la inseguridad alimentaria y la crisis del agua

Quién podría imaginar que un vaso de agua multiplicado por novecientos millones de almas lograría salvar la vida de cientos de niños que mueren todos los días esperando que en la desaforada carrera del mundo alguien recuerde su existencia.

Para quienes hemos nacido en el mundo de los excusados, y hemos “ganado” el derecho a ser oídos y respetados, nos parecerá irracional creer en una guerra que no sea la de las armas, las bombas y las milicias sino que en una mucho más significativa, simbólica y humana liderada por un ejercito de letrinas. Es evidente que como están las cosas, una revolución de inodoros no pasará más allá de estas líneas&nbsp y difícilmente los problemas del mundo dejarán de solucionarse por los medios tradicionales, pero al menos, y mientras se nos permita, no se nos prohibirá nuestra capacidad de colorear y soñar un mundo mejor más justo y menos desigual.

En la alborada de una nueva época los paradigmas del mundo se convierten en un cúmulo de conceptos viciados, el progreso que dio vida y esperanza al siglo XX parece ser hoy el principal culpable de los malestares de la sociedad.

Mientras algunos escapan de la trifulca de este granero, otros se dedican a combatir todos los días los interminables avatares de la modernidad, son más de 600 millones de personas las que vociferan en medio de este tifón de hambre y miseria, pero todavía existen, los justos de siempre, aquellos que habiendo llegado a la cima se pasan la vida viajando de un lado hacia otro, reuniendo firmas, levantando sus manos hacia la paz esos que durante toda su vida se la pasan diciendo: “somos muchos más.”

No obstante no podemos dejar de preguntarnos, ¿por qué mientras la cadena británica BBC, titula este pasado nueve de junio: “las armas no entienden de crisis” la tercera parte de la población mundial, es decir 2.6 mil millones de personas o uno de cada cinco seres humanos, de los cuales tres mil son los niños que la tierra ampara, pero que el hambre mata cada día, en todo minuto por enfermedades tan inexplicables y tormentosas como el paludismo, la tuberculosis, la malaria, el Sida, la diarrea o el Sarampión, los lideres de la triada del mundo siguen insistiendo con una guerra que pocos esta dispuesto a seguir financiando.

Libio Pérez Zúñiga, periodista del diario La Nación y columnista de “Le Monde diplomatique” se refiere al tema y señala: “El Informe de la FAO confirma una cifra de pobres que hacía tiempo habían determinado algunos especialistas, es un sexto de la humanidad que vive en la precariedad extrema, con menos de dos dólares diarios para vivir (en Chile los más pobres disponen de tres dólares diarios), sobre todo en África y áreas de Asia. Los países desarrollados (G-8, G-20) y los organismos internacionales no tienen políticas globales para enfrentar esta tragedia, sólo programas de ayuda asistencial que no resuelven el problema de fondo.”

En el año 2005 se celebró en Reino Unido, la cumbre de los ocho países más acaudalados del mundo. El encuentro estaba consignado a la discusión respecto de cuales serían los planes de ayuda para África y los países en desarrollo para el año 2010, tal campaña se denominó: “Make poverty History” -”haga la pobreza la historia”, sin embargo, y tal como infiriese su nombre, la pobreza sigue haciendo historia , los cincuenta millones de dólares en ayuda a África no resultaron ser tan conmovedores como los informes entregados por la FAO a finales de 2009:1.020 millones de personas se siguen sumando a la interminable estela del hambre crónica.

“Es curioso, el hambre de un sexto de la humanidad no es por falta de alimentos. Al revés, el planeta tiene capacidad para alimentar a todos sus habitantes: pero la distribución internacional del trabajo y la producción dejan fuera del sistema de distribución a estos millones de personas- agrega Zúñiga.

