La irrupción de la Acracia en la crisis del 68

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Por Miquel Amorós

El pasado no muere, ni siquiera es pasado.”

El Sonido y la Furia, William Faulkner

El libro que presentamos habla de hechos que pasaron, con la intención de que los culos de mal sosiego de las nuevas generaciones no se conformen con versiones oficiales y tengan a mano el “recuerdo que viene de abajo”, por usar una fórmula del malogrado Agustín García Calvo. Así se acercarán más a la verdad histórica, que al menos en conciencia, los hará libres. Decía Orwell que quien controla el presente, controla el pasado, y quien controla el pasado, controla el futuro. Pues bien, el libro se enmarca en el conflicto que enfrenta a los partidarios de la libertad contra toda clase de controladores.

La época que emergió en los años sesenta acabó hace mucho, pero la sociedad que se consolidó después, hedonista, narcisista y posmoderna, no sabría explicarse sin aquella. Transcurridos más de cincuenta años, sorprende aún el impacto y el efecto disolvente de unos acontecimientos coyunturales circunscritos en las universidades. Y es que el movimiento estudiantil de los sesenta pasados tuvo la virtud de destapar y acentuar las contradicciones insuperables que minaban al régimen de Franco. La dictadura franquista había creado un vacío tan grande alrededor suyo que solamente el miedo lograba preservarlo. Era cuestión de tiempo que la sociedad civil lo perdiera y tratara de rellenar ese vacío con comportamientos liberados e instituciones alternativas. La protesta espontánea, que empezaba a salir a la calle sin más deseo que el de acabar con la dictadura, osaría modelar esbozos de autoorganización para colmar la ausencia de mediaciones. En las fábricas fueron las primeras comisiones, creadas entre 1957-63 al margen del sindicato vertical, la CNS; en las universidades, el vasto movimiento asambleario contra el sindicato estudiantil oficial, el SEU, desencadenado en 1964. En lo que concierne a la liberación de costumbres, el yugo de la moral católica se vería fuertemente sacudido por actitudes más abiertas en cuanto a la vestimenta, al pop anglosajón, a la sexualidad libre, al uso de drogas o al sano ateismo.

Un factor nuevo no era tomado suficientemente en cuenta: la expansión capitalista europea de la posguerra había tenido consecuencias en la península, contribuyendo a la industrialización del país y al crecimiento bien palpable de sus ciudades. En paralelo, el campo se despoblaba a marchas forzadas, abasteciendo de mano de obra a los polígonos industriales recién creados. Las clases medias urbanas se desarrollaban con rapidez y un incipiente consumo de masas hacía su aparición. Hubo un boom natalicio. La demanda de estudios superiores empezó a dispararse; el creciente número de matrículados creaba dificultades en las anquilosadas universidades. Los jóvenes estudiantes no se sentían cómodos bajo el corsé moral e intelectual de la dictadura. En general, para bien o para mal, ignoraban los resultados de la guerra civil pasada y, con la desenvoltura de los recién llegados, se disponían a reclamar en las universidades el estatus político que correspondía a un régimen capitalista corriendo en pos de sus homólogos europeos.

La oposición antifranquista florecía en los rangos universitarios con evidente retraso ideológico, incrustando las reivindicaciones “democráticas” en los esquemas y dogmas estalinistas más rancios, exagerados hasta la caricatura por las corrientes prochinas y castristas. La ignorancia de la revolución española derrotada en la pasada guerra y la erradicación sangrienta del anarquismo obrero, junto a la práctica inexistencia de ediciones asequibles de las obras del socialismo clásico y del pensamiento crítico contemporáneo, no contribuía precisamente a aclarar el panorama, y menos a comprender la época que despuntaba. Los escombros ideológicos leninistas, maoistas y guevaristas servían de muy poco, y como era de esperar, la confusión teórica intentó compensarse con una sobrecarga de activismo. A partir de 1966, las aulas, y sobre todo la calle, se transformaron en un verdadero espacio político, signo de que la política oficial no funcionaba lo más mínimo. La algarada en el campus y la movida callejera conformaron el terreno de verificación adecuado de la pertinencia de las ideologías. Dada la atmósfera represiva en la que la sociedad se hallaba inmersa, las que más negativas se mostraran serían las mejores. La verdad como mejor se daba a conocer era a pedradas. Es así como la llamada acracia llegó en Madrid a la cumbre de la radicalidad.

