La memoria y la desmemoria

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Hay algo muy interesante en todo este lío que se ha organizado con el tema de la Ley de Memoria Histórica, y es que se certifica -como si antes no lo tuviéramos claro- quién es quién, y por qué lado se levanta de la cama cada uno. Ahora es de dominio público -como si antes no lo fuese- que el PP condenó en su día oficialmente el franquismo, alzamiento militar y dictadura, por obligación y no por convicción. Defenderlo de forma oficial hubiera resultado demasiado escandaloso. Una vez hecho esto, evitan seguir insistiendo en la reprobación pública, y se permiten disculpar, justificar, defender e incluso alabar. Hemos visto en las últimas semanas declaraciones sumamente esclarecedoras que merece la pena subrayar, como las de Jaime Mayor Oreja, quien dice, refiriéndose al tema que nos ocupa «¿cómo voy a condenar lo que, sin duda, representaba a un sector muy amplio de españoles?». Eso es definirse, sin duda. Continúa: «¿Por qué condenar el franquismo, si hubo muchas familias que lo vivieron con normalidad y naturalidad». Y la estocada: «Era una situación de extraordinaria placidez». Se ve claramente en qué lado vivió Mayor Oreja y allegados, porque es evidente que hubo también muchas familias que no conocieron ese estado de extraordinaria placidez. Si tan plácido fue, no es de extrañar que él y algunos otros echen de menos tales tiempos, tan plácidos en comparación con la revoltura rojilla en la que nos hallamos inmersos. Tiempos en los que la religión no va a misa, los homosexuales se casan y encima se rompe España, todo junto en una misma ensalada. El Apocalipsis, vamos.

Y en la misma línea se definen los dos voceras, Acebes y también Zaplana, en su estilo bocazas particular, convertido en adalid de las libertades, achacando esta veleidad de la Memoria Histórica a la «mala conciencia» que deben tener algunos socialistas que gozaron de privilegios durante el franquismo. «Muchos de los que la promueven, ni ellos ni sus familias han sido exiliados, han sido perseguidos, han sufrido el franquismo. Más bien se han beneficiado». Y remata con suma sorpresa: «¿el mundo está al revés o qué?». Eso, «¿o qué?», es lo que decimos los demás. O qué, señores. Rajoy, en su tibieza habitual, muestra desde hace unos meses un claro cambio de estrategia: de pasarse el día aireando trapos sucios se cambió a otro discurso más optimista, basado en la filosofía de «pelillos a la mar»: para qué escarbar el pasado, lo que pasó, pasó; hay que mirar al frente, continuar caminando, dejarse de asuntos trasnochados en los que no merece la pena revolver; los que miran atrás es que tienen poco que decir sobre el presente y el futuro de España, y así.

Estamos de acuerdo en que no hay que escarbar innecesariamente. Las cosas se escarban sólo una vez y basta, si se hace bien. Se pone cada pieza del puzzle en su sitio y luego se sigue hacia delante, que es lo que a todos más nos interesa. Pero si las bases siguen revueltas, confusas, escondidas, enterradas, jamás nos zafaremos de este lastre que es vivir en un país donde todavía persiste en algunos la conciencia de vencedores y vencidos. Quizá sólo si se abren las ventanas y se ventila toda la casa, si se barre debajo de los muebles, se miran los armarios cerrados y se limpia toda la mierda acumulada, sin pasar de puntillas pero sin entrar en recriminaciones que ya no tienen sentido, quizá así podamos continuar adelante más ligeros todos, más aliviados. El pasado pesa cuando no se lo mira de frente. Luego deja de pesar para convertirse en historia.

La cuestión es si con los años que han pasado este país ha alcanzado la madurez suficiente como para hacerlo de forma rápida y limpia. Quizá no, viendo que todavía hay sectores, si no amplios sí ruidosos, que se empeñan en remover heridas, azuzar viejos odios, esgrimir los símbolos según su conveniencia y basar su presente en el constante enfrentamiento.

Pero también tenemos que decir que quizá sí, porque una gran mayoría, enorme mayoría, quiere ser capaz de mirar atrás libre de resentimiento y de culpa, el tiempo justo para poner cada cosa en su sitio y continuar caminando. Vivir, señores, vivir sin más, con historia pero sin traumas.

Que toda esta polémica sirva para saber quién es quién, y para que no perdamos la memoria, pero la reciente. Tengamos en cuenta que dentro de nada volvemos a las urnas. Recordemos entonces todas estas trifulcas interesadas y actuemos en consecuencia. /CF