La mujer y la Quinta Internacional (2)

Las tareas domésticas llevadas a cabo por las mujeres, de manera individual y aislada en sus hogares debían ser sustituidas, según los revolucionarios, por un sistema de servicios sociales garantizados por el Estado: guarderías, jardines de infantes, lavanderías y comedores colectivos, hospitales, cines, teatros.

Según palabras de León Trotsky en su libro "La Revolución Traicionada", en el análisis de los revolucionarios las funciones económicas de la familia debían ser absorbidas por la sociedad socialista, permitiendo la unión de toda una generación por la solidaridad y la asistencia mutua, y proporcionando a la mujer una verdadera emancipación del yugo de las tareas domésticas.

Sin embargo, tal como señala Trotsky en ese mismo libro, no fue posible tomar por asalto la antigua familia. La sociedad fue demasiado pobre y demasiado poco civilizada. La emancipación verdadera de la mujer fue imposible en el terreno de la miseria socializada. Además de la imperiosa necesidad económica, que limitó el desarrollo de la socialización de los servicios tales como guarderías, lavaderos, comedores, etc., lo cierto es que la afirmación de la burocracia estalinista en el poder del Estado desenterró el viejo culto a la familia ya que tenía la necesidad "de una jerarquía estable de las relaciones sociales, y de una juventud disciplinada por cuarenta millones de hogares que sirven de apoyo a la autoridad y el poder."

Como no podía ser de otro modo, la desigualdad creciente entre una capa de administradores y miembros del partido y el conjunto de la clase obrera soviética se expresaba también entre las mujeres. En la Revolución Traicionada, Trotsky señala: "La condición de la madre de familia, comunista respetada que tiene una sirvienta, un teléfono para hacer sus pedidos a los almacenes, un auto para transportarse, etc, es poco similar a las de la obrera que recorre las tiendas, hace las comidas, lleva a sus hijos al jardín de infancia. Ninguna etiqueta socialista puede ocultar este contraste social, no menos grande que el que distingue en todo país de Occidente a la dama burguesa de la mujer proletaria."

A partir de 1926, bajo el régimen de Stalin, se instituye nuevamente el matrimonio civil como única unión legal. Más tarde se abolirá el derecho al aborto, junto con la supresión de la sección femenina del Comité Central y sus equivalentes en los diversos niveles de organización partidaria. En 1934 se prohíbe la homosexualidad, y la prostitución se convierte en delito. No respetar a la familia se convierte en una conducta "burguesa" o "izquierdista" a los ojos de la burocracia.

Stalin declara en 1936: "El aborto que destruye la vida es inadmisible en nuestro país. La mujer soviética tiene los mismos derechos que el hombre, pero eso no la exime del grande y noble deber que la naturaleza le ha asignado: es madre, da la vida."

Cuán lejos están estas palabras de las pronunciadas por Trotsky que, por el contrario, señalaba: "el poder revolucionario ha dado a la mujer el derecho al aborto, uno de sus derechos cívicos, políticos y culturales esenciales mientras duren la miseria y la opresión familiar, digan lo que digan los eunucos y las solteronas de uno y otro sexo." Y criticando los argumentos reaccionarios que esgrime la burocracia para reinstalar la prohibición del aborto dice que se trata de "Filosofía de cura que dispone, además, del puño del gendarme."

Esta aniquilación de las conquistas revolucionarias es acompañado por la instauración de la pena de muerte a partir de los 12 años, la autorización de la tortura y los masivos y arbitrarios fusilamientos que acabaron con la generación de viejos bolcheviques y con todos los que se atrevieron a plantear su oposición al régimen stalinista, fusilamientos que pasaron a la historia como los Juicios de Moscú.

Años más tarde, en 1943, Stalin disolvió la IIIº Internacional. Un año después, en 1944, se aumentan las asignaciones familiares, se crea la orden de la "Gloria Maternal" para la mujer que tuviera entre siete y nueve hijos y el título de "Madre Heroica" para la que tuviera más de diez. Los hijos ilegítimos vuelven a esta condición, que había sido abolida en 1917, y el divorcio se convierte en un trámite costoso y pleno de dificultades.

