La Mesa de Negociaciones y las Tres Constituyentes (Editorial 10)

Un régimen colombiano agotado, agrietado, con profundas contradicciones internas, un pueblo avanzando organizadamente y un contexto internacional de crisis profunda del capitalismo que avizora nuevas y peligrosas guerras, fabricadas como salida a la inagotable sed de recursos por parte de los Estados Unidos y sus aliados, como es el caso de las tentativas para atacar a Irán y Siria. Son realidades que no se deben abstraer al momento de abordar la coyuntura actual en Colombia respecto a una negociación de paz entre el gobierno y las FARC –EP.

El fracaso de la estrategia de los E-U en Colombia para cumplir su propósito de saqueo de los recursos nacionales expresada en la era Uribe, cuyo principal fin era despejar a sangre y fuego el campo colombiano para la entrada de la “inversión extranjera”, tiene un autor, el pueblo colombiano y su capacidad organizativa y de resistencia. A pesar de los cientos de miles de muertos y desaparecidos en el país con la embestida militar y paramilitar para desarticular los procesos sociales, el pueblo sobrepasó dicha estrategia sangrienta.

El cambio en el gobierno Santos que no es cambio de los propósitos, pero tampoco se limita a una simple variación de estilo, implica una nueva estrategia jurídico – política, que incluye reformas y leyes subrepticiamente maquilladas y presentadas como populares pero que esconden el engaño a las victimas,  al país, la legalización del despojo y profundizan la concentración de la tierra por parte de una minoría.

Sin embargo es la “llave de la paz” el componente fundamental de la nueva estrategia norteamericana en Colombia representada hoy por Juan Manuel Santos. Aunque el régimen colombiano le ha garantizado toda la seguridad jurídica necesaria a las multinacionales (es decir los mecanismos por medio de los cuales estas pueden extraer y apropiarse de los recursos naturales, imponer la esclavitud de miles de trabajadores, violar derechos humanos, laborales y constitucionales), dado el conflicto armado no han logrado garantizarle seguridad real para que su saqueo sea sosegado y sin perdidas millonarias. Además la resistencia social en las regiones a los megaproyectos minero – energéticos, las huelgas, las grandes movilizaciones en respuesta a las locomotoras gubernamentales, la creación de sindicatos que aglutinan a nuevos obreros en situación de esclavitud, sumidos en el abismo de la tercerización, el vigoroso movimiento estudiantil, el movimiento indígena, la fortaleza campesina, y la articulación para la acción popular, obligaron al imperio a sentarse a conversar.

Las contradicciones entre el sector mafioso del capital y la mafia capitalista tradicional, expresadas en las pugnas de Uribe y Santos. La enorme crisis ética materializada en la corrupción y el crimen en todos los niveles del Estado; los partidos políticos, la fuerza pública y el congreso de la República. Hacen del colombiano un régimen agotado y agrietado y con una credibilidad aceleradamente descendente. Es allí donde las llaves de la paz salen del bolsillo de Santos.

Un elemento que ha sido definitivo, es la aparición en la escena política y social de diversas plataformas sociales y movimientos políticos como la Marcha Patriótica, que emergen como fuerzas populares aglutinantes. En dichos procesos se delinea una concepción de la paz con justicia social, como derecho y deber constitucionales y por tanto la paz como mandato popular. Se entiende entonces que la paz deberá ser impuesta por el pueblo con o sin mesa de negociaciones. Mandato emergido de múltiples encuentros y cabildos nacionales. De allí que el gobierno colombiano auspiciado por los E-U presente la “llave de la paz” cuando el pueblo ya había tumbado la puerta. Sin duda esta realidad negada por los medios masivos pero inobjetable, hará de dichas negociaciones un escenario donde el pueblo participará como fuerza principal y determinante.

Muy al contrario de la fascista visión de la conciliación de los contrarios, se demuestra que en Colombia para que el régimen hablara de paz era necesaria la agudización de las contradicciones, la exacerbación de la lucha popular en todos los escenarios. Los Estados Unidos expertos en leer los momentos políticos y por tanto, los momentos de riesgo para sus regímenes aliados, no desconocen su fracaso en Colombia, el agrietamiento del bloque de poder, y no descartan la posibilidad de un levantamiento popular. De allí que se pretenda desacelerar y restarle profundidad al punto alcanzado por las contradicciones de clase, a través de los diálogos de paz. Y es que es tan grave la situación del régimen colombiano que la ultraderecha pretende disfrazarse de centro y el centro de izquierda indignada. Como siempre, parece ser que en esta actual coyuntura política en Colombia, lo único genuino es el pueblo organizado.

La ultraderecha colombiana ofrece su propuesta de constituyente con el fin de reducir a los mínimos posibles los derechos ciudadanos, formalizar una dictadura militar – paramilitar, garantizar la impunidad, la amnesia histórica e institucionalizar el crimen de Estado con el discurso desgastado de guerra contra el terrorismo. Los diarios publicaron hace unas semanas la solicitud formal del uribismo para participar en la mesa de negociaciones próxima a instalarse en Oslo, Noruega. Juan Carlos Vélez Uribe, dijo que su proyecto “puede ser la herramienta de una vez para concretar un acuerdo con las Farc”.

El reacomodamiento del centro parece manifestarse en el propósito de salvar la constitución del 91, tal y como se desprende del comunicado del encuentro realizado en Medellín donde surge el movimiento “Pido la Palabra”, no buscan como la ultraderecha una nueva constitución sino mantener la del 91. Se pretende salvar lo que hoy lamentablemente es solo un rescoldo de lo que antaño fuera, teniendo en cuenta las condescendencias neoliberales de la misma y solo algunas porciones demasiado breves y formales de soberanía popular. Sin embargo la constitución del 91 es hoy insuficiente para los retos políticos, económicos y sociales del presente.

Las organizaciones sociales y populares en cambio se encuentran en pleno proceso de construcción de constituyentes locales y regionales por la paz con justicia social. Constituyentes no construidas por notables sino desde y por el cimiento popular, la base del país, emergidas desde las necesidades más sentidas de la gente del común y donde el pueblo le da vida al ejercicio práctico de su autonomía y su carácter de constituyente primario.

Los voceros de los Estados Unidos aseguran que ese país no está presente en la mesa de conversaciones en la Habana, pero de hecho lo están a través del gobierno Santos, creer lo contrario sería considerar que Colombia es una nación soberana. El paramilitarismo también esta presente ya que es y ha sido una estrategia de Estado y una creación doctrinal de los Estados Unidos.

El movimiento popular debe estar allí en dicha mesa, pero no mecánicamente, su presencia real se dará desde las calles, las acciones populares, los ejercicios de poder popular y con el fortalecimiento de los procesos organizativos y de articulación de todos los sectores sociales del país. Se puede estar en la mesa (lo que seguramente se dará) y no jugar un papel determinante en la misma y se puede estar ausente y estar más presente que nunca, mientras la movilización fortalecida sea la que hable e impele a colocar sobre la mesa los puntos emergidos de las necesidades del pueblo expresadas en la lucha organizada.

Aparentemente ni los Estados Unidos ni el pueblo colombiano están en la mesa. Sin embargo un enfoque no formalista nos lleva a concluir que el pueblo es el principal sujeto, impulsor y orfebre de las actuales conversaciones y de hecho está allí. Definitivamente la eventual negociación tendrá dos actores fundamentales: El pueblo colombiano y el Imperio. 


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