La izquierda que nunca existió

Por Rafael Cid

Por Rafael Cid Sumidos en ambiciones personales y guiados por el deseo de marcar su propio territorio, la sedicente izquierda alternativa se acerca a las próximas elecciones generales en un clima de rivalidad fratricida y presa de sus antónimos: ni Izquierda Unida está unida ni Podemos puede. Más dura será la caída. En nefasto ciclo […]

Por Rafael Cid

Sumidos en ambiciones personales y guiados por el deseo de marcar su propio territorio, la sedicente izquierda alternativa se acerca a las próximas elecciones generales en un clima de rivalidad fratricida y presa de sus antónimos: ni Izquierda Unida está unida ni Podemos puede. Más dura será la caída.

En nefasto ciclo iniciado en 2008 con el estallido de la crisis ha tenido aquí dos etapas clónicas. La primera fue durante el segundo mandato socialista, durante el cual se pasó de negar patrióticamente el problema entonando el “España va bien” del aznarismo a cumplimentar las imposiciones de la Troika con la diligente colaboración de los sindicatos mayoritarios (CCOO y UGT) y el lobby mediático de la Marca España. Esa embestida reaccionaria concluyó tras la estrepitosa derrota de José Luis Rodríguez Zapatero en las urnas. La segunda, sin solución de continuidad en cuanto a su sometimiento de los mercados financieros, se abrió con la llegada de Mariano Rajoy a La Moncloa, dando paso a un mayor encarnizamiento gubernamental si cabe contra la población más vulnerable. Amén de consagrar el típico arsenal de atavismos que suelen llevar en la mochila los partidos confesionales cuando llegan al poder.

Sin embargo, sus demoledores efectos cívico-sociales, que ahora quieren suturar con una nueva llamada a capítulo el 20-D, han frustrado la renovación hegemónica con que ha gobernado el bipartidismo durante más de tres décadas. Y al mismo tiempo ha permitido revelar que no hay ni hubo nunca una izquierda democrática digna de tal nombre, sino epígonos del capitalismo mesetario más ruin, la monarquía del atado y bien atado y mercenarios ultranacionalistas de la unidad “inquebrantable de los hombres y las tierras” de España. De ahí que, antes de volver a abrazar el imperativo legal mediante otras elecciones estatales, convendría mirar atrás para evitar dar cuerda al reloj de la obediencia debida por renovación de existencias. Sobre todo visto el gesto electoralista compartido por todos los partidos políticos, instalados y emergentes, porfiando hacer ahora lo que hasta la víspera rechazaban.

El problema viene de atrás, pero la solución no está delante. Lamentablemente las alternativas que lideran el equipo de Podemos y Pablo Iglesias y Alberto Garzón y lo que colea de Izquierda Unida (IU) son un espejismo cuando no un fraude. Más de lo mismo pero con mucho botox. Ambos partidos, cada uno con su estilo, esgrimen en definitiva un programa de Segunda Transición que solape a la Primera que sirvió de púlpito al duopolio de PP y PSOE. Con la única diferencia de que donde antes se escenificaba con un consenso a dos bandas, entre centro-derecha y centro-izquierda, ahora el teatrillo se amplía a un oligopolio con acólitos sobrevenidos como Podemos y lo que resulte del asalto emprendido por IU sobre el depreciado Ahora en Común (AeC).

Pensar históricamente no consiste solo en exigir responsabilidades al PP y al PSOE por el sostenimiento de esta democracia cleptómana, sino extender la crítica a los nuevos agentes que, encaramándose como voceros de la regeneración política, barren en su propio interés y beneficio. Que es lo que han demostrado tanto Iglesias como Garzón es esa grosera rebatiña por las siglas y el liderazgo en las listas a costa de verbalizar una supuesta unidad popular. De un lado aparecía un Podemos menguante, conocedor de que la propuesta de Garzón entrañaba un intento de corrosión por los más experimentados cuadros de su formación. Y por otro, una Izquierda Unida en fase terminal ávida de refundarse en la plataforma Ahora en Común, previa oportuna purga de disidentes “quincemayistas”.

Por eso los promotores de Ahora en Común han abandonado el proyecto de confluencia tras verse desplazados por la pinza de Podemos-IU y el protagonismo falaz de sus líderes emergentes. El primitivo AeC, ahora minado por las intrigas partidarias, surgió con la voluntad de relanzar el modelo de convergencia plural, horizontalista y participativo ensayado con éxito en los comicios locales. No porque creyeran que de esa forma se podría “asaltar los cielos”, sino por tener la convicción de que podía ser el mejor antídoto contra la tentación de reproducir la vieja política en las nuevas formaciones. Uno de esos miembros dimisionarios de Ahora en Común, Emmanuel Rodríguez, han explicado en un artículo reciente por qué la renuencia municipalista (de abajo-arriba) al statu quo podía inspirar mayores empresas: “A diferencia de la lógica partidaria que entiende el espesor social en clave de apoyo o prolongación al gobierno-partido (caso paradigmático ha sido la ruina de las asociaciones de vecinos), el municipalismo comprende la dimensión de movimiento en clave a-institucional y a veces incluso contra-institucional”.

Y mientras tanto, el régimen sigue dando cancha en sus televisiones a Pablo Iglesias y Alberto Garzón. Quizás porque cuanto más virtuales se hagan más grandes y crecidos serán sus egos y en consecuencia más alienada estará una izquierda fulanista que encara el 20-D más loncheada que nunca. Sin olvidar que con su presencia estelar los nuevos líderes contribuyen a legitimar unos medios de comunicación cuya credibilidad había quedado seriamente comprometida ante la opinión pública por su papel cómplice con la crisis. Todo ello, a mayor gloria de sus generosos patrocinadores, las consorcios privados Mediaset y Atresmedia (entre ambos suman un 58,2% de audiencia), que como ocurre en el tinglado duopolio político también cuentan con segundas marcas, La Cuatro y La Sexta, operando de polis buenos. Como suele argumentar Pablo Iglesias: “se milita en los medios, no en los partidos”.

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