La liberación de Elián

Breve síntesis de una parte del Capítulo 10 y de todo el Capítulo 12 de DANILO que no he incluido en estos artículos, con un estilo distinto del que aparece en la novela:

1-. Después de entregarle a Danilo el dinero que tiene que enviarle a Osvaldo, Jairo le cuenta la misión real del viaje a Colombia: montar un laboratorio de drogas en el que pueden ganar millones de dólares. Danilo se horroriza en su interior y hace planes secretos para huir cuanto antes de sus yernos. “¡Primero muerto –se dice a sí mismo– o durmiendo en el piso del subway como aquel pobre viejo, que dedicarme a esa infamia!”. Ya tiene papeles de Puerto Rico, ya puede trabajar y viajar. En su fuga planeada le abate, sin embargo, una grave angustia: su hijo, a quien ve como la noble víctima de un medio atroz, y sus nietos, lirios de la inocencia que crecen puros y bellos en el pantano.

2-. Danilo visita la Misión de Cuba en la ONU con cartas para el Director del CNIC y el Decano de la Universidad de La Habana en las que dice que salió del país debido a un ataque de locura transitoria y solicita su regreso. Las cartas se pierden en la madeja burocrática y no llegan a sus destinatarios ni a las más altas autoridades del gobierno, pero Danilo lo desconoce y no tiene la menor duda de que se le permitirá su regreso a Cuba.

3-. Danilito va a comprar dos gramos de cocaína a un bar de Queens, uno de los cinco grandes barrios de Nueva York, y cae preso porque quien se los va a vender es un agente encubierto. La policía quiere que el joven denuncie a sus cuñados, de los que se sospecha que asesinaron a un agente de la DEA hace dos años, y lo amparan en la Regla 35. Al carecer de pruebas firmes, la policía necesita que Danilito los acuse porque creen que el joven sabe la verdad de ese crimen. Lo amenazan con seis años de presidio si no lo hace.

4-. Un juez de Inmigración decide que el único que puede tomar decisiones por Elián es su padre, Juan Miguel, y le ordena a sus familiares de Miami que entreguen al niño, pero ellos se niegan y presentan una moción ante un juez de distrito del sur de la Florida. Inmigración afirma que su decisión es defitiniva y ordena la entrega inmediata del niño, pero sus familiares se vuelven a negar. El 70% de los encuestados en este país está de acuerdo en que el niño regrese a su patria. La derecha de Miami vuelve a enfrentarse a los pueblos del mundo y al de Estados Unidos. La familia lejana y sus vecinos convierten a Elián en una mercancía provechosa.

CAPÍTULO 13: LA LIBERACIÓN DE ELIÁN

Es la tercera semana de abril, fin del intenso frío en el norte y comienzo del calor inmenso en el sur. ¿Qué ha sucedido en estos meses en que las noches se han hecho más breves y los días más claros, y el gélido viento se ha convertido en brisa fresca y el Parque Central se ha ido llenando de viejos con sombreros y jóvenes sin zapatos?

Danilito ha salido bajo fianza y sus hermanas le han conseguido un abogado. Por más que la policia de Nueva York y los agentes de la DEA lo amenacen con un largo presidio, el joven no delata a sus cuñados. Él no conoce lo del agente de la DEA asesinado y si lo supiese, no lo denunciaría. Su juicio será en mayo y el fiscal de su caso le ha ofrecido un “plea bargain” –oferta para rebaja de sentencia– de doce meses y un día que él ha aceptado, por indicación de su abogado, ante el temor de que puedan condenarlo a seis años si lleva el caso a un jurado. La DEA presiona al juez para que, al menos, la sentencia sea un delito mayor o felonía, o sea una sentencia superior a un año aunque sólo sea por un solo día. De no ser por eso, el joven sería sentenciado a seis meses de libertad condicional, una condena menor o misdemeanor, por lo simple del delito y porque no tiene antecedentes penales, pero Danilito no es un delator y esa lealtad a los esposos de sus hermanas ha enfurecido a quienes creen que la familia no es esencia sino accidente y que la traición debe premiarse con la libertad y la lealtad, con el presidio. Al no poder obligar a un juez a condenarlo a seis años, ya que se trata de dos simples gramos de la eufórica droga, la DEA tiene que conformarse con el año y un dia, con lo que Danilito tendrá un expediente criminal de delito mayor, o felonía, el resto de su vida.