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El marxismo revolucionario, sin embargo, a pesar de las atrocidades de Stalin, permaneció vivo en esas miles de mujeres y hombres que habían derrocado al zar y habían instaurado el poder de la clase obrera y el campesinado, pero que hoy eran deportados, desterrados y presos por el régimen.

En los fraudulentos juicios de Moscú, que comienzan en 1936, las mujeres constituyen entre el 12% y el 14% de los comunistas detenidos en campos de concentración, bajo los cargos de sabotaje, espionaje y "trotskismo". De entre esas miles de oposicionistas deportadas, desterradas, presas y fusiladas quiero destacar los nombres y las historias de dos mujeres: Eugenia Bosch y Tatiana Miagkova entre tantas otras mujeres que, valientemente, sostuvieron su lucha contra el estalinismo en las peores condiciones.

Eugenia Bosch nació en 1879 y en el 1900 se afilia al partido, alineándose con los bolcheviques desde 1903. En 1913 es deportada por sus actividades revolucionarias y dos años más tarde logra escapar y refugiarse en los EE.UU. A su regreso en Rusia, tras la revolución de febrero de 1917, desempeña un papel dirigente en el alzamiento de la ciudad de Kiev y en la guerra civil. Luego figura entre los firmantes de la Declaración de los 46, del 15 de octubre de 1923, en la que 46 miembros del partido bolchevique criticaban la posición de la dirección stalinista. Eugenia se suicidó, finalmente, en 1924, con tan sólo 45 años de edad, como acción de protesta contra el régimen.

La historia de Tatiana Miagkova es otro ejemplo de lo que sucedía con quienes se oponían a la burocracia stalinista. Es una de los 6.000 trotskistas que fueron asesinados en 1937, en uno de los campos de concentración más grandes de la zona de Siberia.

Cuando era estudiante, participó en la acción revolucionaria, y fue arrestada. La revolución de febrero de 1917 la liberó y adhirió al partido bolchevique. Después del fin de la guerra civil, recomienza sus estudios en Moscú y, en 1924, se instala en Ucrania. En 1926, se adhiere a la oposición encabezada por Trotsky y es excluida del partido comunista ruso, en 1927, por "trotskista". En 1928, es enviada al exilio en el mar Caspio. Continúa su actividad de oposicionista: organiza con los otros miembros exiliados de la oposición un grupo que se reúne en su departamento; recluta jóvenes de la localidad para la oposición; reproduce y difunde los documentos de la oposición entre los miembros del partido comunista y los jóvenes comunistas exiliados; propone a sus diversos contactos constituir un fondo de ayuda a los exiliados.

Es condenada al exilio por tres años, acusada de haber reeditado y difundido un folleto de la oposición. Cuando está exiliada, su marido que era un alto miembro del régimen en Ucrania, la viene a ver para intentar convencerla de renunciar a sus opiniones y a su actividad de oposicionista.

Tatiana Miagkova, a lo largo de largas y difíciles discusiones con su marido, terminó por rendirse a sus presiones y renunció públicamente a sus actividades políticas. Vuelve a Moscú con su marido, que se encuentra integrado al aparato del comité ejecutivo central del partido. Pero aunque Tatiana Miagkova cesó su actividad política, continuó expresando sus opiniones, que no habían variado. Y, el 12 de enero de 1933, es arrestada y condenada, nuevamente, pero esta vez a tres años de prisión y aislamiento.

El 28 de mayo de 1936, una conferencia especial de la KGB, la policía secreta del régimen, condena a Tatiana Miagkova a cinco años en un campo de concentración que los deportados llamaban "el crematorio blanco". De allí la enviaron a otro campo más al norte, cada vez más cerca del polo.

