La lucha por la memoria de los nadies. El caso de La Puebla…

En recuerdo de la “Jimenita”

Se han necesitado muchas décadas para que unas II Jornadas sobre la “memoria histórica” se hayan podido celebrar en La Puebla de Cazalla, Sevilla. Que se hayan hecho con  las toneladas de emotividad obvia, pero como algo obligado, algo que se imponía llevar a cabo y que se estaba retrasando demasiado, en parte porque la magnitud de la tragedia, similar a la de tantos otros pueblos que soñaban con la tierra y la libertad.

Han tenido que transcurrir  casi ocho décadas desde aquel 31 de julio de 1936 cuando “el pueblo era ocupado por una columna “integrada por una compañía al completo del Tercio, una compañía de infantería del Regimiento Granada, nº 6 y un escuadrón pié a tierra del regimiento de caballería Taxdir, nº 7. Una sección de armas automáticas y dos pieza de artillería, más una sección de zapadores. Cincuenta guardias de asalto y treinta requetés, completaban la fuerza…”, según datos recogidos por “el libro” que marca un antes y un después en esta historia: La represión militar en La Puebla de Cazalla, 1936-1943, obra minuciosa y trabajada con una voluntad inquebrantable por José Mª García Márquez y que fue editada en el 2009 con el sostén de la Fundación de Estudios Andaluces.

Los datos fundamentales están ahí, encima de la mesa. Nos vienen a demostrar que la mayoría del pueblo vivía el sueño igualitario y democrático de la reforma agraria y la República. Las izquierdas (PSOE con unas juventudes “caballeristas”, más un PCE recién creado y unos cuantos anarquistas que trabajaban en la FTT de la UGT), había ganado las elecciones. Los “tumultos” de la gente que ya no temía a la Guardia Civil se tradujeron en huelgas y manifestaciones que causaron estupor entre la gente que creía que la vida era siempre igual, y temor entre los señores que siguen poseyendo la tierra. Después del golpe militar-fascista, el pueblo conoció “quince días rojos” durante los cuales se intentó colectivizar las tierras; durante ese tiempo, nadie fue maltratado, ni tan siquiera los señores que decían aquello de “comed República”.

A su llegada,  la columna de la muerte abrió de pleno el corazón de las tinieblas. El inicio de terror infinito que tuvo un “dèjá vu” tembloroso el 23-F, y que ha permanecido entre las víctimas y los testigos hasta el extremo que se creyó que todo aquello, mejor era no tocarlo. Todavía quedan familiares de las víctimas que no pueden hablar ¡”de todo aquello” sin un llanto  y una emotividad que no pudo jamás ser sometida.

Fue lo que sucedió durante los sucesivos Ayuntamiento de izquierdas (PTE, PCE, IU, PSOE), aunque han dedicado calles dedicadas a Salvador Allende, plazas al “comunista” José Mª Moreno Galván, etc., sin embargo, no hay ni una mala placa que rememore a las víctimas del terror, a víctimas de crímenes, muchos de ellos en verdad escalofriantes. Sí se trataba de dar un “escarmiento” para varias generaciones, lo lograron. De hecho, la sombra del gran terror franquista se proyectó en las libertades conquistadas a pesar de el terror siguió siendo una pieza fundamental en manos de los “reformistas” del franquismo,  algunos de ellos reclamados por la justicia argentina por crímenes contra la humanidad.

En el prólogo de “el libro”, Francisco Espinosa nos ofrece una versión sumaria de las víctimas entre fusilados y desaparecidos en un tiempo de represalias en fría, sistemática, de juicios sumarios sin necesidad de demostrar nada, una cifra que se amplia por los mil jóvenes que, como mi padre y muchos de mis tíos, se vieron obligados a servir durante largos años al servicio del ejército ocupante llevados por dos intenciones: regresar cuanto antes, “no matar a ningún infeliz hijo de vecina”. Espinosa cifra estas víctimas en un tercio de la población. Pero hubo más…

En los años siguientes, como en todo el país, fue el pueblo llano el que tuvo que pagar los gastos y los desastres de la guerra. La más profunda depresión fue una realidad generalizada entre la gente de a pie, entre “los que tenían entrañas”. Por supuesto, se dieron casos de personase que fue encarcelada, como fue el caso de dos hijos de la “Jimenita”, una anciana de la calle San José (la mía). La misma que en los años cincuenta clamaba por sus hijos, por sus nietos metidos en hospicios tan terribles que uno que regresó parecía medio atrasado.

