La lucha contra el cambio climático ahora

En los años sesenta, se comenzó a discutir la posibilidad de que el dióxido de carbono (CO2), entre otros gases de efecto invernadero (GEI), fuera el responsable del calentamiento global. Hoy en día, prácticamente nadie pone en duda la existencia de un calentamiento de origen antrópico y, conforme se analizan sus consecuencias, se va dibujando un futuro mucho más inhóspito para la mayor parte de la Humanidad. Este agravamiento pone de manifiesto la importancia de reaccionar decididamente desde ya y durante los próximos 50 años, antes de que sea demasiado tarde. La cuestión principal ahora es: ¿cómo ponemos realmente freno el cambio climático?

Cambio climático = negocio

El cambio climático es un negocio magnífico para muchas empresas transnacionales, por lo que no les interesa frenarlo. Las inversiones en adaptación a las consecuencias del calentamiento global moverán un capital cercano al 20% del PIB mundial en los próximos 50 años, mientras las inversiones destinadas a reducir las emisiones de GEI (mitigación) supondrán tan sólo una inversión máxima del 5%. Además, el sistema productivo capitalista muestra una fuerte inercia, resistiéndose a cambios radicales en el mix energético, con las “empresas del carbono” (petroleras y automovilísticas) a la cabeza.

En sentido contrario a esta inercia empuja la competencia en el mercado de energías renovables. Las empresas tratan de colocarse en una posición ventajosa de cara a un futuro con petróleo muy caro, impulsando el desarrollo de tecnologías energéticas más “frías”. Por otro lado, existe una vulnerabilidad social muy marcada frente al cambio climático: los dueños y los grandes ejecutivos de las grandes empresas multinacionales no sufren ni sufrirán el cambio climático, mientras que los trabajadores sí lo sufren, especialmente aquéllos con menor poder adquisitivo.

¿Los gobiernos frenarán el cambio climático?

Las cuentas de Kyoto se ajustarán en 2012, y los diferentes gobiernos están buscando ahora un nuevo acuerdo, empujados por la opinión pública internacional. Con este objetivo, se reunirán en Copenhague el diciembre próximo. Antes de la cumbre de Copenhague, el nuevo gobierno japonés ha anunciado que reducirá las emisiones de GEI un 25% en 2020 respecto a 2005; la Unión Europea, un 20%; y la Administración Obama, un 17%. Si se fija en el tratado que releve a Kyoto una reducción próxima al 20% para 2020 y ésta se mantiene, se reduciría el 80% de las emisiones de GEI en 2050, dentro de lo que la comunidad científica manifiesta como imprescindible para no entrar en un cambio climático brusco.

Aún si se alcanzase un acuerdo de mitigación exigente, los trabajadores de todo el mundo deberán estar alerta y no esperar que los gobiernos cumplan sus promesas. Confiar en que los gobiernos y empresas que han generado el calentamiento global van a luchar por frenarlo sería como dejar a un lobo al cuidado de un rebaño de ovejas. Sin ir más lejos, el Estado español se comprometió en el decepcionante Protocolo de Kyoto a aumentar sus emisiones en no más de un 15% respecto a 1990, ¡y ahora se encuentra un 43% por encima de este objetivo!

Estos fracasos no son de extrañar, pues, para fomentar la mitigación, los gobiernos de todo el mundo confían en medidas ecocapitalistas: subida de precios de determinados productos y servicios con tasas que gravan las emisiones de CO2; subvención de productos que emiten menos; o la creación de un mercado de emisiones, para que las empresas que menos contaminen obtengan beneficios al vender sus derechos de emisión. Las medidas ecocapitalistas, no obstante, se han demostrado poco eficientes en múltiples ocasiones. Por ejemplo, la crisis económica provocó que la cotización de la tonelada de carbono cayera de forma alarmante, resultando más barato contaminar ahora que hace unos años, a pesar de que el cambio climático se agrava de vez más.

