Publicado en: 26 octubre, 2015

La lección de las candidaturas municipalistas

Por Montserrat Galcerán

Por Montserrat Galcerán La lección de Ahora Madrid, Barcelona en Comú y otras candidaturas municipalistas consiste en que estas iniciativas victoriosas nos ofrecen un contraejemplo a las prácticas habituales de ‘confluencia’. Desde los círculos oficiales de Podemos, al menos en Madrid, el proceso municipalista se lee como algo que surgió, oportunistamente, en un momento en […]

Por Montserrat Galcerán

La lección de Ahora Madrid, Barcelona en Comú y otras candidaturas municipalistas consiste en que estas iniciativas victoriosas nos ofrecen un contraejemplo a las prácticas habituales de ‘confluencia’. Desde los círculos oficiales de Podemos, al menos en Madrid, el proceso municipalista se lee como algo que surgió, oportunistamente, en un momento en el que Podemos estaba todavía organizando sus estructuras, de modo que mientras ellos estaban concentrados en lo interno, Ganemos Madrid fue avanzando terreno en la construcción del programa y del método para las municipales. Cuando Podemos se sumó a este proceso, ya en febrero, fue su intervención –ésa es su lectura– la que le confirió el dinamismo y el empuje que permitió el triunfo electoral. A partir de ese momento todo su esfuerzo se concentró en reforzar la dicotomía entre Podemos y Ganemos y en garantizar la hegemonía del primero. La división entre ‘los míos’ y ‘los otros’ es tajante entre los compañeros de Podemos con su refuerzo de las lógicas identitarias y de grupo.

Entre otras razones, este comportamiento se explica por su convencimiento de que Podemos es el único partido que puede liderar el cambio. En ningún momento ponen en cuestión la estructura de partido ni la función de liderazgo. Eso permite verter vino nuevo en odres viejos: el vino nuevo de una nueva generación política en los odres viejos de las estructuras partidarias de toda la vida, incluidos algunos de sus líderes que venían siendo activos desde hace lustros en las viejas formaciones.

En ningún momento valoran el saber hacer de los movimientos sociales ni reconocen a sus integrantes, a no ser para intentar incorporarlos a sus listas. Convencidos de que son la única formación capaz de producir un cambio en la política del país, se adjudican los méritos, tanto los propios como los ajenos, y atribuyen los fracasos, ­como en el caso de las elecciones catalanas, a no haber porfiado suficientemente en imponer su nombre, logo o marca.

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En este contexto se produce la llamada “confluencia” para las próximas elecciones generales, una confluencia de gentes y grupos ya organizados, no un confluir de personas, proyectos y energías que se ponen en común para propiciar algo distinto de la mera suma de lo ya existente. Cuando se critica que la confluencia se haga desde las cúpulas, entiendo que esto es sólo una parte de la crítica. La otra parte estriba en que al ser sólo de las cúpulas no rebasa el mero marco del reparto de un poder al que se supone que se tiene derecho por cada una de las partes. Reparte la piel del oso antes de haberlo cazado, con lo que es muy probable que ni siquiera se llegue a cazarlo.

Ocupar un puesto

Porque lo que no entiende este planteamiento es que una gran parte de las personas que participan en un proceso de construcción de nuevas políticas no lo hacen desde la perspectiva de ocupar un futuro puesto, sino desde la de contribuir a un cambio que juzgan necesario. Ciertamente que para algunas el triunfo electoral puede significar verse lanzadas a una práctica de ejercicio de gobierno, pero el mero cambio de las personas no altera la estructura de las instituciones del poder. Éstas se caracterizan por una excesiva verticalidad y un carácter restrictivo que impiden un gobierno plenamente democrático. Tenemos todavía mucho que innovar para que la participación sea algo más que una palabra.

Por consiguiente, lo fundamental de un proceso de confluencia que pudiera resultar exitoso es, a mi entender, su amplitud democrática, su capacidad para poner en marcha un proceso de constitución de un agente político en el que aquellos para quienes su éxito no significa la promesa de un puesto pudieran sentirse partícipes puesto que todas entenderíamos que, en el caso de ganar, nuestra vida iba a dar un cambio: empezaríamos a intervenir realmente, ya sea a nivel de barrio, de comunidad o de Estado. La nueva política sería la obra de los afectados y no la de quienes gestionan en nombre de otros y otras los asuntos comunes.

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