Ciertamente hablar de “hambre crónica” en nuestros días, implica no tener acceso a los servicios básicos como la alimentación y el agua, tener que caminar cientos de kilómetros para llenar baldes de agua cubiertos de desechos humanos y residuos químicos. Significa calcular la distancia entre el grifo y la casa para poder llegar a tiempo a la escuela. Significa que por cada vaso de agua sucia que un niño de Pakistán, Ghana o Nigeria bebe la diarrea que les produce podría ofrecer 272 millones de días en las escuelas y 3.2 mil millones de días laborales según informes del PNUD del año 2006, esto también implica que el acto sencillo de firmar un decreto que asegure 20 litros de agua y su acceso universal, rescataría a 2 mil millones de personas de una muerte en absoluto evitable.

Seguramente la respuesta a esta crisis, “no sea la recesión mundial”, “la bicicleta financiera”, “ni el alza del petróleo”, la respuesta quizás se encuentre en la voluntad política, la voluntad “humana”&nbsp y en las ganas “reales” de tenderle la mano al otro. Países como Ecuador, EE.UU., Haití, Reino Unido y Etiopía, están ideando formas para extender agua, a los sitios más áridos, ya sea por sistemas de embalses, estanques de captación (”albarradas”), programas de redes de seguridad productiva, por medio de presupuestos, o medidas destinadas a detener la erosión del suelo, países como Etiopia emprendieron esta lucha primero.

Quienes en plena crisis mundial tienen el privilegio de decidir cuántos miles de millones de dólares serán destinados en nombre del terrorismo y la paz deberían comenzar a cuestionarse sus métodos, ya nos advertía Albert Einstein, “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.”

La misma BBC publicó y denunció el 9 de junio: “El gasto militar global creció en un 4% en 2008 y alcanzó la cifra récord de 1,464 billones de dólares”, en tanto mientras en América Latina y el Caribe 120 millones de personas no tienen servicios de saneamiento y 49 más, no tienen acceso a agua limpia, ” el informe de balance militar de 2009 entregado por la ISS, nos revela como la convulsión y el riesgo militar se vuelve hacer presente en la región más pintoresca y alegre del mundo.

Cuando en octubre de 2004, se dio inicio a la celebración del día mundial del medio ambiente, el ex presidente chileno Ricardo Lagos preguntó: ¿Cómo nos hemos portado con la naturaleza?, ¿Qué es lo que hemos hecho a lo largo de nuestra historia? En ese cabal instante un abrumador mutismo se&nbsp expandió por toda la sala, seguramente pocos vaticinaban que seis años después, la franca respuesta del presidente, tendría tanto sentido como el silencio que se albergaba entre los presentes. “No estoy seguro de que nuestras políticas públicas hayan estado a la altura de lo que nosotros debiéramos haber hecho como país”.

Seis años después, no existe política pública que pueda detener el desvanecimiento de los glaciares de los Andes tropicales, ni las lluvias torrenciales, ni la erosión de los ríos, ni las sequías e inundaciones provocadas por el aumento incontrolable de las temperaturas. Seis años después, el cambio climático condena a los que menos daño han causado y llena las arcas de quienes más han contribuido con la devastación de nuestro ecosistema.

La crisis del agua no se ajusta a ningún tratado internacional, pues al fin y al cabo para la comunidad internacional es más valioso el coste de una metralleta, que el precio de una vida.

La tarea de los medios de comunicación, adquiere relevancia, justamente por que tal y como revela Libio Pérez Zúñiga, “la prensa es un desastre al tratar estos temas, los invisibiliza; la pobreza no es noticia. La tele no muestra la pobreza, salvo que haya inundaciones o crímenes vinculados a ella.”

Estos cuentos pocas veces son difundidos en las primeras planas de los diarios, en las pasarelas mundiales no han logrado cotejar estilo los minúsculos pero&nbsp desnutridos estómagos, rellenitos de gusanos pero labrados en sueños de los hijos del mundo, por&nbsp las mañanas en la tierra del té, las niñas de Tanzania siguen partiendo en busca de su fuente de la vida, e indiscriminadamente siguen soportando los costos de una crisis que ha dejado más mártires que la guerra de Irak y del 11 de septiembre de 2001, juntos. La crisis del agua&nbsp no se ajusta a ningún tratado internacional, pues al fin y al cabo para la comunidad internacional es más valioso el coste de una metralleta, que el precio de una vida.

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS