La necesidad de la unidad revolucionaria en tiempos del coronavirus

Una reflexión y una llamada para hacerle frente al Capital

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La política revolucionaria empieza cuando se tiene influencia en millones de trabajadoras y trabajadores. Pero esa influencia hay que ganarla y esto no es nada fácil ya que es un coherente trabajo político-social constante de años y la única forma de que miles de trabajadoras y trabajadores empiecen a tener confianza en lo que se les propone. Es imperioso comenzar ya ese trabajo primerizo, ese permanente trabajo político-social que nos permita empezar a construir la herramienta revolucionaria que le posibilite a la clase trabajadora enfrentar la realidad no sólo de manera defensiva sino poniendo encima de la mesa política una sociedad alternativa fundamentada en la justicia social y en la solidaridad internacional entre los pueblos.

En el Estado español hoy en día, en la actualidad, y no en un hipotético tiempo venidero, hay miles –digo miles- de activistas en los movimientos sociales que de forma permanente están enfrentando agresiones parciales sobre la clase trabajadora y la población más precaria. Miles de mujeres y hombres diariamente le hacen frente al Capital oponiéndose a la opresión de la mujer, al trabajo precario, a los desahucios, a la privatización de la sanidad… Pero esa oposición se hace en parcelas como si fueran compartimentos estancos, sin una política global común, sin presentar una alternativa social. Por otra parte, varios grupos de la izquierda revolucionaria aglutinan a cientos de militantes que en la teoría tienen una sociedad alternativa en sus programas pero que militan en precario, sin poder llegar a miles de trabajadores y trabajadoras por la pequeñez de sus grupos políticos.

Si desde los movimientos sociales y la izquierda revolucionaria se quiere acabar con esta precarización del trabajo social y político hay que ponerse a construir una herramienta política que canalice este trabajo social y presente un modelo de sociedad alternativa. Como he defendido ya en otras ocasiones, entiendo que la forma genérica más sencilla por no implicar unidad orgánica sería la construcción de un Frente de Izquierda y Anticapitalista que aglutinase en su seno a todas esas compañeras y compañeros que militan en los movimientos sociales y en los grupos políticos revolucionarios. Ahora bien, lo prioritario aquí y ahora es que quedáramos, que nos convocáramos y que empezáramos a trabajar con la estrategia de ir aglutinando nuestras energías sociales y políticas para diseñar un trabajo social común y un programa político alternativo al Capital. En nuestras reuniones ya decidiríamos qué forma política le damos a nuestra unidad de acción, si lo concretamos a través de un “frente anticapitalista” o a través de un “partido unificado” o a través de otra fórmula.

Entiendo que los grupos políticos de la izquierda revolucionaria y de los movimientos sociales deberían convocar públicamente a reuniones para ponernos a trabajar en la construcción de la herramienta revolucionaria común. Lo que está en juego aquí y ahora es la salud social y política del pueblo trabajador, de sus mujeres y de sus hombres, de su juventud y de sus mayores. La pandemia coronavirus ha puesto en escena de la forma más dramática la existencia de las clases sociales en nuestra sociedad y en el mundo entero. Si el presente trae a las trabajadoras y trabajadores inquietantes temores el inmediato futuro puede ser infernal si desde ahora mismo no salimos en defensa de sus derechos sociales y políticos.

El régimen político en el que vivimos tiene actuante una extrema derecha cada vez más soberbia (Vox), una derecha (PP) cada vez más entregada a la extrema derecha, un centro (Cs) minúsculo y una izquierda domesticada (PSOE y Unidas Podemos). Fuera de los “nacionalismos periféricos”, el gobierno actual del PSOE-UP no tiene nadie por izquierda que lo presione. El PSOE y Unidas Podemos son la izquierda del Régimen del 78 pero no son la izquierda social, es decir, la izquierda revolucionaria. Y la izquierda revolucionaria hoy no existe políticamente como una fuerza social y política con influencias de masas por lo que es imprescindible crearla. Y la necesidad de esta creación tiene, en esquema, dos funciones inmediatas: presionar por izquierda al gobierno del PSOE-Unidas Podemos y presentar   una alternativa de sociedad al capitalismo.