LA HUIDA

El viaje a Colombia es suspendido después que Danilito le revela a sus cuñados la intención de la DEA, y las tres familias se mudan, a la mayor rapidez y en secreto, a Queens para perderle la pista “a los monos”, como diría Jairo, y le dicen a sus vecinos que se mudan a la Florida. Matriculan a Jimmy con un certificado de un colegio de Puerto Rico, aunque les resulta difícil entrenar al niño para que diga que ha estudiado en San Juan y no en Nueva York. De esa forma la DEA no podría localizarlos a través del colegio del niño, al que, además, le ponen el nuevo apellido que, desde ahora, tienen Natalia y Guille. Ya no es Jimmy García, sino Jimmy Fernández. Al pobre niño le quitan la televisión, los chocolates, los helados y las salidas al parque hasta que aprenda su nuevo apellido y a decir que había ido al colegio en Puerto Rico. Danilo no tiene que huir amparado en las sombras del invierno, sino que le dice a sus yernos que mientras ellos se organizan otra vez, él va a regresar a Miami por un tiempo hasta que todo se enfríe y se puedan, entonces, hacer nuevos planes “para lo del laboratorio de Antioquia”. No quiere enfrentarse a sus yernos, por amor a sus hijas, sino huir de ellos. Sostiene un intenso diálogo con su hijo que concluye entre abrazos y lágrimas. El joven le dice que aprovechará sus meses de encierro para curarse el vicio de la droga y le promete regresar con él a su hogar de Atabey.

ALMAS GEMELAS

Al regresar a Miami, Danilo vive unos días en el apartamento de Osvaldo, pero se muda de allí, súbitamente, porque el día anterior se tropezó en la escalera del edificio con el mismo viejo encorvado de mirada fueguina que lo había mirado, fijamente, unos días después de su llegada a Miami. Esta vez el viejo lo mira de una forma más sugestiva, diciéndole, con los ojos, “a mí parece que te conozco”.

Danilo alquila un estudio en el hotel South Beach, que se halla a un costado de la biblioteca de Collins y la 21 y, para no gastar del todo los tres mil dólares que le ha dado Osvaldo de lo que no hubo que pagarle a Silvio y de lo que dejó caer en el asiento posterior del taxi, comienza a trabajar, de once de la noche a siete de la mañana, como cajero de una estación de gasolina que está a sólo tres cuadras de donde vive. Su nuevo nombre es Marcos de Córdoba. Sus relaciones con Clara del Monte se convierten en un excelente romance de almas gemelas.

OPA LOCKA Y PALO LOCA

 A principios de marzo, un juez decide que el niño Elián no puede pedir asilo porque es menor de edad y ratifica la decisión que dos meses antes habían tomado las autoridades de Inmigración. Lázaro González, el tío-abuelo que se ha arrogado los derechos de padre, y su hija Marisleysis, prima segunda del niño, acuden al Onceno Distrito de Apelaciones, con sede en Atlanta.

El 6 de abril, Juan Miguel González llega a Washington, en compañía de su esposa –se había divorciado unos años antes de la madre de Elián– y su pequeño hijo, de unos meses de nacido.

Las autoridades de Inmigración fijan el 13 de abril como fecha límite para que Lázaro entregue el niño en el Aeropuerto de Opa Locka, al norte de Miami. El tío-abuelo adopta la pose típica del guapo de barrio y, ante las cámaras de televisión, con un acento muy parecido al de Boloña, Pulule y Cebolla, exclama, casi gritando:

–¡Yo no voy a Opa Locka ni a Palo Loca, vaaaaaya!”.

EL ULTIMÁTUM

Son las cuatro de la madrugada del sábado 22 de abril del 2000. La casa de Lázaro, que se halla en un barrio del noroeste de Miami, en la que el niño ha vivido desde su rescate en el mar, parece el cuartel general de la campaña política de un alcalde de pueblo pequeño en vísperas de elecciones, a pesar de que en el intenso ajetreo y el continuo resonar del teléfono está involucrado el Jefe del Imperio, Bill Clinton.