Por si fuera poco, al cambio climático se suman, cada vez con mayor gravedad, otras muchas problemáticas socioambientales, algunas de ellas estrechamente relacionadas con el calentamiento. Por ejemplo, la deforestación de los bosques intertropicales continúa destruyendo miles de hectáreas cada día, emitiendo cerca del 20% de los GEI, que acaban con la forma de vida y la cultura de miles de indígenas y con reservas de agua dulce y biodiversidad de incalculable dimensión y valor.
Este contexto ambiental y socioeconómico nos muestra que no podemos dejar en manos de los gobiernos y los empresarios la responsabilidad de luchar contra el cambio climático.

El comportamiento individual no es el problema

Las propuestas que más llegan a la ciudadanía desde los gobiernos –tanto de izquierdas como de derechas, ya sea directamente o a través de ONG– son las del consumo responsable, representadas simbólicamente por los “apagones por el Planeta”. Tratan de cambiar los hábitos de consumo para emitir menos GEI, ya sea directa (p.e., conduciendo menos) o indirectamente (p.e., comprando con menos embalajes). La generación del mercado de ‘productos mitigadores’ ha llevado a que hasta algún queso y, por supuesto, todos los coches (!), se anuncien como paladines contra el cambio climático.

Sin embargo, el consumo responsable muestra grandes limitaciones para luchar contra el cambio climático: excluye de la acción a la mayor parte de la Humanidad, concentrada en los países empobrecidos. La ciudadanía carece de tiempo, posibilidades, información y formación para poder elegir productos y servicios “fríos”. Al mismo tiempo, el consumo responsable no incluye muchas emisiones de GEI, como las relacionadas con las administraciones públicas y los ejércitos –el mayor consumidor mundial de petróleo es el ejército de los Estados Unidos.

Éstas y otras limitaciones reflejan claramente que la estrategia de consumo responsable es, por sí sola, totalmente insuficiente para frenar el cambio climático. Y es que no es la gente individualmente la que es, de por sí, malgastadora de recursos naturales. El problema está en la organización ineficaz del sistema actual, que pone los beneficios empresariales por delante del medio ambiente.

Desde las bases contra el cambio climático

Cada vez son más los y las que se movilizan y organizan políticamente frente a una crisis ecológica galopante, con el cambio climático como problemática ejemplar. Desde hace años han venido sucediéndose manifestaciones, marchas de todo tipo y concentraciones en todo el mundo contra este problema, que han reunido a miles de personas. También se realizan campamentos para la acción climática (camps for climate action), que reúnen a activistas para debatir y actuar contra el cambio climático –por ejemplo, junto a una central térmica. Frente a la cumbre de líderes gubernamentales en Copenhague a finales de año, se está organizando una contracumbre y una campaña internacional que muestre a los gobiernos que la gente no confía en ellos.

Simultáneamente, se suceden en todo el mundo batallas, que no por ser locales dejan de ser claves en la lucha global contra el cambio climático. En el Estado español –como ejemplo de lo que ocurre en los países enriquecidos– tenemos decenas de plataformas ciudadanas que agrupan a diversos grupos políticos y sociales de izquierda en oposición a la construcción de centrales térmicas o por el cierre de las centrales nucleares existentes –la producción de energía nuclear emite más GEI que la de renovables. También está siendo muy importante la lucha de la Plataforma ‘Refinería NO’ en Extremadura.

La vanguardia en la lucha contra el cambio climático en los países empobrecidos, pero ricos en bosques (depósitos de carbono), son las comunidades indígenas que defienden cada día sus tierras de la explotación insostenible de madereras y petroleras. Estas poblaciones indígenas forman parte del movimiento ecologista internacional, aunque ellas mismas no se reconozcan como tal, pues ejecutan lo que se conoce como “ecología de los pobres”, es decir, defienden sus formas de vida basadas en la conservación ambiental frente a la depredación capitalista.

Los trabajadores de sectores clave para la economía de algunos países empobrecidos –como el petrolero o el minero– deberían jugar un papel importante en la lucha contra el cambio climático y por la conservación ambiental y la diversificación productiva.

