manga algún as envenenado para sacarlo a la mesa después del 20-N, cuando un pequeño alboroto en los medios ya no pueda causar demasiado daño.

Más allá de todas estas razonables inquietudes particulares en torno al caso de la OEX, me gustaría desde aquí hacer hincapié en algunas consideraciones de más largo aliento. La estrategia de presentar un instrumento público de transmisión de la cultura como un lujo innecesario podría estar reflejando, desafortunadamente, el sentir no sólo de un sector de la clase política sino de una parte de la sociedad. Tercia pues preguntarse cómo hemos llegado en España a este punto en el que la propia existencia de instituciones culturales que son de todos puede ponerse en duda públicamente sin causar rubor, como ya está ocurriendo en distintos lugares. Permítanme unas reflexiones en torno a cuatro puntos que, creo, podrían tener relación con todo esto.

1- La falsa imagen de los músicos: entre diletantes y elitistas. A pesar de ciertos avances en los últimos años, para nuestra desgracia, el imaginario de una buena parte de la sociedad sigue deambulando, en lo referente a los músicos clásicos, entre dos preconcepciones opuestas, pero igualmente erróneas: por un lado, la idea de que esto de tocar un instrumento es poco más que un hobbie no remunerado para los ratos libres; y, por el otro, esa falsa percepción según la cual unos tipos que se suben a un escenario a hacer música sublime, elegantemente disfrazados de pingüinos, a buen seguro perciben unos emolumentos tan elevados como los sentimientos que sus interpretaciones hacen aflorar en su audiencia (baste apuntar para desmentir esto que la mayoría de los músicos de la OEX, por volver al ejemplo cercano, percibimos menos de 1500 euros al mes con los que sufragamos además nuestros instrumentos y su mantenimiento, el vestuario de conciertos…). Para muchos aún somos o bien simples diletantes, o bien miembros de una supuesta élite privilegiada. Sinceramente no sé cuál de las dos categorías se aleja más de la realidad…

2. Un gremio disperso y desigual. Las políticas culturales en este país y nuestro atraso histórico en este campo tienen mucha culpa de esta imagen que acabo de describir, cierto. Pero admitamos también que los propios músicos a estas alturas de la película no hemos sido capaces de dignificar nuestra profesión. Se me ocurren varias razones. Las acciones conjuntas de los trabajadores de la música en defensa de sus derechos (dejando de lado honrosísimas excepciones) han resultado escasas, como un fiel reflejo del individualismo del que tradicionalmente adolece nuestro gremio. Pensemos que la Asociación de Músicos Profesionales de Orquestas Sinfónicas (AMPOS) es una recién nacida en el panorama español. Puede que en ello haya influido también que, entre nosotros, algunos hayan acabado creyéndose el estereotipo fabricado en torno a la figura del músico y hayan llegado a considerarse a sí mismos como miembros de una suerte de aristocracia intelectual que los situaría por encima de la realidad del resto de trabajadores, no tanto por razón del tamaño de sus jornales, como por la propia naturaleza excelsa de la materia prima con la que los músicos operamos.

Esta falta de organización y solidaridad puede ser una de las razones (una de tantas, claro) por las cuales el gremio de la música clásica ha sufrido durante las últimas décadas un extraordinario aumento de las desigualdades salariales entre el pequeñísimo grupo que se asienta en las altas esferas y la gran mayoría de los profesionales. Y es que por debajo de los abultados cachés de muchos directores y solistas, de los intercambios de favores entre los titulares de distintas orquestas sinfónicas y de las cuantiosas comisiones que se embolsan las agencias de representación, existe un pobladísimo mundo de trabajadores en las orquestas que realizan su labor por sueldos muy modestos y no siempre en las condiciones idóneas [*]. Si descendemos un peldaño más en la pirámide encontraremos a miles de profesionales (la mayoría de ellos perteneciente a la joven generación de músicos mejor preparada de la historia de nuestro país) que se patean la geografía de orquesta en orquesta trabajando con contratos semanales, que se dedican a la docencia en escuelas de música muchas veces en condiciones de extrema precariedad, o que han de contentarse con ganarse malamente la vida ejerciendo de becarios sempiternos.