Varias personas prominentes de Miami, entre ellas algunos políticos y abogados, han estado negociando con Janet Reno, Secretaria de Justicia, la entrega pacífica del niño a su padre, como determina la ley, pero Lázaro repite lo de “Palo Loca” y exige nuevas condiciones.

En el cuartel local del FBI, en el norte de Miami, hay más de cincuenta agentes de Inmigración, en zafarrancho de combate, con los propios equipos que usaron los agentes del “swat team” que asaltaron, cuatro meses antes, la casa del banquero.

A las cuatro y quince, Elián se despierta y se sienta en la sala, junto a Lázaro. El tío-abuelo besa la suave frente cálida del tierno trofeo que el pródigo mar le ha regalado. Tiene a su lado un premio gordo, un amplio retiro, un techo seguro, una opípara cena, un futuro dorado. No lo puede soltar. Ir a Opa Locka sería volver al taller de mecánica, la grasa, el sudor, los callos, la jornada de doce horas, las tuercas… la pobreza. No, no puede soltar su botín. Por eso grita. Janet Reno habla con suavidad. Es la pelea entre un perro que ladra y una perra que muerde.

Unas treinta personas rodean la casa, entre ellas varios reporteros de television. Algo se ha sabido de que el diálogo telefónico entre Janet Reno y los negociadores ha facasado y se presiente un violento desenlace. El ambiente es tenso, expectante, dramático. Las cámaras están listas para ser accionadas en pocos segúndos. Los técnicos, que dormían en sillas de extensión y colchones portátiles, se han puesto de pie. A las cuatro y veinte de la madrugada, Janet Reno vuelve a llamar a los negociadores y exclama:

You have five minutes to leave, with the boy, to the Opa Locka airport! (¡Tienen cinco minutos para salir, con el niño, hacia el aeropuerto de Opa Locka)

Lázaro pone nuevas condiciones.

EL ASALTO

A las 4:35 de la madrugada, la Reno llama al cuartel del FBI en Miami. Es el final.

A las 5:12, unos treinta agentes de Inmigración, armados hasta los dientes con los equipos más temibles, saltan de varias camionetas blancas delante de la casa que se halla en el número 2329 de la Calle 2 del noroeste de Miami.

Go, go, go! –gritan los agentes, dándose ánimo unos a otros—(¡Vamos, vamos, vamos!) Aún no amanece. En las sombras de la noche las bestias suelen ser más feroces que en los fulgores del día.

Freeze! Don’t move! Stay back! –le gritan los agentes, apuntándoles con sus armas, a quienes están frente a la casa de Elián–. (¡Alto, no se muevan, quédense atrás!)

Los camarógrafos encienden sus equipos y los reporteros llaman a sus centros de trabajo. El asalto es fulminante, pero muy indiscreto, en vivo y a todo color. Quienes no lo puedan ver en sus pantallas ahora, lo verán después, cuando se despierten. Es la noticia del día, del mes, del año en que, de verdad, se despide el milenio.

Ocho agentes saltan la pequeña cerca que separa el jardín de la acera. Varias personas, que apoyan la permanencia del niño en Miami, comienzan a gritar y a lanzarles botellas y otros objetos a las camionetas blancas de cristales oscuros y sin placas. Un agente les grita:

–Down or I’ll shoot you all! (¡Tírense al piso o los mato a todos!)

Los que protestan, ante el inminente peligro de ser ametrallados por el agente, se lanzan al suelo con las manos sobre la cabeza. Lázaro mira a través de las ventanas de la sala hacia afuera y, temblando, grita:

 –¡Ahí vienen los federales, ahí vienen los federales!

Las puertas de la casa que dan al jardín y al patio de atrás son cerradas con pestillos. Los agentes comienzan a golpearlas, pero nadie responde.

Donato, el pescador que había descubierto a Elián flotando, en alta mar, sobre la camara de aire, rodeado de delfines, quien estaba dormido en un sofá, se levanta de súbito cuando oye los gritos, corre a la sala, toma al niño, va a la habitación principal y se mete en el closet.

Un amigo de la familia habia conducido, unos minutos antes, al fotógrafo de la Associated Press, Alan Díaz, al cuarto en que se escondería el niño. El fotógrafo se habia situado detrás de una cortina con la cámara en una mano, lista para tirar una foto digna de un premio.