Sindicatos y ecologistas

Los sindicatos tuvieron un papel importante a la hora de impulsar las primeras leyes ambientales modernas, en la segunda mitad del siglo XX. Por ejemplo, los sindicatos estadounidenses se movilizaron fuertemente para aprobar leyes como las relativas a la conservación del agua potable (1974), al control de las sustancias tóxicas (1976) o (en el movimiento de los años ‘60 y ’70) contra la energía nuclear.

Actualmente, algunos trabajadores organizados en sindicatos también se están enfrentando al cambio climático desde sus bases. El ‘sindicalismo verde’ en su forma más radical apoya la organización democrática de los trabajadores para tomar en sus manos la producción, democratizarla y adecuarla a los límites naturales de crecimiento. Desde este sindicalismo se aboga por un decrecimiento y una producción basada principalmente en lo local. Se reivindica, conjuntamente con la disminución de los impactos socioambientales, un reparto justo de las riquezas obtenidas con la explotación sostenible del entorno. De esta manera, se enfoca la lucha por la conservación ambiental desde una perspectiva de clase.

La colaboración de los sindicatos asamblearios y combativos con los grupos ecologistas es clave en el camino contra la crisis ambiental. Precisamente por ser organizaciones muy distintas, pueden llegar a ser muy complementarias. Los trabajadores en sus centros tienen la posibilidad de presionar dejando de producir y conocen bien cómo producir de forma sostenible. Los ecologistas –la mayoría, también trabajadores– conocen en profundidad las problemáticas ambientales a escala global y practican formas de movilización alternativas. Esta combinación multiplica las posibilidades de actuación y éxito en las campañas.

Actualmente, observamos en Gran Bretaña un ejemplo de unión entre sindicatos y ecologistas contra el cambio climático. Activistas de grupos ecologistas se han unido a cientos de trabajadores de la empresa de aerogeneradores Vestas, amenazados con el despido, y que previamente habían ocupado su fábrica. Acabar con el empleo en Vestas es fomentar el cambio climático y arruinar la vida de sus trabajadores.

En la visita del Ministro para el Cambio Climático a Oxford, la presión de los manifestantes (integrados por ecologistas y trabajadores de Vestas) permitió que uno de éstos interviniese en el mítin. Preguntó que, ya que se nacionalizaban los bancos en crisis, por qué no se hacía lo mismo con empresas como Vestas que son claves para frenar el calentamiento global y construir una “economía verde” y, sin embargo, cierran y despiden a cientos de trabajadores. El ministro respondió que, si se nacionalizara Vestas, se asustaría a otras empresas que no invertirían en el Reino Unido. Esta posición muestra, una vez más, que los gobiernos socialdemócratas son incapaces de frenar la crisis ecológica al apostar por el mercado para afrontarla; un mercado que se ha demostrado una y otra vez totalmente irracional y destructivo. La lucha de los trabajadores de Vestas y los ecologistas continúa con múltiples acciones de protestas. Ejemplos como los de la fábrica de cerámicas Zanón (ahora FASINPAT: FÁbrica SiN PAtrones) en Argentina muestran cómo la autogestión de las empresas por los trabajadores es posible en el siglo XXI.

Del mismo modo que están luchando contra el cierre de actividades de la “economía verde”, sindicatos y ecologistas deben unirse también para bloquear actividades con fuertes impactos socioambientales y, a la vez, fomentar un modelo de producción que no altere el clima del planeta. Estas acciones conjuntas, conocidas como ‘prohibiciones verdes’ (green bans), nacieron en Sydney en los años ‘70 y aún hoy siguen vivas. Cuando grupos vecinales y ecologistas se enfrentaban a un proyecto urbanístico agresivo con su entorno, se coordinaban con sindicatos combativos y de base para que sus trabajadores se negaran a participar en dicho proyecto. Y, recíprocamente, cuando estos trabajadores se veían amenazados, los ecologistas responden junto a ellos.

Las green bans se extendieron desde los obreros de la construcción y la ciudad de Sydney a otros sectores industriales y otras ciudades australianas. Por ejemplo, en 1976 la Unión de Sindicatos Australianos bloqueó la minería, transformación y exportación de uranio. Las ‘prohibiciones verdes’ darían muchísima más fuerza, por ejemplo, a las luchas contra las centrales térmicas, las nucleares o la refinería de Extremadura.