Un día de otoño de 1937, un contingente se detiene cerca del campamento donde ella vivía y reconoce a un trotskista amigo suyo. Quiso hablarle a través de las rejas y un guardia trató de empujarla. Ella protestó. Según el testimonio de una de sus vecinas, insultó a los guardias a los gritos: "¡Fascistas, mercenarios fascistas, yo sé que su poder no se escatima ni a las mujeres ni a los niños, pero pronto llegará el fin de vuestra arbitrariedad!" El veredicto le reprocha ser "una trotskista desarmada", de "establecer sistemáticamente lazos con los trotskistas", de haber hecho huelga de hambre por seis meses y, el 17 de noviembre de 1937, la conferencia especial de la KGB, la condena a ser fusilada. La sentencia es ejecutada inmediatamente.

Esta historia horrorosa sin embargo, no podía durar eternamente. La burocracia que usurpó la bandera de la revolución de octubre, sucumbió finalmente en el basurero de la historia hace más de una década. Sin embargo, con la restauración capitalista, nuevas miserias se sumaron a las existentes, para los trabajadores de la ex Unión Soviética, especialmente para las mujeres. La democracia capitalista trajo consigo la desocupación, el hambre, la inflación que provocaron el mayor índice de miseria, alcoholismo, violencia, mafias y otras calamidades como jamás se hayan registrado en Rusia. Junto con ello, millones de mujeres en la calle con sus hijos, viviendo bajo el nivel de pobreza y un considerable aumento de la prostitución y el tráfico de mujeres.

En 1938, sin embargo, Trotsky ya había planteado que era necesario retomar las banderas revolucionarias bajo otra Internacional. La IIIº Internacional, estrangulada por la política de Stalin, cumplía un rol cínicamente contrarrevolucionario traicionando abiertamente a la clase obrera mundial. De la misma manera que Marx y Engels combatieran dentro de la Iº Internacional por mantener el espíritu revolucionario y Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Lenin y Trotsky intentaran mantener el hilo de continuidad con estas experiencias abandonando la IIº Internacional cuando la mayoría traicionó abiertamente los principios aceptando participar en la guerra imperialista, uno de los máximos dirigentes de la revolución de octubre abandonaba la IIIº Internacional, que había defeccionado irremediablemente ante las pruebas de la historia.

La IVº Internacional surge declarando en su programa que "una política correcta se compone de dos elementos: una actitud inflexible ante el imperialismo y sus guerras, y la aptitud de basar el propio programa en la experiencia de las masas mismas."

No creemos casual, entonces, que sea la IVº Internacional la que inscribe en sus banderas la consigna de ¡Paso a la mujer trabajadora! ¡Paso a la juventud! En su programa leemos: "Las organizaciones oportunistas, por su naturaleza misma, centran principalmente su atención en las capas superiores de la clase obrera, y por consiguiente, ignoran tanto a la juventud como a la mujer trabajadora. Ahora bien, la declinación del capitalismo asesta sus golpes más fuertes a la mujer, como asalariada y como ama de casa."

Nada se ha demostrado más certero con el correr del tiempo. Las mujeres constituimos el 70% de los 1.500 millones de personas que viven en la pobreza absoluta en todo el mundo. Las campesinas son jefas de una quinta parte de los hogares rurales, y en algunas regiones hasta de más de un tercio de los mismos, pero sólo son propietarias de alrededor del 1% de las tierras, mientras el 80% de los alimentos básicos para consumo los producen las mujeres. En Latinoamérica, son 154 millones de mujeres las más pobres de entre los pobres.

En el último año, 13 millones de niños murieron por hambre en el mundo: es un número seis veces mayor al total de víctimas que provocó la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918. La mayoría de esos niños, son niñas.

El valor y volumen del trabajo doméstico no remunerado equivale entre el 35 y el 55% del producto bruto interno de la mayoría de los países. La producción doméstica representa hasta un 60% del consumo privado. Este trabajo no remunerado recae casi absolutamente en las mujeres y las niñas.

Según un informe de la OIT, la tasa de desempleo urbano en el continente latinoamericano alcanzó hacia fines del 2002 a 17 millones de personas, afectando de manera especial a las mujeres. Por otra parte, las mujeres que trabajan lo hacen en situación cada vez más precarizada: no sólo cobran un salario entre 30 y 40% menor al de los varones por el mismo trabajo, sino que en su mayoría, no tienen obra social ni derechos jubilatorios.

