La obsolescencia del hombre

El uso de la “inversión” del fabulista implica que para contar que los hombres son animales presente animales que se comportan como hombres como Esopo o La Fontaine. Y si como Brecht quieres decir que los pequeño burgueses son ladrones presentas a ladrones que se comportan como pequeño burgueses. Y si como Beckett pretendes decir que el hombre no puede hacer nada con su vida presentas a unos hombres Esperando a Godot, unos hombres sin historia, en un cuento en el que no “pasa” nada.

   El uso de la inversión por parte de los publicistas consiste en lenta pero inexorablemente empezar a tratarnos como cosas, como a los locos, pues locos estamos por prestarnos al ayuntamiento con ellas. Pasar del gobierno de las personas a la administración de las cosas está fácil cuando las cosas van por delante: Prótesis: la cosa delante. Prostituta: la mujer delante.

  La obsolescencia del hombre es propia de un mundo de cosas, pues hasta su posibilidad de comer depende de cosas como el petróleo o sus “ingenios mecánicos” tanto como de la luz del sol de cada día. ¿Estamos invirtiendo al hacer como si revitalizáramos el mundo, jugando a que las cosas están vivas ahora que lo estamos matando? La obsesión del los anticipadores por los robots, el que ahora les estemos enviando a “hacer la mili” era de esperar después de haberles dejado a cargo de nuestros talleres, de nuestras cuentas o incluso de haberles hecho un sitio en casa o en el alma.

  Hemos pasado de moda, simplemente, en algún momento el hombre se volverá a estarlo. El miedo obsesivo a la obsolescencia, a lo caduco y pasado de moda no es sólo el resultado de un juicio estético y de una búsqueda de una posición distintiva en el mundo del gusto, sino también parte de una preocupación vital que se corresponde con la dinámica tecnológica y el imperativo económico. «Ser joven» no es sólo una etapa de la vida, sino una condición de supervivencia.

  Es posible que el que los relatos de fantasía se estén imponiendo a los de ciencia ficción, los de autoayuda a los de filosofía, los de vampiros y zombis a los de robots, los de alteraciones biológicas a los de visitantes del espacio exterior… nos lleve por fin a anticipar estados sociales diferentes en lugar de complacernos con relatos de catástrofes. Al menos que sea una inversión más, es decir jugar a otros mundo posibles para consolarnos de estar acabando con este. Curiosa manera de hacer castillos en el aire esa que consiste en empeñarse en vivir en ellos.

  Antes de preguntarnos si la humanidad tiene predilección hacia lo bueno, es necesario plantearse la cuestión de si existe algún acontecimiento que no pueda ser explicado en términos que no sean los de de la disposición moral. Un acontecimiento como una revolución, como lo bueno de una revolución ¿a qué estaba esperando para mostrarse?

  El hombre es el animal que está cambiando su propia especie. Hay que tomarse en serio esa advertencia. La humanidad se transforma a sí misma y transforma su historia, y a la naturaleza mediante las cosas de la técnica. El problema ya no estriba en decidir si admitimos o no esas técnicas, sino en qué hacer con ellas, y en discernir cómo usarlas  en nuestro beneficio o cómo evitar que deriven en nuestro detrimento.

  Me ha costado siempre admitir que tras el empeño de protagonismo, de autonomía existe una desadaptación, una enfermedad social. Pero el recuperarla es en un “mundo de cosas” clave para nosotros. Como aquella obsesión del campesino japonés por subir a mano el agua para regar, ahora traducida en en lo de los alimentos locales o ecológicos.

   “¿Qué tiene contra las máquinas? – preguntó  Buck. Son esclavas. Pues, que diablos -dijo Buck -Quiero decir, no son gente, no sufren. No les importa trabajar. No, pero compiten con la gente. Eso es algo bastante bueno ¿no? Considerando el mal trabajo que puede hacer la gente… Cualquiera que compita con esclavos se transforma en esclavo -dijo el hombre contadamente y se retiró”. Cuando dije máquinas no quise decir chinos, o eso espero. En todo caso como en “El Rinoceronte” de Ionesco: no capitulo.

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