Para que la alianza entre sindicatos y ecologistas funcione, hay que seguir construyendo sindicatos rojos y verdes, amplios, asamblearios y combativos, a la vez que hacerlos confluir con el movimiento ecologista y otros movimientos sociales. Ejemplos recientes muestran que los sindicatos no en pocas ocasiones se alinean aún con los empresarios y contra los ecologistas, como ocurrió tras el catastrófico vertido de lodos contaminados desde la mina de Aznalcóllar en Sevilla en 1998 o, más recientemente, frente al cierre de la central nuclear de Santa María de Garoña (Burgos). Otros modelos de desarrollo más justos con el ser humano y su entorno son posibles, por ejemplo, cambiando la energía nuclear en Garoña por una central solar y/o eólica y diversificando, bajo control ciudadano, la economía de la comarca. Huelgas, manifestaciones, desobediencia civil y otras acciones masivas que le den la vuelta al “profits before people” son el único camino para que la gente controle realmente sus vidas y, con ellas, cómo relacionarse con su entorno. Y, sobre todo, que lo haga antes de que sea demasiado tarde para demasiados.

El valor de estas movilizaciones de base frente a las que realizan activistas de élite de grupos ecologistas como Greenpeace es que en las primeras participa mucha más gente de forma directa. Esta participación plural y democrática espolea la progresión en el pensamiento de los participantes –no únicamente en temas ambientales– al interaccionar con otros activistas y unir la teoría con la práctica. Se demuestra que intervenir colectivamente es posible, a la vez que se genera confianza en las luchas desde abajo. Es en las movilizaciones masivas donde se van construyendo los modos de organización alternativos imprescindibles para un futuro sostenible.

Por muy manida que suene la frase, el futuro de nuestro planeta está en nuestras manos, y éstas deben ser manos asamblearias, radicales e imaginativas que construyan futuro a la vez que revolucionan el presente.


La lluita contra el canvi climàtic ara

Als anys 60, es va començar a discutir sobre la possibilitat de què el diòxid de carboni (CO2), entre d’altres Gasos d’Efecte Hivernacle (GEH), fos el responsable de l’escalfament global. Avui dia, pràcticament ningú no posa en dubte l’existència d’un escalfament d’origen antròpic i, a mesura que s’analitzen les conseqüències, es va dibuixant un futur molt més inhòspit per a la major part de la Humanitat. Aquest agreujament posa de manifest la importància de reaccionar decididament des de ja i durant els propers 50 anys, abans que no sigui massa tard. La qüestió principal ara és: com podem posar realment fre al canvi climàtic?

Canvi climàtic = negoci

El canvi climàtic és un negoci magnífic per a moltes empreses transnacionals, per la qual cosa no els interessa frenar-ho. Les inversions en adaptació a les conseqüències de l’escalfament global mouran un capital proper al 20% del PIB mundial durant els propers 50 anys, mentre les inversions destinades a reduir les emisions de GEH (mitigació) suposaran tan sols una inversió màxim del 5%. A més, el sistema productiu capitalista mostra una forta inèrcia, resistint-se a canvis radicals en el mix energètic, amb les “empreses del carboni” (petrolieres i automobilístiques) al capdavant.

En sentit contrari a aquesta inèrcia empeny la competència al mercat d’energies renovables. Les empreses intenten col·locar-se en una posició avantatjosa de cara a un futur amb petroli molt car, impulsant el desenvolupament de tecnologies energètiques més “fredes”. D’altra banda, existeix una vulnerabilitat social molt marcada davant del canvi climàtic: els propietaris i els alts executius de les grans empreses multinacionals no pateixen ni hauran de patir les seves conseqüències, a diferència dels treballadors, especialment aquells amb menys poder adquisitiu.

Aturaran els governs el canvi climàtic?