La “Jimenita” como tantas otras víctima tuvieron que lidiar cada día con la presencia como “autoridades” de algunos de los sicarios que “les dieron al gatillo”, fueron durante décadas guardias municipales que no tuvieron reparos en humillar a los familiares de las víctimas. A viudas que tuvieron que sacar su casa adelante fregando los suelos de los vencedores. Familiares a los que el lugar se les hizo insoportable y que iniciaron la gran emigración. Una emigración que antes se había evitado…en espera de que una reforma agraria les diera trabajo y dignidad.

Ha pasado todo ese tiempo y todavía la “derecha civilizada” (término que en los setenta se utilizaba en oposición a la franquista), se siente soliviantada por la edición de “el libro”, la misma que seguramente habrá dicho cosas parecidas sobre estas jornadas en las que se tiene prevista hablar de historiografía, los usos y abusos de la memoria histórica, de una historia local de la que me acordé el día que leí aquellas palabras de Voltaire: “la historia de la humanidad es la historia de sus crímenes”. Estas palabras resumen perfectamente lo que significó el levantamiento, una historia de la que es muy difícil encontrar una sola página a rescatar. Obviamente, como en todo fenómeno histórico, la “gesta franquista” requiere análisis, explicación, lecturas, sobre todo en los casos de las personas que acabaron apartándose del régimen y fueron asumiendo otra manera de ver las cosas. Pero pocas veces en la historia humana el dilema entre el bien y el mal se ha aproximado tanto a los hechos.

Dicho de otra manera, lo peor de la República era mejor que lo pudiera haber de bueno entre los alzados en nombre de Dios y de España, una España que tenía que mirar hacia atrás, hacia el Imperio para encontrar una imagen en la cual verse.

En el libro de García Márquez,  Francisco Espinosa enumera las dificultades que éste ha encontrado para escribir su estudio: “el lamentable estado de los archivos generales, la destrucción de la documentación municipal y las limitaciones de los registros civiles de defunciones”, pero aún y así, su trabajo tiene el carácter de irrefutable.  Todavía el historiador que trate de pida permiso para estudiar aquella época en los archivos militares, es recibido con cara de perro por los responsables. Se habla de “historiadores” franquistas”, pero me parece que se trata de dos términos antagónicos.

El franquismo nunca concibió la historia como una disciplina que busca la verdad de los hechos, todo lo contrario. Durante décadas, la dictadura no admitió más historia que la suya, la de la Cruzada. Luego aparecieron personajes como Ricardo de la Cierva, que siendo ministro de Suárez declaró que cuando un militar le daba una orden, él se limitaba a obedecer. No fue otra cosa lo que hicieron los llamados “revisionistas” cuando la FAES hizo una potente inversión por ganar –también- la batalla de las interpretaciones. Casi lo logra, menos mal que emergió una resistencia desde abajo, lejos de la izquierda arrepentida que había echado siete llaves sobre las ideas y principios por los que lucharon varias generaciones militantes.

Durante décadas, esta tragedia inconmensurable marcó con fuego a las víctimas, a los testigos y a todos aquellos que vivimos de cerca el ambiente opresor y asfixiante de la dictadura. El grado de represión contra el pueblo republicano fue tan extremo, que acabaron siendo los hijos de los “vencedores” los que –en su mayor parte- se integraron en la generación resistente que haría imposible la continuidad del régimen, la de los sesenta, la que tuvo que correr delante de los “grises” y escapar de la Brigada Social, la que pudo haber sido destrozada en cualquier comisaría o cuartelillo..

La represión no fue para nada lo propio de una guerra de unos contra otros, se trató ante todo y sobre todo de un ejército colonial que hizo la guerra “contra los moros del Norte” como antes la habían hecho contra los del Sur, de cumplir un plan exterminista en lo que respecta a los llamados “rojos”, que fueron tratados como no personas.  Se trataba de “acabar de raíz” cualquier disidencia, sobre todo en la social, contra la clase trabajadora cuya militancia fue casi destruida y sus conquistas enterradas. Se llegó a extremo de militares que dispararon contra gente que trabajaba “por sí acaso”, con la garantía absoluta de que nadie les iba a pedir cuentas por aquellos desgraciados.

