La negación de la evidencia

Negar la evidencia es lo primero que uno hace cuando le dicen lo mal que está. Uno puede dedicarse a eso toda la vida, a veces ayuda a vivir, otras condena a no llegar a tiempo, a pensar que siempre ha sido, felizmente, demasiado tarde, que si se trataba de adivinar el curso natural y luego aplicarse a seguirlo, no lo has hecho mal del todo. Seguimos siendo amigos de nuestros amigos cuando no les llevamos a tener que enfrentarse a todas esas evidencias que niegan, de las que se esconden.

  Para llegar a lo que sería mejor que se acabara sabiendo es mejor no ir de frente, sugerir más que decir, mostrar más que explicar. Decía Bourdieu que lo malo de hacer discursos simples y claros, de la peligrosa la estrategia que consiste en abandonar el rigor del vocabulario técnico en favor de un estímulo legible y fácil, era en primer lugar, que la falsa claridad es a menudo el hecho del discurso dominante, el discurso de aquellos que hallan que todo es evidente, porque todo está bien así… Y a continuación porque producir un discurso simplificado y simplificador sobre el mundo social, es inevitablemente dar armas a las manipulaciones peligrosas de este mundo.                                                

    Tratándose de objetos tan sobrecargados de emociones, de pasiones, de intereses como las cosas sociales, los discursos más «claros», es decir los más simples son sin duda los que tienen más grandes posibilidades de ser malentendidos porque funcionan como tests proyectivos donde cada uno aporta sus prejuicios, sus premoniciones, sus fantasmas. Si se admite que, para ser comprendido, es necesario trabajar en emplear las palabras de tal manera que no digan otra cosa que lo que se ha querido decir, se ve que el mejor modo de hablar claramente consiste en hablar de manera complicada, para tratar de transmitir a la vez lo que se dice y la relación que se mantiene con lo que se dice, y evitar decir a pesar suyo más y otra cosa que lo que se ha querido decir.

   Del mismo modo que no haber tenido una infancia repugnante es una prueba infalible, ante los ojos de los terapeutas de culto, de «negación de la evidencia», el no darse cuenta de lo mal que estamos, de lo mal que está todo es prueba infalible, ante los políticos que todavía no mandan, de la negación de la evidencia: hay que dar por sentado que todo el mundo tuvo una infancia desgraciada, que hay muchos desgraciados en este mundo… y de este modo siempre hay alguien que consigue aumentar sus ingresos. Nos imaginamos un Tahití dentro de nosotros y nos lanzamos a la búsqueda de sus habitantes antes de que nos echaran del paraíso con el juicio original o después de la revolución que viene: todo el mundo se convierte en su propio Buen Salvaje, toda insurrección en un Viaje a Icaria. La principal función de la filosofía es acreditar tonterías desacreditando evidencias.

  Vuelvo a ver a un viejo amigo, ¿seguimos odiando lo mismo? Compartir evidencias es el despertar de los sentimientos felices por encontrase de nuevo entre amigos. Me dice que la investigación a la que estoy sometido por parte de Hacienda es porque los de Madrid quieren robarnos tanto como puedan antes de que seamos independientes. Iba a seguirle al jardín hasta que me di cuenta de que hablaba en serio. Que era sincero, a mí también, cuando vuelvo a ver a un viejo amigo, me gusta compartir vino y evidencias. 

  Hay que andarse con cuidado con los patriotas, ser patriota es ser una víctima, es ser “americano”, métete con EEUU delante de uno de ellos y te la ganas, de hecho el omnipresente recurso al victimismo culmina la tradicionalmente tan apreciada cultura norteamericana de la terapéutica. Parecer fuerte puede ocultar simplemente un tambaleante andamiaje de “negación de la evidencia”, mientras que ser vulnerable es ser invencible. La queja te da poder, aunque ese poder no vaya más allá del soborno emocional o de la creación de inéditos niveles de culpabilidad social. Declárate inocente, y te la ganas. 

  Se dirá acaso, que lo que angustia no es el objeto desconocido sino, precisamente, su desconocimiento. Pero entonces la referencia al objeto -cualquiera que sea este- como causa de mi angustia queda anulada. Sólo queda como lo angustiante un desconocimiento puro. Es decir nada. ¿Cómo asociar “nada” con esta singular estrechez constrictiva que padezco? Sin embargo, no puedo negar esta evidencia inmediata: lo que oprime “es” nada.

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