Els comptes de Kyoto s’ajustaran el 2012, i els diferents governs estan cercant ara un nou acord, empesos per l’opinió pública internacional. Amb aquest objectiu, es reuniran a Copenhague el proper desembre. Abans de la cimera de Copenhague, el nou govern japonès ha anunciat que reduirà les emissions de GEH un 25% el 2020 respecte del 2005; la Unió Europea, un 20%; i l’Administració Obama, un 17%. Si es fixa, en el tractat que rellevi Kyoto, una reducció propera al 20% per al 2020 i aquesta es manté, es reduirà el 80% de les emissions de GEH el 2050, dintre del que la comunitat científica manifesta com a imprescindible per tal de no entrar en un canvi climàtic brusc.

Tot i que s’assolís un acord de mitigació exigent, els treballadors d’arreu del món hauran d’estar a l’aguait i no esperar que els governs compleixin les seves promeses. Confiar en què els governs i les empreses que han generat l’escalfament global lluitaran per frenar-lo seria com deixar un llop al càrrec d’un ramat d’ovelles. Sense anar més lluny, l’Estat espanyol es va comprometre amb el decebedor Protocol de Kyoto a augmentar les emissions en no més d’un 15% respecte del 1990, i ara es troba un 43% per sobre d’aquest objectiu!

Aquests fracassos no són res d’estrany, donat que, per tal de fomentar la mitigació, els governs d’arreu del món confien en mesures ecocapitalistes: pujada de preus de determinats productes i serveis amb taxes que graben les emissions de CO2; subvenció de productes que emeten menys; o la creació d’un mercat d’emissions, per tal que les empreses que menys contaminen obtinguin beneficis al vendre els seus drets d’emissió. Les mesures ecocapitalistes, no obstant això, s’han demostrat poc eficients en multitud d’ocasions. Per exemple, la crisi econòmica va provocar que la cotització de la tona de carboni caigués de forma alarmant, esdevenint més barat contaminar ara que fa uns anys, tot i que el canvi climàtic s’agreuja cada cop més.

Per si això no fos prou, al canvi climàtic se sumen, cada cop amb més gravetat, moltes altres problemàtiques socio-ambientals, algunes d’elles estretament relacionades amb l’escalfament. Per exemple, la desforestació dels boscos intertropicals continua destruint milers d’hectàrees cada dia, emetent prop del 20% dels GEH, els quals acaben amb la forma de vida i la cultura de milers d’indígenes, i amb reserves d’aigua dolça i biodiversitat d’incalculable dimensió i valor.
Aquest context ambiental i socioeconòmic ens mostra que no podem deixar en mans dels governs i els empresaris la responsabilitat de lluitar contra el canvi climàtic.

El comportament individual no és el problema

Les propostes que més arriben a la ciutadania des dels governs –tant d’esquerres com de dretes, ja sigui directament o a través d’ONGs– són les del consum responsable, representades simbòlicament per les “apagades pel planeta”. Tracten de modificar els hàbits de consum per a emetre menys GEH, ja sigui directa (p.e., conduint menys) o indirectament (p.e., comprant amb menys embalatges). La generació del mercat de “productes mitigadors” ha conduït a què fins i tot algun formatge i, per descomptat, tots els cotxes (!), s’anunciïn com a abanderats en la lluita contra el canvi climàtic.

Tanmateix, el consum responsable mostra grans limitacions en la lluita contra el canvi climàtic: exclou de l’acció a la major part de la Humanitat, concentrada en els països empobrits. La ciutadania manca de temps, possibilitats, informació i formació per poder escollir productes i serveis “freds”. Alhora, el consum responsable no inclou moltes emissions de GEH, com les relacionades amb les administracions públiques i els exèrcits –el principal consumidor mundial de petroli és l’exèrcit dels Estats Units.

Aquestes i d’altres limitacions reflecteixen clarament que l’estratègia de consum responsable és, per si sola, totalment insuficient per tal d’aturar el canvi climàtic. I és que no és la gent individualment la que és, per si mateixa, malbaratadora dels recursos naturals. El problema rau en l’organització ineficaç del sistema actual, el qual posa els beneficis empresarials per davant del medi ambient.