Además de pistolas, puñales y ametralladoras, los agentes tienen cascos, botas metálicas, petos, perneras, chalecos antibalas… toda la temible panoplia que hubiese sido apropiada en una guerra, no en una casa de vecindad en la que no hay ni un machete.

Dos bestias se enfrentan entre sí: Lázaro, que no quiere soltar un tesoro que no le pertenece por ley, sangre ni conciencia, y que es el culpable principal de todo lo que está sucediendo, y el imperio que ha resuelto siempre sus disputas no con las palabras, sino con los colmillos.

Los agentes derriban la puerta que da al jardín. Donato trata de cerrar la puerta del closet, pero unas cajas grandes y pesadas se lo impiden. El fotógrafo Díaz abre la cortina, mira hacia el closet, y la vuelve a cerrar.

Lázaro, Marisleysis y las demás personas que están en la casa son presas del pánico. El tesoro está a punto de arruinarlos. El niño grita de terror. Su tierno rostro se ha desfigurado, como si, de pronto, se le apareciese, entre las sombras, el claro perfil de un monstruo abominable. Donato lo abraza. Elián exclama:

 –¡Qué pasa! ¡Qué pasa!

Dos niños, dos tragedias, dos frases iguales: Elián ante el asalto y la hijita de Mario cuando el agua la va cubriendo en las sombras del barco que se hunde.

En el cuarto en que Elián se esconde, está también su primito Lázaro, de cinco años de edad, con su madre. Lazarito llora y tiembla. Un agente le pone la boca de su ametralladora a Marisleysis en el pecho y grita:

Where is the fucking boy?! (¡¿Adónde está el singa’o niño?!)

–¡No dejen que el niño vea esto, no, no, por favor! ¡Yo se los entrego ahora mismo, pero no dejen que el niño vea esto! –grita Marisleysis–. No, please, don’t do this! I’ll give you the boy right now! Please… please! Don’t let the boy see this! –repite la joven, con los brazos en alto–.

Los agentes no la oyen. Oírla sería renunciar a la esencia del Imperio.

Los agentes corren por toda la vivienda rompiendo muebles, puertas, cuadros, adornos, imágenes religiosas. Un huracán de los que casi todos los años azotan a la Florida, o un tornado de las planicies centrales, no lo hubiese hecho mejor. Tienen todas las armas y están en una casa en la que, tal vez, no haya ni un punzón, pero sus rostros no denotan la serenidad del valor, sino el temblor de la cobardía.

–¡No, no, no hagan esto! –insiste Marisleysis, llorando y gritando–. ¡Yo les entrego el niño ahora mismo, pero que él no los vea!

Give me the fucking boy or I’ll shoot you! –grita el agente y aprieta la boca de su ametralladora en el pecho de la joven–. (¡Dame al singa’o niño o te mato!)

Otro agente tiene su pistola, con el disparador hacia atrás, sobre la cabeza de Lázaro, quien ya no tiene el gesto desafiante de cuando alardeaba que no iría a Opa Locka ni a Palo Loca. Su insolencia se ha desvanecido. Ahora tiembla tanto como los agentes.

Un esbirro que usa unos grandes lentes blindados que le cubren casi toda la cara y mira con los ojos inmensamente abiertos, como si estuviese bajo el efecto de una droga tremenda o de un terror tremebundo, le da una patada a la puerta del cuarto principal, el de Lázaro y su esposa, en cuyo closet se hallan Donato y el niño. La puerta, que, como todas las puertas de las casas de Miami, es de madera muy mala, casi hueca, rellena por dentro de cartón-tabla, se parte en dos. El agente da un salto y cae en el centro de la habitación. Elián lo mira, con su rarísima vestidura, como si fuera un ser de otro planeta, y da un alarido. Su primito se pone las manos sobre la cabeza, cierra los ojos y chilla. El esbirro apunta hacia el closet con su subametralladora Heckler &Koch de nueve milímetros, mira a Donato, con la propia mirada, y repite la misma indecencia en un tono aun más alto y feroz:

 —Give me the fucking boy or I’ll shoot you!