La fuerza nunca tiene nada que ver con la autoridad, es más, el constante recurso a ella por parte de un Estado venía a demostrar su ausencia. La fuerza deslegitimaba su razón de ser, le privaba de justificación. Lo que entonces estaba ocurriendo no era una crisis económica, sino una crisis de autoridad, forma habitual de presentarse lo que en realidad era una crisis política, institucional y cultural. Entre el Estado autoritario, el antifranquismo y la sociedad no había ningún puente. Lo único que había era una relación entre vencedores que abusaban de su victoria y vencidos que no la reconocían. La violencia era el único aglutinante, muy por encima del escaso arsenal ideológico. Por consiguiente, la ideología franquista que ya había fracasado en sus formas arcaicas, clericales y fascistas, ahora lo iba a hacer en las modernas, tecnocráticas y desarrollistas: las reformas destinadas a concretarlas habían nacido muertas. La susodicha crisis era el factor objetivo; el elemento subjetivo consistía en una clase obrera cada vez más predispuesta a deshacerse del sindicato vertical y en una revuelta estudiantil en ciernes. Aunque en la universidad, presa de una crisis permanente, ya se daban a mediados sesenta situaciones de doble poder, no sucedía lo mismo en los lugares de trabajo. La conciencia social de la nueva clase obrera no había alcanzado el nivel necesario. Ese desfase impidió que el contenido de clase impregnara demasiado la contestación en todos los ámbitos. Se dio la paradoja de que, mientras en los paraninfos los hijos de los burgueses hablaban en abstracto de socialismo, en las fábricas y los tajos el discurso se centraba en las libertades democráticas, la sindical en particular, un patrimonio de la burguesía. En fin, las condiciones subjetivas no se desarrollaron lo suficiente como para transformar la crisis social del franquismo en una crisis revolucionaria, pero bastaron para mantener al Estado dictatorial en continuo sobresalto. La situación resultó idónea para que la oposición de afuera se ofreciera de mediadora y se propusiese una “reconciliación” con los franquistas europeistas de dentro, intentando superar la crisis y facilitar una evolución pacífica hacia un parlamentarismo oligárquico al que llamarían “democracia”. Esa era la posición de los partidos estalinista, socialista y la de los nacionalistas.

La crítica de la línea del pacto dio lugar al izquierdismo universitario, que se fue desgajando de los partidos de la oposición clandestina -principalmente el PCE y el FLP- y construyendo sus propias estructuras, más autoritarias si cabe. Sin embargo, un sector contestatario, el de los ácratas madrileños, decidió aprovechar la espontaneidad del movimiento estudiantil surfeando en la pura negación. No tenían ningún plan preconcebido, ni ínfulas vanguardistas, pero sabían lo que no querían. En lugar de tratar de llenar el vacío político de la universidad “positivamente” -con juntas de delegados, con un sindicato democrático, con comités de curso- lo hicieron “negativamente”, alterando el orden en las facultades, enfrentándose a la fuerza del régimen, a la policía y a los grupos fascistas; en suma, impidiendo el normal funcionamiento de la enseñanza que el conservador Moyano bautizara en 1857 como superior. La intención, si no confesa, era bien explícita: la represión revelaría la verdadera naturaleza del franquismo, su impostura apoyada únicamente en la violencia, y una resistencia prolongada ahondaría la crisis en la enseñanza, volviéndola irreversible e inservible para el régimen. Las mismísimas facultades les hacían el juego, pues su simple funcionamiento no podía más que forzar todas las disfuncionalidades. La conducta ácrata se podía calificar de ética, pues no disimulaba su objetivo, a saber, el sabotaje de la universidad; no empleaba métodos indignos (el engaño, la difamación, la manipulación) como hacían los estalinistas, y no aspiraba a ninguna otra cosa traducible en cuotas de poder.

Ácratas” fue el nombre con que los sindicalistas universitarios y “carrillistas” designaron al grupo de alborotadores que desbarataba sus maniobras en las asambleas y hostigaba sin descanso a los grises del campus de la Universidad Central madrileña, después llamada Complutense. Jaime Pozas, Fernando Aldecoa, Antonio Pérez o Paco Gil serían los más populares. La composición de la banda era bastante flexible, no hacían proselitismo, ni formaban círculos de estudio. No nombraban delegados que les representaran y se solían reunir en los bares, con lo que la palabra “grupo” no sería la más apropiada, y quien más recurrió a ella fue el fiscal del Tribunal de Orden Público a fin de acreditar una condena de más por “asociación ilícita.” Un texto de dos páginas constituía todo su corpus programático. No podrían calificarse de anarquistas sin más. Algunos no lo eran en absoluto; otros, lo eran muy a su manera. Para unos pocos, fue una intensa etapa juvenil que hoy descansa en el baúl de los recuerdos. Para otros, fue un buen comienzo preludio de días intensos. El espíritu rebelde que les animaba era más libertario que cualquier otra cosa, y con el tiempo, la mayoría supo lo que era en verdad el anarquismo y participó en alguna de sus manifestaciones.