Des de les bases contra el canvi climàtic

Cada vegada són més els i les que es mobilitzen i organitzen políticament contra una crisi ecològica galopant, amb el canvi climàtic com a problemàtica exemplar. Des de fa anys han vingut succeint-se manifestacions, marxes de tot tipus i concentracions arreu del món contra aquest problema, les quals han aplegat a milers de persones. També es realitzen acampades per l’acció climàtica (camps for climate action), que apleguen a activistes per debatre i actuar contra el canvi climàtic –per exemple, al costat d’una central tèrmica. Front la cimera de líders governamentals a Copenhague a finals d’any, s’està organitzant una contracimera i una campanya internacional que mostri als governs que la gent no confia en ells.

Simultàniament, se succeeixen a tot el món batalles, les quals no per ser locals deixen de ser claus a la lluita global contra el canvi climàtic. A l’Estat espanyol –a tall d’exemple d’allò que ocorre als països enriquits– tenim desenes de plataformes ciutadanes que agrupen a diversos grups polítics i socials d’esquerra en oposició a la construcció de centrals tèrmiques o pel tancament de les centrals nuclears existents –la producció d’energia nuclear emet més GEH que en el cas de les renovables. També está sent molt important la lluita de la plataforma ‘Refinería NO’ a Extremadura.

L’avantguarda a la lluita contra el canvi climàtic als països empobrits, però rics en boscos (dipòsits de carboni), són les comunitats indígenes que defensen diàriament les seves terres de l’explotació insostenible d’empreses de la fusta i el petroli. Aquestes poblacions indígenes formen part del moviment ecologista internacional, tot i que elles mateixes no es reconeguin com a tals, donat que realitzen allò que es coneix com a “ecologia dels pobres”; és a dir, defensen les seves formes de vida basades en la conservació ambiental davant la depredació capitalista.

Els treballadors de sectors clau per a l’economia d’alguns països empobrits, com el petrolier o el miner, haurien de jugar un paper important a la lluita contra el canvi climàtic i per la conservació ambiental i la diversificació productiva.

Els sindicats i els ecologistes

Els sindicats van tenir un paper destacat a l’hora d’impulsar les primeres lleis ambientals modernes a la segona meitat del segle XX. Per exemple, els sindicats nordamericans es van mobilitzar fortament per aprovar lleis com aquelles relatives a la conservació de l’aigua potable (1974), al control de les substàncies tòxiques (1976) o contra l’energia nuclear, en el moviment dels anys 60 i 70.

Actualment, alguns treballadors organitzats en sindicats també s’estan enfrontant al canvi climàtic des de les seves bases. El “sindicalisme verd” en la seva forma més radical recolza l’organització democràtica dels treballadors per prendre a les seves mans la producció, democratitzar-la i adequar-la als límits naturals del creixement. Des d’aquest sindicalisme s’advoca per un decreixement i una producció basada principalment en el nivell local. Es reivindica, conjuntament amb la disminució dels impactes socio-ambientals, un repartiment just de les riqueses obtingudes amb l’explotació sostenible de l’entorn. D’aquesta manera, s’enfoca la lluita per la conservació ambiental des d’una perspectiva de classe. La col·laboració dels sindicats assemblearis i combatius amb els grups ecologistes és clau en el camí contra la crisi ambiental.

Precisament pel fet de ser organitzacions molt distintes, poden arribar a ser molt complementàries. Els treballadors als seus centres tenen la possibilitat de pressionar, deixant de produir, i coneixen bé com produir de forma sostenible. Els ecologistes (la majoria, també treballadors) coneixen en profunditat les problemàtiques ambientals a escala global i practiquen formes de mobilització alternatives. Aquesta combinació multiplica les possibilitats d’actuació i èxit a les campanyes. Actualment, observem a Gran Bretanya un exemple d’unió entre sindicats i ecologistes contra el canvi climàtic. Activistes de grups ecologistes s’han unit amb centenars de treballadors de l’empresa d’aerogeneradors Vestas, amenaçats amb l’acomiadament, i que prèviament havien ocupat la seva fàbrica. Acabar amb l’ocupació a Vestas és fomentar el canvi climàtic i arruïnar la vida dels seus treballadors. Durant la visita del Ministre per al Canvi Climàtic a Oxford, la pressió dels manifestants (integrats per ecologistes i treballadors de Vestas) va permetre que un d’aquests intervingués al mítin. Va preguntar que, ja que es nacionalitzaven els bancs en crisi, per què no es feia el mateix amb empreses com Vestas, que són clau per a frenar l’escalfament global i construir una “economia verda” i, no obstant això, tanquen i acomiaden a centenars de treballadors. El ministre va respondre que, si es nacionalitzés Vestas, s’espantaria a altres empreses i no invertirien al Regne Unit.