En nuestro sufrido continente, el aborto clandestino sigue siendo la primera causa de muerte materna; son 6.000 las mujeres que mueren anualmente por complicaciones relacionadas con abortos inseguros. Contrariamente a lo que se podría imaginar, a comienzos del siglo XXI vivimos una actitud cada vez más beligerante del fundamentalismo católico en alianza con los Estados y el poder político contra los derechos sexuales, reproductivos y el derecho al aborto, mientras salen a la luz cada vez más casos de abuso sexual contra niños, niñas y jóvenes perpetrados por los miembros de la Iglesia.

América Latina y el Caribe, por otra parte, registran los índices más altos de violencia contra las mujeres: el homicidio representa la quinta causa de muerte, el 70% de las mujeres padece violencia doméstica y el 30% reportó que su primera relación sexual fue forzada. Se calcula que el 80% de las agresiones permanecen en el silencio ya que no son denunciadas por temor o por la certeza de que la denuncia no será tomada en cuenta. Más de 300 mujeres fueron asesinadas durante los últimos años en Ciudad Juárez (México), constituyéndose esa ciudad fronteriza en un lamentable ejemplo de femicidio, impunidad, misoginia y barbarie. En el otro extremo del continente, aquí en la provincia de Buenos Aires, se calcula que en 120.000 hogares hay mujeres que sufren maltrato, y en el lapso de un año se cometen más de 50 homicidios de mujeres en manos de sus parejas. En nuestro país, se calcula que se producen entre 5.000 y 8.000 violaciones por año. Según las especialistas en violencia, en todo el mundo, uno de cada cinco días de ausencia femenina en el ámbito laboral es consecuencia de una violación o de la violencia doméstica.

Si bien con la lucha del feminismo se consiguió introducir modificaciones enormemente favorables en las legislaciones de nuestros países en relación con el divorcio, la patria potestad compartida, el cupo en los cargos públicos electivos, etc, la realidad indica que aún estamos muy por detrás de haber solucionado con las leyes las situaciones más acuciantes que vivimos las mujeres del continente.

Pero así como las espeluznantes cifras del horror y los relatos de la barbarie que aún siguen sufriendo millones de mujeres son siniestras realidades, no es menos cierto que las mujeres estamos de pie y seguimos siendo, en muchos casos, protagonistas indiscutibles de la resistencia y el enfrentamiento contra esta misma barbarie, como lo demostraron en estos días, las mujeres campesinas, las mujeres aymaras y las trabajadoras mineras de Bolivia.

Quien quiera acabar con tanta barbarie, antes de correr a manos de los parlamentarios, de los demagogos, de los financiamientos de ayuda del Banco Mundial para implementar programas "con perspectivas de género", debe depositar confianza únicamente en estas fuerzas, en la fuerza de las obreras de Brukman, en la de las campesinas bolivianas, en la de las mujeres del pueblo que salieron a la calle y lo seguirán haciendo aún cuando no estén enteradas de qué significa el socialismo, ni qué significa el feminismo.

Los traidores de la clase obrera, los dogmáticos o los que sólo se regodean en discursos académicos, los que pactan con los gobiernos asesinos del pueblo, los que sojuzgan a los más débiles, podrán seguir diciéndose marxistas muy a nuestro pesar. Pero nosotros creemos que el marxismo revolucionario vive únicamente en estas experiencias de los sectores más oprimidos y explotados de las masas, las mujeres y la juventud.

Patriarcado y capitalismo han constituido una unión indisoluble donde el hambre y el abuso, la desocupación y la violencia, la explotación y la opresión se ciernen sobre las mujeres del mundo de un modo siniestro.

Pero la experiencia de las mujeres de la Revolución Rusa está viva en los levantamientos de las mujeres bolivianas y en todas las mujeres del mundo que se levantan contra el orden establecido.

Por eso, creemos que hoy sigue siendo cierto aquello que dijera la socialista norteamericana Louise Kneeland en 1914: "El socialista que no es feminista carece de amplitud. Quien es feminista y no es socialista carece de estrategia."

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