Esto hizo que el miedo llegara a ser tal que mis padres tomaron mi beligerancia antifranquista como “la mayor desgracia que les podía ocurrir”, “más que sí hubiera sido un ladrón o un maricón”, según palabras de papá. En La Puebla de “los moriscos” (como nos llaman los pueblos cercanos), la magnitud del horror se hacía visible, como lo era en el parte del vecindario del que no se podía evitar el comentario “le mataron” el padre, el marido, el hermano…La democracia fue una imposición desde abajo animada por un sector muy amplio de la población que ocupó las fábricas, las calles, los centros de estudios. Que consiguió arrastrar tras de sí a una mayoría a la que le seguía pesando el miedo como una loza.

Durante la Transición, esa mayoría apoyó una “tercera vía” entre el franquismo y una República avanzada, la vía de una democracia que, a pesar de todas sus líneas rojas (los grandes negocios, las nacionalidades, la monarquía como forma de continuidad de un jefe del Estado que lo era a su vez del ejército), porque la promesa de la Europa social era lo más atractivo que tenía a la mano, sobre todo dado el creciente desprestigio de los países mal llamados socialistas. Ahora, cuando se  mire en retrospectiva, queda la evidencia que en nombre de la prudencia se abandonó la defensa del pueblo trabajador.

El régimen de la Transición creó las bases de una nueva historia oficial que anulaba la memoria que había iluminado la resistencia antifranquista, duramente conquistada desde plataformas como Ruedo Ibérico, la revista Triunfo y un archipiélago de editoriales militantes, por no hablar de los hombres y mujeres que no se resignaron por un puesto en la gestión política profesional convertida en una forma de negocio. Dicha “historia oficial” se orientó nuevamente hacia  la derecha que recuperaba así la iniciativa a través de las beatificaciones de su “mártires” (¿alguien podía ser cristiano y defender a los golpistas?) y del proyecto “revisionista” auspiciado y financiado por la FAES, el felipismo logró la dudosa hazaña de que durante el 50 aniversario del golpe militar-fascista en la piel del toro se hablara menos de la guerra que en…cualquier otra parte de Europa.

Desde la presunta equidistancia (una República democrática contra un golpe de Estado de ordeno y mando), tratar de los casi 150.000 insepultos en cunetas, pozos, grietas o tapias de cementerio, se convertía en un problema porque la derecha no lo podía permitir, a los más se podía decir era si acaso aquello de Gila: “aquí alguien ha matado a alguien”. No se podía señalar a los culpables que hicieron la guerra contra el pueblo como una “carrera” hacia el ascenso social y que fueron premiados hasta extremos grotescos. Querían seguir mirando por encima del hombro a los plebeyos, un sentimiento que  se reflejó en casos  como el del president de la Generalitat, Camps, que presumió de haber gozado de todo el afecto de su abuelo franquista, mientras Rodríguez Zapatero que no pudo conocer el del suyo…porque lo habían fusi8lado.

Esta política se impuso pues como una “razón de Estado” en los ochenta, como un impuesto que los derrotados tenían que pagar para no despertar lo que se llamó el “guerraivilismo”. Tenían que callar, de ahí que desde El País se proclamaba en línea editorial que la historia era algo que no podía estar en mano de la gente de pie, de los ignorantes y que, por lo tanto, había que dejarla a los especialistas. Tuvo que aparece el “movimiento por la memoria histórica”, para que los historiadores que habían investigado sobre las víctimas lejos de los focos mediáticos, pudieran publicar y llegar a la gente, y para que las nuevas generaciones comenzaran a preguntarse por el silencio que rodea la muerte de su abuelo que fue “paseado” como tantos otros, en una de aquellas madrugadas en camiones de la muerte.

Este  combate viene a demostrar una vez más que los de abajo han de  conquistar y defender la memoria de las ideas y organizaciones que dieron vida a la lucha por civilizar la sociedad, por unas mejoras sociales que los señores y sus servidores le negaron a sangre y fuego. No es por casualidad que jornadas como libros y actividades como los citados tengan cada vez mayor trascendencia aunque todavía queda por andar.  Son una muestra más de que la situación está cambiando y que estamos pasando nuevamente del yo al nosotros. El nosotros de las víctimas y de los hombres y mujeres que siempre nos hemos sentido parte de ellas.

Escribo estas cuatro líneas como descargo de ideas que me habría gustado decir en el lugar y en el momento de las jornadas, convencido de que, más tarde o mejor temprano, aparecerán nuevas generaciones capaces de poner la verdad, la justicia y la reparación en una memoria que durante casi ocho décadas apenas si dejaba lugar para algo más que el dolor y las lágrimas.

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