Aquesta posició mostra, una vegada més, que els governs socialdemòcrates són incapaços de frenar la crisi ecològica, a l’apostar pel mercat per a afrontar-la; un mercat que s’ha demostrat una vegada rere l’altra totalment irracional i destructiu. La lluita dels treballadors de Vestas i els ecologistes continua amb múltiples accions de protesta. Exemples com els de la fàbrica de ceràmiques Zanón (ara FASINPAT: Fàbrica SENSE Patrons) a Argentina mostren com l’autogestió de les empreses pels treballadors és possible al segle XXI. De la mateixa manera que estan lluitant contra el tancament d’activitats de la “economia verda”, sindicats i ecologistes han d’unir-se també per a bloquejar activitats amb forts impactes soci-ambientals i, alhora, fomentar un model de producció que no alteri el clima del planeta. Aquestes accions conjuntes, conegudes com “prohibicions verdes” (green bans), van néixer a Sydney als anys 70 i encara avui segueixen vives. Quan grups veïnals i ecologistes s’enfrontaven a un projecte urbanístic agressiu amb el seu entorn, es coordinaven amb sindicats combatius i de base perquè els seus treballadors es neguessin a participar en aquest projecte. I, recíprocament, quan aquests treballadors es veien amenaçats, els ecologistes responien al seu costat. Les green bans es van estendre des dels obrers de la construcció i la ciutat de Sydney a altres sectors industrials i ciutats australianes. Per exemple, el 1976 la Unió de Sindicats Australians va bloquejar la mineria, transformació i exportació d’urani. Les “prohibicions verdes” donarien moltíssima més força, per exemple, a les lluites contra les centrals tèrmiques, les nuclears o la refineria d’Extremadura. Perquè l’aliança entre sindicats i ecologistes funcioni, cal seguir construint sindicats vermells i verds, amplis, assemblearis i combatius, i alhora fer-los confluir amb el moviment ecologista i altres moviments socials.

Exemples recents mostren que els sindicats en no poques ocasions s’alineen encara amb els empresaris i contra els ecologistes, com va ocórrer després del catastròfic abocament de llots contaminats des de la mina d’Aznalcóllar a Sevilla l’any 1998 o, més recentment, enfront del tancament de la central nuclear de Santa María de Garoña (Burgos). Altres models de desenvolupament més justs amb l’ésser humà i el seu entorn són possibles, per exemple, canviant l’energia nuclear a Garoña per una central solar i/o eòlica i diversificant, sota control ciutadà, l’economia de la comarca. Vagues, manifestacions, desobediència civil i altres accions massives que li donin la volta al “profits before people” són l’únic camí perquè la gent controli realment les seves vides i, amb elles, com relacionar-se amb el seu entorn. I, sobretot, que ho faci abans que sigui massa tard. El valor d’aquestes mobilitzacions de base, davant de les que realitzen activistes d’elit de grups ecologistes com Greenpeace, és que en les primeres participa molta més gent de forma directa. Aquesta participació plural i democràtica esperona la progressió en el pensament dels participants –no únicament en temes ambientals– a l’interaccionar amb altres activistes i unir la teoria amb la pràctica.

Així es demostra que intervenir col·lectivament és possible, alhora que es genera confiança en les lluites des de baix. És a les mobilitzacions massives on es van construint les formes d’organització alternatives imprescindibles per a un futur sostenible. Per molt repetida que soni la frase, el futur del nostre planeta està a les nostres mans, i aquestes han de ser mans assembleàries, radicals i imaginatives que construeixin el futur alhora que revolucionen el present.

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