El desarrollo del capitalismo nacional había provocado cambios en la sociedad de clases que afectaban no solamente al mundo del trabajo, sino a la misma vida cotidiana, la cual empezaba a sufrir las consecuencias de la urbanización acelerada y el consumismo. Había elementos nuevos que entraban en juego, como los jóvenes del extrarradio, las nuevas clases medias, los estudiantes, la televisión o el turismo. Por consiguiente, la cuestión social no podía reducirse a una cuestión política o laboral, puesto que las contradicciones del sistema dominante no podían aparecer exclusivamente como conflictos políticos o sindicales. La transformación de la vida en mercancía ponía en marcha nuevos mecanismos de reificación y, al mismo tiempo, despertaba una rebeldía de nuevo tipo. Pesaba mucho más el factor cultural y vivencial. Empezaba a cuestionarse la manera de vivir y temas como la naturaleza del trabajo, la sociedad de consumo, la alienación religiosa, la familia patriarcal, el sentido de la educación, la aventura, la fiesta, etc., adquirirían a poco tardar una importancia no desdeñable en la reflexión y la protesta juvenil. De una forma subrepticia todas esas cuestiones influyeron en el movimiento contra la dictadura, siendo responsables de su aspecto lúdico y trasgresor, de su renuencia ante la organización y la burocracia partidista, de su rechazo del dogmatismo, de su creatividad… ampliamente manifestados en los primeros setenta. La conducta de los ácratas reveló la intuición del nuevo contenido subversivo de la conflictividad universitaria, aunque ésta no llegara, porque no les dejaron, a una formulación precisa.

Se ha recalcado una y otra vez la influencia sobre los ácratas del profesor Agustín García Calvo; la última en el libro “A finales de enero”, recientemente publicado. El asunto es más complejo. García Calvo tuvo el valor de ponerse al lado de los estudiantes sosteniendo sus demandas y pagó las consecuencias, aunque el gesto también le valió un profundo reconocimiento en los medios estudiantiles. Era un personaje muy respetado, un raro ejemplo de honradez intelectual y todo un símbolo de la resistencia pasiva ante la barbarie cultural franquista. Sus opiniones relativas a la inutilidad de los exámenes, a la forma de enseñar y a la naturaleza de la enseñanza eran realmente intolerables para la dictadura. Algunos ácratas acudían a sus tertulias de la Academia Elba y del Café Comercial, más bien poco por razones de seguridad, pero ninguno podría ser considerado un discípulo suyo. Ni siquiera Pozas, con quien tenía gran amistad. Le escuchaban, pero no le hacían caso. La razón cae por su peso: García Calvo desaprobaba el uso de la violencia, y, en general, toda clase de activismo. Para él no era la acción la que daba la virtud, sino el conocimiento de uno mismo, consejo inscrito en el frontón del oráculo de Delfos. La negación no podía superar el ámbito de la discusión pacífica, y menos, concretarse políticamente, convertirse en idea. Es imposible no comparar su magisterio con el de Sócrates tal como lo describe Platón en su “Apología”: alguien que no se postulaba sabio puesto que no creía saber lo que no sabía, pero que aun así era más sabio que otros, que creían saber lo que en realidad ignoraban. En fin, la desconfianza ante las “ideas” de cualquier tipo -otros dirán “ilusiones dogmáticas” o simplemente “ideologías”- incluidas las anarquistas, será el legado que Agustín dejaría a la posteridad ácrata, por más que la acracia de su tiempo nunca acabara de asumirlo.

Es constatable que los ácratas del 68 tuvieron el acierto de radicalizar la protesta, haciendo irresoluble la crisis. El descrédito de la enseñanza del régimen no tenía vuelta atrás. De alguna forma, abrieron las puertas a una crítica teórica libertaria que no llegó a concretarse de manera fehaciente, pero cuyos elementos acompañaron durante un tiempo las manifestaciones independientes del movimiento obrero y de otros movimientos que iban a producirse sin demasiada conexión entre ellos, como por ejemplo el de los presos, el contracultural, el feminista o el antinuclear y ecologista. No hubo más ácratas como aquellos porque el papel subversivo de la universidad en la crisis de la dictadura había concluido muy pronto. No superó el año del juicio de Burgos, 1970. Para entonces, otros protagonistas adquirirían relevancia, como los obreros, los empleados, los artistas, las cárceles, los barrios, las elites reformadoras o la clase media sobre-representada por los partidos políticos. Los partidos y los sindicatos inclinaron la balanza hacia la transición pactada desde la dictadura amnistiada hasta la partitocracia parlamentaria. Un capitalismo renovado y la sumisión voluntaria de la mayoría a los imperativos políticos de la dominación estatal hicieron el resto. La historia de la “transición” a la “democracia” equivale a una larga marcha hacia la cretinización, un proceso de desclasamiento pronunciado a lo largo del cual las masas laboriosas abandonaron la idea de una sociedad sin clases, libre, igualitaria y autogestionada, en nombre de una supervivencia remunerada conforme con un circo político-sindical profesionalizado y amparada por un Estado vigilante.

Miguel Amorós

Charla en la Feria del libro de Vallecas, 3 de mayo de 2019, y presentación del libro “Los ácratas en la Universidad Central” en la librería 80 Mundos, de Alicante, el 16 de mayo.

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