La miseria

   Nuestro sistema de necesidades está cambiando, así que los errores de siempre no bastan. Cuando las cosas se ponen feas la necesidad de coincidir empieza a ser más determinante que la coincidencia de necesidades. Pero, ¿por qué esforzarnos si no sentimos la necesidad? La necesidad es un mal, pero no hay necesidad de vivir bajo el imperio de la necesidad. Cuando lo necesario entra en escena estamos en la miseria. Miseria no de la carencia de las cosas sino de la necesidad de las mismas.  

   El manipulador saca partido de este hecho, en efecto, no es la gran variedad de cosas adquiribles lo que deslumbra. Es posible desasosegar mucho más al ser humano y meterle más miedo si se le da a entender lo que puede desperdiciar si no colabora haciendo esto o aquello. La potenciación de las necesidades fuertes está en la base de las maniobras de manipulación de las necesidades. 

  Cuando hemos desaprendido a reconocer nuestras propias necesidades y a reclamar nuestros derechos nos convertimos en presas de la megamáquina que define en lugar de nosotros nuestras carencias y nuestras reivindicaciones. Entonces es fácil confundir la necesidad como carencia  y la necesidad como proyecto. En el primer caso solo tenemos  conciencia de la existencia  de la necesidad. En el segundo se trata de la conciencia de las formas de satisfacción  de las necesidades y de la actividad consciente dirigida a su satisfacción.

  Vuelvo de ver a un enfermo, sólo parece salir de su resignación e indiferencia cuando habla de su mayor y prácticamente único enemigo. Algunos de nosotros buscamos por todas partes al enemigo y cuando por fin lo encontramos resulta que éramos nosotros. No tenemos ningún motivo racional para no desconfiar de la fidelidad a las reglas por parte de los demás ni de uno mismo. Y ello hace necesaria la coacción que es capaz de proporcionar la miseria, la miseria exige de nosotros que necesariamente vivamos en un orden coactivo.

  Volvemos al ¿qué hacer? de Lenin, volvemos a la pregunta previa que los marxistas siempre ignoramos: ¿Qué hace trabajar al hombre?, ¿qué le lleva a resignarse a ocupar su puesto en la sociedad?. La ignoramos porque no nos gustan las respuestas. No nos gusta pensar en la naturaleza miserable del hombre.

   Sin duda mientras los hombres no sean conducidos por la razón, es bueno que sean conducidos por el temor, para que hagan a sus semejantes el menor mal posible, pero no hay que ser cándido en todas esas convenciones socialmente útiles, y creer que los hombres valen realmente más cuando, por miedo al castigo, no ceden más al odio o a la envidia: han cambiado de esclavitud, he ahí todo. Lo dijo Spinoza, aquel fatalista sagrado.

   Siempre podemos pensar, para alegrarnos el día que al desaparecer el apoyo de la necesidad, desaparece también la necesidad de apoyo. El dolor y  la desesperación se abren entonces al alborozo de la ligereza, a la risa, a esa risa cuyo aprendizaje recomendaba Zarathustra a los hombres “que podían”… «toda tarea intelectual es esencialmente humorística»…  Salta la paradoja, la chispa jocosa de la aparente incompatibilidad entre dos ideas, que sin embargo deben ir juntas. 

   La mentira del capitalismo era: «A cada cual según sus méritos». Hubo un tiempo, ¿recordáis, hermanos?, cuando el socialismo parecía posible, nos dijimos: «A cada cual según sus necesidades». Más tarde cuando estaba claro que los buenos días estaban llegando fue: «A cada cual según sus deseos”; hoy, más necesitados que nunca en saber por qué ir a trabajar cada mañana, hemos acabado diciendo: «A cada cual según sus errores». Es decir: dame Señor mi hambre de hoy, y mi hambre de mañana, dámela más todavía.

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