Millones de trabajadores y trabajadoras han votado al PSOE o a Unidas Podemos. Es la denominada “alternativa del mal menor”. Millones de mujeres y hombres de la clase trabajadora han votado al PSOE y a UP pensando lo aterrador que sería que gobernase el PP y Vox. La cuestión es que el pueblo trabajador no ha tenido –ni tiene aún- una alternativa sociopolítica a la izquierda del PSOE y Unidas Podemos. Esa alternativa es imperiosa tanto para frenar la deriva reaccionaria que significaría un gobierno PP-Vox como para evitar que el PSOE-Unidas Podemos sólo se vea presionado por la extrema derecha y la derecha pepera.

Llamar a construir una sociedad ideal en un futuro incierto no sólo es un desatino político sino que contiene una especie de bálsamo religioso ya que llama a construir una sociedad macanuda en un tiempo indeterminado, algo así como cuando la Iglesia propone aguantar este valle de lágrimas porque después vendrá el reino de los cielos. Al Capital hay que responderle las agresiones aquí y ahora y, al mismo tiempo, mostrarle que tenemos una sociedad alternativa basada en la justicia social también para ahora ya que hay capacidad técnica y social para conquistarla en cuanto estemos organizados sin esperar a las calendas griegas porque no existen.

La pandemia del coronavirus pone en la superficie el salvajismo clasista de nuestra sociedad. El gobierno ha pedido que la población se quede en casa pero millones no tienen casa y otros millones tienen una casa reducida donde el confinamiento se convierte en una prisión, millones no saben si mañana van a poder pagar los abusivos alquileres de sus casas porque no tienen trabajo o porque no saben hasta cuando le van a servir los “ertes” o hasta cuándo tendrán prestaciones. Y todos esos millones pertenecen a la misma clase social, a la clase trabajadora, a diferentes capas pero a la misma clase.

El gobierno y los medios de comunicación repiten una y otra vez -con toda la razón- que los que luchan en primera línea son las y los sanitarios. Pues bien, sabemos que no sólo ha habido recortes en sanidad que han debilitado la sanidad pública con el coste humano que eso ha tenido sino que ahora se empieza a despedir a personal sanitario que ha estado en primera línea. Así, no sólo cuando empezó el coronavirus había menos efectivos sanitarios de los debidos y menos infraestructura sanitaria de la necesaria sino que ahora, cuando se ha controlado parcialmente los contagios por coronavirus pero sin evitarlos y sin dejar de haber muertos por la pandemia, se le rescinde los contratos –un eufemismo “democrático” para calificar los despidos- a parte del personal sanitario.

Si un amplio sector de la sociedad es consciente de la importancia del personal sanitario, el coronavirus ha traído a escena a un sector laboral muy precario como es el de la limpieza. Las trabajadoras y trabajadores de la limpieza nunca hasta ahora valorados mediáticamente se han demostrado imprescindibles. Sin ellas y ellos los hospitales y los demás centros de salud serían intransitables, auténticos focos de infección. Sin ellas y ellos la basura contaminaría nuestras calles. Vamos, que sin ellas y ellos habríamos muerto de manera exponencial. Pues bien, la mayoría de ellas y ellos tienen trabajos precarios ya que pertenecen a contratas y subcontratas que lo único que quieren cuidar son sus beneficios y no la higiene y por eso a ellas y a ellos les regatean no sólo medios de protección sino también productos para la desinfección de los centros de los que cobran dinero público.

Llegar a viejo en esta “democracia para ricos” no sólo lleva a los mayores a perder la fuerza de la juventud sino a verse abocados a que los internen en una residencia como pellejos. No sólo los aparcan como trastos inútiles sino que dejan quemar sus últimos años de existencia en algo más duro que la indiferencia, en el desprecio. Hemos visto como el coronavirus se ha cebado con los mayores, pero esto no ha sido sólo por causa de que sus defensas estén más bajas que las del común por los achaques de los años sino porque están directamente mal atendidos, desprovistos de atenciones médicas absolutamente imprescindibles para su edad y hacinados como muebles viejos.

Si algo ha demostrado la pandemia del coronavirus es la imperiosa necesidad del Socialismo a nivel planetario. La lucha de las trabajadoras y los trabajadores por sus derechos es la lucha por el futuro de la humanidad. Sin derechos colectivos no hay libertad individual si por tal entendemos una vida digna y no una vida en la selva capitalista del sálvese quien pueda. Pero la lucha por una sociedad fundamentada en la justicia social y en la solidaridad internacional no la tenemos que dejar para un futuro indeterminado sino que la tenemos que concretar aquí y ahora. Convoquémonos y veámonos para construir la herramienta política que desbroce la injusticia social.

Madrid, 3, mayo, 2020

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