[*Para profundizar en estos asuntos recomiendo el libro ¿Quién mató a la música clásica? escrito por el prestigioso crítico británico Norman Lebrecht quien, por cierto, se hizo eco de la situación de la OEX y mostró su apoyo desde su sitio web en Arts Journal.]

3. El peligro de los dilemas tramposos. En estos tiempos de crisis y ajuste convendría que anduviéramos atentos a argumentos como los que se invocaron hace unos meses en torno a aquello de las “150 familias de parados” y que, siendo ya frecuentes en todas partes, podrían acentuarse tras el 20-N, independientemente del resultado electoral, cuando los dirigentes políticos no se sientan constreñidos en sus discursos por la proximidad de una cita con las urnas. Me refiero a ese tipo de dilemas planteados en términos del tipo: “¿Qué preferís cultura o comer a diario?, ¿arte o sanidad?, ¿Beethoven o habichuelas?” Se nos ofrece un número limitado de opciones posibles con el fin de infundir una falsa sensación de libertad de elección, mientras se nos escamotean deliberadamente otras muchas. Si un tipo te para por la calle, te apunta con un arma y te hace elegir entre “la bolsa o la vida”, evidentemente no te está brindando que digamos un espacio de libertad. Son emboscadas dialécticas peligrosas (a la par que bastante cutres) que tratan de situarnos en un marco limitado en el que obligatoriamente tienes que renunciar a un derecho que te pertenece. No se trata de una elección libre, sino simplemente de un atraco perpetrado con tono paternalista. Ante estos dilemas cabría responder con otros, quizás igual de simplificadores pero, eso sí, mucho más ajustados a la realidad. Y es que un planteamiento honesto no debería remitir a disyuntivas como las que apunté antes (¿Beethoven o habichuelas?), sino a otras del estilo: “¿sanidad pública o rescatar a bancos usureros?”, “¿cultura o seguir permitiendo un sistema fiscal regresivo y que los grandes capitales desvíen miles de millones hacia paraísos fiscales?” o “¿Beethoven o continuar pagando unos intereses de la deuda pública artificialmente elevados a golpe de maniobra especulativa?”.

4. La cultura como un derecho ciudadano. Para que alguien pueda cuestionarse la continuidad de instituciones culturales como la OEX, antes se ha tenido que producir una degeneración del propio concepto de cultura. Es la consideración de la cultura como un simple espectáculo de entretenimiento vacío o, todo lo más, como propaganda al servicio de un pagador público o privado, la que degrada su significado profundo y posibilita que haya quien pueda tachar sus más dignas manifestaciones de superfluas y prescindibles. Esta noción barata del término en cuestión mucho le debe a esa tendencia contemporánea según la cual cualquier cosa bajo el sol, incluido el propio hecho cultural, debe regirse por concepciones de tipo mercantil (“Todo en el Mercado, todo por el Mercado, nada fuera del Mercado, nada contra el Mercado”. La célebre sentencia de Mussolini cobra hoy, tristemente, renovado vigor con sólo sustituir la palabra “Estado” por el nombre de la deidad más venerada actualmente). La cultura que “pega fuerte” es aquella que se consume, se gasta y se reemplaza rápido por un nuevo producto: fácil absorción, fácil digestión y fácil defecación. El problema es que las grandes obras del pensamiento humano, como las del arte, no fueron concebidas para este modelo. Las sinfonías de Brahms o las de Shostakovich no se ajustan al patrón porque no se gastan, sino que se renuevan con cada interpretación.

En definitiva, los trabajadores de la cultura y los ciudadanos en general deberíamos estar vigilantes frente a estos intentos de degradación, que sólo se evitarán si logramos elevar la Cultura, ahora sí con mayúscula, al lugar del que nunca debieron bajarla, que es donde la sitúa la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La Cultura, según este planteamiento, se aleja de la distracción fútil para convertirse en un derecho al servicio de los ciudadanos y de los pueblos. Y el respeto que una sociedad profesa por sus propias manifestaciones culturales es algo que dice mucho sobre su madurez. Después de tantos años, tal vez, también desde esta “tierra de conquistadores” (¡funesta denominación!), deberíamos volver la cabeza hacia América Latina donde, sobre todo en lo referente a la música sinfónica, parece que han entendido estas cuestiones mucho antes que nosotros…

Santiago Pavón López-Ventura es músico de la Orquesta de Extremadura. Su blog es http://desdelaputrida.blogspot.com

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