El fotógrafo Díaz descorre la cortina y enfoca su cámara hacia este insólito suceso en que un esbirro con ojos de loco y vestido de cosmonauta, armado hasta los dientes, pero temblando como una virgen en el instante de la desfloración, amenaza de muerte a dos seres indefensos que se esconden en un closet con las puertas abiertas. La foto le da la vuelta al mundo en pocas horas, como una excelente imagen del Imperio.

Una agente de rostro muy serio y rubio cabello, que lleva una enorme pistola al cinto, como las heroínas del Hollywood del oeste, entra en el cuarto con una manta en las manos y, protegida por el esbirro de la loca mirada, le quita el niño a Donato y corre con él hacia la puerta de salida.

Elián no sabe adónde lo conducen estas personas tan extrañas y violentas que esgrimen armas terribles. Quizás piense que lo llevan a otro planeta en el que viven personas de lentes inmensos, armas feroces y ojos de espanto. La agente del rubio cabello trata de calmar al niño y le dice, con fuerte acento, al oído:

–No tengas miedo. Ahora vas a ir con tu papá.

El niño no le entiende. Tiene de su padre un recuerdo amoroso, sereno, tierno, alegre. No puede relacionarlo con estas armas, con estos gritos, con estas gentes, con este miedo, con estas sombras.

We got him! Bingo! Bingo!–gritan varios agentes, que se hallan entre el jardín y las camionetas–. (¡Ya lo tenemos! ¡Bingo! ¡Bingo!)

La policía local mantiene a raya a quienes protestan. El alcalde Joe Carollo, quien había dicho que se opondría hasta con su propia vida si trataban de sacar al niño de allí, está durmiendo, a pesar de que ya conocía el asalto de antemano. Están ausentes, también, los líderes de la derecha local que convirtieron lo del niño casi en un casus belli.

Al ver que se llevan al niño, algunos de los presentes tiran piedras, botellas, latas y palos sobre las camionetas. La policía lanza gases lacrimógenos y apalea a varios de ellos.

La agente que carga al niño entra en una de las camionetas blancas de cristales oscuros y cierra, de un tirón, la puerta. Las cámaras de televisión lo recogen todo.

El asalto ha durado tres minutos. El convoy de camionetas avanza por la Calle Segunda hacia el este, con varios agentes federales corriendo al lado de la que lleva a Elián. Algunos tropiezan con los cables de televisión y caen al pavimento.

Las camionetas llegan a Watson Island, una isleta que se halla entre el downtown de Miami y South Beach, junto al McArthur Causeway. El niño y varios agentes abordan un helicóptero que los lleva, no a Opa Locka, sino al aeropuerto de Homestead, a veinte millas al sur de Miami, adonde toman un avión hasta la Base Aérea Andrews, en los suburbios de Washington. Es primera vez en su vida que el niño monta en avión, pero el mundo está pendiente de su vuelo. Juan Miguel lo aguarda, impaciente, feliz, después de cinco meses de ausencia.

Aun los que defendieron con todo ardor el regreso del niño a su padre y a su patria, como este autor, condenan este asalto brutal.

Quizá no sea del todo casual que la propia persona que ordenó la Masacre de Waco, Texas, el 19 de Abril de 1993, en que fueron asesinados 74 seres humanos, entre ellos doce niños menores de cinco años, Janet Reno, sea la misma que da ahora la orden para este ataque criminal en que, también, pudo haber corrido la sangre y en que se aterrorizó aun más a un niño pequeño que ya había escalado las más altas cumbres del terror. Había muchos otros métodos para rescatarlo, pero si los gobernantes del Imperio los hubieran escogido, se habrían traicionado a sí mismos.

Nadie sabe lo que sucedió a partir del instante en que la agente del rubio cabello y el esbirro de la terrible mirada entraron con el niño al helicóptero en Watson Island, pero a las dos de la tarde, varias fotos muestran a un Eliancito feliz y tranquilo junto a su padre, madrastra y hermanito.

Entre un padre bueno y un hijo tierno, a pesar de la intriga maldita, o aun después que ésta se disipa, el vínculo de amor es muy fuerte, más que la tormenta, el mar revuelto, la tragedia, la cámara de aire, los delfines, el rescate, la casa ajena, el terror del closet, los alaridos … y el esbirro, bestial y cobarde, apuntándole al pecho con su ametralladora. Es un vínculo poderoso y tenaz como la vida ☼

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS